miércoles, 10 de diciembre de 2014

El prefacio III de Adviento

Visto en Corazón Eucarístico de Jesús. El Sagrario.

Otro prefacio para la primera parte del Adviento es el prefacio III, de redacción nueva, más largo, más explícitamente bíblico en su estilo. Canta a “Cristo, Señor y Juez de la historia”.
En verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor
himnos de bendición y de alabanza,
Padre todopoderoso,
principio y fin de todo lo creado.
Tú nos has ocultado el día y la hora
en que Cristo, tu Hijo,
Señor y Juez de la historia,
aparecerá, revestido de poder y de gloria,
sobre las nubes del cielo.
           
            El lenguaje es apocalíptico: fenómenos en el cielo, los astros tambaleándose, etc. Y los discípulos preguntan: “¿cuándo será eso?”, pero la respuesta es enigmática: “ni el Hijo del hombre lo sabe, sólo el Padre. Vosotros velad y orad”.
            Se nos “ha ocultado el día y la hora en que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia, aparecerá”. Quien fue juzgado por un Sanedrín prevaricador y por un gobernador romano acobardado, que rehuía la Verdad incómoda, va a venir como Señor y Juez de la historia: “se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros…” (Mt 25).

            En ese juicio de Cristo, toda la historia pasará por delante. Será luz donde hubo tinieblas…, será Justicia donde tantos atropellos e injusticias se han cometido o se han padecido. Será la Verdad brillando, resplandeciente; será la desvelación del sentido y del porqué de todo; será la reparación para los que han cargado con el pecado de los demás y han sido heridos, humillados.
            “El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia” (CAT 681).
            El prefacio señala también la transformación de todo lo creado, de esto que vemos, para pasar a los cielos nuevos y la tierra nueva:
En aquel día terrible y glorioso
pasará la figura de este mundo
y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.
            Son palabras profundamente consoladoras. Vemos la naturaleza y sufrimos su desorden: la tierra produce abrojos y espinas (cf. Gn 3) y se vuelve contra el hombre; catástrofes naturales que lo arrasan todo… San Pablo lo dice: “la creación entera gime con dolores de parto” (Rm 8). Cuando venga Cristo se inaugurarán estos cielos nuevos y tierra nueva, porque también la creación –bella, hermosa, buena- será redimida y transformada.
            Mientras aguardamos la segunda venida de Cristo, ¿qué ocurre? ¿Estamos solos, perdidos, dejados de Su Mano? Este prefacio señala también cómo ahora Cristo se nos da y viene, invisible y ocultamente, de muchos modos:
El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria
viene ahora a nuestro encuentro
en cada hombre y en cada acontecimiento,
para que lo recibamos en la fe
y por el amor demos testimonio
de la espera dichosa de su reino.
            Hay, pues, una venida “intermedia” del Señor, en al que Cristo se nos da y nos sostiene, saliendo a nuestro encuentro. Esta venida intermedia requiere una atención cordial: Cristo pasa por la vida pero hay que descubrirlo, hay que acogerlo.
            Sin duda, Cristo pasa por nuestra vida en la liturgia y los sacramentos, que no son reuniones, fiestas, didáctica de la fe, sino acciones salvadoras de Dios mismo. Esta venida intermedia se produce con su Palabra proclamada, con la que toca el corazón. Viene Cristo en los hermanos, especialmente en quienes nos necesitan de mil maneras distintas y viene en circunstancias y acontecimientos de nuestra vida. Él nos va llevando, nos va conduciendo, nos va guiando. Los ojos de la fe y del amor reconocen a Cristo.
Por eso mientras aguardamos su última venida,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…
            Esperamos, deseamos, necesitamos la segunda venida del Señor. Mientras aguardamos esa plena realidad, “mientras aguardamos su última venida”, la celebración eucarística es venida de Jesucristo, es presencia real de Cristo, bajo los signos del pan y vino, bajo las especies eucarísticas. Será la Eucaristía alimento para nuestra esperanza aguardando al Salvador.

lunes, 8 de diciembre de 2014

LA LITURGIA, FUENTE DE LA VIDA ESPIRITUAL EN LA VIDA CONSAGRADA (I)

Tomado de Liturgia Viva
 

Introducción

No sabría decir si la liturgia y su reforma posconciliar han gozado de una acogida y puesta al día excelentes en la vida consagrada durante los últimos cincuenta años.
Las recomendaciones de los Papas, en su magisterio dirigido a toda la Iglesia y a la vida religiosa en particular, han sido realmente abundantes y claras, y estamos seguros de que han caído en terreno bien dispuesto.
Lo que recuerdo, como experiencia personal, ciertamente limitada dentro de su extensión,  ha sido en este sentido muy positivo. He podido constatar cómo, especialmente las religiosas, se movieron, participando en cursillos, clases, charlas, preocupadas por recibir una formación cuidada y, dentro de lo posible completa, pidiendo información y consultando, con una especial atención a la Liturgia de las Horas y también a la Celebración eucarística.
Hemos visto religiosas con verdadera hambre y sed de conocer, gustar, vivir la oración de la Iglesia, empaparse de su espíritu, para poderla vivir y comunicar también a los demás, a través de la catequesis, el ejemplo y la transmisión de lo conocido y vivido; deseosas de  conocer las rúbricas también, pero sobre todo el espíritu, para traducir en ‘vivencia’ lo escuchado y aprendido, y pasar así del ‘saber’ a la verdadera ‘sabiduría’ litúrgica.
Muchas congregaciones y provincias religiosas no han escatimado esfuerzos de todo tipo, con el fin de  ofrecer, en sus planes pastorales y formativos, respuestas adecuadas a las inquietudes de las Religiosas.
Estos esfuerzos, tanto de las personas individualmente como de las instituciones, han dado y van dando ciertamente sus frutos. Y creemos que es justo reconocer que se han producido, concretamente en estos 50 años que nos separan del concilio Vaticano II, y en particular de la Constitución Sacrosanctum Concilium, esfuerzos y realizaciones notables entre los religiosos y las religiosas, en lo referente a su vida de oración, para mejorar no sólo sus celebraciones litúrgicas, sino también la participación en las mismas, siguiendo las directrices de la Iglesia.
Una prueba de ello es el nuevo lenguaje de los mismos textos constitucionales, que rigen los diversos institutos y congregaciones, textos que hasta hace pocos años aparecían entretejidos prioritariamente de normas y leyes canónicas, siempre necesarias, pero no suficientes para alimentar y sostener la vida de las personas y el ejercicio de la misión, al servicio de la Iglesia y de la sociedad.
Sería necesario cotejar las Constituciones de varios Institutos religiosos para confirmar lo dicho. No tengo tiempo para hacerlo, más que con las de la congregación a la que pertenezco. Intentaré ofrecer un cuadro en el que creo puede resultar evidente el paso de los años y de las etapas que ha vivido el instituto, en la penetración y asimilación de la renovación litúrgica.
Destaco ante todo cómo, aun insistiendo conforme también a la voluntad de la Iglesia, sobre las características propias del estilo de vida y de oración según el carisma del instituto, los textos constitucionales presentan hoy la oración litúrgica como fuente primordial de la espiritualidad cristiana y religiosa de la congregación.
Ciertamente, las normas, los estatutos y constituciones no lo son todo en la vida religiosa, sino que es necesario que la vida de las comunidades y de las personas esté en profunda y fiel sintonía  con ellas. Pero es de justicia constatar el camino realizado, como queda reflejado en general en los textos que regulan la vida de los religiosos y religiosas.




[1] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita Consecrata, 1996, n. 15
[2], Ib. nn. 15-16. 44.
[3] Ib. , n. 22.

domingo, 12 de octubre de 2014

Monseñor Rogelio Livieres Plano

Una hermosa fotografía del Excmo. y Rvdmo. Monseñor Rogelio Livieres Plano, obispo saliente de la Diócesis de Ciudad del Este, en la pasada Misa Vespertina de la Cena del Señor.

sábado, 11 de octubre de 2014

El matrimonio, la Iglesia y el Card. Kasper

Boda 
Ha dicho recientemente el Card. Kasper en una entrevista (todos los subrayados son nuestros):
 “La doctrina de la Iglesia no es un sistema cerrado: el Concilio Vaticano II enseña que hay un desarrollo, en el sentido de una posible profundización. Me pregunto si es posible, en este caso, llevar a cabo una profundización semejante a la que se dio en la eclesiología: aunque la Iglesia católica sea la verdadera Iglesia de Cristo, hay elementos de eclesialidad también más allá de las fronteras institucionales de la misma Iglesia católica. En ciertos casos, ¿no se podrían reconocer también en un matrimonio civil algunos elementos del matrimonio sacramental? Por ejemplo, el compromiso definitivo, el amor y el cuidado recíproco, la vida cristiana, el compromiso público, que no existen en las parejas de hecho.”
http://www.infovaticana.com/2014/09/19/kasper-hay-que-distinguir-la-doctrina-de-la-disciplina/
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Otra afirmación que hace el Card. Kasper es ésta:
“La doctrina de la indisolubilidad del matrimonio sacramental se basa en el mensaje de Jesús; la Iglesia no tiene el poder para cambiarla. Este punto no cambia. Un segundo matrimonio sacramental, mientras la pareja siga con vida, no es posible.”
Pero cuando Nuestro Señor declara la indisolubilidad del matrimonio, se remonta al “principio”, a la Creación. No está hablando, por tanto, del matrimonio sacramental, sino del matrimonio sin más, que ante todo es una institución natural, dependiente de la Creación, y que Nuestro Señor elevó a la dignidad de Sacramento en la Nueva Alianza.
Para precisiones sobre la indisolubiidad propia del matrimonio natural, los privilegios paulino y petrino, y el caso de los bautizados que se casan válidamente por civil mediando la dispensa del Obispo, ver en la parte de comentarios. 
El que es indisoluble es el matrimonio sin más, no solamente el matrimonio sacramental. Los judíos que interrogaban al Señor lo interrogaban sobre el matrimonio tal como existía en ese momento, y no era el matrimonio sacramental, porque el Señor aún no había muerto y resucitado ni había sido dado el Espíritu Santo a la Iglesia.
Tal como lo presenta el Card. Kasper, la indisolubilidad es una propiedad exclusiva del matrimonio sacramental, y además, quedaría vulnerada solamente por una nueva unión sacramental en vida del primer cónyuge, no por una nueva unión que no fuese sacramental.
Pero aún si sólo el matrimonio sacramental fuese indisoluble, es claro que eso quiere decir que los casados sacramentalmente no pueden considerarse libres del vínculo en vida de la otra parte, para casarse con otra persona, independientemente de si la segunda unión va a ser sacramental o no.
Por más que el matrimonio sacramental y el no sacramental son distintos, la pareja en cuestión es de todos modos una sola, y si el vínculo entre ambos es indisoluble, eso quiere decir simplemente que no pueden unirse a otra persona en vida del primer cónyuge, del modo que sea, sacramentalmente o no sacramentalmente.
No tiene sentido pensar que dos personas casadas sacramentalmente pueden cada una por su parte unirse en matrimonio civil, no sacramental, con otra persona. Una de las propiedades del matrimonio es la unidad, es decir, uno con una, que excluye la poligamia y la poliandria.
Pero sería absurdo decirle a dos esposos casados por Iglesia que la unidad e indisolubilidad del matrimonio exigen de ellos que no se unan a otra persona en vida del cónyuge, salvo que lo hagan por un matrimonio civil no sacramental.
Eso sería como decir que el bautizado no puede bautizarse de nuevo, pero sí puede circuncidarse, porque la circuncisión no es un sacramento
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Porque además, para el bautizado no hay otro matrimonio válido que el sacramental. Una unión civil entre bautizados no es matrimonio, sino concubinato y si uno de ellos está casado por Iglesia con otra persona, es además adulterio. El matrimonio civil es verdadero matrimonio, en todo caso, sólo cuando es entre no bautizados.
Porque el matrimonio es eso: una realidad natural que el Señor Jesucristo ha elevado a la dignidad de sacramento entre los bautizados. Como mera realidad natural, entre no bautizados, el matrimonio, que en ese caso es matrimonio natural, se celebra usualmente, hoy día al menos, como matrimonio civil. Para un bautizado, el único matrimonio válido es el sacramental.
Incluso si, contrariando la disciplina actual de la Iglesia, que exige la forma canónica del matrimonio, se dijese que todo matrimonio civil entre bautizados es por eso mismo ya Sacramento, con eso se iría en contra de la propuesta del Card. Kasper, porque entonces la segunda unión también sería sacramental, y eso iría contra la indisolubilidad del matrimonio aún en la forma errada en que la entiende al parecer el Card. Kasper, a saber, que existiendo una unión sacramental no puede haber otra unión sacramental.
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Nos parece interesante que el Cardenal Kasper reconozca que la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, y que por tanto el “subsiste en” de Lumen Gentium debe entenderse en unión con el “es” y no en oposición al mismo.
Sobre todo tratándose de alguien que fue durante años Prefecto de la Congregación encargada del Ecumenismo.
En efecto, no se puede decir católicamente que la Iglesia de Cristo no es la Iglesia Católica, y entre ser y no ser no hay tercera alternativa.
Porque si la Iglesia de Cristo no es la Iglesia Católica, o bien será entonces alguna de las Iglesias Ortodoxas, o alguna de las llamadas “iglesias” protestantes, o será la “iglesia invisible” de la doctrina protestante, o será el conjunto de todas las confesiones cristianas existentes hoy día, o simplemente no existirá hoy.
Y ninguna de esas alternativas es conforme con la fe católica.
Por tanto, la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica y por eso subsiste en la Iglesia Católica.
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En lo que sigue a continuación intentamos hacer una síntesis conceptual de los distintos aspectos de este problema tal como se plantea a partir del Concilio Vaticano II.
Las Iglesias cristianas no católicas, que de hecho son solamente las Iglesias orientales separadas, participan imperfectamente del ser de la Iglesia de Cristo, en la medida en que conservan elementos válidos de la misma, como son los Sacramentos.
Las comunidades cristianas surgidas de las Reforma protestante participan más imperfectamente aún de la Iglesia de Cristo, porque conservan solamente el sacramento del Bautismo y en todo caso el Matrimonio, y al rechazar el Orden Sagrado o bien alterarlo como ha sucedido con la comunión anglicana no tienen ministerio episcopal ni presbiteral y por eso no son Iglesias
La Iglesia de Cristo no es ninguna de esas otras Iglesias o comunidades, porque entonces, como es la Iglesia Católica, que no es ninguna de ellas, sería distinta de sí misma, lo que es absurdo.
Y por tanto, tampoco ninguna de esas Iglesias o comunidades cristianas no católicas es la Iglesia de Cristo, sino que en esas otras Iglesias y comunidades cristianas hay, como dice el Concilio, elementos de la Iglesia de Cristo, que hacen que esas Iglesias y comunidades cristianas participen imperfectamente de la Iglesia de Cristo, como se ha dicho.
Es cierto, entonces, que el “es” significa identidad plena, pero por eso mismo es falsa la consecuencia que algunos han querido sacar, de que si se afirma la identidad plena entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica, se niega totalmente el carácter eclesial o cristiano a las otras comunidades de bautizados.
Más bien es al contrario: precisamente porque el “es” significa identidad, es que deja espacio o lugar para que haya participación en la Iglesia de Cristo, sin identidad con la misma, en las comunidades cristianas no católicas. Lo único que excluye, lógicamente, es que haya varias comunidades distintas y separadas entre sí que sean todas ellas la Iglesia de Cristo.
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La identidad puede ser específica o numérica. En el primer caso, puede haber varias participaciones individuales de la misma identidad específica, de las cuales se puede decir que “son” eso que cada una de ellas realiza individualmente.
Así, considerando la identidad propia de la naturaleza humana como tal, decimos que Pedro es hombre y que Pablo es hombre.
Igualmente, pueden darse relaciones de analogía, en este caso, en las cuales el verbo “ser” se pueda aplicar también a las realizaciones imperfectas y analógicas, así, el universal “Bondad” se realiza perfectamente en Dios e imperfecta y participativamente en las creaturas, pero no por eso dejamos decir que las creaturas son buenas.
En el segundo caso, no puede haber otras realidades individuales, numéricamente distintas, que “sean” eso que el individuo concreto es en cuanto tal.
Es decir, no puede haber otro que sea Sócrates, además de Sócrates, ni Sócrates puede ser otro individuo distinto de él mismo.
Pero sí es posible que algo de lo que constituye a ese individuo como tal se encuentre en otros individuos, en cuyo caso no podremos decir que ese individuo es los otros, o que los otros son él, pero sí podremos decir que los otros participan de él de algún modo.
Así, los discípulos de Sócrates participan de su sabiduría, y sus hijos, de su código genético. De algún modo realizan imperfectamente eso que Sócrates es, y están por ello en cierta unidad imperfecta, en este caso porque no es sustancial, sino accidental, con Sócrates mismo.
La identidad universal y abstracta, entonces, es participable, conservándose como tal identidad; la identidad individual y concreta no lo es, pero sí son participables en cierto sentido elementos suyos.
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La Iglesia de Cristo no es un universal abstracto, sino una realidad individual concreta e histórica, con una dimensión humana y visible, y una dimensión divina, sobrenatural e invisible.
Al mismo tiempo, tampoco es un individuo sustancial, como Sócrates, sino un individuo colectivo, es decir, una pluralidad de individuos sustanciales, los bautizados, accidentalmente unidos entre sí, en el sentido de que no forman una sola sustancia.
Por tanto, la identidad propia de la Iglesia de Cristo como tal no es participable. La Iglesia de Cristo, entonces, no puede ser otra comunidad cristiana distinta de la Iglesia Católica, ni otra comunidad cristiana no católica puede ser la Iglesia de Cristo.
Las Iglesias locales separadas son Iglesias cristianas, pero no son la Iglesia de Cristo, no sólo en el sentido de que ninguna Iglesia local se identifica sin más con la Iglesia Universal, sino además en el sentido de que no están en plena comunión con la Iglesia Universal. 
Pero sí es posible que algo de lo que constituye a la Iglesia de Cristo, al menos y ante todo, el bautismo, exista en otras comunidades cristianas no católicas, que de ese modo participan de la Iglesia de Cristo y realizan imperfectamente eso que ella es, y en esa medida le están imperfectamente unidas.
En este caso, la unidad es imperfecta, no porque no sea sustancial sino accidental, como sucede en el caso del individuo sustancial y los otros individuos que de algún modo participan de algo suyo, sino porque no es según todas las relaciones que hacen a la unidad y al ser de la colectividad concreta e individual Iglesia de Cristo, sino solamente según algunas de ellas, faltando ante todo y por lo menos la relación de sumisión al sucesor de Pedro.
A la objeción que dice que entre la identidad y la no identidad no hay tercera alternativa, respondemos concediéndolo, y señalando que no afirmamos identidad alguna entre la Iglesia de Cristo y las comunidades cristianas no católicas.
A la objeción que dice que la identificación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica es necesariamente exclusiva y excluyente, respondemos que es excluyente de toda otra identificación, pero no es excluyente de la participación no identificativa.
A la objeción que dice que no tiene sentido distinguir entre la identidad plena y la identidad sin más, respondemos que nosotros no lo hacemos, y que a la identidad plena expresada en el “es” y el “subsiste en”, aplicados a la relación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica, no oponemos una identidad no plena del lado de las comunidades cristianas no católicas, sino una participación no identificativa.
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Si consideramos ahora el caso del matrimonio, tenemos ante todo que no es una realidad concreta y singular como la Iglesia de Cristo, sino un universal, capaz de realizarse idénticamente en muchas realidades concretas y singulares: este matrimonio, aquel otro matrimonio, aquel otro.
Tenemos también que no es una realidad ante todo sobrenatural, sino natural, dependiente del orden de la Creación, destinada por ley natural a todos los hombres, a la cual Nuestro Señor elevó a la dignidad sobrenatural de Sacramento en el caso de los bautizados.
Con los universales sucede algo distinto de lo que sucede con las realidades individuales y concretas: para participar de ellos en sentido propio hay que hacerlo según todas sus notas, de lo contrario, se están aplicando en sentido metafórico, como cuando se dice de alguien valiente que es un león, porque tiene una de las notas del león, el valor, aunque no sea un mamífero carnívoro del orden de los félidos.
En efecto, si al perro le quitamos una sola de sus notas esenciales, por ejemplo, que sea mamífero, o que sea un ser vivo, etc., ya no es un perro, sino otra cosa.
Eso vale incluso para la predicación analógica de los universales, cuando es propia: nada esencial al concepto de “bondad” puede faltarle a la bondad de las creaturas, por más que la tienen en sentido solamente analógico y participado respecto de la Bondad del Creador.
La diferencia propia de los analogados, en este caso, no está en que en algún caso falte alguna de las notas esenciales del concepto, sino en lo que se agrega a ese concepto en cada caso, por ejemplo, la Bondad divina es Subsistente e Infinita, la bondad creada es participada y finita.
El matrimonio civil, por su parte, al menos idealmente hablando, es la forma válida de matrimonio en el caso de los no bautizados, siendo de hecho totalmente inválido en el caso en que al menos uno de los miembros de la pareja sea bautizado.
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Por tanto, no tiene sentido decir que el matrimonio civil participa del matrimonio sacramental, como propone el Card. Kasper. Lo natural no participa de lo sobrenatural, sino que tanto lo natural como lo sobrenatural participan en definitiva de las riquezas del Ser divino, de modo diverso y por caminos diversos. Toda participación en lo sobrenatural es por eso mismo sobrenatural.
Más bien hay que decir que tanto el matrimonio civil (cuando es verdadero matrimonio, o sea, entre no bautizados) como el matrimonio sacramental participan del matrimonio en general, entendiendo a éste como un género y a aquellos como sus especies.
En todo caso, si se quiere decir que “matrimonio” es una única esencia y especie, habrá que decir que el civil y el sacramental representan estados existencialmente distintos de esa única especie o esencia.
Y si se quiere decir que “matrimonio” es un término análogo y que tanto el matrimonio civil como el sacramental son sus analogados, en todo caso deberá ser una analogía de proporcionalidad y no de atribución, porque en la analogía de atribución los analogados secundarios participan del analogado principal, o se denominan extrínsecamente a partir de él, y por lo ya dicho, ni el matrimonio sacramental participa del matrimonio civil, ni viceversa, ni dejan ambos de ser intrínsecamente “matrimonio”.
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En todo caso, resulta que nada a lo que falte alguna de las notas esenciales del matrimonio puede ser considerado “matrimonio” por más que conserve algunas de ellas.
Pero además, como ya se dijo, entre bautizados no hay matrimonio válido que no sea Sacramento. La ausencia del vínculo sacramental por tanto hace ya imposible que el bautizado pueda estar casado en un matrimonio puramente civil.
Los bautizados casados por Iglesia, divorciados y vueltos a casar por civil, por tanto, no están casados en modo alguno ni es su unión un “matrimonio” en modo alguno.
Hay en ellos, sí, elementos del matrimonio, como los hay también en las uniones de hecho e incluso en la simple fornicación, en grados diversos, obviamente.
Pero del mismo modo en que la presencia de elementos de la Iglesia de Cristo en las Iglesias y comunidades cristianas no católicas no hace que ellas sean la Iglesia de Cristo ni que la Iglesia de Cristo sea alguna de ellas o el conjunto de las mismas, tampoco esos elementos del matrimonio que hay en las uniones mencionadas hace que sean matrimonio.
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El Card. Kasper habla de “el compromiso definitivo, el amor y el apoyo mutuo, la vida cristiana, el compromiso público, que no existe en las uniones de hecho.”
Pero una unión de hecho tiene más “elementos del matrimonio” que un mero encuentro ocasional, el cual sin embargo también los tiene.
Como en el que roba algo, según dice Chesterton, también hay una valoración y aprecio de la propiedad privada, pues la quiere para sí mismo.
El pecado y el mal en general se dan siempre por privación de algún bien, y esa privación puede ser mayor o menor, los bienes de que se está privado pueden ser más grandes o más pequeños, y consecuentemente, el mal y el pecado pueden ser más o menos graves.
Pero la privación supone siempre un sujeto que está privado de algo, y ese sujeto, en tanto que es, es bueno. Por eso, como ya enseñaba San Agustín, el mal siempre se en algún bien.
Pero de ahí no se sigue que los pecados sean una participación en los actos buenos opuestos o puedan recibir el mismo nombre que ellos.
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Se podría replicar que también las Iglesias y comunidades separadas existen en virtud del pecado de cisma, y aún permanecen objetivamente en ese estado de pecado cismático por no querer reconocer la autoridad del sucesor de Pedro, y eso no quita que sean Iglesias o comunidades cristianas, respectivamente, precisamente por los “elementa ecclesiae” que conservan en sí mismas.
Pero ahí se olvida que por lo dicho arriba, la Iglesia de Cristo no es ninguna de las Iglesias o comunidades cristianas no católicas, ni ellas son por tanto la Iglesia de Cristo, por más que en ellas hay “elementa ecclesiae”, y análogamente, entonces, el matrimonio no es ninguna de las relaciones no matrimoniales mencionadas (fornicación casual, unión de hecho, unión puramente civil con uno de sus miembros al menos bautizado, unión civil con una persona permaneciendo la unión matrimonial válida previa con otra), ni ellas son matrimonio, por más que haya en ellas más o menos “elementos” del matrimonio según el caso.
Además, uno de los argumentos utilizados durante el Concilio para aceptar la eclesialidad de estas comunidades fue que no se puede acusar del pecado de cisma a los descendientes actuales de los que promovieron la ruptura, pues están inculpablemente en esa situación que han heredado involuntariamente y en la que permanecen probablemente debido a una ignorancia invencible.
Lo contrario sucede en el caso de los divorciados vueltos a casar, que han incurrido voluntariamente en esa situación de adulterio objetivo y permanecen voluntariamente en ella sabiendo que es contraria a las enseñanzas de Nuestro Señor tal como las trasmite la Iglesia.

domingo, 31 de agosto de 2014

EL SEÑOR SE HA COMPADECIDO DE NOSOTROS

De los Sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 23 A, 1-4: CCL 41, 321-323)

Dichosos nosotros si llevamos a la práctica lo que escuchamos y cantamos. Porque cuando escuchamos es como si sembráramos una semilla, y cuando ponemos en práctica lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara. Empiezo diciendo esto porque quisiera exhortaros a que no vengáis nunca a la iglesia de manera infructuosa, limitándoos sólo a escuchar lo que allí se dice, pero sin llevarlo a la práctica. Porque, como dice el Apóstol,
estáis salvados por su gracia, pues no se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. No ha precedido, en efecto, de parte nuestra una vida santa, cuyas acciones Dios haya podido admirar, diciendo por ello: «Vayamos al encuentro y premiemos a estos hombres, porque la santidad de su vida lo merece.» A Dios le desagradaba nuestra vida, le desagradaban nuestras obras; le agradaba, en cambio, lo que él había realizado en nosotros. Por ello, en nosotros, condenó lo que nosotros habíamos realizado y salvó lo que él había obrado.

Nosotros, por tanto, no éramos buenos. Y, con todo, él se compadeció de nosotros y nos envió a su Hijo a fin de que muriera, no por los buenos, sino por los malos; no por los justos, sino por los impíos. Dice, en efecto, la Escritura: Cristo murió por los pecadores. Y ¿qué se dice a continuación? Apenas habrá quien dé su vida por un justo; quizás por un bienhechor se exponga alguno a perder la vida. Es posible, en efecto, encontrar quizás alguno que se atreva a morir por un bienhechor; pero por un inicuo, por un malhechor, por un pecador, ¿quién querrá entregar su vida, a no ser Cristo, que fue justo hasta tal punto que justificó incluso a los que eran injustos?

Ninguna obra buena habíamos realizado, hermanos míos; todas nuestras acciones eran malas. Pero, a pesar de ser malas las obras de los hombres, la misericordia de Dios no abandonó a los humanos. Y Dios envió a su Hijo para que nos rescatara, no con oro o plata, sino a precio de su sangre, la sangre de aquel Cordero sin mancha, llevado al matadero por el bien de los corderos manchados, si es que debe decirse simplemente manchados y no totalmente corrompidos. Tal ha sido, pues, la gracia que hemos recibido. Vivamos, por tanto, dignamente, ayudados por la gracia que hemos recibido y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado. Un médico extraordinario ha venido hasta nosotros y todos nuestros pecados han sido perdonados. Si volvemos a enfermar no sólo nos dañaremos a nosotros mismos, sino que seremos además ingratos para con nuestro médico.

Sigamos, pues, las sendas que él nos indica e imitemos, en particular, su humildad, aquella humildad por la que él se rebajó a sí mismo en provecho nuestro. Esta senda de humildad nos la ha enseñado él con sus palabras y, para darnos ejemplo, él mismo anduvo por ella, muriendo por nosotros. Para poder morir por nosotros, siendo como era inmortal, la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Así el que era inmortal se revistió de mortalidad para poder morir por nosotros y destruir nuestra muerte con su muerte.

Esto fue lo que hizo el Señor, éste el don que nos otorgó. Siendo grande, se humilló; humillado, quiso morir; habiendo muerto, resucitó y fue exaltado para que nosotros no quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con él en la resurrección de los muertos los que ya desde ahora hemos resucitado por la fe y por la confesión de su nombre. Nos dio y nos indicó, pues, la senda de la humildad. Si la seguimos confesaremos al Señor y con toda razón le daremos gracias, diciendo: Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias, invocando tu nombre.

RESPONSORIO    Sal 85, 12-13; 117, 28

R. Te alabaré de todo corazón, Dios mío, daré gloria a tu nombre por siempre; * por tu grande piedad para conmigo.
V. Tú eres mi Dios, yo te doy gracias; Dios mío, a ti dirijo mi alabanza.
R. Por tu grande piedad para conmigo.

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