miércoles, 28 de enero de 2015

EN LA CRUZ HALLAMOS EL EJEMPLO DE TODAS LAS VIRTUDES



De las Conferencias de santo Tomás de Aquino, presbítero
(Conferencia 6 sobre el Credo)

¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar.

Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado.

La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.

Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él.

Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: corramos también nosotros con firmeza y constancia la carrera para nosotros preparada. Llevemos los ojos fijos en Jesús, caudillo y consumador de la fe, quien, para ganar el gozo que se le ofrecía, sufrió con toda constancia la cruz, pasando por encima de su ignominia.

Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.

Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: Como por la desobediencia de un solo hombre -es decir, de Adán- todos los demás quedaron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos quedarán constituidos justos.

Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien, finalmente, dieron a beber hiel y vinagre.

No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se reparten mi ropa; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que, entretejiendo una corona de espinas, la pusieron sobre mi cabeza; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre.

RESPONSORIO    Sb 7, 7-8; 9, 17

R. Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mi un espíritu de sabiduría. * La preferí a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza.
V. Señor, ¿quién hubiera conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu Espíritu Santo?
R. La preferí a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor Dios nuestro, que hiciste admirable a santo Tomás de Aquino por su sed de santidad y por su amor a las ciencias sagradas, te pedimos que nos des su luz para entender sus enseñanzas y fuerza para imitar su vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

jueves, 25 de diciembre de 2014

Homilía del Papa Francisco para la Misa de Nochebuena de 2013

¡NOS HA NACIDO EL SALVADOR, GLORIA A DIOS EN EL CIELO!

Homilía del Papa Francisco para la Misa de Nochebuena de 2013

1. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1).

Esta profecía de Isaías no deja de conmovernos, especialmente cuando la escuchamos en la Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra y sorprende: el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver.

Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia, en el largo camino de la historia de la salvación, comenzando por Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas. Porque es fiel, «Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio, se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y momentos de pueblo errante.

También en nuestra historia personal se alternan momentos luminosos y oscuros, luces y sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos, caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano –escribe el apóstol San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11). Pueblo en camino, sobre todo pueblo peregrino que no quiere ser un pueblo errante.

2. En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11).

La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros.

3. Los pastores fueron los primeros que vieron esta “tienda”, que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque eran de los últimos, de los marginados. Y fueron los primeros porque estaban en vela aquella noche, guardando su rebaño. Es condición del peregrino velar, y ellos estaban en vela. Con ellos nos quedamos ante el Niño, nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil.

Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos ama, nos ama tanto que nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Como dijeron los ángeles a los pastores: “No teman”. Y también yo les repito a todos: “No teman”. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es la misericordia. Nuestro Padre nos perdona siempre. Y Él es nuestra paz. Amén.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El prefacio III de Adviento

Visto en Corazón Eucarístico de Jesús. El Sagrario.

Otro prefacio para la primera parte del Adviento es el prefacio III, de redacción nueva, más largo, más explícitamente bíblico en su estilo. Canta a “Cristo, Señor y Juez de la historia”.
En verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor
himnos de bendición y de alabanza,
Padre todopoderoso,
principio y fin de todo lo creado.
Tú nos has ocultado el día y la hora
en que Cristo, tu Hijo,
Señor y Juez de la historia,
aparecerá, revestido de poder y de gloria,
sobre las nubes del cielo.
           
            El lenguaje es apocalíptico: fenómenos en el cielo, los astros tambaleándose, etc. Y los discípulos preguntan: “¿cuándo será eso?”, pero la respuesta es enigmática: “ni el Hijo del hombre lo sabe, sólo el Padre. Vosotros velad y orad”.
            Se nos “ha ocultado el día y la hora en que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia, aparecerá”. Quien fue juzgado por un Sanedrín prevaricador y por un gobernador romano acobardado, que rehuía la Verdad incómoda, va a venir como Señor y Juez de la historia: “se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros…” (Mt 25).

            En ese juicio de Cristo, toda la historia pasará por delante. Será luz donde hubo tinieblas…, será Justicia donde tantos atropellos e injusticias se han cometido o se han padecido. Será la Verdad brillando, resplandeciente; será la desvelación del sentido y del porqué de todo; será la reparación para los que han cargado con el pecado de los demás y han sido heridos, humillados.
            “El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia” (CAT 681).
            El prefacio señala también la transformación de todo lo creado, de esto que vemos, para pasar a los cielos nuevos y la tierra nueva:
En aquel día terrible y glorioso
pasará la figura de este mundo
y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.
            Son palabras profundamente consoladoras. Vemos la naturaleza y sufrimos su desorden: la tierra produce abrojos y espinas (cf. Gn 3) y se vuelve contra el hombre; catástrofes naturales que lo arrasan todo… San Pablo lo dice: “la creación entera gime con dolores de parto” (Rm 8). Cuando venga Cristo se inaugurarán estos cielos nuevos y tierra nueva, porque también la creación –bella, hermosa, buena- será redimida y transformada.
            Mientras aguardamos la segunda venida de Cristo, ¿qué ocurre? ¿Estamos solos, perdidos, dejados de Su Mano? Este prefacio señala también cómo ahora Cristo se nos da y viene, invisible y ocultamente, de muchos modos:
El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria
viene ahora a nuestro encuentro
en cada hombre y en cada acontecimiento,
para que lo recibamos en la fe
y por el amor demos testimonio
de la espera dichosa de su reino.
            Hay, pues, una venida “intermedia” del Señor, en al que Cristo se nos da y nos sostiene, saliendo a nuestro encuentro. Esta venida intermedia requiere una atención cordial: Cristo pasa por la vida pero hay que descubrirlo, hay que acogerlo.
            Sin duda, Cristo pasa por nuestra vida en la liturgia y los sacramentos, que no son reuniones, fiestas, didáctica de la fe, sino acciones salvadoras de Dios mismo. Esta venida intermedia se produce con su Palabra proclamada, con la que toca el corazón. Viene Cristo en los hermanos, especialmente en quienes nos necesitan de mil maneras distintas y viene en circunstancias y acontecimientos de nuestra vida. Él nos va llevando, nos va conduciendo, nos va guiando. Los ojos de la fe y del amor reconocen a Cristo.
Por eso mientras aguardamos su última venida,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…
            Esperamos, deseamos, necesitamos la segunda venida del Señor. Mientras aguardamos esa plena realidad, “mientras aguardamos su última venida”, la celebración eucarística es venida de Jesucristo, es presencia real de Cristo, bajo los signos del pan y vino, bajo las especies eucarísticas. Será la Eucaristía alimento para nuestra esperanza aguardando al Salvador.

lunes, 8 de diciembre de 2014

LA LITURGIA, FUENTE DE LA VIDA ESPIRITUAL EN LA VIDA CONSAGRADA (I)

Tomado de Liturgia Viva
 

Introducción

No sabría decir si la liturgia y su reforma posconciliar han gozado de una acogida y puesta al día excelentes en la vida consagrada durante los últimos cincuenta años.
Las recomendaciones de los Papas, en su magisterio dirigido a toda la Iglesia y a la vida religiosa en particular, han sido realmente abundantes y claras, y estamos seguros de que han caído en terreno bien dispuesto.
Lo que recuerdo, como experiencia personal, ciertamente limitada dentro de su extensión,  ha sido en este sentido muy positivo. He podido constatar cómo, especialmente las religiosas, se movieron, participando en cursillos, clases, charlas, preocupadas por recibir una formación cuidada y, dentro de lo posible completa, pidiendo información y consultando, con una especial atención a la Liturgia de las Horas y también a la Celebración eucarística.
Hemos visto religiosas con verdadera hambre y sed de conocer, gustar, vivir la oración de la Iglesia, empaparse de su espíritu, para poderla vivir y comunicar también a los demás, a través de la catequesis, el ejemplo y la transmisión de lo conocido y vivido; deseosas de  conocer las rúbricas también, pero sobre todo el espíritu, para traducir en ‘vivencia’ lo escuchado y aprendido, y pasar así del ‘saber’ a la verdadera ‘sabiduría’ litúrgica.
Muchas congregaciones y provincias religiosas no han escatimado esfuerzos de todo tipo, con el fin de  ofrecer, en sus planes pastorales y formativos, respuestas adecuadas a las inquietudes de las Religiosas.
Estos esfuerzos, tanto de las personas individualmente como de las instituciones, han dado y van dando ciertamente sus frutos. Y creemos que es justo reconocer que se han producido, concretamente en estos 50 años que nos separan del concilio Vaticano II, y en particular de la Constitución Sacrosanctum Concilium, esfuerzos y realizaciones notables entre los religiosos y las religiosas, en lo referente a su vida de oración, para mejorar no sólo sus celebraciones litúrgicas, sino también la participación en las mismas, siguiendo las directrices de la Iglesia.
Una prueba de ello es el nuevo lenguaje de los mismos textos constitucionales, que rigen los diversos institutos y congregaciones, textos que hasta hace pocos años aparecían entretejidos prioritariamente de normas y leyes canónicas, siempre necesarias, pero no suficientes para alimentar y sostener la vida de las personas y el ejercicio de la misión, al servicio de la Iglesia y de la sociedad.
Sería necesario cotejar las Constituciones de varios Institutos religiosos para confirmar lo dicho. No tengo tiempo para hacerlo, más que con las de la congregación a la que pertenezco. Intentaré ofrecer un cuadro en el que creo puede resultar evidente el paso de los años y de las etapas que ha vivido el instituto, en la penetración y asimilación de la renovación litúrgica.
Destaco ante todo cómo, aun insistiendo conforme también a la voluntad de la Iglesia, sobre las características propias del estilo de vida y de oración según el carisma del instituto, los textos constitucionales presentan hoy la oración litúrgica como fuente primordial de la espiritualidad cristiana y religiosa de la congregación.
Ciertamente, las normas, los estatutos y constituciones no lo son todo en la vida religiosa, sino que es necesario que la vida de las comunidades y de las personas esté en profunda y fiel sintonía  con ellas. Pero es de justicia constatar el camino realizado, como queda reflejado en general en los textos que regulan la vida de los religiosos y religiosas.




[1] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita Consecrata, 1996, n. 15
[2], Ib. nn. 15-16. 44.
[3] Ib. , n. 22.

domingo, 12 de octubre de 2014

Monseñor Rogelio Livieres Plano

Una hermosa fotografía del Excmo. y Rvdmo. Monseñor Rogelio Livieres Plano, obispo saliente de la Diócesis de Ciudad del Este, en la pasada Misa Vespertina de la Cena del Señor.

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