jueves, 25 de diciembre de 2014

Homilía del Papa Francisco para la Misa de Nochebuena de 2013

¡NOS HA NACIDO EL SALVADOR, GLORIA A DIOS EN EL CIELO!

Homilía del Papa Francisco para la Misa de Nochebuena de 2013

1. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1).

Esta profecía de Isaías no deja de conmovernos, especialmente cuando la escuchamos en la Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra y sorprende: el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver.

Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia, en el largo camino de la historia de la salvación, comenzando por Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas. Porque es fiel, «Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio, se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y momentos de pueblo errante.

También en nuestra historia personal se alternan momentos luminosos y oscuros, luces y sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos, caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano –escribe el apóstol San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11). Pueblo en camino, sobre todo pueblo peregrino que no quiere ser un pueblo errante.

2. En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11).

La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros.

3. Los pastores fueron los primeros que vieron esta “tienda”, que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque eran de los últimos, de los marginados. Y fueron los primeros porque estaban en vela aquella noche, guardando su rebaño. Es condición del peregrino velar, y ellos estaban en vela. Con ellos nos quedamos ante el Niño, nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil.

Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos ama, nos ama tanto que nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Como dijeron los ángeles a los pastores: “No teman”. Y también yo les repito a todos: “No teman”. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es la misericordia. Nuestro Padre nos perdona siempre. Y Él es nuestra paz. Amén.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El prefacio III de Adviento

Visto en Corazón Eucarístico de Jesús. El Sagrario.

Otro prefacio para la primera parte del Adviento es el prefacio III, de redacción nueva, más largo, más explícitamente bíblico en su estilo. Canta a “Cristo, Señor y Juez de la historia”.
En verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor
himnos de bendición y de alabanza,
Padre todopoderoso,
principio y fin de todo lo creado.
Tú nos has ocultado el día y la hora
en que Cristo, tu Hijo,
Señor y Juez de la historia,
aparecerá, revestido de poder y de gloria,
sobre las nubes del cielo.
           
            El lenguaje es apocalíptico: fenómenos en el cielo, los astros tambaleándose, etc. Y los discípulos preguntan: “¿cuándo será eso?”, pero la respuesta es enigmática: “ni el Hijo del hombre lo sabe, sólo el Padre. Vosotros velad y orad”.
            Se nos “ha ocultado el día y la hora en que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia, aparecerá”. Quien fue juzgado por un Sanedrín prevaricador y por un gobernador romano acobardado, que rehuía la Verdad incómoda, va a venir como Señor y Juez de la historia: “se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros…” (Mt 25).

            En ese juicio de Cristo, toda la historia pasará por delante. Será luz donde hubo tinieblas…, será Justicia donde tantos atropellos e injusticias se han cometido o se han padecido. Será la Verdad brillando, resplandeciente; será la desvelación del sentido y del porqué de todo; será la reparación para los que han cargado con el pecado de los demás y han sido heridos, humillados.
            “El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia” (CAT 681).
            El prefacio señala también la transformación de todo lo creado, de esto que vemos, para pasar a los cielos nuevos y la tierra nueva:
En aquel día terrible y glorioso
pasará la figura de este mundo
y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.
            Son palabras profundamente consoladoras. Vemos la naturaleza y sufrimos su desorden: la tierra produce abrojos y espinas (cf. Gn 3) y se vuelve contra el hombre; catástrofes naturales que lo arrasan todo… San Pablo lo dice: “la creación entera gime con dolores de parto” (Rm 8). Cuando venga Cristo se inaugurarán estos cielos nuevos y tierra nueva, porque también la creación –bella, hermosa, buena- será redimida y transformada.
            Mientras aguardamos la segunda venida de Cristo, ¿qué ocurre? ¿Estamos solos, perdidos, dejados de Su Mano? Este prefacio señala también cómo ahora Cristo se nos da y viene, invisible y ocultamente, de muchos modos:
El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria
viene ahora a nuestro encuentro
en cada hombre y en cada acontecimiento,
para que lo recibamos en la fe
y por el amor demos testimonio
de la espera dichosa de su reino.
            Hay, pues, una venida “intermedia” del Señor, en al que Cristo se nos da y nos sostiene, saliendo a nuestro encuentro. Esta venida intermedia requiere una atención cordial: Cristo pasa por la vida pero hay que descubrirlo, hay que acogerlo.
            Sin duda, Cristo pasa por nuestra vida en la liturgia y los sacramentos, que no son reuniones, fiestas, didáctica de la fe, sino acciones salvadoras de Dios mismo. Esta venida intermedia se produce con su Palabra proclamada, con la que toca el corazón. Viene Cristo en los hermanos, especialmente en quienes nos necesitan de mil maneras distintas y viene en circunstancias y acontecimientos de nuestra vida. Él nos va llevando, nos va conduciendo, nos va guiando. Los ojos de la fe y del amor reconocen a Cristo.
Por eso mientras aguardamos su última venida,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…
            Esperamos, deseamos, necesitamos la segunda venida del Señor. Mientras aguardamos esa plena realidad, “mientras aguardamos su última venida”, la celebración eucarística es venida de Jesucristo, es presencia real de Cristo, bajo los signos del pan y vino, bajo las especies eucarísticas. Será la Eucaristía alimento para nuestra esperanza aguardando al Salvador.

lunes, 8 de diciembre de 2014

LA LITURGIA, FUENTE DE LA VIDA ESPIRITUAL EN LA VIDA CONSAGRADA (I)

Tomado de Liturgia Viva
 

Introducción

No sabría decir si la liturgia y su reforma posconciliar han gozado de una acogida y puesta al día excelentes en la vida consagrada durante los últimos cincuenta años.
Las recomendaciones de los Papas, en su magisterio dirigido a toda la Iglesia y a la vida religiosa en particular, han sido realmente abundantes y claras, y estamos seguros de que han caído en terreno bien dispuesto.
Lo que recuerdo, como experiencia personal, ciertamente limitada dentro de su extensión,  ha sido en este sentido muy positivo. He podido constatar cómo, especialmente las religiosas, se movieron, participando en cursillos, clases, charlas, preocupadas por recibir una formación cuidada y, dentro de lo posible completa, pidiendo información y consultando, con una especial atención a la Liturgia de las Horas y también a la Celebración eucarística.
Hemos visto religiosas con verdadera hambre y sed de conocer, gustar, vivir la oración de la Iglesia, empaparse de su espíritu, para poderla vivir y comunicar también a los demás, a través de la catequesis, el ejemplo y la transmisión de lo conocido y vivido; deseosas de  conocer las rúbricas también, pero sobre todo el espíritu, para traducir en ‘vivencia’ lo escuchado y aprendido, y pasar así del ‘saber’ a la verdadera ‘sabiduría’ litúrgica.
Muchas congregaciones y provincias religiosas no han escatimado esfuerzos de todo tipo, con el fin de  ofrecer, en sus planes pastorales y formativos, respuestas adecuadas a las inquietudes de las Religiosas.
Estos esfuerzos, tanto de las personas individualmente como de las instituciones, han dado y van dando ciertamente sus frutos. Y creemos que es justo reconocer que se han producido, concretamente en estos 50 años que nos separan del concilio Vaticano II, y en particular de la Constitución Sacrosanctum Concilium, esfuerzos y realizaciones notables entre los religiosos y las religiosas, en lo referente a su vida de oración, para mejorar no sólo sus celebraciones litúrgicas, sino también la participación en las mismas, siguiendo las directrices de la Iglesia.
Una prueba de ello es el nuevo lenguaje de los mismos textos constitucionales, que rigen los diversos institutos y congregaciones, textos que hasta hace pocos años aparecían entretejidos prioritariamente de normas y leyes canónicas, siempre necesarias, pero no suficientes para alimentar y sostener la vida de las personas y el ejercicio de la misión, al servicio de la Iglesia y de la sociedad.
Sería necesario cotejar las Constituciones de varios Institutos religiosos para confirmar lo dicho. No tengo tiempo para hacerlo, más que con las de la congregación a la que pertenezco. Intentaré ofrecer un cuadro en el que creo puede resultar evidente el paso de los años y de las etapas que ha vivido el instituto, en la penetración y asimilación de la renovación litúrgica.
Destaco ante todo cómo, aun insistiendo conforme también a la voluntad de la Iglesia, sobre las características propias del estilo de vida y de oración según el carisma del instituto, los textos constitucionales presentan hoy la oración litúrgica como fuente primordial de la espiritualidad cristiana y religiosa de la congregación.
Ciertamente, las normas, los estatutos y constituciones no lo son todo en la vida religiosa, sino que es necesario que la vida de las comunidades y de las personas esté en profunda y fiel sintonía  con ellas. Pero es de justicia constatar el camino realizado, como queda reflejado en general en los textos que regulan la vida de los religiosos y religiosas.




[1] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita Consecrata, 1996, n. 15
[2], Ib. nn. 15-16. 44.
[3] Ib. , n. 22.

domingo, 12 de octubre de 2014

Monseñor Rogelio Livieres Plano

Una hermosa fotografía del Excmo. y Rvdmo. Monseñor Rogelio Livieres Plano, obispo saliente de la Diócesis de Ciudad del Este, en la pasada Misa Vespertina de la Cena del Señor.

sábado, 11 de octubre de 2014

El matrimonio, la Iglesia y el Card. Kasper

Boda 
Ha dicho recientemente el Card. Kasper en una entrevista (todos los subrayados son nuestros):
 “La doctrina de la Iglesia no es un sistema cerrado: el Concilio Vaticano II enseña que hay un desarrollo, en el sentido de una posible profundización. Me pregunto si es posible, en este caso, llevar a cabo una profundización semejante a la que se dio en la eclesiología: aunque la Iglesia católica sea la verdadera Iglesia de Cristo, hay elementos de eclesialidad también más allá de las fronteras institucionales de la misma Iglesia católica. En ciertos casos, ¿no se podrían reconocer también en un matrimonio civil algunos elementos del matrimonio sacramental? Por ejemplo, el compromiso definitivo, el amor y el cuidado recíproco, la vida cristiana, el compromiso público, que no existen en las parejas de hecho.”
http://www.infovaticana.com/2014/09/19/kasper-hay-que-distinguir-la-doctrina-de-la-disciplina/
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Otra afirmación que hace el Card. Kasper es ésta:
“La doctrina de la indisolubilidad del matrimonio sacramental se basa en el mensaje de Jesús; la Iglesia no tiene el poder para cambiarla. Este punto no cambia. Un segundo matrimonio sacramental, mientras la pareja siga con vida, no es posible.”
Pero cuando Nuestro Señor declara la indisolubilidad del matrimonio, se remonta al “principio”, a la Creación. No está hablando, por tanto, del matrimonio sacramental, sino del matrimonio sin más, que ante todo es una institución natural, dependiente de la Creación, y que Nuestro Señor elevó a la dignidad de Sacramento en la Nueva Alianza.
Para precisiones sobre la indisolubiidad propia del matrimonio natural, los privilegios paulino y petrino, y el caso de los bautizados que se casan válidamente por civil mediando la dispensa del Obispo, ver en la parte de comentarios. 
El que es indisoluble es el matrimonio sin más, no solamente el matrimonio sacramental. Los judíos que interrogaban al Señor lo interrogaban sobre el matrimonio tal como existía en ese momento, y no era el matrimonio sacramental, porque el Señor aún no había muerto y resucitado ni había sido dado el Espíritu Santo a la Iglesia.
Tal como lo presenta el Card. Kasper, la indisolubilidad es una propiedad exclusiva del matrimonio sacramental, y además, quedaría vulnerada solamente por una nueva unión sacramental en vida del primer cónyuge, no por una nueva unión que no fuese sacramental.
Pero aún si sólo el matrimonio sacramental fuese indisoluble, es claro que eso quiere decir que los casados sacramentalmente no pueden considerarse libres del vínculo en vida de la otra parte, para casarse con otra persona, independientemente de si la segunda unión va a ser sacramental o no.
Por más que el matrimonio sacramental y el no sacramental son distintos, la pareja en cuestión es de todos modos una sola, y si el vínculo entre ambos es indisoluble, eso quiere decir simplemente que no pueden unirse a otra persona en vida del primer cónyuge, del modo que sea, sacramentalmente o no sacramentalmente.
No tiene sentido pensar que dos personas casadas sacramentalmente pueden cada una por su parte unirse en matrimonio civil, no sacramental, con otra persona. Una de las propiedades del matrimonio es la unidad, es decir, uno con una, que excluye la poligamia y la poliandria.
Pero sería absurdo decirle a dos esposos casados por Iglesia que la unidad e indisolubilidad del matrimonio exigen de ellos que no se unan a otra persona en vida del cónyuge, salvo que lo hagan por un matrimonio civil no sacramental.
Eso sería como decir que el bautizado no puede bautizarse de nuevo, pero sí puede circuncidarse, porque la circuncisión no es un sacramento
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Porque además, para el bautizado no hay otro matrimonio válido que el sacramental. Una unión civil entre bautizados no es matrimonio, sino concubinato y si uno de ellos está casado por Iglesia con otra persona, es además adulterio. El matrimonio civil es verdadero matrimonio, en todo caso, sólo cuando es entre no bautizados.
Porque el matrimonio es eso: una realidad natural que el Señor Jesucristo ha elevado a la dignidad de sacramento entre los bautizados. Como mera realidad natural, entre no bautizados, el matrimonio, que en ese caso es matrimonio natural, se celebra usualmente, hoy día al menos, como matrimonio civil. Para un bautizado, el único matrimonio válido es el sacramental.
Incluso si, contrariando la disciplina actual de la Iglesia, que exige la forma canónica del matrimonio, se dijese que todo matrimonio civil entre bautizados es por eso mismo ya Sacramento, con eso se iría en contra de la propuesta del Card. Kasper, porque entonces la segunda unión también sería sacramental, y eso iría contra la indisolubilidad del matrimonio aún en la forma errada en que la entiende al parecer el Card. Kasper, a saber, que existiendo una unión sacramental no puede haber otra unión sacramental.
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Nos parece interesante que el Cardenal Kasper reconozca que la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, y que por tanto el “subsiste en” de Lumen Gentium debe entenderse en unión con el “es” y no en oposición al mismo.
Sobre todo tratándose de alguien que fue durante años Prefecto de la Congregación encargada del Ecumenismo.
En efecto, no se puede decir católicamente que la Iglesia de Cristo no es la Iglesia Católica, y entre ser y no ser no hay tercera alternativa.
Porque si la Iglesia de Cristo no es la Iglesia Católica, o bien será entonces alguna de las Iglesias Ortodoxas, o alguna de las llamadas “iglesias” protestantes, o será la “iglesia invisible” de la doctrina protestante, o será el conjunto de todas las confesiones cristianas existentes hoy día, o simplemente no existirá hoy.
Y ninguna de esas alternativas es conforme con la fe católica.
Por tanto, la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica y por eso subsiste en la Iglesia Católica.
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En lo que sigue a continuación intentamos hacer una síntesis conceptual de los distintos aspectos de este problema tal como se plantea a partir del Concilio Vaticano II.
Las Iglesias cristianas no católicas, que de hecho son solamente las Iglesias orientales separadas, participan imperfectamente del ser de la Iglesia de Cristo, en la medida en que conservan elementos válidos de la misma, como son los Sacramentos.
Las comunidades cristianas surgidas de las Reforma protestante participan más imperfectamente aún de la Iglesia de Cristo, porque conservan solamente el sacramento del Bautismo y en todo caso el Matrimonio, y al rechazar el Orden Sagrado o bien alterarlo como ha sucedido con la comunión anglicana no tienen ministerio episcopal ni presbiteral y por eso no son Iglesias
La Iglesia de Cristo no es ninguna de esas otras Iglesias o comunidades, porque entonces, como es la Iglesia Católica, que no es ninguna de ellas, sería distinta de sí misma, lo que es absurdo.
Y por tanto, tampoco ninguna de esas Iglesias o comunidades cristianas no católicas es la Iglesia de Cristo, sino que en esas otras Iglesias y comunidades cristianas hay, como dice el Concilio, elementos de la Iglesia de Cristo, que hacen que esas Iglesias y comunidades cristianas participen imperfectamente de la Iglesia de Cristo, como se ha dicho.
Es cierto, entonces, que el “es” significa identidad plena, pero por eso mismo es falsa la consecuencia que algunos han querido sacar, de que si se afirma la identidad plena entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica, se niega totalmente el carácter eclesial o cristiano a las otras comunidades de bautizados.
Más bien es al contrario: precisamente porque el “es” significa identidad, es que deja espacio o lugar para que haya participación en la Iglesia de Cristo, sin identidad con la misma, en las comunidades cristianas no católicas. Lo único que excluye, lógicamente, es que haya varias comunidades distintas y separadas entre sí que sean todas ellas la Iglesia de Cristo.
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La identidad puede ser específica o numérica. En el primer caso, puede haber varias participaciones individuales de la misma identidad específica, de las cuales se puede decir que “son” eso que cada una de ellas realiza individualmente.
Así, considerando la identidad propia de la naturaleza humana como tal, decimos que Pedro es hombre y que Pablo es hombre.
Igualmente, pueden darse relaciones de analogía, en este caso, en las cuales el verbo “ser” se pueda aplicar también a las realizaciones imperfectas y analógicas, así, el universal “Bondad” se realiza perfectamente en Dios e imperfecta y participativamente en las creaturas, pero no por eso dejamos decir que las creaturas son buenas.
En el segundo caso, no puede haber otras realidades individuales, numéricamente distintas, que “sean” eso que el individuo concreto es en cuanto tal.
Es decir, no puede haber otro que sea Sócrates, además de Sócrates, ni Sócrates puede ser otro individuo distinto de él mismo.
Pero sí es posible que algo de lo que constituye a ese individuo como tal se encuentre en otros individuos, en cuyo caso no podremos decir que ese individuo es los otros, o que los otros son él, pero sí podremos decir que los otros participan de él de algún modo.
Así, los discípulos de Sócrates participan de su sabiduría, y sus hijos, de su código genético. De algún modo realizan imperfectamente eso que Sócrates es, y están por ello en cierta unidad imperfecta, en este caso porque no es sustancial, sino accidental, con Sócrates mismo.
La identidad universal y abstracta, entonces, es participable, conservándose como tal identidad; la identidad individual y concreta no lo es, pero sí son participables en cierto sentido elementos suyos.
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La Iglesia de Cristo no es un universal abstracto, sino una realidad individual concreta e histórica, con una dimensión humana y visible, y una dimensión divina, sobrenatural e invisible.
Al mismo tiempo, tampoco es un individuo sustancial, como Sócrates, sino un individuo colectivo, es decir, una pluralidad de individuos sustanciales, los bautizados, accidentalmente unidos entre sí, en el sentido de que no forman una sola sustancia.
Por tanto, la identidad propia de la Iglesia de Cristo como tal no es participable. La Iglesia de Cristo, entonces, no puede ser otra comunidad cristiana distinta de la Iglesia Católica, ni otra comunidad cristiana no católica puede ser la Iglesia de Cristo.
Las Iglesias locales separadas son Iglesias cristianas, pero no son la Iglesia de Cristo, no sólo en el sentido de que ninguna Iglesia local se identifica sin más con la Iglesia Universal, sino además en el sentido de que no están en plena comunión con la Iglesia Universal. 
Pero sí es posible que algo de lo que constituye a la Iglesia de Cristo, al menos y ante todo, el bautismo, exista en otras comunidades cristianas no católicas, que de ese modo participan de la Iglesia de Cristo y realizan imperfectamente eso que ella es, y en esa medida le están imperfectamente unidas.
En este caso, la unidad es imperfecta, no porque no sea sustancial sino accidental, como sucede en el caso del individuo sustancial y los otros individuos que de algún modo participan de algo suyo, sino porque no es según todas las relaciones que hacen a la unidad y al ser de la colectividad concreta e individual Iglesia de Cristo, sino solamente según algunas de ellas, faltando ante todo y por lo menos la relación de sumisión al sucesor de Pedro.
A la objeción que dice que entre la identidad y la no identidad no hay tercera alternativa, respondemos concediéndolo, y señalando que no afirmamos identidad alguna entre la Iglesia de Cristo y las comunidades cristianas no católicas.
A la objeción que dice que la identificación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica es necesariamente exclusiva y excluyente, respondemos que es excluyente de toda otra identificación, pero no es excluyente de la participación no identificativa.
A la objeción que dice que no tiene sentido distinguir entre la identidad plena y la identidad sin más, respondemos que nosotros no lo hacemos, y que a la identidad plena expresada en el “es” y el “subsiste en”, aplicados a la relación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica, no oponemos una identidad no plena del lado de las comunidades cristianas no católicas, sino una participación no identificativa.
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Si consideramos ahora el caso del matrimonio, tenemos ante todo que no es una realidad concreta y singular como la Iglesia de Cristo, sino un universal, capaz de realizarse idénticamente en muchas realidades concretas y singulares: este matrimonio, aquel otro matrimonio, aquel otro.
Tenemos también que no es una realidad ante todo sobrenatural, sino natural, dependiente del orden de la Creación, destinada por ley natural a todos los hombres, a la cual Nuestro Señor elevó a la dignidad sobrenatural de Sacramento en el caso de los bautizados.
Con los universales sucede algo distinto de lo que sucede con las realidades individuales y concretas: para participar de ellos en sentido propio hay que hacerlo según todas sus notas, de lo contrario, se están aplicando en sentido metafórico, como cuando se dice de alguien valiente que es un león, porque tiene una de las notas del león, el valor, aunque no sea un mamífero carnívoro del orden de los félidos.
En efecto, si al perro le quitamos una sola de sus notas esenciales, por ejemplo, que sea mamífero, o que sea un ser vivo, etc., ya no es un perro, sino otra cosa.
Eso vale incluso para la predicación analógica de los universales, cuando es propia: nada esencial al concepto de “bondad” puede faltarle a la bondad de las creaturas, por más que la tienen en sentido solamente analógico y participado respecto de la Bondad del Creador.
La diferencia propia de los analogados, en este caso, no está en que en algún caso falte alguna de las notas esenciales del concepto, sino en lo que se agrega a ese concepto en cada caso, por ejemplo, la Bondad divina es Subsistente e Infinita, la bondad creada es participada y finita.
El matrimonio civil, por su parte, al menos idealmente hablando, es la forma válida de matrimonio en el caso de los no bautizados, siendo de hecho totalmente inválido en el caso en que al menos uno de los miembros de la pareja sea bautizado.
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Por tanto, no tiene sentido decir que el matrimonio civil participa del matrimonio sacramental, como propone el Card. Kasper. Lo natural no participa de lo sobrenatural, sino que tanto lo natural como lo sobrenatural participan en definitiva de las riquezas del Ser divino, de modo diverso y por caminos diversos. Toda participación en lo sobrenatural es por eso mismo sobrenatural.
Más bien hay que decir que tanto el matrimonio civil (cuando es verdadero matrimonio, o sea, entre no bautizados) como el matrimonio sacramental participan del matrimonio en general, entendiendo a éste como un género y a aquellos como sus especies.
En todo caso, si se quiere decir que “matrimonio” es una única esencia y especie, habrá que decir que el civil y el sacramental representan estados existencialmente distintos de esa única especie o esencia.
Y si se quiere decir que “matrimonio” es un término análogo y que tanto el matrimonio civil como el sacramental son sus analogados, en todo caso deberá ser una analogía de proporcionalidad y no de atribución, porque en la analogía de atribución los analogados secundarios participan del analogado principal, o se denominan extrínsecamente a partir de él, y por lo ya dicho, ni el matrimonio sacramental participa del matrimonio civil, ni viceversa, ni dejan ambos de ser intrínsecamente “matrimonio”.
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En todo caso, resulta que nada a lo que falte alguna de las notas esenciales del matrimonio puede ser considerado “matrimonio” por más que conserve algunas de ellas.
Pero además, como ya se dijo, entre bautizados no hay matrimonio válido que no sea Sacramento. La ausencia del vínculo sacramental por tanto hace ya imposible que el bautizado pueda estar casado en un matrimonio puramente civil.
Los bautizados casados por Iglesia, divorciados y vueltos a casar por civil, por tanto, no están casados en modo alguno ni es su unión un “matrimonio” en modo alguno.
Hay en ellos, sí, elementos del matrimonio, como los hay también en las uniones de hecho e incluso en la simple fornicación, en grados diversos, obviamente.
Pero del mismo modo en que la presencia de elementos de la Iglesia de Cristo en las Iglesias y comunidades cristianas no católicas no hace que ellas sean la Iglesia de Cristo ni que la Iglesia de Cristo sea alguna de ellas o el conjunto de las mismas, tampoco esos elementos del matrimonio que hay en las uniones mencionadas hace que sean matrimonio.
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El Card. Kasper habla de “el compromiso definitivo, el amor y el apoyo mutuo, la vida cristiana, el compromiso público, que no existe en las uniones de hecho.”
Pero una unión de hecho tiene más “elementos del matrimonio” que un mero encuentro ocasional, el cual sin embargo también los tiene.
Como en el que roba algo, según dice Chesterton, también hay una valoración y aprecio de la propiedad privada, pues la quiere para sí mismo.
El pecado y el mal en general se dan siempre por privación de algún bien, y esa privación puede ser mayor o menor, los bienes de que se está privado pueden ser más grandes o más pequeños, y consecuentemente, el mal y el pecado pueden ser más o menos graves.
Pero la privación supone siempre un sujeto que está privado de algo, y ese sujeto, en tanto que es, es bueno. Por eso, como ya enseñaba San Agustín, el mal siempre se en algún bien.
Pero de ahí no se sigue que los pecados sean una participación en los actos buenos opuestos o puedan recibir el mismo nombre que ellos.
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Se podría replicar que también las Iglesias y comunidades separadas existen en virtud del pecado de cisma, y aún permanecen objetivamente en ese estado de pecado cismático por no querer reconocer la autoridad del sucesor de Pedro, y eso no quita que sean Iglesias o comunidades cristianas, respectivamente, precisamente por los “elementa ecclesiae” que conservan en sí mismas.
Pero ahí se olvida que por lo dicho arriba, la Iglesia de Cristo no es ninguna de las Iglesias o comunidades cristianas no católicas, ni ellas son por tanto la Iglesia de Cristo, por más que en ellas hay “elementa ecclesiae”, y análogamente, entonces, el matrimonio no es ninguna de las relaciones no matrimoniales mencionadas (fornicación casual, unión de hecho, unión puramente civil con uno de sus miembros al menos bautizado, unión civil con una persona permaneciendo la unión matrimonial válida previa con otra), ni ellas son matrimonio, por más que haya en ellas más o menos “elementos” del matrimonio según el caso.
Además, uno de los argumentos utilizados durante el Concilio para aceptar la eclesialidad de estas comunidades fue que no se puede acusar del pecado de cisma a los descendientes actuales de los que promovieron la ruptura, pues están inculpablemente en esa situación que han heredado involuntariamente y en la que permanecen probablemente debido a una ignorancia invencible.
Lo contrario sucede en el caso de los divorciados vueltos a casar, que han incurrido voluntariamente en esa situación de adulterio objetivo y permanecen voluntariamente en ella sabiendo que es contraria a las enseñanzas de Nuestro Señor tal como las trasmite la Iglesia.

domingo, 31 de agosto de 2014

EL SEÑOR SE HA COMPADECIDO DE NOSOTROS

De los Sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 23 A, 1-4: CCL 41, 321-323)

Dichosos nosotros si llevamos a la práctica lo que escuchamos y cantamos. Porque cuando escuchamos es como si sembráramos una semilla, y cuando ponemos en práctica lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara. Empiezo diciendo esto porque quisiera exhortaros a que no vengáis nunca a la iglesia de manera infructuosa, limitándoos sólo a escuchar lo que allí se dice, pero sin llevarlo a la práctica. Porque, como dice el Apóstol,
estáis salvados por su gracia, pues no se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. No ha precedido, en efecto, de parte nuestra una vida santa, cuyas acciones Dios haya podido admirar, diciendo por ello: «Vayamos al encuentro y premiemos a estos hombres, porque la santidad de su vida lo merece.» A Dios le desagradaba nuestra vida, le desagradaban nuestras obras; le agradaba, en cambio, lo que él había realizado en nosotros. Por ello, en nosotros, condenó lo que nosotros habíamos realizado y salvó lo que él había obrado.

Nosotros, por tanto, no éramos buenos. Y, con todo, él se compadeció de nosotros y nos envió a su Hijo a fin de que muriera, no por los buenos, sino por los malos; no por los justos, sino por los impíos. Dice, en efecto, la Escritura: Cristo murió por los pecadores. Y ¿qué se dice a continuación? Apenas habrá quien dé su vida por un justo; quizás por un bienhechor se exponga alguno a perder la vida. Es posible, en efecto, encontrar quizás alguno que se atreva a morir por un bienhechor; pero por un inicuo, por un malhechor, por un pecador, ¿quién querrá entregar su vida, a no ser Cristo, que fue justo hasta tal punto que justificó incluso a los que eran injustos?

Ninguna obra buena habíamos realizado, hermanos míos; todas nuestras acciones eran malas. Pero, a pesar de ser malas las obras de los hombres, la misericordia de Dios no abandonó a los humanos. Y Dios envió a su Hijo para que nos rescatara, no con oro o plata, sino a precio de su sangre, la sangre de aquel Cordero sin mancha, llevado al matadero por el bien de los corderos manchados, si es que debe decirse simplemente manchados y no totalmente corrompidos. Tal ha sido, pues, la gracia que hemos recibido. Vivamos, por tanto, dignamente, ayudados por la gracia que hemos recibido y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado. Un médico extraordinario ha venido hasta nosotros y todos nuestros pecados han sido perdonados. Si volvemos a enfermar no sólo nos dañaremos a nosotros mismos, sino que seremos además ingratos para con nuestro médico.

Sigamos, pues, las sendas que él nos indica e imitemos, en particular, su humildad, aquella humildad por la que él se rebajó a sí mismo en provecho nuestro. Esta senda de humildad nos la ha enseñado él con sus palabras y, para darnos ejemplo, él mismo anduvo por ella, muriendo por nosotros. Para poder morir por nosotros, siendo como era inmortal, la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Así el que era inmortal se revistió de mortalidad para poder morir por nosotros y destruir nuestra muerte con su muerte.

Esto fue lo que hizo el Señor, éste el don que nos otorgó. Siendo grande, se humilló; humillado, quiso morir; habiendo muerto, resucitó y fue exaltado para que nosotros no quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con él en la resurrección de los muertos los que ya desde ahora hemos resucitado por la fe y por la confesión de su nombre. Nos dio y nos indicó, pues, la senda de la humildad. Si la seguimos confesaremos al Señor y con toda razón le daremos gracias, diciendo: Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias, invocando tu nombre.

RESPONSORIO    Sal 85, 12-13; 117, 28

R. Te alabaré de todo corazón, Dios mío, daré gloria a tu nombre por siempre; * por tu grande piedad para conmigo.
V. Tú eres mi Dios, yo te doy gracias; Dios mío, a ti dirijo mi alabanza.
R. Por tu grande piedad para conmigo.

domingo, 24 de agosto de 2014

LA TIERRA NUEVA Y EL CIELO NUEVO

De la Constitución pastoral Gáudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano segundo
(Núm. 39)


Ni conocemos el tiempo de la nueva tierra y de la nueva humanidad, ni sabemos el modo cómo el universo se transformará. Se termina la presentación de este mundo
deformado por el pecado, pero sabemos que Dios prepara una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y sobrepasará todos los deseos de paz que brotan en el corazón del hombre. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo y lo que se había sembrado en vileza y corrupción se vestirá de incorrupción y, permaneciendo la caridad y sus frutos, este mundo que Dios creó para el hombre se verá liberado de la esclavitud de la corrupción.

Aunque se nos advierta con toda razón que de nada le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo, sin embargo, la esperanza de la tierra nueva no debe debilitar, al contrario, debe acrecentar nuestro deseo de perfeccionar esta tierra, en la que crece aquella nueva humanidad que presenta ya en sí un vislumbre del mundo futuro. Por eso, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, con todo, este progreso tiene gran importancia para el reino de Dios, por cuanto puede contribuir a una mejor organización de la sociedad humana.

En efecto, los valores de la dignidad humana, de la comunión fraterna y de la libertad, es decir, todos aquellos bienes que son fruto de la misma naturaleza humana o del esfuerzo de los hombres y que nosotros hayamos propagado en la tierra, según el mandato del Señor y por la fuerza de su Espíritu, los volveremos a encontrar, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva a su Padre «el reino eterno y universal, el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz». En esta tierra el reino está ya presente de una manera misteriosa, pero, cuando el Señor vuelva, llegará a su plenitud.

RESPONSORIO    Sal 95, 11; Is 49, 13; Sal 71, 7

R. Alégrese el cielo, goce la tierra, romped a cantar, montañas, porque el Señor, nuestro Dios, va a venir, * y se compadecerá de los desamparados.
V. En sus días florecerá la justicia y abundará la paz.
R. Y se compadecerá de los desamparados.

domingo, 17 de agosto de 2014

SAL DE LA TIERRA Y LUZ DEL MUNDO

De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre el evangelio de san Mateo
(Homilía 15, 6. 7: PG 57, 231-232)


Vosotros sois la sal de la tierra. Es como si les dijera: «El mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación, como en otro tiempo a los profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo por cierto muy mal dispuesto.» Porque al decir: Vosotros sois la sal de la tierra, enseña que todos los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado. Por ello exige sobre todo de sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y útiles para el cuidado de los demás. En efecto, la mansedumbre, la moderación, la misericordia, la justicia son unas virtudes que no quedan limitadas al provecho propio del que las posee, sino que son como unas fuentes insignes que manan también en provecho de los demás. Lo mismo podernos afirmar de la pureza de corazón, del amor a la paz y a la verdad, ya que el que posee estas cualidades las hace redundar en utilidad de todos.

«No penséis -viene a decir- que el combate al que se os llama es de poca importancia y que la causa que se os encomienda es exigua: Vosotros sois la sal de la tierra.» ¿Significa esto que ellos restablecieron lo que estaba podrido? En modo alguno. De nada sirve echar sal a lo que ya está podrido. Su labor no fue ésta; lo que ellos hicieron fue echar sal y conservar, así, lo que el Señor había antes renovado y liberado de la fetidez, encomendándoselo después a ellos. Porque liberar de la fetidez del pecado fue obra del poder de Cristo; pero el no recaer en aquella fetidez era obra de la diligencia y esfuerzo de sus discípulos. ¿Te das cuenta de cómo va enseñando gradualmente que éstos son superiores a los profetas? No dice, en efecto, que hayan de ser maestros de Palestina, sino de todo el orbe.

«No os extrañe, pues -viene a decirles-, si, dejando ahora de lado a los demás, os hablo a vosotros solos y os enfrento a tan grandes peligros. Considerad a cuántas y cuán grandes ciudades, pueblos, naciones os he de enviar en calidad de maestros. Por esto no quiero que seáis vosotros solos prudentes, sino que hagáis también prudentes a los demás. Y muy grande ha de ser la prudencia de aquellos que son responsables de la salvación de los demás, y muy grande ha de ser su virtud, para que puedan comunicarla a los otros. Si no es así, ni tan siquiera podréis bastaros a vosotros mismos.

En efecto, si los otros han perdido el sabor, pueden recuperarlo por vuestro ministerio; pero si sois vosotros los que os tornáis insípidos, arrastraréis también a los demás con vuestra perdición. Por esto, cuanto más importante es el asunto que se os encomienda, más grande debe ser vuestra solicitud.» Y así, añade: Si la sal pierde su sabor, ¿con qué la vais a salar? No vale para otra cosa, sino para tirarla fuera y que la pise la gente.

Para que no teman lanzarse al combate, al oír aquellas palabras: Cuando os insulten y persigan y propalen contra vosotros toda clase de calumnias, les dice de modo equivalente: «Si no estáis dispuestos a tales cosas, en vano habéis sido elegidos. Lo que hay que temer no es el mal que digan contra vosotros, sino la simulación de vuestra parte; entonces sí que perderíais vuestro sabor y-seríais pisoteados. Pero si no cejáis en presentar el mensaje con toda su austeridad, si después oís hablar mal de vosotros, alegraos. Porque lo propio de la sal es morder y escocer a los que llevan una vida de molicie.

Por tanto, estas maledicencias son inevitables y en nada os perjudicarán, antes serán prueba de vuestra firmeza. Mas si, por temor a ellas, cedéis en la vehemencia conveniente, peor será vuestro sufrimiento, ya que entonces todos hablarán mal de vosotros y todos os despreciarán; en esto consiste el ser pisoteado por la gente.»

A continuación, propone una comparación más elevada: Vosotros sois la luz del mundo. De nuevo se refiere al mundo, no a una sola nación ni a veinte ciudades, sino al orbe entero; luz que, como la sal de que ha hablado antes, hay que entenderla en sentido espiritual, luz más excelente que los rayos de este sol que nos ilumina. Habla primero de la sal, luego de la luz, para que entendamos el gran provecho que se sigue de una predicación austera, de unas enseñanzas tan exigentes. Esta predicación, en efecto, es como si nos atara, impidiendo nuestra dispersión, y nos abre los ojos al enseñarnos el camino de la virtud. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto del monte; ni se enciende una lámpara para meterla bajo el celemín. Con estas palabras, insiste el Señor en la perfección de vida que han de llevar sus discípulos y en la vigilancia que han de tener sobre su propia conducta, ya que ella está a la vista de todos, y el palenque en que se desarrolla su combate es el mundo entero.

RESPONSORIO    Hch 1, 8; Mt 5, 16

R. Recibiréis la fortaleza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros; * y seréis mis testigos hasta los últimos confines de la tierra.
V. Alumbre vuestra luz a los hombres para que, viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre celestial.
R. Y seréis mis testigos hasta los últimos confines de la tierra.

domingo, 10 de agosto de 2014

CON LAZOS DE AMOR

Del Diálogo de santa Catalina de Siena, virgen, Sobre la divina providencia
(Cap. 4, 13: edición latina, Ingolstadt 1583, ff. 19v-20)
Mi Señor dulcísimo, vuelve benignamente tus ojos misericordiosos a este pueblo y al cuerpo místico que es tu Iglesia; porque mayor gloria se seguirá para tu santo nombre al perdonar tan gran muchedumbre de tus creaturas que si tan sólo me perdonas a mí, miserable pecadora, que tan gravemente he ofendido a tu majestad. ¿Qué consuelo podría hallar yo en poseer la vida, viendo que tu pueblo está privado de ella, y viendo cómo las tinieblas del pecado cubren a tu amada Esposa, por mis pecados y los de las demás creaturas tuyas?

Deseo, pues, y te pido como una gracia especial este perdón, por aquel amor incomparable que te movió a crear al hombre a tu imagen y semejanza. ¿Cuál, me pregunto, fue la causa de que colocaras al hombre en tan alta dignidad? Ciertamente, sólo el amor incomparable con el cual miraste en ti mismo a tu creatura y te enamoraste de ella. Mas veo con claridad que por culpa de su pecado perdió merecidamente la dignidad en que lo habías colocado.

Pero tú, movido por aquel mismo amor, queriendo reconciliarte gratuitamente al género humano, nos diste la Palabra que es tu Hijo unigénito, el cual fue verdaderamente reconciliador y mediador entre tú y nosotros. Él fue nuestra justicia, ya que cargó sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades y sufrió el castigo que por ellas merecíamos, por obediencia al mandato que tú, Padre eterno, le impusiste, cuando decretaste que había de asumir nuestra humanidad. ¡Oh incomparable abismo de caridad! ¿Qué corazón habrá tan duro que no se parta al considerar cómo la sublimidad divina ha descendido tan abajo, hasta nuestra propia humanidad?

Nosotros somos tu imagen y tú imagen nuestra, por la unión verificada en el hombre, velando la divinidad eterna con esta nube que es la masa infecta de la carne de Adán. ¿Cuál es la causa de todo esto? Solamente tu amor inefable. Por éste tu amor incomparable imploro, pues, a tu majestad, con todas las fuerzas de mi alma, para que otorgues benignamente tu misericordia a tus miserables creaturas.

RESPONSORIO    Sal 100, 1-2

R. Voy a cantar la bondad y la justicia, para ti es mi música, Señor. * Caminaré por la senda perfecta, ¿cuándo vendrás a mí?
V. Procederé con rectitud de corazón dentro de mi casa.
R. Caminaré por la senda perfecta, ¿cuándo vendrás a mí?

sábado, 9 de agosto de 2014

La reserva de Santo Domingo.

Por P. Javier Sánchez Martínez en Corazón Eucarístico de Jesús. El Sagrario

Los santos no tienen porqué ser huracanes desatados o terremotos vivos que hagan temblar todo, caracteres fuertes e impulsivos; también pueden ser caracteres discretos, suaves y tenaces, firmes y amables, silenciosos y trabajadores. Santo Domingo era de éstos.


Su`personalidad era muy serena, con gran capacidad de observación, afable con sus hermanos, alegre en el trato, pero ni mucho menos locuaz o charlatán, sino el hombre que con sonrisa dulce sabe hablar y sabe escuchar, sin desperdiciar el tiempo en conversaciones inútiles.

Su personalidad está forjada por un espíritu que es contemplativo y que se desarrolla en su amor por el oficio divino y la liturgia, las horas de oración contemplativa por la noche o mientras camina, así como por su amor por el estudio, la teología, la meditación asidua de la doctrina de la fe.

Es pudoroso: poco habla de sí o de sus experiencias más interiores, sino que recubre su interioridad con una reserva pudorosa, guardando su intimidad con el Señor. De esa interioridad tan rica, tan llena de Dios, desborda su corazón. Entendemos así que se le describa como que "o hablaba con Dios de los hombres, o hablaba de Dios a los hombres".

Su personalidad le hace ser receptivo a los signos de Dios, que continuamente discierne, y se deja llevar por Dios. Debe acompañar a su obispo Diego de Osma a una misión encomendada por el rey en Dinamarca y allí va, dejando que sea Dios el que actúe. Dios le muestra el panorama desolador obrado por cátaros, albigenses y valdenses en el sur de Francia y su corazón se inquieta. Las circunstancias hacen que él y su obispo se queden en esa zona, y con diversos avatares, es el papa Inocencio III quien los une a sus legados pontificios para predicar en esa zona francesa. Él sigue los pasos que Dios le marca. Diego volverá a su diócesis pasado un tiempo, pero Domingo se queda en la "Predicación de Nuestro Señor Jesucristo". Allí ve grupos de conversos, especialmente mujeres, que quieren una vida de mayor perfección y fundará comunidades femeninas, como un nuevo signo de Dios. La Predicación, terminada la misión de los legados pontificios, sigue siendo necesaria. Domingo unido a otros hermanos que comparten ese celo seguirá predicando y dará origen a la Orden de Predicadores. Domingo obedece a Dios, ha visto sus signos, ha seguido las huellas que Dios le dejaba.

¡Qué personalidad tan rica! No es un gran escritor, no se nos conservan discursos suyos, sólo su vida y su acción, todo protegido por una santa reserva del hombre discreto, tal vez tímido, pero apasionado por Cristo y lleno de Dios.

Es de los hombres que camina y es grande, pero arropado. Diego de Osma, su obispo y su amigo, es el estratega, la cabeza, el impulso; Domingo, en segundo plano, el que realiza, madura, avanza. Así vivirá también más adelante, arropado con su comunidad de Prulla, la de Tolosa, y sus hermanos frailes. Son estas figuras grandes que parecen pasar desapercibidas, porque van en segunda fila sin buscar nada, pero que son tan grandes en sí mismas que generan realidades nuevas, abrumadoramente grandes, buenas y santas. Son estos hombres que reciben adhesiones y afectos lentamente, poco a poco, en vez de ser torrentes de simpatía que ganan al momento a todos pero que luego decepcionan tras la impresionante fachada.

"A diferencia de Diego de Acebes [el obispo de Osma], cuya generosidad, siempre alerta, continuamente estaba imaginando empresas apostólicas nuevas, a las que luego se lanzaba con ímpetu, Domingo era el hombre de los pocos planes, pero madurados en largo silencio y realizados luego con tenacidad. Ciertamente Domingo no era menos sensible que su obispo a la llamada de los seres y de los acontecimientos, esto es, de la Providencia. Pero los encuentros con Dios provocaban en él secretas conmociones antes que gestos inmediatos" (Vicarie, H-M., Historia de Santo Domingo, Madrid 2003, p. 307).

Creo que éste podría ser entonces un buen retrato de Santo Domingo: una personalidad riquísima, envuelta en un manto de reserva y pudor.

miércoles, 16 de julio de 2014

El Escapulario de la Virgen del Carmen

Tomado de corazones.org

La Devoción del Monte Carmelo se origina desde el siglo VIII antes de Cristo, cuando el profeta Elías ascendió el monte santo del Carmelo en Palestina, y comenzó la larga tradición de la vida contemplativa, de oración y penitencia.

De esto surgen los Carmelitas, que eran un grupo de ermitaños que vivían en el Monte Carmelo en Palestina. Ellos se creían ser los hijos espirituales de Elías el profeta, e imitaban su estilo de vida contemplativa. Pero no solo tenían influencia de la espiritualidad de Elías (oración y penitencia), sino que a los Carmelitas se les conocía cuando llegaron a Europa por su devoción a la Madre de Dios, ya que en ella veían el complimiento del ideal de Elías. Llegaron incluso a llamárseles: "Los hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo".
Cuando hacían su profesión religiosa ellos se consagraban a Dios y a Maria, y el hábito que tomaban era en honor a la Virgen y como un recordatorio de que sus vidas le pertenecían a Ella.
Por la invasión de los serracenos los Carmelitas se vieron obligados a irse del Mt. Carmelo. Una antigua tradición nos dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban el Salve Regina y Ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar.
Los Carmelitas fueron encontrando bastante oposición en los lugares que deseaban fundar. En el año 1246, nombraron a St. Simon Stock como el general de la Orden. Este sabía que si no había una intervención de la Virgen, a la orden le quedaba muy poco tiempo para sobrevivir. Simón fue a Maria a ponerle la orden bajo su amparo ya que ellos le pertenecían. En su oración la llamo "La flor del Carmelo" y la "Estrella del Mar", le suplico la protección para toda la comunidad. En respuesta a esta ferviente oración, en 1251 se le aparece la Virgen y le da el escapulario para la orden: "Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los carmelitas: quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno"
¿QUÉ ES EL ESCAPULARIO CARMELITA?
Es parte del hábito de los Carmelitas y es una réplica miniatura de ese hábito. Consiste en dos piezas de tela café conectada con unas cintas y que se utiliza bajo la ropa. Una pieza debe colgar por la espalda y la otra por el frente. Junto con el rosario y la medalla milagrosa el escapulario es uno de los más importantes sacramentales marianos.
Un sacramental es un objeto religioso que la Iglesia haya instituido para motivarnos a una vida más santa, piadosa y para aumentar nuestra devoción. Los sacramentales deben mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado incluso al venial.
Por lo tanto, el escapulario al ser un sacramental, no nos da gracias por sí mismo, sino que las gracias se nos dan por el aumento de amor a Dios, y por la verdadera contrición del pecado, al cual el sacramental nos debe motivar. Si por el uso de un sacramental crecemos en amor a Dios y en santidad, entonces recibimos gracias.
Aunque el escapulario fue dado a los carmelitas, poco a poco muchos laicos fueron sintiendo el llamado de vivir una vida más comprometida con la espiritualidad carmelita y así se comenzó la cofradía del escapulario, donde se agregaban muchos laicos por medio de la devoción a la Virgen y al uso del escapulario.
¿PORQUE LE LLAMAMOS ESCAPULARIO?
La palabra escapulario viene del Latín "scapulae" que significa "hombros". Y como el escapulario cae de los hombros es que se le ha dado este nombre.
Significado Espiritual del Escapulario:
Es evidente que Maria quiere revelarnos de manera especial el escapulario. En las apariciones de Fatima, reporta Lucia, hoy Hermana Maria del Inmaculado Corazón, que en la última, la Virgen se apareció vestida con el hábito carmelita y con el escapulario en la mano. Y recordó que los verdaderos hijos de Ella lo usaran y que lo llevaran con reverencia. También que los que se consagraran a ella lo usaran como signo de dicha consagración.
El escapulariotiene 3 significados:
1) El amor y la protección maternal de Maria: el signo es una tela o manto pequeño. Vemos como Maria cuando nace Jesús lo envuelve en un manto. La Madre siempre trata de cobijar a sus hijos. Envolver en su manto es una señal muy maternal de protección y cuidado. Señal de que nos envuelve en su amor maternal. Nos hace suyos. Nos cubre de la ignominia de nuestra desnudes espiritual.
Vemos en la Biblia:
*Dios cubrió con un manto a Adán y Eva después de que pecaron. (Manto signo de perdón)
*Jonás le dio su manto a David: símbolo de amistad
*Elías dio su manto a Eliseo y lo lleno de su espíritu en su partida.
*S. Pablo: revístanse de Cristo: vestirnos con el manto de sus virtudes.
2) Le pertenecemos a Ella: Llevamos una marca que nos hace sus hijos escogidos. El escapulario se convierte en el símbolo de nuestra consagración a Maria. Consagración: `pertenecer a Maria'. Reconocer su misión maternal sobre nosotros y entregarnos a ella para dejarnos guiar, ensenar, moldear por Ella y en su corazón. Así podremos ser usados por Ella para la extensión del Reino de su Hijo.
En 1950 Papa Pio XII escribió acerca del escapulario: "que sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos"
3) El suave yugo de Cristo: "Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontraran alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". (Mt 11:29 30)
El escapulario simboliza ese yugo que Jesús nos invita a cargar pero que Maria nos ayuda a llevar.
La Promesa:
"Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los carmelitas: quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno".
Explicación de la Promesa:
Muchos Papas, santos y teólogos católicos han explicado que esta promesa significa que quien tenga la devoción al escapulario y lo use, recibirá de ella a la hora de la muerte: la gracia de la perseverancia en el estado de gracia o la gracia de la contrición. O sea que el escapulario no es una barita mágica que nos libra del infierno, sino que Maria como dispensadora de gracias, nos ayudara a morir en estado de gracia o sea sin pecado grave o morir habiendo tenido un auténtico arrepentimiento.
Testimonio: “un sacerdote de Chicago fue llamado para ir a asistir a un moribundo que había estado lejos de su fe y de los sacramentos por muchos anos. El moribundo no quiso recibirlo, ni hablar con él. Pero el sacerdote insistió y le enseñó el escapulario que llevaba. Le pregunto si le permitiría ponérselo. El hombre acepto con tal que el sacerdote lo dejara en paz. Una hora más tarde el moribundo mando a llamar al sacerdote pues deseaba confesarse y morir en gracia y amistad con Dios"
El mismo día que S. Simon Stock recibió de Maria el escapulario y la promesa, él fue llamado a asistir a un moribundo que estaba desesperado. Cuando llego puso el escapulario sobre el hombre, pidiéndole a la Virgen que mantuviera la promesa que le acababa de hacer. Inmediatamente el hombre se arrepintió, se confesó y murió en gracia de Dios"
Alerta:
Los Papas y Santos han muchas veces alertado acerca de no abusar de la promesa de nuestra madre y usar el escapulario como una manera fácil de evadir la conversión. El Papa Pio XI: "aunque es cierto que la Virgen Maria ama de manera especial a quienes son devotos de ella, aquellos que desean tenerla como auxilio a la hora de la muerte, deben en vida ganarse dicho privilegio con una vida de rechazo al pecado y viviendo para darle honor"
Es inconcebible que alguien quien deliberadamente comete pecado, contando en la Promesa del Escapulario de salvarlo, moriría usándolo. Vivir en pecado y usar el escapulario como ancla de salvación es cometer pecado de presunción.
Testimonio: Durante la guerra civil en 1930, siete comunistas fueron sentenciados a muerte por sus crímenes. Un sacerdote Carmelita trato de prepararlos. Ellos se negaron. Después de tratar de hacerlo a través de visitas amistosas, él les pregunto: ¿me dejarían ponerles unos escapularios? seis de ellos aceptaron pero uno no. Los seis fueron a confesión excepto el séptimo que no quiso usarlo. Cuando llego el momento de la ejecución, el séptimo hombre dijo claramente que él no deseaba hablar con ningún sacerdote, aunque andaba colgado el escapulario. Finalmente, dispararon y siete hombres sin vida cayeron al suelo. Misteriosamente, un escapulario fue encontrado aproximadamente a 50 pasos de los cuerpos. Al revisar los cuerpos, seis hombres murieron con el escapulario, menos el séptimo.
El Beato Claudio de Colombiere (director de St. Margarita Maria) nos explica: 'tu preguntas ¿y si yo quisiera morir con mis pecados?, yo te respondo, `entonces morirás en pecado' pero no morirás con tu escapulario".
El Privilegio Sabatino: (sábado)
Este privilegio se basa en una bula o edicto que fue proclamada por el Papa Juan XXII en Marzo 3, 1322. Este privilegio le fue anunciado en una aparición que el Papa recibió de la Virgen y consiste en la liberación del purgatorio el primer sábado (día que la Iglesia ha dedicado a la Virgen) después de la muerte a través de una intercesión especial de la Virgen.
Condiciones: (para que aplique este privilegio)
1) que usen el escapulario con fidelidad
2) observar castidad de acuerdo al estado de vida
3) rezo del oficio de la Virgen (oraciones y lecturas en honor a la Virgen) o rezar diariamente 5 décadas del rosario.
El Papa Pablo V confirmo en una proclamación oficial que se podía ensenar acerca del privilegio sabatino a todos los creyentes.
Imposición del Escapulario:
El primer escapulario debe ser bendecido por un sacerdote e impuesto por el mientras dice: "recibe este escapulario bendito y pide a la Virgen Santísima que por sus méritos, lo lleves sin ninguna mancha de pecado y que te proteja de todo mal y te lleve a la vida eterna"
San Alfonso Liguori: "heréticos modernos se burlan del escapulario como si fuera algo anticuado y sin sentido"
Pero todos sabemos que muchos Papas lo han aprobado y recomendado. Gregorio X fue enterrado con su escapulario. 600 años más tarde cuando abrieron su tumba, su escapulario estaba intacto.
S. Alfonso Liguori y S. Juan Bosco: tenían una especial devoción a la Virgen del Carmen y usaban el escapulario. Cuando murieron los enterraron con sus vestiduras sacerdotales y con su escapulario. Muchos anos después cuando abrieron sus tumbas encontraron que todo era ceniza, excepto sus escapularios, estaban intactos.
Recordemos si, que el escapulario es un signo del amor y protección maternal de Maria y de su llamada a una vida de santidad y sin pecado.
Usar el escapulario es una respuesta de amor a la Madre que vino a darnos un regalo de su misericordia. Debemos usarlo como recordatorio que le pertenecemos a ella, que deseamos imitarla y vivir en gracia bajo su manto protector.

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