sábado, 3 de marzo de 2012

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli IX


San Juan Bosco
CAPÍTULO VIII
De las causas que nos impiden el juzgar rectamente de las cosas, y de la regla que se debe observar para conocerlas bien.
La causa por que no juzgamos rectamente de las cosas, es porque apenas se presentan a nuestra imaginación, nos dejamos llevar o del amor o del odio a ellas; y estas pasiones ciegas que pervierten la razón, nos las desfiguran de tal suerte, que nos parecen diferentes de lo que verdaderamente son en sí mismas.
Si quieres, pues, hija mía, preservarte de un engaño común y tan peligroso, es necesario que estés siempre advertida y sobre aviso, para tener, cuanto te fuere posible, la voluntad libre y purificada de la acción desordenada de cualquier cosa.
Y cuando se te presentare algún objeto, deberás considerarlo y examinarlo bien con el entendimiento, antes que la voluntad se determine a abrazarlo si fuere agradable, o a aborrecerlo si fuere contrario a tus inclinaciones naturales; porque entonces el entendimiento, no hallándose preocupado con la pasión, queda libre y claro para conocer la verdad, y discernir el mal (encubierto con el velo de un bien aparente), del bien que tiene la apariencia de un verdadero mal; pero si la voluntad primero se inclina a amar el objeto o aborrecerlo, el entendimiento queda incapaz de conocerlo como es verdaderamente en sí, porque la pasión se lo desfigura, de suerte que le obliga a formar una falsa idea; y representándolo entonces segunda vez a la voluntad en todo diferente de lo que es, esta potencia, ya movida y excitada, pasa a amarlo o a aborrecerlo con mayor vehemencia que antes; y no puede guardar reglas ni medidas, ni escuchar la razón.
En esta confusión y desorden, el entendimiento se oscurece más cada instante, y representa siempre a la voluntad el objeto, o más odioso, o más amable que antes; de suerte que si no se observa muy exactamente la regla que dejo escrita, que es muy importante en este ejercicio, las dos más nobles facultades del alma vienen a caminar siempre como dentro de un círculo, de errores en errores, de tinieblas en tinieblas, de abismo en abismo.
Guárdate, pues, hija, con todo cuidado, del afecto desordenado de las cosas, antes de examinar y conocer lo que son verdaderamente en sí mismas con la luz de la razón, y principalmente con la sobrenatural que el Espíritu Santo te comunicare, o por sí mismo, o por medio de tu padre espiritual. Pero advierte que este documento es más necesario en algunas obras exteriores que de sí son buenas, que en otras menos loables; porque en semejantes obras, por ser buenas en sí mismas, hay de nuestra parte mayor peligro de engaño o de indiscreción. Conviene, pues, que no te empeñes en ellas ciegamente y sin reflexión, porque una sola circunstancia de lugar o de tiempo que se omita puede causar grave daño; y basta el no hacer las cosas en un cierto modo o seguir el orden de la obediencia, para cometer grandes faltas, como lo acredita el ejemplo de muchos que se perdieron en los ministerios y ejercicios más loables y santos.

jueves, 1 de marzo de 2012

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli VIII


San Pablo de la Cruz
CAPÍTULO VII
Del ejercicio y buen uso de las potencias, y primeramente del entendimiento; y necesidad que tenemos de guardarlo de la ignorancia y de la curiosidad.
Si en el combate espiritual no tuviésemos otras armas que la desconfiar de nosotros mismos y la confianza en Dios, no solamente no podríamos vencer nuestras pasiones, más caeríamos en frecuentes y graves faltas. Por esta causa es necesario añadir a estas virtudes el ejercicio y buen uso de nuestras potencias, que es la tercera cosa que hemos propuesto como medio necesario para adquirir la perfección.
Este ejercicio consiste principalmente en reglar bien el entendimiento y voluntad.
El entendimiento debe conservarse siempre libre y exento de dos grandes vicios que suelen pervertirlo: el uno es la ignorancia, la cual le impide el conocimiento de la verdad, que es su propio objeto. Es necesario, pues, iluminarlo de tal suerte con el ejercicio, que vea y conozca con claridad lo que se debe hacer para purificar el alma de las pasiones desordenadas, y adornarla de virtudes. Esta luz se alcanza por dos medios: el primero y más importante es la oración, pidiendo al Espíritu Santo que se digne infundirla en nuestros corazones; y no dudes, hija mía, que el Señor te la comunicará abundantemente, siempre que de veras lo busques y desees cumplir su divina ley, y sujetes tu propio juicio al de tus superiores o padres espirituales.
El segundo es una aplicación continua a considerar y examinar bien las cosas que se presentan, para conocer si son buenas o malas, juzgando de su bondad o de su malicia, no por la exterior apariencia con que se presentan a los sentidos (1 Reg. XVI, 7), ni según la opinión del mundo, sino según la idea que nos da el Espíritu Santo. Esta consideración y examen nos hará conocer con evidencia que lo que el mundo ama y busca con tanto ardor es ilusión y mentira; que los honores y placeres de la tierra no son otra cosa que vanidad y aflicción de espíritu (Eccles. X); que las injurias y los oprobios son para nosotros ocasiones de verdadera gloria, y las tribulaciones, de verdadero contento; que el perdonar y hacer bien a nuestros enemigos es magnanimidad, y una de las acciones que nos hacen más semejantes a Dios; que vale más despreciar el mundo, que poseerlo; que es mayor generosidad y grandeza de ánimo obedecer con gusto por amor de Dios a las más viles
criaturas, que mandar a grandes príncipes; que el humilde conocimiento de nosotros mismos debe apreciarse más que las ciencias más sublimes; y últimamente que el vencer y mortificar los propios apetitos por pequeños que sean, merece mayor alabanza que conquistar muchas ciudades, vencer grandes ejércitos con las armas, obrar milagros y resucitar muertos.

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