viernes, 23 de diciembre de 2016

MEDITACIÓN DE LOS GOZOS DE LA NOVENA DE NAVIDAD III


"¡Del débil auxilio, del doliente amparo,
consuelo del triste, luz del desterrado!
¡Vida de mi vida, mi dueño adorado,
mi constante amigo, mi divino hermano!"


Es decir: Jesús es a quien debemos acudir siempre.
Él mismo nos dice "vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo les daré descanso" (Mt 11, 28) ya que su yugo es "llevadero y su carga ligera".
Con frecuencia, vemos en las Escrituras la imagen de un Dios que defiende a los que sufren y a los débiles: huérfanos, viudas, leprosos, etc. Ya hemos visto como prefiere a los humildes en lugar de los soberbios, "a los hambrientos los colma de bienes mientras que a los ricos los despide vacíos" (Lc 1, 53) y en esa bella imagen del Antiguo Testamento: "los que antes tenían de sobra, ahora se alquilan por un pedazo de pan; pero los que tenían hambre, ahora ya no la tienen. La mujer que no podía tener hijos, ha dado a luz siete veces; pero la que tenía muchos hijos, ahora está completamente marchita." (1 Sam 2, 5). De esta manera Dios nos hace ver que es sensible con nuestros dolores, auxilia nuestra debilidad, nos consuela en nuestras tristezas, es nuestra luz cuando estamos lejos, es nuestra vida, nuestro amigo y nuestro compañero de camino.
Pero al Padre no le bastó con decirnos que sabe lo que es el dolor, sino que envió a su propio hijo, quien experimentó desde su propio nacimiento el dolor humano: nació en un establo con animales de granja, fue desplazado por la violencia de Herodes hacia tierra extranjera, fue despreciado, torturado, negado por sus propios amigos y muerto de forma injusta. Jesús sabe lo mucho que sufrimos porque él mismo lo experimentó, y no nos deja solos sino que ofrece acompañarnos en este caminar por este mundo, que muchas veces es un "valle de lágrimas".
Cuando nos sintamos tristes, traicionados, enfermos y deprimidos, no olvidemos que en la oración nos encontramos con Jesús, que es nuestro "constante amigo y divino hermano".

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