lunes, 27 de abril de 2015

Flash Litúrgico: ¿ La oración de los fieles es un desfile?

Tomado de lexorandi

Bueno, pues a día de hoy, que sepamos, no. No es un desfile sino eso, oración de los fieles, es decir, de los bautizados. Entonces, ¿a qué viene la preguntita? dirá para sí el sufrido lector.

Pues viene, sí, viene, porque ahora da la impresión que, especialmente, en las celebraciones solemnes sea algo obligado que, las peticiones de la oración de los fieles en cuestión, tengan que hacerlas unos cuantos lectores, laicos claro, y evidentemente con paridad de género, laicos y laicas. ¿Es esto normal? Pues no, digámoslo claramente.

No es normal si, al celebrar la sagrada liturgia, tomamos como normalidad lo que disponen los libros litúrgicos. Y en este caso, ¿qué disponen?

En primer lugar nos dice la Institutio del misal (¡ya una vieja conocida a estas alturas!), que «corresponde al sacerdote celebrante dirigir esta oración desde la sede» y que las intenciones «las pronuncia el diácono o un cantor o un lector o un fiel laico desde el ambón o desde otro lugar conveniente» (núm. 71). Nótese que repite, con insistencia, «un», no «unos». Y ante la variedad de posibilidades, que nadie se lleve a engaño, porque el mismo documento afirma que «las intenciones de la oración de los fieles, una vez introducidas por el sacerdote, las recita el diácono» (núm. 177). Y en el caso que no haya diácono, entonces, como ha dicho el número anteriormente citado, debe asumir este servicio un fiel laico. Si, en definitiva, ya lo dijo y muy bien dicho, la Constitución sobre la sagrada liturgia del Vaticano II: «En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y solo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas» (núm. 28). Más claro, imposible.

No obstante, alguno dirá que lo de varios lectores para las preces bien que lo hacen en Roma con el Papa hace ya muchos años. Y quien diga eso tiene razón. Aunque allí se puede comprender a causa de las distintas lenguas con que son pronunciadas las intenciones, si bien –reconozcámoslo– disculpa del todo no es… Ello nos impulsa a recordar que para celebrar bien la liturgia es muy sano ver menos tele y leer con más atención los libros litúrgicos vigentes. Ellos son la partitura en la que está escrita la letra y la música que configuran la oración de la Iglesia. Ellos y solo ellos.

Venga, pues, ¡ánimo… valientes!

Jaume González Padrós

[Rev. "Liturgia y Espiritualidad" 11 (2014) 759-760]

martes, 14 de abril de 2015

Durante cincuenta días...

Tomado de Corazón Eucarístico de Jesús

Durante cincuenta días, los de mayor solemnidad, la Iglesia está de fiesta, con un gozo espiritual inmenso, porque su Señor ha resucitado.


Son las siete semanas del tiempo pascual, vividas como un solo domingo, como si cada día fuese domingo; ahí la Iglesia desplegó su alegría, vivió el júbilo del Resucitado, oró y esperó que derramase su Espíritu Santo, y celebró estas siete semanas como si fueran ya un anticipo de la vida celestial, del futuro escatológico que Cristo resucitado ha inaugurado.

Cuando acudimos a los textos patrísticos, es decir, a la Tradición genuina de la Iglesia, descubrimos el valor que se le otorgaban a estos cincuenta días y el tono que, durante cincuenta días, mantenían los hijos de la Iglesia. Así, no sólo conocemos mejor la Tradición, sino que deseamos que la Tradición marque hoy nuestra vida, resaltando aspectos que tal vez se han ido diluyendo o perdiendo fuerza con el correr de los siglos.

Orígenes, en Alejandría, destaca el valor espiritual de estos cincuenta días pascuales, exhortando a una vida pura y santa, angélica y resucitada:

"Por otra parte, aquel que puede decir con verdad "hemos resucitado con él" y "nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos junto con Cristo", ese está celebrando sin cesar los días de pentecostés. Pero, de un modo especial, cuando sube al cenáculo, como los discípulos de Jesús, para entregarse a la plegaria y a la oración y, de este modo, hacerse digno de la fuerza del Espíritu que viene del cielo" (Contra Celso, 8,22).

La verdadera Pascua del Señor es celebrada por los fieles si éstos han experimentado el poder de su resurrección en esta vida terrena, muriendo con Él y resucitando con Él. La verdadera Pascua es una transformación del cristiano en el Señor. Los cincuenta días son celebrados viviendo de un modo nuevo, en Cristo, santificados, de manera espiritual.

Además, los días pascuales son días igualmente de plegaria, no ya penitencial, sino esperanzada, subiendo al Cenáculo hoy y hoy pidiendo la fuerza del Espíritu Santo. Reproducimos en nosotros, nos unimos al Misterio, cuando subimos con los apóstoles y la Virgen María al Cenáculo y allí aguardamos el Don del Espíritu Santo que se derrama sin medida.

En la misma Iglesia de Alejandría, san Atanasio escribe anualmente las Cartas Festales anunciando a los obispos sufragáneos la fecha en que ese año cae la Pascua. En una de esas Cartas Festales ofrece la perspectiva realmente espiritual de los cincuenta días pascuales:

"Comenzaremos el santo ayuno el día 5 de Pharmuthi [el lunes de la Semana Santa, 31 de marzo] y lo continuaremos, sin solución de continuidad, durante esos seis días santos y magníficos que son el símbolo de la creación del mundo. Pondremos fin al ayuno el día 10 del mismo Pharmuthi, el sábado de la Semana Santa, cuando despunte para nosotros el Domingo Santo el día 11 del mismo mes. A partir de ese momento, calculando siete semanas seguidas, celebraremos el día santo de pentecostés. Este fue prefigurado antiguamente entre los judíos con la fiesta de las semanas, cuando se concedía la amnistía y la remisión de las deudas: era un día de completa libertad. Siendo para nosotros ese día símbolo del mundo futuro, celebraremos el gran domingo gustando acá las arras de aquella vida futura. Cuando al fin salgamos de este mundo, entonces celebraremos la fiesta perfecta con Cristo" (Carta festal 1,10).

Aquí, en esta vida y en esta tierra, la fiesta es imperfecta; no deja de ser fiesta, desde luego, y son cincuenta días de fiesta que se han de notar en todo (en la liturgia, en el canto, en la comida, en el vestido...), pero es una fiesta imperfecta, ya que la fiesta perfecta será con el mismo Señor en persona en el cielo.

El mundo es hecho de nuevo; la creación es ahora una creación nueva: los seis días de Semana Santa son los días en que trabaja Dios haciendo la nueva creación, descansa el sábado santo y todo llega a la perfección el Primer día, el día de la Resurrección de Cristo, donde todo es nuevo. Los ayunos rigurosos de la Semana Santa, incluido el Sábado Santo que también es día de ayuno, llegan a su término con la Pascua del Señor.

Los cincuenta días concluyen con la fiesta de Pentecostés, con el Don del Espíritu Santo que nos da la libertad de los hijos de Dios. El mundo futuro se asoma a esta tierra para que lo deseemos. El Aleluya, cantado por los redimidos, tiene sabor de cielo, vida, fiesta y resurrección.

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