martes, 28 de enero de 2014

Intenciones III


Por la Santa Iglesia de Dios en Alemania, para que el Señor conceda abundantes y santas vocaciones en esa tierra, y el Espíritu Santo suscite una renovación catequética en el Pueblo de Dios que peregrina en Alemania.

Por los obispos de Alemania, para que el Señor les conceda, a ejemplo de los apóstoles y el Bienaventurado Pedro, rectitud en su doctrina y enseñanza y una comunión perfecta y visible con el Sucesor de San Pedro.

Por los presbíteros, diáconos y religiosos alemanes, para que el Señor les conceda un corazón amoroso y deseoso de expandir su Reino en todas las latitudes y ámbitos de la vida.

domingo, 12 de enero de 2014

¿Reclinatorio para comulgar? ¡Sí, gracias!

¿Reclinatorio para comulgar?: SI, para que aquellos fieles que deseen comulgar de rodillas sean respetados en un DERECHO que tienen. Ese es el argumento (carente de toda «ideología») por el cual yo mismo como sacerdote diocesano «recuperé» el uso del reclinatorio en mi parroquia para el libre uso de los fieles a la hora de recibir la comunión.

07/01/14 5:05 PM en INFOCATOLICA.COM
Santiago González Santiago González
Sacerdote de la Archidiócesis de Sevilla
«Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos», con la confirmación de la Sede Apostólica. «Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, que deben establecer las mismas normas».
Este es el punto 90 de la Instrucción «Redemptionis Sacramentum» (Congregación para el Culto Divino y recepción de los Sacramentos)
«No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado, ni mucho menos pasarlo de mano en mano entre ellos. Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la Conferencia de Obispos. Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas».
Y este es el punto 160 de la Ordenación General del Misal Romano.
Ambas citas del Magisterio de la Iglesia Católica (entre otras muchas que podría traer a colación) las tomo como aval del título de este artículo: ¿Reclinatorio para comulgar?: SI, para que aquellos fieles que deseen comulgar de rodillas sean respetados en un derecho que tienen. Ese es el argumento (carente de toda «ideología») por el cual yo mismo como sacerdote diocesano «recuperé» el uso del reclinatorio en mi parroquia para el libre uso de los fieles a la hora de recibir la comunión. 
Previo a mi decisión sucedió que hace un año un amigo me preguntó el motivo por el cual el Concilio había ordenado quitar todos los reclinatorios de las Iglesias. Le respondí que en el Concilio no hay ni una ligera insinuación de tal orden, que ni siquiera en ningún documento magisterial posterior lo podemos encontrar, sino más bien lo contrario. A lo cual me respondió muy extrañado que entonces como era posible que se hubieran quitado, a lo cual sinceramente no supe que responderle. A día de hoy sigue siendo un misterio para mí el cómo se han podido quitar sin que la autoridad lo haya pedido. Y ahora les comparto lo que sucedió tras mi decisión:
Fue por la cuaresma de 2012 cuando tomé esa decisión, previo diálogo con agentes de pastoral de la parroquia (que lo vieron algo normal aunque no se usaba para comulgar desde hacía más de 40 años). En homilías y catequesis previas expuse el motivo: que los fieles cuya devoción les dicta arrodillarse para comulgar vean su derecho respetado por la facilidad que la Iglesia les da al colocar reclinatorios que ayudan a arrodillarse con comodidad y apoyando los brazos (sobre todo pensando en las personas mayores). Si nos arrodillamos en la consagración (ésto si lo obliga la ordenación del Misal, aunque muchos no lo cumplan ni otros lo recuerden), ¿no es hasta lógico arrodillarse al recibirlo si nos arrodillamos al contemplarlo y adorarlo?; por supuesto que colocar el reclinatorio no viola en absoluto el derecho al que prefiere recibir la comunión de pié, pues va a seguir recibiéndola así. Pero poner el reclinatorio es una señal de respeto a los fieles cuya devoción les hace recibir el Cuerpo de Cristo de la forma más reverente posible.
Pues dicho y hecho: en mi parroquia se colocó reclinatorio en un primer momento solo en Misas dominicales y solemnes, para observar la respuesta del pueblo. Y la respuesta, sinceramente, me agradó y gratamente sorprendió: fueron sobre todo las personas más jóvenes quienes se arrodillaban al comulgar, y a las pocas semanas desde la misma feligresía se pidió que el reclinatorio estuviera de forma permanente en todas las Misas. Pedido al que se accedió de inmediato. A renglón seguido, llegada la Pascua de ese año 2012, todos los niños/as que hacían la primera comunión la recibieron de rodillas, desde una catequesis previa de amor y reverencia a Jesús Sacramentado.
Desde entonces el reclinatorio quedó ubicado de forma permanente y, ….siguiendo con las gratas sorpresas....¡ni una sola queja o crítica de los laicos!...¡ni una!...y si, con pena de he decirlo, alguna que otra crítica de mal gusto de algún miembro del clero. En realidad, en el fondo, yo esperaba esa respuesta. No tanto desde la crítica, un sacerdote me dijo que para atender el derecho a arrodillarse no hace falta el reclinatorio....obvio que es verdad –yo le respondí–, pero ¿porqué incomodar a un fiel a arrodillarse sin apoyo o a hacerlo en el suelo dando signos de evidente «originalidad?, ¿no es eso faltar a la caridad fraterna?.....
Desde mi experiencia como sacerdote, que comparto en este artículo, y con la motivación de atender los derechos del laicado, lanzo a todos los sacerdotes que lean estas líneas esta proclama: ¿Reclinatorios?...Sí, gracias. Y a los que ya lo ponen, que se hagan eco de su actitud para que otros lo sepan. Ni que decir tiene (pero por si acaso lo digo) que colocar el reclinatorio ha de llevar consigo que el sacerdote se ubique justo detrás del mismo, precisamente para evitar poner en evidencia al fiel que desea comulgar con reverencia y de repente se ve fuera de la fila. Si, y apostillo esto porque yo mismo lo he visto en alguna Iglesia: reclinatorio puesto cerca del presbiterio pero a la vez el sacerdote dando la comunión a varios metros del mismo.... No, entonces sería como «señalar» de forma peyorativa a los fieles que se arrodillan. Por lo que el «título» de este lema «¿Reclinatorios?... sí, gracias» ha de ir acompañado de «con el sacerdote detrás dando la comunión». Desde ahí el respeto al fiel es completo: los que se queden de pié reciben la comunión y los que se arrodillen la reciben igualmente, y todos lo hacen sin que nadie quede señalado. Así sí se cumple lo que la Iglesia Católica prescribe a través de sus documentos magisteriales.
A la luz del Concilio Vaticano II, como parte de la integración del laicado en la vida de la Iglesia, opino que cuando se desprecian los derechos del laicado se cae en un clericalismo insólito cuando viene de la mano de los que se califican como «progresistas y modernos». Si no se respeta al laicado se peca de clericalismo, y la ausencia de reclinatorios en la mayoría de las Iglesias es, a mi modesto entender, un signo sutil del clericalismo modernista...si... lo repito: clericalismo modernista de aquellos que siguen tratando a los laicos como menores de edad aunque llenen sus discursos de verbalismo supuestamente laical.
Y concluyo: por supuesto que la recuperación del reclinatorio lleva consigo un mayor respeto hacia la Eucaristía que reduce o evita innumerables abusos litúrgicos que se producen contra la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Esto sería un motivo ontológico, mientras que el anteriormente expuesto (respeto al derecho del laicado) es un motivo de orden pastoral, pero muy unido al ontológico.
De un autor anónimo leí en una ocasión que «ningún hombre es más hombre, ninguna mujer es más mujer, que cuando está de rodillas ante el Amor de los Amores»
Maravillosa frase que comparto. Queridos amigos: ¡Volvamos al reclinatorio para comulgar!

P. Santiago González, sacerdote
Publicado originalmente en Adelante la Fe

viernes, 10 de enero de 2014

450 aniversario de un Concilio fundamental

EL CONCILIO DE TRENTO: TAN FUNDAMENTAL COMO POCO RECORDADO (I)

RODOLFO VARGAS RUBIO
Se acaban de cumplir 450 años de la clausura del Concilio de Trento, XIX de los Ecuménicos, el más decisivo desde el de Nicea en 325 y, desde luego, el más importante de la Historia de la Iglesia desde el punto de vista dogmático, teológico y disciplinar. La efeméride, sin embargo, ha pasado sin pena ni gloria en medio de la euforia mediática que todavía inspira el sorprendente pontificado del papa Francisco y desdibujada por los fastos del cincuentenario del Vaticano II, el “súper-concilio” mitificado en amplísimos sectores eclesiales. Entiéndasenos bien: no discutimos la trascendencia de esta magna asamblea llevada adelante por el beato Juan XXIII y el venerable Pablo VI, pero sí creemos que es necesario redimensionarla de acuerdo con su naturaleza eminentemente pastoral y en la perspectiva de la continuidad con la tradición marcada por los veinte concilios anteriores (como por otra parte han puesto de manifiesto los papas Benedicto XVI y Francisco). Si se nos permite la comparación, en Trento la Iglesia tuvo que reconstruirse y dotarse de una fuerte estructura que le permitiera seguir en pie con renovada solidez tras el terremoto de la revolución protestante; en el Vaticano II se trataba más bien de un remozamiento impuesto por el paso del tiempo, el cual exigía quizás el sacrificio de algún elemento arquitectónico (incluso valioso), pero no tocaba la estructura. Pero entremos en materia.
Situación de la Iglesia antes de Trento
Cierto es que a la contestación radical de la Iglesia de Roma por parte de los novadores del siglo XVI dio pábulo un estado de cosas nada lisonjero: papas mundanos, clero aseglarado, abuso de lo sagrado, superstición popular y un largo etcétera. Pero tampoco hay que cargar demasiado las tintas: no todo el panorama era tan sombrío. La santidad sabía abrirse paso y la Iglesia nunca dejó de ser el auxilio de los necesitados y el consuelo de los afligidos. Su gran red de beneficencia resistió los más duros embates y a las más sangrantes contradicciones. Los antecedentes de esta grave crisis hay que buscarlos en el “otoño de la Edad Media” (como lo llamó Huizinga), en la desorganización de un mundo tenido por acabado y perfecto, en el que cada cosa tenía su lugar según una jerarquía rigurosa e inmutable. La ruina de la supremacía papal medieval (abatida por la Francia de Felipe el Hermoso, precursora de los Estados-nación) redujo al Romano Pontífice a la condición de uno de tantos príncipes italianos, más preocupado por la política temporal que por el interés general de la Cristiandad; el Cisma de Occidente –que enfrentó hasta a tres papas simultáneos– favoreció el conciliarismo y las tesis que ponían en tela de juicio la autoridad primada del Vicario de Cristo; la decadencia de la Escolástica (convertida en un vano debatir académico) desvalorizó la teología; la Peste Negra diezmó también gravemente al clero tanto secular como regular, cuyos efectivos fueron reemplazados en muchos casos por gente sin vocación; el temor de las muchedumbres al espectáculo de la terrible mortandad fomentó el fanatismo supersticioso, pero también el desenfreno y la licencia en un afán por capturar el momento fugaz de los goces terrenales.
Conatos de reforma
A este estado de cosas se intentó responder de dos modos bien distintos. Hubo por un lado la tendencia subversiva, de aquellos que pretendían el cambio mediante una ruptura con la autoridad de la Iglesia. Los ejemplos más célebres son quizás los de John Wyclif y los lolardos en Inglaterra y el de Juan Hus, Jerónimo de Praga y sus secuaces en Bohemia. Se los puede considerar como los herederos del espíritu contestatario de los joaquinistas (seguidores de las enseñanzas del abad Joaquín de Fiore), dulcinistas o hermanos apostólicos (fundados por fray Docino de Novara) y fraticelli o espirituales (opuestos al papa Juan XXII), así como directos antecesores de la revolución protestante, cuyas doctrinas heréticas se encuentran ya en ellos. La otra tendencia reformista fue la ortodoxa, representada principalmente por los Hermanos de la Vida Común, fundados en Deventer (Holanda) por Gerard de Groot e impulsores de la llamada devotio moderna, una religiosidad basada en las Sagradas Escrituras y los Santos Padres (con lo que anticiparon el Humanismo) y depurada de elementos supersticiosos. También algunos obispos, como san Antonino de Florencia, se mostraron activos en este sentido, pero se trataba de esfuerzos aislados.
Los proyectos de reforma papales
Pero para que la reforma en la Iglesia fuera verdaderamente efectiva no podía tratarse de un movimiento marginal o minoritario: debía ser actuada in capite et in membris. Los papas del siglo XV, tras la crisis del Cisma de Occidente, tomaron algunas iniciativas al respecto, movidos por el temor a que el conciliarismo (que propugnaba la superioridad de la autoridad de los concilios sobre la de los Romanos Pontífices) tomara la delantera y prevaleciera. Ya Martín V (1417-1431), tras el Concilio de Constanza, había creado comisiones cardenalicias al efecto, cuyas propuestas de reforma se ejecutarían por autoridad papal, pero no pasaron de proyectos. Eugenio IV (1431-1447) no pudo ocuparse de la reforma general, concentrado como estuvo en la marcha del concilio de Basilea (trasladado tras su rebelión sucesivamente a Ferrara y Florencia) para la unión con los orientales y en la lucha contra el conciliarismo; sin embargo, favoreció cuanto pudo la reforma de los regulares, especialmente la de los agustinos, franciscanos y dominicos. Hacia 1450, bajo el papa humanista Nicolás V (1447-1555), el cardenal Domenico Capranica elaboró un autorizado y ambicioso memorial de reforma bajo el título de Advisamenta super reformatione Papae et Romanae Curiae, en el cual se anticipaban muchas de las decisiones del concilio tridentino. A éste siguió en 1458 el tratado De reformatione romanae curiae, redactado por encargo de Pío II (1458-1464) por Domenico de’ Domenichi, en el cual se ataca la acumulación de beneficios y la vida fastuosa y ansia de riquezas de los cardenales y prelados de curia. Un año más tarde, el sapientísimo cardenal Nicolás de Cusa trazaba –también por encargo de Pío II– un proyecto de reforma general de toda la Iglesia (Reformatio generalis), basado en el principio de la imitación de Cristo. En base a las propuesto de Domenichi y el Cusano, el papa Piccolomini redactó la bula Pastor aeternus para llevarlas a cabo, pero su partida a la cruzada y su muerte en Ancona, a punto de embarcar contra el turco, hicieron de ella letra muerta. Sixto IV (1471-1484) no llegó a publicar ninguna de las bulas de reforma que concibió.
Alejandro VI y Savonarola
Especialmente interesante es el intento de reforma de Alejandro VI (1492-1503). Profundamente conmovido por el asesinato de su hijo predilecto Juan, duque de Gandía, el 14 de junio de 1497 en el ghetto de Roma y considerando este luctuoso suceso como un castigo divino, se propuso seriamente la enmienda personal y la reforma general de la Iglesia in capite et in membris y convocó un consistorio, creando en él una comisión conformada por los cardenales Oliviero Carafa, Jorge Costa, Antoniotto Pallavicini, Giovanni di San Giorgio, Francesco Piccolomini y Raffaele Riario. Ésta, tras intensos trabajos, elaboró el programa reformista más completo del siglo XV. El proyecto estaba muy bien articulado, pero la amplitud y la complejidad de los temas hicieron patente la necesidad de un concilio que lo llevase a cabo. El incierto panorama político e internacional, así como el peligro de dar pábulo al conciliarismo (Carlos VIII de Francia había apelado al concilio contra el pontífice valenciano), desaconsejaron su convocatoria y el papa Borgia sólo actuó mínimas reformas. Por esa misma época, Girolamo Savonarola predicaba en Florencia la renovación del cristianismo, indicando como modelo ideal el de la Iglesia primitiva y como modelo negativo el de Alejandro VI. Pero el dominico iba más allá y sostenía la necesidad de que tal renovación fuera de toda la sociedad civil y no sólo de la Iglesia, de los modos de vida y de gobierno y particularmente de Florencia, que debía constituirse como ejemplo para toda la Cristiandad. Savonarola había capitaneado la expulsión de los Médicis de la capital del Arno en 1494 instaurando en ella una férrea dictadura puritana, que, en muchos aspectos, se puede considerar como precursora de la dictadura calvinista sobre Ginebra. A pesar de las continuas admoniciones papales, se fue precipitando en el extremismo y acabó enajenándose la voluntad de la Señoría florentina. Su apelación al concilio en marzo de 1498 para juzgar a Alejandro VI le valió la excomunión, circunstancia que fue aprovechada por el poder político para deshacerse del fanático fraile.
El concilio V de Letrán
Al sucesor de Rodrigo Borgia, Pío III (1503), no le dio tiempo de ocuparse de la reforma debido a la extrema brevedad de su pontificado, pero fue bajo Julio II (1503-1513) cuando finalmente se reunió un concilio en el que debía tratarse de ella. Ya antes de ser elegido, Giuliano della Rovere había prometido su convocatoria, pero su lucha por la recuperación de los Estados Pontificios (iniciada por César Borgia) y las complicaciones políticas con Francia la retrasaron. Luis XII favoreció la reunión de un concilio en Pisa en 1511, durante el cual, cobrando vigor el conciliarismo, se suspendió a Julio II. Éste respondió convocando un concilio con carácter ecuménico (el XVIII) en el palacio de Letrán (el quinto que tuvo lugar allí) el 19 de abril de 1512. Mientras el conciliábulo pisano (trasladado en el ínterin a Milán) languidecía, el lateranense progresaba y se prolongó más allá de la muerte de Julio II, siendo continuado por su sucesor León X (1513-1521). El 5 de mayo de 1514, el papa Médicis publicó la bula de reforma, en la que quedó promulgada la reforma eclesiástica propuesta por los padres conciliares. El problema es que los problemas fueron abordados sólo parcialmente y la medida fue prácticamente inoperante.
El holandés Adriano VI (1522-1523), que había sido inquisidor y regente en España y traía de allí la experiencia de la reforma del cardenal Cisneros, se propuso llevar a cabo en profundidad la de la Iglesia universal y no tardó en adoptar medidas que chocaron profundamente en la Curia Romana. No obstante, no le dio tiempo a desarrollarla al fallecer prematuramente (para regocijo, hay que decir, de los renuentes curiales). Clemente VII (1523-1534), otro Médicis en el sacro solio, fue incapaz de acometerla, abrumado como se vio por la rivalidad de Carlos V y Francisco I de Francia y el desafío de Enrique VIII a su autoridad (que desembocó en el cisma de la Iglesia de Inglaterra). Para entonces, ya estaba en pleno curso la revolución de Lutero, comenzada en 1517 y a la que León X había respondido tan tardía cuanto inútilmente mediante la bula de condenaciónde los errores luteranos Exsurge Domine (1520) y la posterior de excomunión (1521).
La reforma de Cisneros en España
Antes se ha mencionado la reforma eclesiástica llevada a cabo por el cardenal Francisco Ximénez de Cisneros en la España de los Reyes Católicos, el primer país-nación moderno que logró su unidad en Europa. Isabel I de Castilla había debido atravesar por múltiples vicisitudes antes de conquistar el trono de su medio hermano Enrique IV y en medio de las cuales se había manifestado el gran poder e influencia de los más altos personajes eclesiásticos, convertidos en magnates cuyo apoyo político se había mostrado indispensable y decisivo en muchas ocasiones. La Reina, sincera católica e imbuida de un gran sentido de la monarquía, no podía por menos de deplorar el que los dignatarios eclesiásticos se comportaran más como príncipes temporales que como pastores espirituales, a lo que contribuían las dos plagas más acusadas del episcopado de entonces: la acumulación exorbitante de beneficios y la falta de residencia en la propia circunscripción eclesiástica. Los más importantes prelados acumulaban riquezas ingentes, que les permitían no sólo llevar una vida de inaudito fasto sino también levantar ejércitos, que podían ser dirigidos contra el poder real. El matrimonio de Isabel con Fernando, heredero de Aragón, había sido contraído en circunstancias dudosas, por lo que la real pareja acudió a roma para subsanar los posibles defectos. Roma envió a España al entonces cardenal Rodrigo Borgia, vice-canciller de la Iglesia y legado de sixto IV, llevando la dispensa necesaria para convalidar la unión mediante la sanación en raíz.
En 1492, Isabel I, consolidada en el trono y habiendo logrado la culminación de la Reconquista, tomó al franciscano Francisco Ximénez de Cisneros como confesor, puesto en el cual adquirió gran ascendiente sobre la reina. Como provincial de su orden, emprendió la reforma de los frailes menores. En 1495, fue nombrado para suceder al todopoderoso cardenal Mendoza a la cabeza del arzobispado de Toledo. Desde esta investidura emprendió a fondo la reforma del clero español tanto secular como regular, para lo cual contó con el apoyo de la corona y la anuencia de la Santa Sede. El Humanismo había calado en España (de ahí que se hable de un erasmismo específicamente español); por ello, el ambiente era propicio para acometer la elevación cultural e intelectual de los clérigos. El renacimiento religioso impulsado por Cisneros, y apoyado por hombres como Hernando de Talavera, arzobispo de Granada, produjo resultados profundos y permanentes. Permitió la vuelta a la observancia de las órdenes religiosas y la renovación del alto clero en España hasta el punto que en los años cruciales de la reforma protestante, la jerarquía religiosa y los teólogos religiosos españoles pudieron desempeñar un papel de primera magnitud en el concilio de Trento.

jueves, 9 de enero de 2014

Evangelios epifánicos.


Tras la solemnísima celebración de la Epifanía del Señor, su Aparición, su Manifestación en la verdad de nuestra carne -como dice el Canon romano en su embolismo para esa fiesta-, los evangelios de la Misa diaria hasta la fiesta del Bautismo contienen un claro sabor epifánico. 


Todos ellos quieren conducirnos no a aspectos periféricos, para meditar o predicar ideas que convienen a otro momento tal vez, sino que estos evangelios buscan mostrar quién es Cristo; quieren manifestar su divinidad escondida tras los velos de nuestra carne. Lo vemos hombre, y es realmente hombre, y al mismo tiempo, es Dios con nosotros.

Los evangelios de estos días son un eco de la Epifanía del Señor a los Magos. Son evangelios de revelación para conocer mejor quién es Cristo.

En los leccionarios, cada lectura lleva un "título", escrito en rojo, que pretende señalar la intención y la clave de interpretación de esa lectura en el tiempo litúrgico en que se lee. Ese mismo "título" suele aparecer en los misalitos que podemos tener en casa, si son buenas ediciones; si no son buenas ediciones, los omiten...

Acudiendo a los títulos de esos evangelios para estos días, oiremos los siguientes:



7 enero: "Está cerca el reino de los cielos" (Mt 4,12-17. 23-25): Este evangelio no trata de llamarnos a la conversión y a la penitencia en este momento, sino señalar que con Cristo entre nosotros, el Reino de Dios está cerca, ha llegado, porque Él mismo es el Reino de Dios.

8 de enero: "Jesús se revela como profeta en la multiplicación de los panes" (Mc 6,34-44). Este evangelio a la luz de la Epifanía, y con el subrayado del título, contempla a Jesús como verdadero profeta, aquel que realiza las obras de Dios, capaz de transformar y hasta multiplicar lo que hay. ¿Quién sino Dios podría hacerlo? No es la ocasión de hablar de la presencia real eucarística o de la fraternidad hacia quienes no tienen qué comer, sino contemplar a Cristo, Profeta, Dios.

9 de enero: "Lo vieron andar sobre el lago" (Mc 6,45-52). ¿Quién es Jesús? Aquel que, como Dios, está por encima incluso de las leyes de la naturaleza porque es Señor de lo creado. Incluso puede andar sobre las aguas.

10 de enero: "Hoy se cumple esta Escritura" (Lc 4,14-22a). Un aspecto más al considerar a Jesús: Él es el Ungido, plena y completamente ungido por el Espíritu, para realizar la tarea mesiánica, la obra de la salvación. Se apunta aquí a la realidad de Cristo como Ungido, Mesías y Salvador, Fuente del Espíritu que va a derramar sobre todos ungiéndonos.

11 de enero: "En seguida le dejó la lepra" (Lc 5,12-16). ¿Quién es Cristo?, nos preguntamos otra vez. Y descubrimos que es Dios porque su Palabra es poderosa, capaz de sanar hasta lo incurable humanamente. Es Dios que salva, perdona, redime, cura. Aquí tampoco sería el día para hablar o de los excluidos o del sacramento de la penitencia o de la maldad del pecado. Es una nueva revelación de quién es Jesús.


Así son los evangelios de estas ferias navideñas, y así tenemos las claves de interpretación para entenderlos mejor y gozarnos en el Señor que se nos revela.

miércoles, 8 de enero de 2014

En Tierra Santa Pablo VI inauguró los viajes papales

CINCUENTENARIO DE LA PEREGRINACIÓN DEL VENERABLE PABLO VI A TIERRA SANTA

RODOLFO VARGAS RUBIO
Se acaban de cumplir cincuenta años del día histórico en que el papa Pablo VI inició el primero de sus desplazamientos internacionales, lo que en la época constituyó una auténtica novedad, ya que los Romanos Pontífices no solían moverse fuera del entorno de sus dominios temporales y, desde que perdieron éstos, ni eso (salvo la estancia estival en Castelgandolfo). Pío VI (1775-1799) había sido el primer papa de la Edad Moderna en realizar un viaje apostólico: el que en 1782 lo llevó a la Viena febronianista de José II (el mismo a quien Federico el Grande llamaba con sorna “mi primo el sacristán” por su manía de tratar como cuestión de Estado todo punto en materia religiosa). Otro viaje se vería constreñido a realizar el papa Braschi, esta vez en 1798, huyendo de la ocupación de Roma por el ejército francés de la Revolución, que acabaría haciéndolo su prisionero, recluyéndolo en Valence, donde murió en 1799. Su sucesor Pío VII (1800-1823) también salió de Roma al extranjero en dos ocasiones: en 1804 para la coronación de Napoleón y cinco años más tarde deportado por el emperador de los Franceses, que lo retuvo cautivo hasta 1814. El beato Pío IX (1846-1878) también se vio obligado a abandonar su sede y refugiarse en Gaeta (en el Reino de las Dos Sicilias) como consecuencia de los desórdenes revolucionarios que recorrieron Europa como un reguero de pólvora en 1848. Después de la expoliación de los Estados Pontificios en 1870 y hasta la Conciliación de 1929 los Papas no salieron del Vaticano. Y después de este último año hubo que esperar hasta el beato Juan XXIII para ver a un pontífice marchar fuera de Roma: en 1962, en efecto, peregrinó a Loreto y a Asís para encomendar el concilio Vaticano II, que estaba por comenzar.
El anuncio del viaje de Pablo VI, elegido Papa seis meses antes, se hizo público el 4 de diciembre de 1963, justo un mes antes del comienzo del histórico evento, durante el discurso final del pontífice en la segunda sesión del Concilio Vaticano II. En dicha ocasión dijo el Santo Padre, explicando el propósito de la novedosa iniciativa:
«Estamos tan convencidos que para obtener un buen éxito del Concilio se deben elevar pías súplicas, multiplicar las obras, que, tras madura reflexión y muchas oraciones dirigidas a Dios, hemos decidido acercarnos como peregrino a aquella tierra, patria de Nuestro Señor Jesucristo […]. Veremos aquella tierra venerada, de donde san Pedro partió y a la que ningún sucesor suyo ha vuelto jamás. Pero Nosotros, humilísimamente y por brevísimo tiempo volveremos allí en espíritu de devota oración, de renovación espiritual, para ofrecer a Cristo su Iglesia; para reclamar para ella, una y santa, a los hermanos separados; para implorar la divina misericordia a favor de la paz, que en estos días parece aún vacilante y recelosa; para suplicar a Cristo Señor por la salvación de toda la humanidad».
Pablo VI no quiso que se considerase su ida a Tierra Santa como un viaje oficial, sino como una peregrinación. No iba en calidad de jefe de Estado porque no había sido invitado oficialmente por el gobierno del Estado de Israel, con el que, a la sazón, la Santa Sede no mantenía relaciones diplomáticas. De hecho, de Roma voló directamente a Amman, la capital del Reino Hachemita de Jordania, desde donde se trasladó hasta territorio israelí. Sin embargo, tanto el rey Hussein como el presidente Zalman Shazar lo recibieron con todos los honores, dada la calidad extraordinaria del visitante. El Papa visitó los Sagrados Lugares, deteniéndose especialmente en Jerusalén, Nazaret y Belén, los tres más emblemáticos entre ellos. En Getsemaní Pablo VI tuvo un gesto que acabó convirtiéndose en habitual en todos los sucesivos viajes apostólicos: besó la tierra que había pisado dos mil años antes el Hijo de Dios. Lo repitió más tarde sobre una piedra a orillas del mar de Tiberíades o lago de Genesaret donde la tradición asegura que Jesús, de pie sobre ella, consignó el poder de las llaves a Pedro. En la Ciudad Santa, además, se encontró con el patriarca ortodoxo de Constantinopla Atenágoras I, que había viajado expresamente para ver al Romano Pontífice, con cuyas miras ecuménicas coincidía. En realidad, hubo dos encuentros: el primero, la tarde del 5 de enero, en la Delegación apostólica en el monte de los Olivos, con una pequeña delegación; el segundo, el 6 de enero, en la residencia del patriarca griego ortodoxo de Jerusalén, en el monte de los Olivos, que es el que tuvo una gran difusión gracias a los medios de comunicación.
Como muestra del baño de masas que tuvo el Papa en Tierra Santa, leemos en el libro de Carlo Cremona sobre Pablo VI que al avanzar éste por la Via Dolorosa era tal el gentío que el Papa se quedó solo entre la multitud pues los miembros de su séquito no pudieron permanecer a su lado, ni siquiera su secretario, don Macchi, que llevaba consigo el discurso que el Pontífice tenía que pronunciar. Tal era el alboroto que en cuanto Pablo VI atravesó la puerta de Damasco la policía se apresuró a atrancarla y no pudo pasar don Macchi, al cual le costó mucho convencer a los agentes de que era el secretario papal y que le dejasen pasar.
En los tres días que duró la peregrinación papal, Pablo VI desarrolló una importante y nutrida agenda, entre cuyos actos destaca la defensa que hizo de su antecesor el venerable Pío XII. El domingo 5 de enero se despidió de las autoridades israelíes. Por aquellos días la prensa se hacía eco de la polémica que había estallado el año anterior en Alemania, con motivo del estreno en Berlín de la pieza teatral Die Stellvertreter (El Vicario) del joven autor Rolf Hochhuth. En ella, como se sabe, se presenta a Pío XII como cómplice de las matanzas perpetradas contra los judíos por los nazis a un doble título: por una supuesta íntima simpatía con el régimen hitleriano y por un presunto silencio persistente a sabiendas de lo que estaba sucediendo en los campos de concentración. A pesar de haber gozado, tanto en vida como después de fallecido (habiendo sido sinceramente llorado), del reconocimiento unánime de todo el mundo –incluso de autoridades y personalidades del hebraísmo– como un gran hombre y pontífice, de buenas a primeras Eugenio Pacelli se convertía en la bête noire de la opinión pública. Justo en estas circunstancias, Pablo VI tuvo un gesto de coraje: el de defender la augusta memoria de Pío XII en el propio terreno judío.
Por su enorme interés reproducimos aquí la intervención papal en su integridad. Las palabras de Giovanni Battista Montini, que fuera estrecho colaborador de Eugenio Pacelli, resuenan al cabo de las décadas con todo el peso de su autoridad y la irrefragable corroboración de la Historia:
«Al terminar esta jornada inolvidable Nos quisiéramos, con vosotros, hacer subir hasta el Cielo el himno del agradecimiento. No se olvidan, cuando han sido vistos una vez, estos lugares que hacen revivir a la vez el antiguo y el nuevo testamento, estos lugares impregnados de los recuerdos de la Biblia, de los ejemplos y de las enseñanzas de Jesucristo.

«A las Autoridades y a todos los aquí presentes, Nos volvemos a manifestar Nuestra satisfacción por esta visita, Nuestra gratitud por la acogida que se nos ha dispensado y por las atenciones de que Nos hemos sido objeto.

«Hemos venido entre vosotros con los sentimientos de Aquel a Quien somos conscientes de representar y que los Profetas anunciaron en otros tiempos con el nombre de «Príncipe de la Paz». Esto equivale a decir que Nos no tenemos para todos los hombre y para todos los pueblos más que pensamientos de benevolencia. La Iglesia, en efecto, los ama igualmente a todos.

«Nuestro gran Predecesor Pío XII lo afirmó con fuerza y en muchas ocasiones, durante el último conflicto mundial, y todo el mundo sabe lo que hizo por la defensa y la salvación de todos los que soportaban la prueba, sin ninguna distinción. Sin embargo, como sabéis, se han querido sembrar sospechas e incluso acusaciones contra la memoria de este gran Pontífice. Tenemos la satisfacción de tener ocasión de afirmarlo en este día y en este lugar: nada más injusto que ese atentado contra tan venerable memoria.

«Quienes, como Nos, han conocido más de cerca a esta alma admirable, saben hasta dónde podían llegar su sensibilidad, su compasión por los sufrimientos humanos, su valor y la bondad de su corazón.

«Bien lo sabían también los que, terminada la guerra, acudieron con lágrimas en los ojos a darle las gracias por haberles salvado la vida. Verdaderamente, conforme al ejemplo de Aquel al que representa acá en la tierra, el Papa no desea más que el verdadero bien de todos los hombres.

«Nos formulamos los mejores votos por vosotros, al final de esta visita, complaciéndoNos en pensar que Nuestros hijos católicos, que viven en esta tierra, continuaron disfrutando en ella de los derechos y de las libertades que hoy se reconocen generalmente a todos.
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