domingo, 18 de agosto de 2013

¿Es la mitra un «frisbee»?

Tomado de lexorandi.es


Antes de entrar en materia, para nuestros lectores menos metidos en modernidades, aclarar que el frisbee es un plato o disco volador que se lanza con la mano, ya sea recreativa como deportivamente. Son generalmente plásticos, de 20 a 25 centímetros de diámetro, y tienen el borde redondeado. Se diseñan aerodinámicamente para que vuelen con un movimiento circular y puedan ser fácilmente recogidos a mano. Seguro que, en alguna ocasión, hemos visto como algunos jóvenes con ánimo hacían volar uno de ellos en la playa o en el campo.

Pues bueno, vayamos a nuestro interrogante: la mitra episcopal, ¿es un frisbee? ¿Qué te parece, ilustrado lector del Flash? ¿Que no? ¿Te parece que no es lo mismo? ¡Bravo! ¡Has acertado! Efectivamente, una mitra es una mitra, o sea, una insignia episcopal, que se entrega con toda solemnidad el día de la ordenación diciendo: «Recibe la mitra, brille en ti el resplandor de la santidad, para que, cuando aparezca el Príncipe de los pastores, merezcas recibir la corona de gloria que no se marchita». ¡Qué precioso!

Si es así –¡que lo es!– ¿no debería traducirse esto en un trato, de la insignia en cuestión, muy decoroso? Un ministro que tenga cuidado de ella (incluso con velo humeral si es posible), y no que, cuando el obispo la quita de su cabeza, la entregue al primero que tiene a su lado, quien, a la vez, la pasa o un diácono, el cual a medio camino de no se sabe dónde, la da a un acólito, que, claro está, no sabe qué hacer con ella, y la deja –en el mejor de los casos– en la primera silla que encuentra libre. En fin… que casi casi… como un frisbee. 

O peor, pues el fotógrafo de este Flash ha visto, incluso, mitras que acabaron su recorrido apoyadas en el suelo al lado de alguien, que te miran tristonas como diciendo: «Pero si yo estoy hecha para la cabeza y no para los pies…». Pobrecita. 

Ya solo nos falta que una casa –romana, claro– de arredi sacri, de objetos religiosos, con algún especialista en márquetin, muy espabilado él, saque al escaparate una mitra con diseño aerodinámico, y las veamos volar por el presbiterio… a ver si alcanzan su lugar… solitas. 

¡Qué tiempos los nuestros!

Jaume González Padrós
[Rev. Liturgia y Espiritualidad 6-7 (2013) 395-396]

martes, 13 de agosto de 2013

Adolescentes eclesiales

No acabo de ver la razón última. Pero el hecho es que me encuentro con relativa frecuencia con lo que se me ha ocurrido llamar “adolescentes eclesiales”, es decir, personas maduras, sensatas, serias, responsables y de una trayectoria profesional impecable, pero que cuando se trata de cosas de fe, moral o vida de la iglesia retornan a la más pura adolescencia.
Una de las características más claras del adolescente es la de ser rebelde porque sí. Rechaza autoridad, relativiza, afirma su personalidad en permanente confrontación con sus padres. No tiene demasiadas ideas propias. Vive por oposición a lo establecido como forma de ser él mismo.
Por eso me resulta curioso ir encontrando a gente inserta en grupos y comunidades populares, grandes profesionales en lo suyo como digo, pero perpetuos adolescentes en la iglesia. Se entiende fácil.
Por ejemplo. Un arquitecto, antes de comenzar un proyecto, lo primero que hace es estudiar la normativa y pedir la cédula urbanística para saber exactamente lo que puede y no puede construir. Ese mismo arquitecto no necesita las normas litúrgicas para criticar una celebración, organizar una oración o preparar un bautizo. Un catedrático jamás osará presentarse en un solemne acto académico sin toga y birrete, pero afirma que una casulla es un trapo más sin demasiada importancia. Un empleado de banca sabe perfectamente cómo son las cosas, conoce exactamente las normas y bien que se atiene a lo mandado. Pero llega a su grupo cristiano y todo vale: ahí no hacen falta ni reglamentos, ni circulares, ni normas ni la opinión del director.
Adolescencia. Falta de formación. Muy abundante. Es lo que nos toca. Gente que aún sigue en el “me apetece", “me gusta”, “me mola", “me da la gana” y encima lo quieren vender como la madurez comprensiva, la obediencia motivada, la fidelidad sensata y la opción personal ponderada. Como sor Teresa Forcades, por ejemplo, a la que por fin ha salido un cardenal con el báculo en su sitio. No en España, por supuesto.
Ya era hora.

P.D. ¿La primavera?

Compartir