lunes, 20 de mayo de 2013

El Papa Francisco y las Liturgias Orientales

Tomado de Lex orandi


La sensibilidad que el Santo Padre tiene hacia las Liturgias del Oriente Cristiano nace del trato que tuvo en Argentina con los diversos Ritos allí presentes. El Papa Francisco fue nombrado Arzobispo Coadjutor de Buenos Aires el 3 de junio de 1997 y, tras la muerte del Cardenal Quarracino, se convirtió en el Arzobispo Primado de Argentina el 28 de febrero de 1998; será este mismo año cuando reciba el nombramiento de "Ordinario de los Fieles de Rito Oriental" en Argentina.

Esta "diócesis" tiene jurisdicción sobre los fieles de Rito Oriental que no tienen un "ordinario propio" en todo el pais. En la actualidad, por ejemplo, tienen ordinario propio los fieles greco-católicos ucranianos. Sviatoslav Ševčuk, actual Arzobispo Mayor de Kiev-Halyč, es decir, de los Greco-Católicos ucranianos, era uno de estos dos Ordinarios; fue nombrado por el Papa Benedicto XVI, el 14 de enero de 2009, como Obispo titular de Castra de Galba y auxiliar de la Eparquia de Santa María del Patrocinio de Buenos Aires.

lunes, 13 de mayo de 2013

EL PAPA RECIBE AL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA DE COLOMBIA: PROSEGUIR LAS NEGOCIACIONES PARA EL PROCESO DE PAZ

Ciudad del Vaticano, 13 mayo 2013 (VIS).- Esta mañana el Santo Padre Francisco ha recibido en audiencia en el Palacio Apostólico Vaticano, al Presidente de la República de Colombia, Juan Manuel Santos Calderón. Sucesivamente, el Presidente Santos ha encontrado al cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado, a quien acompañaba el arzobispo Dominique Mamberti, Secretario para las Relaciones con los Estados.

En el curso de las conversaciones, que se han desarrollado en una atmósfera de cordialidad, se ha hablado de la figura de la Madre Laura Montoya Upegui, primera santa colombiana y fecunda intérprete de las raíces cristianas del País, canonizada ayer domingo, en la Plaza de San Pedro. También se ha hablado de la aportación de la Iglesia a la promoción de la “cultura del encuentro” y de sus obras al servicio del progreso humano y espiritual del País, en particular, de los más necesitados y de los jóvenes.

Se han analizado los retos a los que el País se enfrenta, sobre todo por lo que respecta a las desigualdades sociales. Tampoco ha faltado una referencia al proceso de paz en curso y a las víctimas del conflicto, y se ha manifestado el deseo de que las partes implicadas prosigan las negociaciones, animadas por una sincera búsqueda del bien común y de la reconciliación.

Por último se ha reiterado el compromiso de la Iglesia en favor de la vida y de la familia

domingo, 12 de mayo de 2013

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO CON OCASIÓN DE LAS CANONIZACIONES DEL 12 MAYO 2013.

Queridos hermanos y hermanas:
En este séptimo domingo del Tiempo Pascual, nos reunimos con alegría para celebrar una fiesta de la santidad. Damos gracias a Dios que ha hecho resplandecer su gloria, la gloria del Amor, en los Mártires de Otranto, la Madre Laura Montoya y la Madre María Guadalupe García Zavala. Saludo a todos los que habéis venido a esta fiesta —de Italia, Colombia, México y otros países— y os lo agradezco. Miremos a los nuevos santos a la luz de la Palabra de Dios que ha sido proclamada. Una palabra que nos invita a la fidelidad a Cristo, incluso hasta el martirio; nos ha llamado a la urgencia y la hermosura de llevar a Cristo y su Evangelio a todos; y nos ha hablado del testimonio de la caridad, sin la cual, incluso el martirio y la misión pierden su sabor cristiano.

1. Los Hechos de los Apóstoles, cuando hablan del diácono Esteban, el protomártir, insisten en decir que él era un hombre «lleno del Espíritu Santo» (6,5; 7,55). ¿Qué significa esto? Significa que estaba lleno del amor de Dios, que toda su persona, su vida, estaba animada por el Espíritu de Cristo resucitado hasta el punto de seguir a Jesús con fidelidad total, hasta hasta la entrega de sí mismo.

Hoy la Iglesia propone a nuestra veneración una multitud de mártires, que en 1480 fueron llamados juntos al supremo testimonio del Evangelio. Casi 800 personas, supervivientes del asedio y la invasión de Otranto, fueron decapitadas en las afueras de la ciudad. No quisieron renegar de la propia fe y murieron confesando a Cristo resucitado. ¿Dónde encontraron la fuerza para permanecer fieles? Precisamente en la fe, que nos hace ver más allá de los límites de nuestra mirada humana, más allá de la vida terrena; hace que contemplemos «los cielos abiertos» –como dice san Esteban – y a Cristo vivo a la derecha del Padre. Queridos amigos, conservemos la fe que hemos recibido y que es nuestro verdadero tesoro, renovemos nuestra fidelidad al Señor, incluso en medio de los obstáculos y las incomprensiones. Dios no dejará que nos falten las fuerzas ni la serenidad. Mientras veneramos a los Mártires de Otranto, pidamos a Dios que sostenga a tantos cristianos que, precisamente en estos tiempos, ahora, y en tantas partes del mundo, todavía sufren violencia, y les dé el valor de ser fieles y de responder al mal con el bien.

2. La segunda idea la podemos extraer de las palabras de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio: «Ruego por los que creerán en mí por la palabra de ellos, para que sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros» (Jn 17,20). Santa Laura Montoya fue instrumento de evangelización primero como maestra y después como madre espiritual de los indígenas, a los que infundió esperanza, acogiéndolos con ese amor aprendido de Dios, y llevándolos a Él con una eficaz pedagogía que respetaba su cultura y no se contraponía a ella. En su obra de evangelización Madre Laura se hizo verdaderamente toda a todos, según la expresión de san Pablo (cf. 1 Co 9,22). También hoy sus hijas espirituales viven y llevan el Evangelio a los lugares más recónditos y necesitados, como una especie de vanguardia de la Iglesia.

Esta primera santa nacida en la hermosa tierra colombiana nos enseña a ser generosos con Dios, a no vivir la fe solitariamente - como si fuera posible vivir la fe aisladamente -, sino a comunicarla, a irradiar la alegría del Evangelio con la palabra y el testimonio de vida allá donde nos encontremos. En cualquier lugar donde estemos, irradiar esa vida del Evangelio. Nos enseña a ver el rostro de Jesús reflejado en el otro, a vencer la indiferencia y el individualismo, que corroe las comunidades cristianas y corroe nuestro propio corazón, y nos enseña acoger a todos sin prejuicios, sin discriminación, sin reticencia, con auténtico amor, dándoles lo mejor de nosotros mismos y, sobre todo, compartiendo con ellos lo más valioso que tenemos, que no son nuestras obras o nuestras organizaciones, no. Lo más valioso que tenemos es Cristo y su Evangelio.

3. Por último, una tercera idea. En el Evangelio de hoy, Jesús reza al Padre con estas palabras: «Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26). La fidelidad hasta la muerte de los mártires, la proclamación del Evangelio a todos se enraízan, tienen su raíz, en el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5), y en el testimonio que hemos de dar de este amor en nuestra vida diaria. Santa Guadalupe García Zavala lo sabía bien. Renunciando a una vida cómoda – cuánto daño hace la vida cómoda, el bienestar; el aburguesamiento del corazón nos paraliza – y, renunciando a una vida cómoda para seguir la llamada de Jesús, enseñaba a amar la pobreza, para poder amar más a los pobres y los enfermos. Madre Lupita se arrodillaba en el suelo del hospital ante los enfermos y ante los abandonados para servirles con ternura y compasión. Y esto se llama «tocar la carne de Cristo». Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo. Y Madre Lupita tocaba la carne de Cristo y nos enseñaba esta conducta: non avergonzarnos, no tener miedo, no tener repugnancia a tocar la carne de Cristo. Madre Lupita había entendido que significa eso de «tocar la carne de Cristo». También hoy sus hijas espirituales buscan reflejar el amor de Dios en las obras de caridad, sin ahorrar sacrificios y afrontando con mansedumbre, con constancia apostólica (hypomonē), soportando con valentía cualquier obstáculo.

Esta nueva santa mexicana nos invita a amar como Jesús nos ha amado, y esto conlleva no encerrarse en uno mismo, en los propios problemas, en las propias ideas, en los propios intereses, en ese pequeño mundito que nos hace tanto daño, sino salir e ir al encuentro de quien tiene necesidad de atención, compresión y ayuda, para llevarle la cálida cercanía del amor de Dios, a través de gestos concretos de delicadeza y de afecto sincero y de amor.

Fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio, para anunciarlo con la palabra y con la vida, dando testimonio del amor de Dios con nuestro amor, con nuestra caridad hacia todos: los santos que hemos proclamado hoy son ejemplos luminosos de esto, y esto nos ofrecer sus enseñanzas, pero que también cuestionan nuestra vida de cristianos: ¿Cómo es mi fidelidad al Señor? Llevemos con nosotros esta pregunta para pensarla durante la jornada: ¿Cómo es mi fidelidad a Cristo? ¿Soy capaz de «hacer ver» mi fe con respeto, pero también con valentía? ¿Estoy atento a los otros? ¿Me percato del que padece necesidad? ¿Veo a los demás como hermanos y hermanas a los que debo amar? Por intercesión de la Santísima Virgen María y de los nuevos santos, pidamos que el Señor colme nuestra vida con la alegría de su amor. Así sea.

Benedicto XV, ese gran desconocido del siglo XX


UN PONTÍFICE MÁS FUERTE DE LO QUE SE ESPERABA

En el cónclave que comenzó el 1 de septiembre de 1914 para elegir al sucesor de San Pío X participaron 57 cardenales de los 65 que entonces formaban parte del Colegio Cardenalicio e hicieron falta 10 votaciones en tres días para llegar a un resultado. Había que elegir entre la línea más progresista de León XIII y aquella más conservadora del Papa Sarto y no faltaron tampoco intentos de influenciar la votación por parte de algunas naciones, como fue el caso del imperio austro-húngaro a través de una nota enviada por el ministro austriaco a su embajador en el Vaticano, aunque el difunto Pontífice había amenazado con excomunión al que aceptase dichas influencias.
De hecho, Pío X, elegido que había sido elegido quizá gracias al veto austríaco al cardenal Rampolla, para evitar que en sucesivos cónclaves se hiciera uso del derecho de veto, había promulgado la constitución Commissum nobis, de 20 de enero de 1904, en la que se declaraba nulo y absolutamente prohibido el derecho de exclusiva o veto, aun cuando fuera expresado como deseo o mera indicación de la voluntad de cualquier potestad civil.
En dicha constitución, Pío X dispuso bajo pena de pecado mortal y de excomunión latae sententiae reservada al Papa, que ningún cardenal, ni el secretario del cónclave, ni ninguno de cuántos intervienen en el mismo: 1º, aceptaran de ningún poder civil el encargo de proponer el veto o exclusiva, aunque se presentara en forma de simple deseo; 2º, que, de cualquier manera que llegara a su conocimiento, lo dieran a conocer de palabra, o por escrito, directa ni indirectamente, a todo el Sacro Colegio reunido, ni a los cardenales en particular; 3º, que cooperaran de alguno de esos modos o cualesquiera otros con las intercesiones que las potestades civiles ejercitaran con la pretensión de inmiscuirse en la elección del Romano Pontífice.
Llegase o no la nota del ministro de exteriores austriaco a los cardenales reunidos en cónclave, no parece que influyera en los votantes. Lo cierto es que en la mente de todos ellos estaba el clima de guerra que ya reinaba en Europa y se procuró llegar a una conclusión rápida de la sede vacante. Sin embargo, la elección del Espíritu Santo no dejó de sorprender a muchos, que después de ver a un Papa lleno de energía como Giuseppe Sarto, vieron al recién elegido, Giacomo della Chiesa, no solamente de poca presencia -“il piccoleto” lo llamaban en la Curia- sino también de poca salud, pues tenía escoliosis, era pálido de rostro y en general tenía aspecto de poca salud.
Parece ser que algunos votaron por él precisamente por su aspecto y salud que hacían pensar en un pontificado breve y de transición, pero pronto se dieron cuenta que el recién elegido tenía mucha más energía de lo que parecía. Así, cuando pocos días después de comenzar su pontificado sustituyó a Merry del Val como Secretario de Estado nombrando al Cardenal Domenico Ferrata, filo-francés y de muy diferente estilo, no faltó quien en la Curia dijo aquella frase que se ha hecho famosa” “Abbiamo un Papa già ‘professo’, non un Papa ‘novizio’”.
Giacomo Della Chiesa había nacido en Génova el 21 de noviembre de 1854, en el seno de una familia de la alta nobleza: El padre, marqués, descendía de Berengario II y Calixto II; la madre era de una familia muy conocida del lugar, los Migliorati, y entre sus antepasados estaba Inocencio VII. Giacomo se licenció en leyes en su ciudad natal en 1875 y ese mismo año ingresó en el Colegio Capranica de Roma. Ordenado sacerdote en 1878, estudió en la Academia Eclesiástica (entonces Academia de Nobles), para pasar desde ella a ser secretario del Cardenal Rampolla, del que aprendió los intríngulis de la política vaticana. Cuando Rampolla fue nombrado nuncio en Madrid en 1883, se lo llevó con él, y, cuando como secretario de Estado fue llamado a Roma en 1887, de nuevo se lo llevó consigo a la Curia como minutante. Della Chiesa cumplió fielmente este cargo durante mucho tiempo.
En 1901, fue nombrado sustituto de la Secretaría de Estado y era a la vez profesor de la Academia de Nobles en la que se había formado como diplomático y todo parecían indicar que iba a ser Nuncio en Madrid, cuando Pío X le “bloqueó” la carrera enviándolo de arzobispo a Bologna. No faltaban voces malintencionadas que lo presentaban como no demasiado contundente en la condena del modernismo y de hecho, como explica Lorenzo Capelletti, en un magnífico artículo sobre Benedicto XV en 30Días, “sin duda se le dio aquel destino por la estima que se tenía de él, pero quizá también para ver cómo se movía en una diócesis dirigida hasta aquel momento por el arzobispo Domenico Svampa, a quien se le atribuían simpatías modernistas y democrático-cristianas por haber protegido entre otros a don Giulio Belvederi y don Alfonso Manaresi.
El hábil diplomático se mostró también un sabio pastor de almas. Fue nombrado Cardenal, pero tarde, en el último consistorio convocado por Pío X. Cappelleti explica que “quizá no es casualidad que el capelo cardenalicio le llegara solo tras la muerte de Rampolla, ocurrida en el mes de diciembre precedente. Probablemente no se quería que en el Sagrado Colegio se reconstruyera y tuviera peso la buena relación entre ambos”. El caso es que le duró poco el cardenalato, pues poco más de tres meses después ya era Papa. No le sirvió ninguna de las sotanas preparadas para el futuro Papa por el sastre pontificio, que utvo que usar la más pequeña y adaptarla con alfileres. El nuevo Papa demostró una línea diferente ya desde su ceremonia de coronación, que no quiso celebrar el la basílica de San Pedro sino en la capilla Sixtina, sin solemnidades.
La primera guerra mundial condicionó su pontificado, y contra ella habló con una fuerza inusitada: Ya el 8 de septiembre de 1914 la denominó “flagelo de la ira de Dios”, y en 1915 la calificó de “horrible carnicería que deshonra a Europa”, continente del que dijo que se había convertido en “hospital y osario”. Llamó también a la guerra en 1916 “suicidio de la Europa civilizada” y “la tragedia más oscura del odio humano y de la demencia humana”. Se declaró imparcial, como “un padre común que ama con igual afecto a todos los hijos”, lo cual le conllevó durante la guerra no pocas críticas de una y otra parte. En el campo francés se le trató con desprecio llamándolo “pape boche”, adjetivo que usaban para los soldados alemanes. Realmente, dichas críticas tenían una cierta explicación, pues históricamente no era normal que el Papa fuese neutral ante una guerra en Europa. Eran tiempos nuevos y la Iglesia optaba por un estilo nuevo, lo cual algunos tardaron tiempo en entender.
Era una nueva línea de actuación consagrada por sus sucesores, que incluyó esfuerzos serios de mediar entre las partes, y que en aquel momento hizo sufrir no poco a Benedicto XV, al cual, finalizada la guerra, le llovieron las alabanzas por su actuación serena y valiente durante la contienda. Pues, de hecho, el Pontífice, además de hablar sin tapujos, trabajó seriamente durante la guerra en el campo de la caridad: Organizó a través de obispados y nunciaturas la ayuda a los soldados en el frente y a las familias de las víctimas, usando toda una red de información que hizo llegar noticias de sus seres queridos a más de 700.000 personas. A través del nuevo Secretario de Estado, el cardenal Gasparri, organizó ayudas económicas que llegaron a damnificados de ambos bandos.
Acabada la guerra, el Papa, cuya salud le acompañaba más de lo que se había esperado, trabajó por la inserción de los católicos en la vida pública de Italia, que en tiempos de León XIII habían recibido un “non expedit” que les impedía por parte de la Iglesia participar en muchos sectores de la vida pública italiana. Eliminada dicha prohibición en 1919, se abría una nueva etapa para la Iglesia italiana, que culminaría 10 años después con la firma, por parte de su sucesor y de Mussolini, de los Pactos Lateranenses. Pero Benedicto XV no llegó tan lejos, una pulmonía se lo llevó en solo cuatro días el 22 de enero de 1922. Fue enterrado en las grutas vaticanas justo enfrente de su predecesor, que tan diferente fue, hasta que se le trasladó a la Capilla de la Presentación, en la Basílica de San Pedro.

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