domingo, 8 de septiembre de 2013

La fe quiere formación, no ignorancia

Tomado de Corazón eucarístico de Jesus. El Sagrario.
La ignorancia religiosa o en materia de fe, va minando la fe misma, que puede acabar en superstición o en creencias con tan poco fundamento, que a nada, a lo más mínimo, cae derrumbada.

La fe, por el contrario, requiere formación, luz, conocimiento; la fe quiere conocer. Por eso la formación católica es un campo permanentemente abierto para comunicar con suficiente solidez los tesoros de la fe. Si la ignorancia en cualquier campo es mala, porque es atrevida, la formación permite una madurez mayor y poder dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere.


Un fruto renovado de este Año de la fe bien podría ser, siguiendo una catequesis de Pablo VI, despertar el interés por una formación más capaz, más orgánica, y el impulso por retomar la formación de jóvenes y adultos, éstos especialmente, en todas las parroquias y comunidades católicas.

"Como sabéis, se clausura al final de este mes el Año de la fe, año que hemos dedicado a la memoria del XIX Centenario del Martirio de los Santos apóstoles Pedro y Pablo para honrar no solamente su memoria, sino para confirmar también nuestro compromiso con la herencia de la fe que aquellos, con su palabra y con su sangre, nos han transmitido. Tendríamos muchas cosas que decir todavía sobre este tema, del cual hemos hablado brevemente en estas audiencias semanales. Añadiremos todavía unas palabras en forma de exhortación, las más obvias que se puedan hacer al respecto: procurad que vuestra fe sea viva.

Esta recomendación sugiere una pregunta: ¿Puede acaso existir una fe muerta? Desgraciadamente, sí; puede haber una fe muerta. Y es claro que la negación de la fe, tanto objetivamente, cuando se niegan o deliberadamente se cambian las verdades que por fe debemos admitir, como subjetivamente, cuando consciente y voluntariamente se retira nuestra adhesión a nuestro credo, se apaga la fe, y con ella la luz vital y sobrenatural de la divina revelación en nuestra alma. Existe otro grado negativo respecto a la vitalidad de la fe, y éste priva a la misma fe de su desarrollo congénito, la caridad, la gracia: el pecado, que quita la gracia del alma, puede dejar sobrevivir la fe, pero ineficiente con respecto a la verdadera comunión con Dios, dejándola como en letargo. Recordad las palabras de San Pablo: "Fides quae per caritatem operatur, la fe que actúa por medio de la caridad" (Gal 5,6).

Dicen los teólogos que la caridad es el complemento de la fe, es decir, su plena cualificación, que la determina y la dirige eficazmente a su fin, que es Dios buscado, querido, amado, poseído mediante el amor; de suerte que "la caridad es llamada alma de la fe, por cuanto mediante la caridad el acto de fe se integra y se perfecciona" (S. Th., II-II, 4, 3). Y existe aún un tercer grado negativo que paraliza y esteriliza la fe, y es su frustrada expresión moral, su profesión operativa, el desarrollo en las obras. El apóstol Santiago nos lo recuerda manteniendo como una tácita polémica con la tesis de la suficiencia de la fe sola para nuestra salvación: "La fe sin las obras está muerta" (Sant 2,20).

La ignorancia religiosa

Se da todavía una larga serie de faltas que atentan contra la fe y que pueden quitarle aquella vitalidad que debe serle reconocida y concedida. No presentaremos aquí una lista de todas ellas, sino que invitaremos a nuestras conciencias a que se examinen sobre algunos puntos débiles característicos en el campo de la fe. El primero es ignorancia. El bautismo nos ha infundido la virtud de la fe, es decir, la capacidad de poseerla y de profesarla en relación con nuestra salvación y con méritos sobrenaturales; pero es claro que una virtud se atrofia si no se la ejercita según sus posibilidades; y el primer ejercicio es el conocimiento de las verdades, que constituyen el objeto de la fe. 

Este conocimiento debe tener diversas fases, que pueden clasificarse así: desde la aceptación del anuncio del mensaje cristiano, el llamado "kerigma", a su desarrollo natural en la catequesis hasta la profundización teológica y la contemplación. Es necesario que destaquemos, para nuestra finalidad práctica, la necesidad de un conocimiento serio y orgánico de la fe; es lo que, desgraciadamente, falta a muchísimos, tanto entre los católicos como entre los que no lo son, y esto es intolerable en una sociedad en la cual la cultura tiene un puesto preeminente y en la que la facilidad de la información puede decirse que está al alcance de todos. Es, en cambio, doloroso observar cómo falta, generalmente, a nuestra gente un conocimiento que, aunque modesto, sea claro y coherente; el catecismo parroquial está casi generalmente abandonado: por desgracia, la enseñanza religiosa en las escuelas no alcanza siempre su cometido, que, en primer lugar, consiste en infundir en los alumnos la convicción razonada de que la religión es la ciencia fundamental de la vida; el libro de cultura religiosa es con frecuencia despreciado, y muchas veces es imposible encontrarlo; con todo ello, el conocimiento de nuestra fe es imperfecto, defectuoso, superficial y expuesto a las objeciones corrientes que encuentran eco en la ignorancia, tan difundida. Nos respondemos: que nuestra fe no sea rechazada precisamente porque se la desconoce (Cf. C. Colombo, "La cultura teológica del clero y del laicado en la C.E.I, 1967).


El respeto humano

Otro punto es el famoso "respeto humano"; esto es, la reticencia o la vergüenza, o el miedo, cuando se trata de la profesión de la propia fe. No hablamos ahora de la discreción o de la moderación que, en una sociedad pluralística y profana como la nuestra, piden moderación justamente cuando se trata de manifestaciones de índole religiosa delante de otros. Hablamos de la cobardía al silenciar las propias ideas religiosas por temor al ridículo, a la crítica o a la reacción de los otros. Es la caída triste y célebre de San Pedro en la noche del prendimiento de Jesús. Es un defecto frecuente en los muchachos, en los jóvenes, en los oportunistas, en las personas sin carácter y sin valor. Esta es la causa, tal vez la principal, del abandono de la fe para quien se conforma con el ambiente nuevo en el que empieza a vivir.

Deberíamos hablar, a este respecto, de la fuerza del ambiente en el que uno se integra y que impone a masas enteras de gente el pensar y obrar según la moda, según la corriente dominante de la opinión pública, según formas ideológicas opresoras, que se difunden a veces como epidemias irresistibles. El ambiente, factor importantísimo para la formación de la personalidad, se impone con frecuencia como una exigencia conformista que la domina. El conformismo social es una de las fuerzas que sostienen, en ciertos casos, que sofoca, en otros, el sentimiento y la práctica religiosa (Cf. J. Leclercq: "Croire en J. C."; Gasterman, 1967, pág. 105 y sigs.). Otro punto merecería ser expresamente destacado: la unión entre la fe y la vida; la vida del pensamiento, la vida de acción, la vida del sentimiento, la vida espiritual y la temporal. Este es un punto de la máxima importancia. Se habla siempre de él: el justo vive de la fe (Gal 3,11); el cristiano, podemos traducir, vive de fe, según la propia fe; ésta es un principio, una norma, una fuerza de la vida cristiana. Vivir con la fe, y no de la fe, no basta, sino que ésta concomitancia puede convertirse en una grave responsabilidad y en una acusación: el mundo frecuentemente la lanza hacia el hombre que se llama cristiano y no vive como cristiano. Pensemos bien en ello.

Una fe viva y personal

Detengámonos aquí, y preguntémonos a nosotros mismos: ¿Cómo conseguiremos una fe viva?

Podemos decir que la confianza en el magisterio de la Iglesia, el amor a la ortodoxia de las ideas que se refieren a la fe, la práctica religiosa metódica y sabia, el ejemplo de los cristianos buenos y valientes, la práctica personal o colectiva de alguna obra de apostolado nos ayudarán a mantener encendida y viva nuestra fe. 

Dos observaciones deberemos tener presentes: la primera nos advierte que la fe debe ser para nosotros un hecho personal, un acto consciente, querido, profundo: este elemento subjetivo de la fe es hoy de suma importancia, siempre ha sido necesario porque forma parte del acto auténtico de fe, pero frecuentemente era sustituido por la tradición, por el clima histórico, por las costumbres colectivas; hoy es indispensable. Cada uno debe expresar por sí mismo con gran conciencia y con gran energía la propia fe. Y  la segunda nos recuerda que la fe tiene su punto central en Jesucristo (cf. Ef 3,17; Sto. Tomás, II-II, 16, 1, 1; III, 62, 6); la fe es un encuentro, podríamos decir, personal con Él. Él es el maestro. Él es el vértice de la revelación. El es el centro que reúne en sí y que de sí irradia todas las verdades religiosas para nuestra salvación. De Él le viene la autoridad a la Iglesia docente. En Él nuestra fe encuentra gozo y seguridad, encuentra la vida".

(Pablo VI, Audiencia general, 19-junio-1968).

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