lunes, 24 de junio de 2013

Teresa de Jesús: Conversión y reforma

LA REFORMA TERESIANA CUMPLE 450 AÑOS

Tres años después de su ingreso en el monasterio de la Encarnación, que fue el 2 de noviembre de 1535, la joven monja Teresa de Cepeda y Ahumada cayó gravemente enferma: “Diome aquella noche un mal que me duró estar sin ningún sentido cuatro días, poco menos. En esto me dieron el Sacramento de la Unción y cada hora o momento pensaban expiraba y no hacían sino decirme el Credo, como si alguna cosa entendiera. Teníanme a veces por tan muerta, que hasta la cera me hallé después en los ojos”.
Entre tanto vivía en un estado de tibieza, de enfriamiento en la oración, de mucho trato con seglares en los locutorios y poco recogimiento, aunque ella misma confiesa que nunca llegó a cometer pecado grave: “Estando en muchas vanidades, aunque no de manera que, a cuanto entendía, estuviese en pecado mortal en todo este tiempo más perdida que digo”. Así pasó Teresa su vida en la Encarnación por unos 20 años, luchando entre el amor de Dios y los atractivos del mundo: “Pasé este mar tempestuoso casi veinte años, con estas caídas y con levantarme y mal pues tornaba a caer y en vida tan baja de perfección, que ningún caso hacía de pecados veniales, y los mortales, aunque los temía, no como había de ser, pues no me apartaba de los peligros”.
Pero el corazón de Teresa no tenía paz, poco a poco se iba haciendo más fuerte el deseo de mayor perfección y entonces sufría en ver la relajación de la vida monástica en la Encarnación. En este tiempo, la santa, que contaba casi 40 años, interpretó varios acontecimientos como llamadas personales de Dios. En cierta ocasión, cuando estaba atendiendo a una visita en el locutorio, sintió que el Señor la miraba enojado: “Representóseme Cristo delante con mucho rigor, dándome a entender lo que aquello le pesaba… Yo quedé espantada y turbada, y no quería ver más a la persona con la que estaba”. Otra vez le hizo reflexionar la presencia de un sapo de gran tamaño en el locutorio y en algunos sermones le parecía que el Señor la llamaba a grandes voces.
Más definitiva para Teresa fue la experiencia que acaeció cierto día cuando, al entrar en su oratorio y ver allí la imagen de Cristo, se siente dolorida por lo mal que ha pagado tanto amor y, entre lágrimas, le suplica fortaleza para no ofenderle más: “Era de un Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía y arrójeme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle”. Este suceso le afectaría hondamente y le llevaría a tomar un nuevo rumbo, encaminándose hacia la santidad. A partir de entonces comienza no sólo a ver sino a escuchar al Señor, que le dirá: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles”.
Estamos en 1554, Teresa tiene 39 años y ante ella se abre una nueva etapa de su vida. En este proceso de conversión, le influirán notablemente las Confesiones de San Agustín, que llegaron a sus manos: “Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino el Señor me la dio a mí, según si
Ó mi corazón; estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y entre mí mesma con gran aflicción y fatiga…(…) Comenzóme a crecer la afición de estar más tiempo con Él y a quitarme de los ojos las ocasiones, porque, quitadas, luego me volvía a amar a Su Majestad

Otras experiencias místicas que dejaron huella profunda en el alma de Teresa por esta época serán el fenómeno de la trasverberación, ocurrida en una capilla de la Encarnación que hoy está abierta al culto diario, otro fenómeno referente al matrimonio espiritual, que experimentó durante la comunión, y la visión del infierno, ante la cual perdió todo temor a los sufrimientos y a las contrariedades de la vida: “Después acá, como digo, todo me parece fácil, en comparación de un momento que se ha de sufrir lo que yo en él allí padecí.
Pero en España no corrían buenos tiempos para los que experimentaban estos fenómenos místicos. El Cardenal Cisneros, regente a la muerte de los reyes Católicos, había iniciado un amplio movimiento renovador en toda España, fundando universidades, reformando conventos, favoreciendo el estudio de los idiomas bíblicos y de la Teología, multiplicando la publicación de libros en latín y en castellano, generalizando la predicación en las Iglesias y la práctica de la oración mental. Carlos I y su corte de flamencos no simpatizaron con Cisneros, ni con sus consejos, ni con sus maneras de hacer. La Reforma Protestante y las guerras de religión dividieron Europa y todo lo que sonara a interioridad era investigado por los tribunales de la Inquisición.
El nuevo Inquisidor general, Francisco Valdés y su terrible consejero, el Teólogo escolástico Melchor Cano, llenaron las cárceles con los discípulos de Cisneros, con los erasmistas, con los alumbrados… Incluso fueron condenados el ex-secretario de Cisneros, el Obispo de Verisa, Juan de Cazalla y hasta el Arzobispo de Toledo y Primado de España, Bartolomé de Carranza. Muy poco después, en 1559, Felipe II obliga a regresar a todos los españoles que estudian o enseñan en el extranjero, se prohíbe introducir en España libros publicados fuera de sus fronteras y traducir al español libros escritos en otros idiomas, incluso harán quemar las obras de Tomás de Villanueva, Francisco de Borja, Juan de Ávila, Fray Luis de Granada, y todos los libros que Teresa había devorado con ansias de aprender y había recomendado a tantas otras personas.
El miedo a errar en las experiencias místicas y en la oración de contemplación hace sufrir mucho a nuestra santa, que en un primer momento no encuentra buenos consejeros espirituales. Serán dos Jesuitas, el P. Diego de Cetina y después el P. Francisco de Borja, los que devolverán la paz a su alma, como ella misma cuenta refiriéndose a su coloquio con el que después llegará a ser prepósito de la Compañía: “Díjome que era espíritu de Dios, y que le parecía no era bien resisitirle más… que siempre comenzase la oración con un paso de la Pasión, y que si después el Señor me llevase, no le resistiese”. Fue el inicio de una profunda amistad que se fraguó en otros encuentros y en numerosas cartas. De gran ayuda fue también, ya en 1560, Fray Pedro de Alcántara, que conoció cuando a hacer compañía a Doña Guiomar de Ulloa. El santo franciscano se convertirá también en uno de los grandes consejeros de Teresa.
En la celda de Teresa en el monasterio de la Encarnación, que actualmente se muestra a los visitantes, una tarde de 1560 se encontraban reunidas dos sobrinas suyas y varias religiosas que la visitaban. En el ambiente poco estricto del monasterio, las visitas a las celdas, también de seglares, eran habituales. Aquella tarde comentaban las religiosas una carta de Felipe II que había hecho llegar a los conventos en la que exponía el gran daño que habían causado en Europa los luteranos, y les pedía oraciones por la unidad de la Iglesia. La conversación derivó a la situación de los religiosos en España, a la reforma que Fray Pedro había operado en las Descalzas Reales y en lo hermoso que sería tener conventos de Carmelitas con mayor observancia. La sobrina de madre Teresa, futura priora del Carmelo reformado de Valladolid, María Bautista, animó a su tía a fundar un convento reformado de Carmelitas. Allí estaba también Doña Guiomar, que prometió muy decidida su ayuda.
De este modo sencillo, en una conversación ni del todo seria ni del todo en broma, surgió lo que dos años después habría de ser la reforma del Carmelo. Teresa se resistía ante la magnitud de la empresa y sus consecuencias, a pesar de contar con el apoyo de Doña Guiomar y otras, hasta que un día el mismo Señor manifestó su voluntad a la Santa: “Habiendo un día comulgado, mandóme mucho su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejara de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí gran resplandor…
Y se puso manos a la obra, no sin antes consultar a sacerdotes de la talla del P. Luis Bertrán, Fray Pedro de Alcnántara, Francisco de Borja, Francisco de Salcedo, Gaspar Daza, etc. Se pusieron a buscar casa y pidieron al Papa licencia para poder hacer el convento bajo la jurisdicción de la Orden del Carmen, dado que el superior Provincial no lo permitía sin el permiso de Roma. Cuando se conoció la noticia en el monasterio de la Encarnación y en la ciudad, se montó gran revuelo, la mayoría se puso en contra y el mismo Provincial retiró su apoyo, “dijo que la renta no era segura y que era poca, y que era mucha la contradicción”. Como la acusaban de alumbrada y endemoniada, pide su parecer al teólogo más renombrado en ese momento en Ávila: el dominico P. Pedro Ibáñez, para el que escribe un memorial con la situación de su espíritu, la primera «Cuenta de Conciencia» que conservamos. A pesar de la oposición de la ciudad y las presiones que recibe, el parecer del Dominico será positivo y lo acompañó con un dictamen laudatorio, escrito en 33 puntos. Se decide a pedir un segundo Breve Papal; esta vez poniendo el monasterio bajo la obediencia del obispo. Aunque las contradicciones crecieron, hizo venir de Alba a su hermana Juana y a su esposo para que se encarguen de las obras de adaptación de una casita fuera de las murallas. Las obras se alargan porque unos muros ceden y los dineros faltan, pero la llegada de algunas monedas de oro enviadas desde América por su hermano Lorenzo en 1561 supone una gran ayuda.
El 12 de agosto de 1561, fiesta de Santa Clara de Asís, en la Misa, a la hora de comulgar, la Santa se le aparece a Teresa y la consuela: “Se me apareció con mucha hermosura. Me dijo que me esforzase y fuese adelante en lo comenzado, que ella me ayudaría”. Días después, en la fiesta de la Asunción, estando visitando el convento de Santo Tomás, de los Dominicos, se le aparecen la Virgen y San José, que también la consolaron y animaron para seguir adelante en la fundación. Con estas promesas del cielo, ¿cómo no continuar con las obras?
Fue providencial que en la Navidad de 1561 el Provincial mandase a Teresa en casa de Doña Luis de la Cerda, en Toledo, a pasar una temporada haciéndola compañía. Allí conoció a María Salazar, que con el tiempo sería una de sus grandes colaboradoras, priora de Sevilla y fundadora en Portugal. Este periodo toledano le sirvió a Teresa para alejarse de las polémicas que dividían Avila acerca de la fundación, y prepararse tranquilamente para el futuro con la ayuda de Fray Pedro de Alcántara. Cuando, tras seis meses alejada de Avila, vuelve al fin en de 1562, la misma noche de su regreso recibe la sorpresa de la llegada del Breve de Roma, dado el 7 de febrero de 1562 a nombre del Papa Pío IV, dando la jurisdicción al obispo de Ávila sobre la nueva fundación y permiso a Doña Guiomar de Ulloa y Doña Aldonza de Guzmán, que lo habían solicitado, de fundar y edificar un monasterio de monjas de la orden y regla de Santa María del Monte Carmelo.
No acabaron aquí todavía los problemas, pues el sr. Obispo de Ávila, don Álvaro de Mendoza, que después sería Obispo de Palencia en un primer momento se negó a dar su permiso, pues la jurisdicción recaía sobre él. Tuvo que visitarle el maltrecho Fray Pedro de Alcántara, todavía recuperándose de una enfermedad, para convencerle de dar el permiso. Durante el verano de 1562 se fueron concluyeron las obras y se buscaron las religiosas que quisieran acompañar a la madre Teresa en la nueva fundación, ayudándolas con dinero para la dote algunas personalidades que había conseguido reunir Doña Guiomar. Así, la mañana del día de san Bartolomé de dicho año, la pequeña campana que todavía hoy se conserva anunció el comienzo de una nueva comunidad religiosa en la ciudad de Ávila, si bien dicha campana estaba anunciando algo más: El comienzo de la Reforma Teresiana, que tanto bien habría de hacer a la Iglesia Católica.

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