lunes, 28 de mayo de 2012

San Juan de Ávila será proclamado Doctor de la Iglesia el 7 de octubre


(Infocatólica) El papa Benedicto XVI anunció este domingo que el próximo 7 de octubre proclamará doctor de la Iglesia al español san Juan de Ávila (1499-1569) y a la alemana santa Hildegarda de Bingen (1098-1179). Durante el rezo en la plaza de San Pedro del Vaticano del Regina Coeli, la oración que sustituye al Ángelus dominical durante el tiempo de Pascua, el pontífice definió a estos religiosos como «dos grandes testimonios» de la fe, que vivieron en «periodos históricos y ambientes culturales bastante distintos».
(Efe) "Juan, sacerdote diocesano en los años del Renacimiento español, participó en la ardua tarea de la renovación cultural y religiosa de la Iglesia y de la unidad social en los albores de la modernidad", dijo el pontífice.
"Hildegarda fue monja benedictina en el corazón de la Edad Media alemana, auténtica maestra de Teología y profunda estudiosa de las ciencias naturales y de la música", añadió el papa, quien dijo que "la santidad de la vida y la profundidad de la doctrina" de estos dos santos "los hacen actuales perennemente".
El papa afirmó que las figuras de los dos santos son aún más de "relevante importancia y actualidad" a la luz del proyecto de nueva evangelización al que estará dedicada la próxima Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos, que se inaugura precisamente el 7 de octubre.
San Juan de Ávila, sacerdote y escritor ascético patrono del clero español, se unirá a otros grandes doctores de la Iglesia nacidos en España, como san Isidoro de Sevilla (560-636), santa Teresa de Jesús (1515-1582) y san Juan de la Cruz (1542-1591).
Durante el Regina Coeli de este domingo, Benedicto XVI recordó que el próximo viernes viajará a Milán (norte de Italia) con ocasión del VII Encuentro Mundial de las Familias, al que invitó a participar a los fieles que siguieron el rezo dominical desde la plaza de San Pedro o a través de los medios de comunicación.
Ya en castellano, el papa, quien esta mañana presidió la misa de Pentecostés en la basílica de San Pedro, saludó "con afecto" a los peregrinos de lengua española presentes en la plaza vaticana en este soleado domingo.

domingo, 27 de mayo de 2012

Pentecostés


Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.
 De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban.
Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos.
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. (Hechos 2, 1-4)

lunes, 21 de mayo de 2012

Experto: Anselm Grün reduce Evangelio a libro de autoayuda


Me llama poderosamente la atención ésta noticia... porque, aunque no sabía nada de Anselm Grün y sus doctrinas, al ver la foto de ésta nota me recordó cierto aviso publicitario de una reconocida librería católica en Colombia que también edita sus libros.
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REDACCIÓN CENTRAL, 21 May. 12 / 06:15 am (ACI/EWTN Noticias).- El experto teólogo y sacerdote jesuita uruguayo Horacio Bojorge criticó las herejías difundidas por el monje benedictino Anselm Grün, aceptadas por algunos católicos sin considerar su nociva influencia.
En un minucioso recuento de artículos enviado a ACI Prensa, el P. Bojorge señala que en sus libros, Grün "reduce el mensaje revelado de las Sagradas Escrituras; primero, porque lo interpreta en forma acomodada y segundo porque, mediante este sentido no bíblico, lo homologa con afirmaciones de orden psicológico, haciendo así del Evangelio un libro de autoayuda".
"El confiado lector se encuentra con el relato evangélico y su sentido literario tradicional que le es familiar, pero también se le sirve, en el mismo plato, la acomodación psicológica, como si fuera igualmente válida".
El P. Bojorge advirtió que en esa "acomodación psicológica, una resurrección puede convertirse simplemente en una curación y ser tratada como tal. Y una posesión demoníaca puede convertirse en un estado de exasperación emocional y psicológica". "No se niega la resurrección, pero se presenta como alternativa válida una interpretación que la explica como curación. No se niega la acción demoníaca por posesión, obsesión o tentación, pero se habla de ‘las propias sombras’".
Por ello, el sacerdote jesuita consideró urgente "avisar que el hoy tan difundido magisterio espiritual del benedictino alemán Anselm Grün navega en la corriente modernista. Y cunde produciendo desviaciones muy dañinas, por lo parecidas al recto camino de la fe y la espiritualidad católica".
El P. Bojorge indicó que los escritos de Anselm Grün pertenecen "a la familia de los que podemos llamar los errores psicologistas. Tienen de común con la teología de la liberación, que no tienen como meta presentar el sentido auténtico de la Escritura tal como ha sido siempre interpretada por la Iglesia y según la fe católica, sino que usan de los textos bíblicos con una intención ajena a su sentido literal y auténtico".
El sacerdote jesuita indicó que así como para la teología marxista de la liberación, la meta es la libertad política, para el pensamiento difundido por Anselm Grün, el objetivo es "la libertad psicológica del individuo".
El P. Bojorge remarcó que el pensamiento de Grün está fundamentado sobre las ideas del psicoanalista Carl Jung y del P. Eugen Drewermann, quien fuera apartado por su obispo del sacerdocio, precisamente por sus enseñanzas psicologistas.
El jesuita criticó que Anselm Grün atribuya, arbitrariamente, a los textos de la Biblia "un sentido de orden psicológico, del ‘imaginario’ que sin embargo él presenta como si fuera mejor sentido que el sentido literal, al que califica, lisa y llanamente, desdiciendo desaprensivamente la tradición y el magisterio, de ‘inútil’".
De acuerdo al P. Horacio Bojorge, en la prédica de Grün, "el Jesús de la historia que presentan los Evangelios es relegado al orden de la fantasía mítica y se lo ‘rescata’ de la insignificancia a la significación mediante ‘recuperaciones’ ideológicas, políticas o psicologistas".
"La libertad de que habla Anselm Grün no es la misma de la que habló Jesús y se lee en Marcos. Según lo presenta Anselm Grün, Jesús ya no es el camino hacia la libertad porque sea el camino que nos conduzca al Padre, y porque nos convierta en hijos y nos de la libertad de los hijos".
Según explicó el sacerdote jesuita, para Anselm Grün, la libertad es "la integración de los contrarios, la integración de la sombra junguiana, que es inaceptable para la espiritualidad cristiana, porque implica aceptar el pecado y hasta lo demoníaco, para integrarlos en la unificación del yo".

sábado, 5 de mayo de 2012

La Iglesia medieval

Tomado de Reforma o Apostasía (-(178)- De Cristo o del mundo -XX. La Cristiandad. 1. La Iglesia medieval)


–Estaba pensando ya que… Bueno, mejor será que no diga nada.
–Exacto. Ha dado usted en el clavo. Es mejor que no diga nada.
En el período que acabamos de estudiar, del Edicto constantiniano de Milán hasta la muerte de San Be­nito (313-557), se produce una primera cristianización del mundo greco-romano, y al mismo tiempo una erradicación progresiva del antiguo pa­ganismo –mentalidad, costumbres, institu­ciones–, acelerada por la caída del Imperio romano en el siglo V.
A principios del siglo VI comienza un milenio cristiano, cuyo final podría verse hacia el 1500, en torno a la caída de Constantinopla, el descubri­miento de América, el comienzo de los Es­tados nacionales modernos, el Renacimiento y la crisis protestante. Es más o menos lo que suele llamarse Edad Media, en un sentido que para algunos es peyorativo: los siglos oscuros y semi­bárbaros, que dejando atrás las luces de la antigüedad, no han llegado todavía a la luminosidad del Renacimiento y del Siglo de las luces. La cultura católica ve, por el contrario, ese período de la historia humana como un milenio de Cristiandad. En estos siglos, la Iglesia pierde el norte de Africa, pero extiende y profundiza la evangeli­zación de Europa y del Asia próxima. Y muchos miles de mo­nasterios vienen a ser el alma de la Cristiandad medie­val.
Jesu­cristo es el Señor de todo (Panto-crator), pues le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Y esa verdad luminosa y potente es reconocida por la sociedad, es decir, por el mundo, como se expresa en el pór­tico de tantas catedrales. Es entonces con­vicción común que Cristo Salvador debe reinar sobre todas las cosas de la Iglesia y del mundo. Lo que no significa, por supuesto que reine plenamente de hecho sobre el mundo. El mundo, hasta la Parusía, siempre seguirá siendo mundo. Hay sin duda en estos siglos multitud de pecados personales y colectivos; pero 1.-no son tantos como los existentes en un mundo que niega a Dios y reniega de Cristo; y 2.-los pecados son tenidos como pecados, de tal modo que la sociedad no los justifica, ni menos aún los considera un derecho. Y es que está generalmente vigente el discernimiento del bien y del mal. Es un tiempo en el que ninguna doctrina, ley o cos­tumbre puede afirmarse socialmente si va en contra de Jesucristo, el Hijo divino-humano, el Maestro, el Señor de todo.
La condición unitaria de la Cristiandad procede evidentemente del señorío de Jesucristo sobre las naciones. Y es una de las características más notables de este pe­ríodo de la historia de Occidente: unidad de religión y de lengua, unidad entre alma y cuerpo, naturaleza y gracia, orden natural y sobrenatural, pro­fano y sagrado, Estado e Iglesia, filosofía y teología, vida temporal y vida eterna, laicos y monjes, «ora et labora», contemplación y acción.
Y la relativa paz entre los príncipes cristianos se debe igualmente a esa primacía de nuestro Señor Jesucristo. La Edad Media cristiana no tiene reyes invasores bélicos, como Alejandro Magno, Julio César o Mahoma. Ignora guerras terribles como las posteriores al nacimiento del protestan­tismo, que parte en trozos la antigua Cristiandad. Y aún está más lejos de sufrir las aterradoras mortandades, cientos de millones de muertos, de las guerras innumerables del si­glo XX.
La belleza medieval es el esplendor de la Cristiandad. La Edad Media es un tiempo en que las Sumas teológicas elevan el pensamiento humano a las mayo­res alturas filosófi­cas, teológicas y espirituales. Y tam­bién alza a unas alturas increíbles, llenas de fuerza y armonía, las milagrosas Catedra­les, que hoy, curiosamente, son los edificios más admira­dos y vi­sitados en las ciudades modernas, a pe­sar de que fueron construidas hace mil años por pueblos «oscuros, pobres y semi­bárbaros», según estiman hoy algunos.

La belleza indecible de Cristo, aunque en forma mínima, se expresa en el mundo y causa la ar­monía del arte, a un tiempo grandioso en la arquitectura, extremadamente refinado en las demás artes, orfebrería, escultura, pintura, literatura, y muy especialmente en la música grego­riana.
Es un milenio en el que se reducen mucho los grandes ma­les del paganismo antiguo, como el aborto o el suicidio, el concu­binato o el divorcio, las guerras de conquista o los espectáculos sangrientos y degradantes. Por primera vez en la historia de los pueblos, desaparece progresivamente la es­clavitud, que sólo rea­parecerá tímida­mente en el Renacimiento, y se multiplicará ya sin vergüenza alguna en los tiempos de la Ilus­tración, cuando los Reinos cristianos tienen ministros masónicos. Cuatro quintos, por ejemplo, del total de esclavos africanos llegados al Nuevo Mundo, fueron transportados en siglo y me­dio, entre 1700 y mediados del siglo XIX (J. M. Iraburu, Hechos de los apóstoles de América, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2003, 3ª ed., 416-429). Evidentemente, en el milenio de la Cristiandad sigue ha­biendo males, y muchos, pero generalmente en la sociedad el bien tiene más prestigio que el mal. Y el bien se ve favorecido, mientras que el mal encuentra resistencias generales o, al menos, no es positivamente fomentado.
Europa llegó a ser una Cristiandad. La gracia no des­truye la naturaleza, sino que la perfecciona. Este principio tomista, que es netamente bíblico, viene a ser en la Cristiandad medieval una convicción generalizada en todos los campos: arte o ciencia, filosofía, leyes o política. No siempre, claro está, obran los hombres según la gracia divina, pero sí se da una convicción común de que cuanto mayor sea el influjo del Evangelioes decir, de la fe, todas las realidades del mundo vi­sible se verán acrecentadas en verdad y be­lleza, en paz, justicia y prosperidad. Por eso, a pesar de todas sus miserias, en esta época Europa puede llamarseCristiandad: por la universal primacía del principio cristiano. Pueden ustedes comprobarlo en la magnífica obra del P. Alfredo Sáenz, S. J., La Cristiandad. Una realidad histórica (Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2005, 219 pgs.)
La Cristiandad medieval es un mundo joven y creativo. A medida que es conocido en su genuina realidad, causa una particular fascinación y sorpresa. Se halla entonces normalmente en los pueblos cristianos, por una parte, un ímpetu juvenil, no siempre mo­derado, lleno de audaz creatividad; y por otra parte, un sentido tradicional, que asegura a los distintos desa­rrollos una construcción ordenada y armoniosa. Confluyen, pues, en ella, de un modo poco frecuente en la historia, tendencias de un utopismo entusiasta, que re­brota una y otra vez en formas populares, a veces desaforadas, y otras fuer­zas ordenadas, llenas de sereno equilibrio, las propias de las Sum­as y de las catedrales (N. Cohn, En pos del milenio; re­volucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media, Barral, Barcelona 1973).
El idealismo de la caba­llería cristiana es, por ejemplo, una muestra del ímpetu entusiasta medieval, y sus ideales no afectan solamente a los caballeros nobles, sino también al pue­blo, como se comprueba por el éxito popular de los libros de caballería. El pueblo no se inspira, como lo hace hoy, en modelos muchas veces degradantes –ciertas estrellas del cine, de la música popular, de la televisión–, sino en el heroísmo de famosos caballeros cristianos.
Por otra parte, todavía no se han formado las nacionali­dades, cerradas en sí mismas, ni se han alzado aún los monar­cas absolutos, ni los ministros poderosísi­mos, uniformizadores de la vida social. De hecho, en la Edad Media, los prínci­pes cristianos no pueden nada sin los nobles, ni éstos sin el consentimiento de sus vasallos. Y es que todavía tiene gran vigen­cia el principo de subsidiariedad, el tejido social orgá­nico, los grupos naturales inter­medios, la familia y el gremio, el municipio y la región. Y todavía cuentan mucho las relaciones personales, la costum­bre, el compromiso verbal, los impuestos pactados, lo mismo que el vínculo que une al vasallo con el señor local.
La Edad Media da forma sensible a todas las realidades es­pirituales. Éste es otro rasgo muy característico. Por eso el mundo medieval resulta colorido, variado y elocuente, porque produce siempre formas expresivas, comu­nitariamente entendidas, de todo un conjunto de valores espirituales de inspiración cris­tiana. Y aunque hay un fondo común entre todos los pueblos de la Cristiandad, hay en cada región, configuradas en formas tradicionales, distintas costumbres e instituciones, gremios, precedencias y ceremonias, órdenes y estados, fiestas, juegos y danzas, liturgias, torres del ho­menaje y jura­mentos, torneos y concursos, variedad de vestidos y de formas, colores significativos, estandartes, escudos y emblemas, saludos y formas de cortesía, bodas y funerales, torres desmochadas o puertas tapiadas, adornos, mu­chos adornos en objetos y armas, herra­mientas y edificios, etc. El milenio cristiano forma, pues, un mundo elocuente, en el que las cosas y actividades, el bien y el mal, el premio y el castigo, hablan al pueblo de un modo inteligi­ble y con muchas voces coincidentes. Dentro de unas coordenadas culturales tan claras, son muy raras las enfermedades psíquicas: depresiones, neurosis, adicciones, suicidios.
La Edad Media es una época acentuadamente estética, y es la inspiración del arte medieval, creativa y diversa, heterogénea y sorprendente, la que conduce hacia las maravillas del Renaci­miento. Sólo más tarde, en los tiempos modernos del neo­clasicismo, es cuando se en­durecen los cánones estéticos, según las normas del arte clásico grecorromano. Y será entonces cuando venga a considerarse bár­baro el arte de las catedrales medievales románicas o góticas, que a veces son derruídas o susti­tuídas por «correctos» diseños neoclásicos, es decir, por imitacionesserviles –no genia­les, como en el Renacimiento– del arte antiguo. Y es que la uniformidad de los modernos no entiende ni valora las variaciones del arte medieval.
La Edad Media es una época muy espe­cialmente falsificada en la consi­deración general moderna, comenzando por su nombre. El milenio de Cris­tiandad en su totalidad, por su teo­centrismo y, más aún, por su abierta confesionalidad cristiana, es despreciado por el Occidente apóstata. El signo más decisivo de la mo­dernidad, precisamente, es la construcción de un mundo no fundamentado en Dios, y menos aún en Cristo, sino en el hombre; todo lo cual impugna directamente el régimen de Cris­tiandad. La opción moderna, por tanto, exige que el milenio cristiano sea ignorado, o mejor aún, cari­caturizado y falseado. Y esto se comprende perfectamente. Lo que no se com­prende tan bien es que los mismos cristianos se hagan cómplices de ese intento, como hoy sucede tantas veces en creyentes verdaderamente fieles. Pero, en fin, obras como la de Ré­gine Per­noud, ¿Qué es la Edad Media?, o la clásica de Johan Hui­zinga, El otoño de la Edad Media, con tantas otras, ayudan a recuperar la verdad del milenio cristiano. Y en la exploración histórica que estamos haciendo de los caminos de perfección evangélica en el mundo no será ésta, cier­tamente, una tarea superflua.
José María Iraburu, sacerdote

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