jueves, 16 de febrero de 2012

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli VII

 Santo Tomás de Aquino
CAPÍTULO VI
De otros avisos importantes para adquirir la desconfianza de sí mismo y la confianza en Dios
Como toda la fuerza de que necesitamos para vencer a nuestros enemigos depende de la confianza en Dios, me ha parecido darte algunos nuevos avisos, que son muy útiles y necesarios para obtener estas virtudes.
Primeramente, hija mía, has de tener por verdad indubitable, que ni con todos los talentos o dones, ya sean naturales, ya adquiridos, ni con todas las gracias gratuitas, ni con la inteligencia de toda la sagrada Escritura, ni con haber servido a Dios por largo espacio de tiempo, y estar
acostumbrada a servirle, te hallarás capaz de cumplir la voluntad divina y de satisfacer a tus obligaciones, o de hacer alguna obra buena, o vencer alguna tentación, o salir de algún peligro, o sufrir alguna cruz, si la mano poderosa de Dios con protección especial no te fortifica en cualquier ocasión que se presentare.
Es necesario, pues, que imprimas profundamente en tu corazón esta importante verdad, y que no pase día alguno sin que la medites y consideres; y por este medio te alejarás y preservarás del vicio de la presunción, y no te atreverás a confiar temerariamente en tus propias fuerzas. En lo que toca a la confianza en Dios, has de creer constantemente que es muy fácil a su poder vencer a todos tus enemigos, sean pocos o muchos (1 Reg. XVI, 6), sean fuertes y aguerridos, o flacos y sin experiencia.
De este principio fundamental inferirás, como consecuencia precisa, que aunque un alma se encuentre llena de todos los pecados, imperfecciones y vicios imaginables, y después de haber hecho grandes esfuerzos para reformar sus costumbres, en lugar de hacer algún progreso en la virtud, sienta y reconozca en sí mayor inclinación y facilidad al mal; no obstante, no por eso debe perder el ánimo y la confianza en Dios, ni abandonar las armas y los ejercicios espirituales, sino más bien combatir siempre generosamente. Por que has de saber, hija mía, que en esta pelea espiritual no puede ser vencido quien no deja de combatir y de confiar en Dios, cuya asistencia y socorro no falta jamás a sus soldados, bien que algunas veces permite que sean heridos. Combatamos, pues, constantes hasta el fin, que en esto consiste la victoria; porque los que combaten por el servicio de Dios y en Él solo ponen su confianza, hallan siempre para las heridas que reciben un remedio pronto y eficaz, y cuando menos piensan ven al enemigo a sus pies.

martes, 14 de febrero de 2012

Liturgia del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

CONMEMORACIÓN DE LA ENTRADA DEL SEÑOR A JERUSALÉN
El sacerdote y los ministros se dirigen al lugar donde está congregado el pueblo. Mientras tanto se canta la siguiente antífona u otro canto adecuado.



El celebrante invita al pueblo a participar de los ritos con algunas palabras.
Luego, el celebrante dice la oración.

ORACIÓN
Dios todopoderoso y eterno, dígante bendecir + estos ramos y concede, a quienes seguimos con alegría a Cristo, nuestroRey, llegar por él a la Jerusalén celestial. Que vive y reina por los siglos...
R. Amén
El celebrante en silencio rocía con agua bendita los ramos. Enseguida se proclama el evangelio de la entrada del Señor en Jerusalén.

EVANGELIO
Ciclo A: Mateo 21, 1-11
Ciclo B: Marcos 11, 1-10 o bien Juan 12, 12-16
Ciclo C: Lucas 19, 28-40

Proclamado el evangelio, si se cree conveniente, se tendrá una breve homilía.

PROCESIÓN
El celebrante comienza la procesión con unas palabras.
Durante la procesión se cantan las siguientes antífonas y salmos u otros cantos apropiados. Pueden servir éstos: "Pueblo de Reyes"; "Gloria, honor a tí"; "Victoria, tu reinarás"; "Marcha de la Iglesia"; "Hacia tí, morada santa"; "Aclama al Señor, tierra entera"; "Todos caminamos a tí, Señor"; "Hija de Sión, que alegría", etc.

SALMO 23
Del Señor es la tierra y cuanto lo llena,
el orbe y todos sus habitantes:
El la fundó sobre los mares,
El la afianzó sobre los ríos.

- ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

- El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

- Este es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

- ¿Quién ese Rey de la gloria?
- El Señor, Dios de los ejércitos.
El es el Rey de la gloria. 
A la entrada de la procesión en la iglesia se canta el siguiente responsorio:


En aquellos lugares donde no se puede hacer la procesión fuera de la iglesia, se procede de dos modos: con entrada solemne, procediendo a bendecir los ramos y a proclamar el evangelio en el lugar más adecuado de la iglesia. De allí, en procesión solemne, el sacerdote se dirige al presbiterio para iniciar la misa con la oración colecta.
Con entrada sencilla, cantando a Cristo rey mientras el sacerdote se dirige al altar para dar comienzo a la misa en la forma acostumbrada.
Antífonas para la entrada sencilla: 1. Jn 12, 13; Mc 11, 10    2. Sal 23, 9-10

MISA
Llegado al altar, el sacerdote termina la procesión con la oración colecta de la misa. Luego se prosigue la misa de la forma acostumbrada.

ORACIÓN COLECTA
Dios todopoderoso y eterno, que por voluntad tuya, nuestro Salvador se hizo hombre y murió en la cruz, para que imitáramos se ejemplo de humildad. Te pedimos la gracia, de guardar las enseñanzas de su pasión, y así tener parte un día en su resurreción gloriosa. Por nuestro Señor Jerucristo...
R. Amén

Liturgia de la palabra
Teniendo en cuenta la importancia de la historia de la pasión del Señor, le está permitido al sacerdote, leer una sola lectura antes de la pasión, o solamente la pasión del Señor.
Primera lectura. Isaías 50, 4-7
Salmo responsorial. Salmo 22 (21); 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24.
Segunda lectura. Filipenses 2, 6-11

Versículo antes del evangelio (Flp 2, 8-9)
Si no se canta puede omitirse
Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo emcumbró y le concedió el nombre que sobrepasa todo nombre.
La pasión puede ser leída por lectores laicos, reservando al sacerdote, si es posible, la parte correspondiente a Cristo.

HISTORIA DE LA PASIÓN DEL SEÑOR.
CICLO A. Según san Mateo 26, 14-27, 66
CICLO B. Según san Marcos 14, 1-15, 47
CICLO C. Según san Lucas 22, 14-23, 56
En el momento de relatar la muerte del Señor, todos se arrodillan y se hace una breve pausa.
Después de la historia de la pasión, téngase, oportunamente una breve homilía.
Se dice "Credo"

ORACIÓN UNIVERSAL
Se responde en la forma acostumbrada y a la oración conclusiva se responde: "Amén"

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Señor, Dios nuestro, por la pasión de tu Hijo, que tu perdón no tarde; concédenos, que aunque sin mérito nuestro, por mediación de este único sacrificio, alcancemos tu misericordia. Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén

PREFACIO
Realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, nuestro Señor:
Quien, siendo inocente, se dignó sufrir por los pecadores, e injustamente condenado, murió por los impíos; por su muerte lavó nuestros pecados y por su resurrección nos adquirió la justificación. Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...
Durante la comunión sugerimos los siguientes cantos: "El Señor es mi pastor"; "Como brotes de olivo"; "Hombre de Dios"; "Juntos como hermanos"; "Que bien todos unidos", etc

Antífona de comunión (Mt 26, 42)
Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Señor, Dios nuestro, que en la muerte de tu hijo nos hiciste esperar lo que creemos; concédenos, que saciados con su cuerpo y sangre lleguemos a la gloria que aspiramos. Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén

BENDICIÓN
C. El Señor esté con vosotros
R. Y con tu espíritu

C. El Dios, Padre de misericordia, que en la pasión de su Hijo os ha manifestado su amor, os conceda, por vuestro servicio a Dios y a los hombres, la gracia de su bendición.
R. Amén

C. Y, ya que por la muerte temporal de Cristo, alejó de vosotros la muerte eterna, obtengáis es don de la vida inmortal.
R. Amén

C. Y así, imitando se ejemplo de humildad, participeis un día en su resurrección gloriosa.
R. Amén

C. Y la bendición de Dios todopoderoso Padre, +Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y os acompañe siempre.
R. Amén

C. Podeís ir en paz
R. Demos gracias a Dios.

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli VI

Santo Domingo de Guzmán

CAPÍTULO V
Del error de algunas personas que tienen a la pusilanimidad por virtud 
Es también una ilusión muy común el atribuir a virtud la pusilanimidad y la inquietud que se siente después del pecado; porque, aunque la inquietud que nace del pecado vaya acompañada de algún dolor, no obstante, siempre procede de una secreta presunción y soberbia, nacida de la confianza que se tiene de las propias fuerzas. Ordinariamente las almas presuntuosas, que, por juzgarse bien fundadas en la virtud, menosprecian los peligros y tentaciones, si vienen a caer en alguna falta, y a conocer por experiencia su fragilidad y miseria, se maravillan y turban de su caída como cosa nueva; y viendo derribado el apoyo en que vanamente habían confiado, pierden el ánimo, y como pusilánimes y flacas, se dejan dominar de la tristeza y de la desesperación.
Esta desgracia, hija mía, no sucede jamás a las almas humildes que no presumen de sí mismas, y se apoyan únicamente en Dios; porque cuando caen en alguna falta, aunque sientan grande dolor de haberla cometido, no se maravillan ni se inquietan, porque conocen con la luz de la verdad que las ilumina, que su caída es un efecto natural de su inconstancia y flaqueza.

viernes, 10 de febrero de 2012

Por desgracia, la Iglesia tenía razón

Business InsiderEscrito por Bruno Moreno en Espada de Doble Filo 

Al hilo de los intentos del Presidente Obama de obligar a las instituciones de la Iglesia a pagar esterilizaciones, anticonceptivos y abortos a sus empleados, están corriendo ríos de tinta en los Estados Unidos. Gracias a Dios, los obispos y prácticamente toda la Iglesia en Estados Unidos se están enfrentando sin fisuras a esta imposición inaceptable del gobierno.
Traigo hoy al blog un artículo que me ha parecido espectacular. Teniendo en cuenta que se trata de un periódico económico, el Business Insider, el título del artículo es verdaderamente provocador: “Es hora de admitirlo: La Iglesia siempre ha tenido razón sobre el control de la natalidad”. No se lo pierdan, porque merece la pena. Es bueno, breve y sin complejos. Ojalá lo hubiera escrito yo, pero al menos lo he traducido para que lo disfruten mis lectores.
………………………………………………..
Pintar a la Iglesia Católica como “fuera de contacto con el mundo actual” es lo más fácil del mundo, con tanto sombrerito extraño y las iglesias llenas de pan de oro. Y nada lo hace más fácil que la postura de la Iglesia contra los anticonceptivos.
Mucha gente (incluido nuestro editor) se pregunta por qué la Iglesia Católica no abandona simplemente esta norma. Señalan que la mayoría de los católicos la ignoran y que casi todos los que no son católicos consideran que crea división o que está pasada de moda. “¡Venga ya, que estamos en el siglo XXI!”, dicen. “¿Es que no VEN que es algo ESTÚPIDO?”, gritan.
Hay algo que conviene tener en cuenta, sin embargo: la Iglesia Católica es la mayor organización del mundo y la más antigua. Ha enterrado a todos los grandes imperios conocidos por el hombre, desde los romanos hasta los soviéticos. Cuenta con establecimientos literalmente en todo el mundo y está presente en todos los ámbitos del quehacer humano. Nos ha dado algunos de los más grandes pensadores del mundo, desde San Agustín hasta René Girard. Cuando hace algo, por lo general tiene una buena razón para ello. Todo el mundo tiene derecho a estar en desacuerdo, pero no se trata de un montón de blancos viejos y locos que se quedaron atascados en la Edad Media.
Entonces, ¿qué está pasando?
La Iglesia enseña que el amor, el matrimonio, el sexo y la procreación son cosas que deben ir juntas. Eso es todo. Pero es muy importante. Y aunque la Iglesia lo enseña desde hace 2.000 años, probablemente nunca han sido tan significativo como hoy en día.

Los mandatos contra el control de la natalidad fueron reafirmados en un documento de 1965 firmado por el Papa Pablo VI, llamado
Humanae Vitae. El Papa advertía que se producirían cuatro resultados si se aceptaba el uso generalizado de anticonceptivos:

- Reducción general de los estándares morales

- Un aumento de la infidelidad y la ilegitimidad
- La reducción de las mujeres a objetos utilizados para satisfacer a los hombres
- Coerción por parte de los gobiernos en asuntos reproductivos.

¿Suena familiar?
Porque se parece mucho a lo que ha estado sucediendo en los últimos 40 años.
Como escribió George Akerloff en Slate hace una década: “Al convertir el nacimiento del niño en una elección física de la madre, la revolución sexual ha convertido el matrimonio y el sostenimiento de los niños en una elección social del padre.

En lugar de dos padres que son responsables de los niños que conciben, una expectativa defendida por las normas sociales y por la ley,
ahora damos por sentado que ninguno de los padres es necesariamente responsable de sus hijos. Se considera que los hombres cumplen sus obligaciones simplemente mediante el pago por orden judicial de la pensión alimentaria a los hijos. Se trata de una reducción muy drástica de los estándares de la “paternidad".

¿Qué tal nos va en lo demás desde la gran revolución sexual? El matrimonio de Kim Kardashian duró 72 días. Los hijos ilegítimos: en aumento. En 1960, el 5,3% de todos los hijos nacidos en los Estados Unidos fueron de mujeres solteras. En 2010, la cifra había subido a un 40,8%. En 1960, las familias basadas en un matrimonio formaban casi tres cuartas partes de todos los hogares, pero según el censo de 2010 ya sólo representaban el 48 por ciento de los mismos.
La cohabitación fuera del matrimonio se ha multiplicado por diez desde 1960.

Y si usted no cree que las
mujeres están siendo reducidas a objetos para satisfacer a los hombres, bienvenido a Internet. ¿Cuánto tiempo hace que conoce la Red? En cuanto a la coerción del gobierno: basta mirar a China (o a los Estados Unidos, donde el gobierno ha establecido una norma sobre la cobertura obligatoria de la anticoncepción que es la razón por la que estamos hablando de esto ahora mismo).

¿Todo se debe a la Píldora? Por supuesto que no. Pero la idea de que una disponibilidad general de la anticoncepción no ha dado lugar a
un cambio social dramático, o que este cambio ha sido exclusivamente para bien, es una noción mucho más absurda que cualquier cosa que enseña la Iglesia Católica.

También lo es la idea de que es OBVIAMENTE ESTÚPIDO recibir indicaciones morales de una fe venerable (¿En lugar de recibirlas de quién? ¿De Britney Spears?).


Pasemos a otro aspecto de este tema. La razón por la que nuestro editor piensa que los católicos no deberían ser fructíferos y multiplicarse tampoco se sostiene. La población del mundo, escribe, está en un camino “insostenible” de crecimiento.


La Oficina de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas considera que la tasa de crecimiento de la población disminuirá en las próximas décadas y se estabilizará alrededor de los nueve mil millones en 2050… y se quedará ahí hasta el 2300 (y tengamos en cuenta que las Naciones Unidas, que promueven el control de la natalidad y los abortos en todo el mundo, no son precisamente partidarias del dad-fruto-y-multiplicaos).


En términos más generales,
la visión maltusiana del crecimiento ha persistido, a pesar de haberse probado una y otra vez que estaba equivocada y que había causando gran cantidad de sufrimientos humanos innecesarios. Por ejemplo, China se encamina hacia una crisis demográfica y hacia la dislocación social debido a su equivocada política del hijo único.

El progreso humano es la gente
. Todo lo que hace la vida mejor, desde la democracia a la economía, pasando por Internet y la penicilina, fue descubierto o creado por la gente. Más gente significa más progreso. El inventor de la cura para el cáncer podría ser el cuarto hijo que alguien decidió no tener.

Finalmente, para resumir:

- Es una buena idea que las personas den fruto y se multipliquen
- Independientemente de lo que le parezca la postura de la Iglesia sobre el control de la natalidad, es una postura que ha demostrado ser profética.
Michael Brendan Dougherty y Pascal-Emmanuel Gobry

domingo, 5 de febrero de 2012

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli V

San Agustín
CAPÍTULO IV
Cómo podremos conocer si obramos con la desconfianza de nosotros mismos y con la confianza en Dios 
Muchas veces imagina y cree un alma presuntuosa que ha adquirido la desconfianza de sí misma y la confianza en Dios; pero éste es un engaño que no se conoce bien sino cuando se cae en algún pecado; porque entonces si el alma se inquieta, si se aflige, si se desalienta y pierde la esperanza de hacer algún progreso en la virtud, es señal evidente de que puso su confianza no en Dios, sino en sí misma; y si fuere grande su tristeza y desesperación, es argumento claro de que confiaba mucho en sí y poco en Dios.
Porque si el que desconfía mucho de sí mismo y confía mucho en Dios comete alguna falta, no se maravilla, ni se turba o entristece, conociendo que su caída es efecto natural de su flaqueza, y del poco cuidado que ha tenido de establecer su confianza en Dios; antes bien con esta experiencia aprende a desconfiar más de sus propias fuerzas, y a confiar con mayor humildad en Dios, detestando sobre todas las cosas su falta, y las pasiones desordenadas que la ocasionaron; y con un dolor quieto y pacífico de la ofensa de Dios, vuelve a sus ejercicios, y persigue a sus enemigos con mayor ánimo y resolución que antes.
Esto sería bien que considerasen algunas personas espirituales, que apenas caen en alguna falta se afligen y se turban con exceso, y muchas veces, más por librarse de la inquietud y pena que les causa su amor propio que por algún otro motivo, buscan con impaciencia a su director o padre espiritual, al cual deberían recurrir principalmente para lavarse de sus pecados por el sacramento de la Penitencia, y fortalecerse contra sus recaídas por el de la Eucaristía.

jueves, 2 de febrero de 2012

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli IV


Santa Teresa de Ávila
CAPÍTULO III
De la confianza en Dios
Aunque la desconfianza propia es tan importante y necesaria en este combate, como hemos mostrado, no obstante, si se halla sola esta virtud en nosotros, y no tiene otros socorros, seremos fácilmente desarmados y vencidos por nuestros enemigos. Por esta causa es necesario que a la desconfianza propia añadas una entera confianza en Dios, que es el autor de todo nuestro bien, y de quien solamente debemos esperar la victoria. Por que así como de nosotros, que nada somos, no podemos prometernos sino frecuentes y peligrosas caídas, por lo cual debemos desconfiar siempre de nuestras propias fuerzas; así como con el socorro y asistencia de Dios conseguiremos grandes victorias y ventajas sobre nuestros enemigos, si, convencidos perfectamente de nuestra flaqueza, armamos nuestro corazón de una viva y generosa confianza en su infinita bondad.
Cuatro son los medios con que podrás adquirir esta excelente virtud:
El primero, es pedirla con humildad al Señor.
El segundo, considerar y mirar con los ojos de la fe la omnipotencia y sabiduría infinita de aquel Ser soberano, a quien nada es imposible ni difícil, y que, por su bondad suma, y por el exceso con que nos ama, se halla pronto y dispuesto a darnos a cada hora y cada instante todo lo que nos es necesario para la vida espiritual, y para la entera victoria de nosotros mismos como recurramos a sus brazos con filial confianza ¿Cómo será posible que este dulce y amable Pastor que por espacio de treinta y tres años ha corrido tras la oveja perdida y descaminada (Luc. XV, 7), con tanto sudor sangre y costa suya, para reducirla y traerla de los despeñaderos y veredas peligros a un camino santo y seguro: de la perdición a la salud, del daño al remedio, de la muerte a la vida; cómo será posible que este Pastor divino viendo que su ovejuela lo busca y lo sigue con la obediencia de sus preceptos o a lo menos con un deseo sincero (bien que imperfecto y flaco) de obedecerle, no vuelva a ella sus ojos de vida y de misericordia, no oiga sus gemidos, y no la recoja amorosamente y la ponga sobre sus divinos hombros alegrándose con los Ángeles del cielo de que vuelva a su redil y ganado y deje el pasto venenoso y mortal del mundo por el manjar suave y regalado de la virtud? Si con tanto ardor y diligencia busca la dracma del Evangelio (idem v. 8), que es la figura del pecador, ¿cómo será posible que abandone a quien como ovejuela triste y afligida de no ver a su pastor, lo busca y lo llama?
¿Quién podrá persuadirse de que Dios, que llama continuamente a la puerta de nuestro corazón (Apoc. III, 21) con deseo de entrar en él, y comunicarse a nosotros, y colmarnos de sus dones y gracias, hallando la puerta abierta, y viendo que le pedimos que nos honre con su visita, no se dignará concedernos el favor que deseamos?
El tercer medio para adquirir esta santa confianza es recorrer con la memoria las verdades y oráculos infalibles de la divina Escritura, que nos aseguran clara y expresamente que los que esperan y confían en Dios no caerán jamás en la confusión (Psalm. II, 17.—Eccli. II).
El cuarto y último medio con que juntamente podremos adquirir la desconfianza de nosotros mismos y la confianza de Dios, es que cuando nos resolviéramos a ejecutar alguna obra buena, o a combatir alguna pasión viciosa, antes de emprender cosa alguna, pongamos por una parte los ojos en nuestra flaqueza, y por otra en el poder, sabiduría y bondad infinita de Dios; y templando el temor que nace de nosotros con la seguridad y confianza que Dios nos inspira, nos determinemos a obrar y combatir generosamente. Con estas armas, unidas a la oración, como diremos en su lugar, serás capaz, hija mía, de obrar cosas grandes, y de conseguir insignes victorias.
Pero si no observas esta regla, aunque te parezca que obras animada de una verdadera confianza en Dios, te hallarás engañada; porque es tan natural en el hombre la presencia de sí mismo, que insensiblemente se mezcla con la confianza que imagina tener en Dios, y con la desconfianza que cree tener de sí mismo.
Para alejarte, pues, hija mía, cuanto te sea posible, de la presunción, y para obrar siempre con las dos virtudes que son opuestas a este vicio, es necesario que la consideración de tu flaqueza vaya
delante de la consideración de la omnipotencia de Dios, y que la una y la otra precedan a todas tus obras.

miércoles, 1 de febrero de 2012

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli III


San Francisco de Asís


CAPÍTULO II 
De la desconfianza de sí mismo
La desconfianza propia, hija mía, nos es tan necesaria en el combate espiritual, que sin esa virtud no solamente no podremos triunfar de nuestros enemigos, pero ni aun vencer la más leve de nuestras pasiones.
Debes imprimir y grabar profundamente en tu espíritu esta verdad; porque aunque verdaderamente no somos más que nada, no obstante no dejamos de concebir una falsa estimación de nosotros mismos, y persuadiéndonos sin fundamento que somos algo, presumimos vanamente de nuestras propias fuerzas.
Este vicio, hija mía, es un funesto y monstruoso efecto de la corrupción de nuestra naturaleza, y desagrada mucho a los ojos de Dios, el cual desea siempre en nosotros un fiel y profundo conocimiento de esta verdad: que no hay virtud ni gracia en nosotros que no proceda de su bondad, como de fuente y origen de todo bien, y que de nosotros no puede nacer algún pensamiento que le sea agradable.
Pero si bien esta importante desconfianza de nosotros mismos es un don del cielo que Dios comunica a sus escogidos, ya con santas aspiraciones, ya con ásperos castigos, ya con violentas y casi insuperables tentaciones, porque su divina Majestad quiere que hagamos de nuestra parte todo el esfuerzo posible para adquirirla, te propongo cuatro medios con los cuales, ayudada del socorro de la gracia, infaliblemente la alcanzarás.
El primero es que consideres tu vileza y tu nada, y reconozcas que con tus fuerzas naturales no eres capaz de obrar algún bien por el cual merezcas entrar en el reino de los cielos.
El segundo, que con fervor y humildad pidas frecuentemente a Dios esta virtud; porque es don suyo, y para obtenerla debes desde luego persuadirte, no solamente de que no la tienes, sino también de que nunca podrás adquirirla por ti misma. Después, postrándote en la presencia del Señor, se la pedirás con fe viva de que por su infinita bondad se dignará concedértela; y si perseveras constante en esta esperanza, por todo el tiempo que dispusiere su providencia, no dudes que la alcanzarás.
El tercer medio es que te acostumbres poco a poco a no fiarte de ti misma, y a temer las ilusiones de tu propio juicio, la violenta inclinación de nuestra naturaleza al pecado, y la terrible multitud de enemigos que nos cercan de todas partes, que son sin comparación más astutos y fuertes que nosotros, que saben transformarse en ángeles de luz (II Cor. XI, 14), y ocultamente nos tienden lazos en el camino mismo del cielo.
El cuarto medio es que, cuando cayeres en alguna falta entres más vivamente en la consideración de tu propia flaqueza, y entiendas que Dios no permite nuestras caídas sino solamente a fin de que, alumbrados de una buena luz, nos conozcamos mejor, y aprendamos a menospreciarnos como viles criaturas, y concibamos un sincero deseo de ser menospreciados de los demás.
Sin este menosprecio, hija mía, no esperes adquirir jamás, perfectamente, la desconfianza de ti misma, la cual se funda en la verdadera humildad, y en un conocimiento experimental de nuestra miseria; porque es cosa inefable y clara que, quien desea unirse con la soberana luz y verdad increada, debe conocerse bien a sí mismo, y no ser como los soberbios y presuntuosos, que se instruyen con sus propias caídas, y sólo empiezan a abrir los ojos cuando han incurrido en algún grave error y desorden de que vanamente imaginaban que podrían defenderse. Lo cual Dios permite así a fin de que reconozcan su flaqueza, y con esa funesta experiencia vengan a desconfiar de sus propias fuerzas.
Pero Dios no se sirve ordinariamente de un remedio tan áspero para curar esta presunción, sino cuando los remedios más fáciles y suaves no han producido el efecto que su divina Majestad pretende. Su providencia permite que el hombre caiga más o menos veces, según ve que es mayor o menor su presunción y soberbia; de manera que, si se hallase alguno tan exento de este vicio, como lo fue la bienaventurada Virgen María, nuestra Señora, es claro que no caería jamás en ninguna falta.
Todas las veces, pues, que cayeres, recurre sin tardanza al humilde conocimiento de ti misma, y con ferviente oración pide al Señor que te dé su luz para que te conozcas tal cual eres verdaderamente a sus ojos, y no presumas de tu virtud; de otra suerte no dejarás de reincidir de nuevo en las mismas faltas, y por ventura cometerás otras más graves, que causarán la pérdida de tu alma.

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