jueves, 26 de enero de 2012

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli II


San Antonio de Padua.
PRIMERA PARTE
Non coronabitur, nisi qui legitime certaverit. (II Tim. II, 25). 
CAPÍTULO 1
En qué consiste la perfección cristiana, y que para adquirirla es necesario pelear y combatir; y de cuatro cosas que se requieren para este combate.
Si deseas, oh hija muy amada en Jesucristo, llegar al más alto y eminente grado de la santidad y de la perfección cristiana, y unirte de tal suerte a Dios, que vengas a ser un mismo espíritu con Él, que es la mayor hazaña y la más alta y gloriosa empresa que puede decirse e imaginarse, conviene que sepas primeramente en qué consiste la verdadera y perfecta vida espiritual. Muchos atendiendo a la gravedad de la materia, creyeron que la perfección consiste en el rigor de la vida, en la mortificación de la carne, en los cilicios, disciplinas, ayunos, vigilias y otras penitencias y obras exteriores. Otros, y particularmente las mujeres, cuando rezan muchas oraciones, oyen muchas misas, asisten a todos los oficios divinos y frecuentan las iglesias y comuniones, creen que han llegado al grado supremo de la perfección. Algunos, aun de los mismos que profesan vida religiosa, se persuaden de que la perfección consiste únicamente en frecuentar el coro, en amar la soledad y el silencio, y en observar exactamente la disciplina regular, y todos sus estatutos.
Así, los unos ponen todo el fundamento de la perfección evangélica en éstos, los otros en aquellos o semejantes ejercicios; pero es cierto, que todos igualmente se engañan, porque no siendo otra cosa las mencionadas obras que disposiciones y medios para adquirir la santidad, o frutos de ella, no puede decirse que en semejantes obras consista la perfección cristiana, y el verdadero espíritu.
No es dudable que son medios muy poderosos para adquirir la verdadera perfección y el verdadero espíritu, en los que los usan con prudencia y con discreción, para fortificarse contra la propia malicia y fragilidad; para defenderse de los asaltos y tentaciones de nuestro común enemigo; y en fin, para obtener de la misericordia de Dios los auxilios y socorros que son necesarios a todos
los que se ejercitan en la virtud, y particularmente a los nuevos y principiantes.
Son también frutos del Espíritu Santo en las personas verdaderamente espirituales y santas, las cuales afligen y mortifican su cuerpo para castigar sus rebeldías pasadas contra el espíritu, y para humillarlo y tenerlo sujeto a su Creador; viven en la soledad y en una entera abstracción de las criaturas para preservarse de los menores defectos, y no tener conversación sino en el cielo (Phil, III, 20), con los Ángeles y bienaventurados; ocúpanse en el culto divino y en las buenas obras; se aplican a la oración, y meditan en la vida y pasión de nuestro Redentor, no por curiosidad, ni por gustos o consolaciones sensibles, sino para conocer mejor la bondad y misericordia divinas, y la ingratitud y malicia, propia, y para ejercitarse más, cada día, en el amor de Dios y en el odio de sí mismas, siguiendo con la cruz, y con la renunciación (Matth. XVI, 24) de la propia voluntad los pasos del Hijo de Dios. Frecuentan los Sacramentos con el fin de honrar y glorificar a Dios, unirse más estrechamente con su divina Majestad, y cobrar nuevo vigor y fuerza contra sus enemigos. Lo contrario sucede a las almas imperfectas, que ponen todo el fundamento de su devoción en las obras exteriores, las cuales muchas veces son causa de su perdición y ruina, y les ocasionan mayor daño que los pecados manifiestos; no porque semejantes obras no sean buenas y loables en sí mis mas, sino porque se ocupan de tal suerte en ellas, que se olvidan enteramente de la reforma del corazón, y de velar sobre sus movimientos; y dejándole que siga libremente sus inclinaciones, lo exponen a las asechanzas y lazos del demonio; y entonces este maligno espíritu, viendo que se divierten y apartan del verdadero camino, no solamente les deja continuar con gusto sus acostumbrados ejercicios, pero llena su imaginación de quiméricas y vanas ideas de las delicias y deleites del paraíso, donde piensan algunas veces que se hallan ya, entre los coros de los Ángeles, como almas singularmente escogidas y privilegiadas, y que sienten a Dios dentro de sí mismas. Usa también el demonio del artificio de sugerirles en la oración pensamientos sublimes, curiosos y agradables, a fin de que, imaginándose arrebatadas al tercer cielo como S. Pablo (II Cor. XII, 2), y persuadiéndose de que no son ya de esta baja región del mundo, vivan en una abstracción total de sí mismas, y en un profundo olvido de todas aquellas cosas en que más deberían ocuparse.
Mas, en cuantos errores y engaños vivan envueltas semejantes almas, y cuán lejos se hallen de la perfección que vamos buscando, se puede reconocer fácilmente por su vida y costumbres. Porque en todas las cosas, grandes o pequeñas, desean ser siempre preferidas a los demás: son caprichosas, indóciles y obstinadas en su propio parecer y juicio; y siendo ciegas en sus propias acciones, tienen siempre los ojos abiertos para observar y censurar las ajenas; y si alguno las toca, aunque sea muy levemente, en la opinión y estimación que tienen concebida de sí mismas, o las quiere apartar de aquellas devociones en que se ocupa por costumbre, se enojan, se turban y se inquietan sobremanera; y en fin, si Dios, para reducirlas al verdadero conocimiento de sí mismas y al camino de la perfección, les envía trabajos, enfermedades y persecuciones (que son las pruebas más ciertas de la fidelidad de sus siervos, y que no suceden jamás sin orden o permisión de su providencia), entonces descubren su falso fondo, y su interior corrompido y gastado, de la soberbia. Porque, en ningún suceso, triste o alegre, feliz o adverso, de esta vida, quieren formar su voluntad con la de Dios, ni humillarse debajo de su divina mano, ni rendirse a sus adorables juicios, no menos justos que impenetrables; ni sujetarse, a imitación de su santísimo Hijo, a todas las criaturas, ni amar a sus perseguidores como instrumentos de la bondad divina, que cooperan a su mortificación, perfección y eterna salud.
De aquí nace el hallarse siempre en un funesto y evidente peligro de perecer; porque como tienen viciados y oscurecidos los ojos con el amor propio y apetito de la propia estimación, y se miran siempre con ellos a sí mismas, y sus obras exteriores, que de sí son buenas; se atribuyen muchos grados de perfección, y, llenas de presunción y soberbia, censuran y condenan a los demás. A veces las deslumbra y ciega de tal suerte su orgullo, que es necesaria una gracia extraordinaria del cielo para convertirlas y sacarlas de su engaño, pues, como muestra cada día la experiencia, con más facilidad se convierte y se reduce al bien el pecador manifiesto que el que se oculta y cubre con el manto de la virtud.
De todo lo referido, podrás, hija mía, comprender con claridad que la vida espiritual no consiste
en alguno de estos ejercicios y obras exteriores con que suele confundirse la santidad, y que son muchos los que en este punto padecen graves errores.
Si quieres, pues, entender en qué consiste el fondo de la verdadera piedad, y toda la perfección del Cristianismo, sabe que no consiste en otra cosa sino en conocer la bondad y la grandeza infinita de Dios, y la bajeza y propensión de nuestra naturaleza al mal; en amar a Dios, y aborrecernos a nosotros mismos; en sujetarnos, no solamente a su divina Majestad, sino también a todas las criaturas, por su amor; en renunciar enteramente a nuestra propia voluntad, a fin de seguir siempre la suya; y sobre todo en hacer todas estas cosas únicamente por la honra y gloria de Dios, sin otra intención o fin que agradarle, y porque su divina Majestad quiere y merece ser amado y servido de sus criaturas.
Ésta es aquella ley de amor que el Espíritu Santo ha grabado en los corazones de los justos (Deut, VI, 5,—Matth. XX, 37); ésta es aquella abnegación de sí mismo y crucifixión del hombre interior, tan encomendada de Jesucristo en el Evangelio (Matth. XVIII,) ésta es su yugo suave y su peso ligero (Matth. XI, 22); ésta es aquella perfecta obediencia que este divino Maestro nos enseñó siempre con sus palabras y ejemplos (Phil. II).
Si aspiras, pues, hija mía, no solamente a la santidad, sino a la perfección de la santidad, siendo forzoso para adquirirla en este sublime grado, combatir todas las inclinaciones viciosas, sujetar los sentidos a la razón, y desarraigar los vicios (lo cual no es posible sin una aplicación infatigable y continua); conviene que con ánimo pronto y determinado, te dispongas y prepares a esta batalla, porque la corona no se da sino a los que combaten generosamente (II Tim. II, 25). Pero advierte, hija mía, que así como esta guerra es la más difícil de todas, pues combatiendo contra nosotros mismos somos de nosotros mismos combatidos (I Petr. II), así la victoria que se alcanza es la más agradable a Dios y la más gloriosa al vencedor; porque quien con valor y resolución mortifica sus pasiones, doma sus apetitos y reprime hasta los menores movimientos de su propia voluntad, ejecuta una obra de mucho mayor mérito a los ojos de Dios, que si conservando alguna de ellas viva en su corazón, afligiese y maltratase su cuerpo con los más ásperos cilicios y disciplinas, o ayunase con más austeridad y rigor que los antiguos anacoretas del desierto, o convirtiese a Dios millares de pecadores. Porque aunque no es dudable que Dios estima y aprecia más la conversión de un alma, considerando este ejercicio en sí, que la mortificación de un apetito o deseo desordenado; sin embargo, tú no debes poner tu principal cuidado en querer y ejecutar lo que según su naturaleza es más noble y excelente, sino en obrar lo que Dios pide y desea particularmente de ti. Y es evidente que Dios se agrada más de que trabajes en mortificar tus pasiones que, si dejando advertidamente una sola en tu corazón, le sirves en cualquier otra cosa, aunque sea de mayor importancia.
Pues ya has visto, hija mía, en qué consiste la perfección cristiana, y que para adquirirla es necesario que te determines a una continua guerra contra ti misma; conviene que te proveas de cuatro cosas, como de armas seguras y necesarias para conseguir la palma, y quedar vencedora en esta espiritual batalla; éstas son, la desconfianza de nosotros mismos, la confianza en Dios, el ejercicio y la oración; de las cuales trataremos clara y sucintamente, con la ayuda de Dios, en los capítulos siguientes.

miércoles, 25 de enero de 2012

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli I

San Francisco de Sales

EL COMBATE ESPIRITUAL
de
LORENZO SCÚPOLI

INTRODUCCIÓN
No hay mejor recomendación que la de San Francisco de Sales: ―El Combate Espiritual‖ es un gran libro; quince años ha que lo llevó continuamente en el bolsillo, y nunca lo ha leído sin sacar algún provecho (Cartas, 1-2 [55]… ―El Combate Espiritual‖, que es mi libro favorito y privilegiado... (Cartas, II-4 [94]… A pesar de considerar a la ―Imitación de Cristo‖ como toda de oro, excediendo la alabanza, el Santo recomendaba más el ―Combate Espiritual‖ (Camus, ―El Espíritu de San Francisco de Sales‖). Preguntado por Monseñor Camus, obispo de Belley, quién era su director o maestro de espíritu, me respondió, sacando del bolsillo el ―Combate Espiritual‖: Éste es el que con la divina asistencia ha gobernado desde mi juventud; éste es mi maestro en las cosas del espíritu y de la vida interior. Después que, siendo estudiante en Padua, un Padre teatino me dio noticias de él y me aconsejó lo leyese, he seguido su parecer y me hallo muy bien con él. Fue compuesto por una persona muy grave en aquella ilustre Congregación, que ocultó su nombre particular, y lo dejó correr con el de su Religión, que se sirve de él en la misma forma que los venerables Padres de la Compañía de Jesús, del libro de los Ejercicios de su Santo Padre Ignacio de Loyola‖ (Camus, op. cit...).
Lorenzo Scúpoli nació en Otranto hacia el año 1530 y murió en Nápoles el 28 de noviembre de 1610, en el convento de San Pablo el Mayor. San Andrés Avellino fue el instrumento del que Dios se valió para llamar a Scúpoli a la vida religiosa. Entró en la Congregación de los clérigos regulares de San Cayetano (teatinos) en 1550, pronunciaba sus votos en 1572 y en 1577 fue ordenado sacerdote en Placencia, la noche de Navidad. Calumniado, fue reducido en 1585 a la condición de hermano lego por decisión de un capítulo general de su orden. Lorenzo aceptó heroicamente la dura prueba, que cesará solamente al fin de su vida. 25 años de oscura práctica de lo que es la sustancia del ―Combate Espiritual‖ (sin duda fruto de esta pasión adoradora). ―...tú no debes poner tu principal cuidado en querer y ejecutar lo que según su naturaleza es más noble y excelente, sino en obrar lo que Dios pide y desea particularmente de ti‖. 

Al supremo Capitán y gloriosísimo Triunfador JESUCRISTO Hijo DE MARÍA SANTÍSIMA, y SEÑOR NUESTRO
 
Siempre agradaron, Señor, a Vuestra Divina Majestad los sacrificios y ofrendas que los mortales hacen con pura intención de vuestra santísima gloria. Por esta razón os ofrezco este breve tratado del Combate espiritual. No me desanima que la ofrenda sea pequeña; porque no ignoro que sois aquel sublime Señor que se deleita en las cosas humildes, y desprecia las grandezas del mundo, su ambición y sus vanidades. Pero, ¿cómo pudiera yo, sin grave detrimento mío, y sin que se me imputase a culpa, dedicarlo a otro que a Vuestra Divina Majestad, Rey del cielo y de la tierra? Los documentos de este libro salieron de vuestra escuela, y vuestra es su doctrina; pues nos enseñáis y mandáis que, Desconfiando de nosotros, Confiemos en Vos, Combatamos y oremos.
Además, en todo combate se necesita de un capitán experimentado que guíe los escuadrones, y anime los soldados, que tanto más valerosamente pelean cuanto creen más invencible al capitán debajo de cuya bandera militan. Y ¿no tendrá necesidad de un valeroso y experimentado caudillo, este espiritual Combate? A Vos, pues, poderosísimo Jesús, escogemos por nuestro Capitán, todos los que estamos resueltos a combatir nuestras pasiones, y a vencer a nuestros enemigos; a Vos, digo, que habéis vencido al mundo y al príncipe de las tinieblas, y con vuestra preciosísima sangre,
y sacratísima pasión y muerte habéis fortalecido la fragilidad de los que valerosamente pelearon, y pelearán hasta el fin del mundo. Cuando disponía, Señor, y ordenaba este Combate, me venían a la memoria aquellas palabras de vuestro vaso de elección: Non quod sufficientes simus cogitare aliquid a nobis, quasi ex nobis1, que sin Vos y sin vuestra asistencia no podemos tener un solo pensamiento que sea bueno; ¿cómo, pues, podremos, solos, pelear con tantos y tan poderosos enemigos, y no caer en las ocultas redes que nos tienden, ni en los lazos2 que para nuestra ruina disimuladamente nos arman? Vuestro es, Señor, este Combate por todas las razones; por que, como he dicho, vuestra es su doctrina, y vuestros son los que militan en esta espiritual milicia, entre los cuales estamos alistados los Clérigos regulares Teatinos; y así postrados todos a vuestros sacratísimos pies, os pedimos que aceptéis esta ofrenda, y recibáis este Combate, moviendo siempre, y esforzando nuestra flaqueza con el auxilio de vuestra gracia actual, para pelear generosa mente; estando, como estamos, ciertos de que, peleando Vos en nosotros3 y con nosotros, alcanzaremos la deseada victoria, para gloria vuestra y de vuestra Madre, María santísima, nuestra Señora.
 
Vuestro más humilde siervo, redimido con vuestra preciosísima sangre,
 
Lorenzo Scúpoli C. R.
 
1 II Cor. III. 5. 
2 Psalm. CXXXIX, 6. 
3 Judit. V.–S. Cyprian. ad Martyr. et Confess. epíst. 8.

viernes, 13 de enero de 2012

Constitución Apostólica LAUDIS CANTICUM


CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA 
LAUDIS CANTICUM 
DE SU SANTIDAD 
PABLO VI

CON LA QUE SE PROMULGA EL OFICIO DIVINO REFORMADO 
POR MANDATO DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II


Pablo Obispo 
siervo de los siervos de Dios
para perpetua memoria


El cántico de alabanza de la Iglesia
El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia, con una maravillosa variedad de formas.
La Liturgia de las Horas, complemento de la Eucaristía
La Liturgia de las Horas se desarrolló poco a poco hasta convertirse en oración de la Iglesia local, de modo que, en tiempos y lugares establecidos, y bajo la presidencia del sacerdote, vino a ser como un complemento necesario del acto perfecto de culto divino que es el sacrificio eucarístico, el cual se extiende así y se difunde a todos los momentos de la vida de los hombres.
Reformas y modificaciones del Oficio Divino
El libro del Oficio divino, incrementado gradualmente por numerosas añadiduras en el correr de los tiempos, se convirtió en instrumento apropiado para la acción sagrada a la que estaba destinado. Sin embargo, toda vez que en las diversas épocas históricas se introdujeron modificaciones notables en las celebraciones litúrgicas, entre las cuales hay que enumerar los cambios efectuados en la celebración del Oficio divino, no debe maravillarnos que el libro mismo, llamado en otro tiempo Breviario, fuera adaptado a formas muy diversas, que afectaban a veces a puntos esenciales de su estructura.
El Breviario de San Pío V
El Concilio Tridentino, por falta de tiempo, no consiguió terminar la reforma del Breviario, y confió el encargo de ello a la Sede Apostólica. El Breviario romano, promulgado por nuestro predecesor San Pío V en 1568, reafirmó, sobre todo, de acuerdo con el común y ardiente deseo, la uniformidad de la oración canónica, que había decaído en aquel tiempo en la Iglesia latina.
En los siglos posteriores, fueron introducidas diversas innovaciones por los sumos pontífices Sixto V, Clemente VIII, Urbano VIII, Clemente XI y otros.
El Breviario de San Pío X
San Pío X, en el año 1911, hizo publicar un nuevo Breviario, preparado a requerimiento suyo. Restablecida la antigua costumbre de recitar cada semana los ciento cincuenta salmos, se renovó totalmente la disposición del Salterio, se suprimió toda repetición y se ofreció la posibilidad de cambiar el Salterio ferial y el ciclo de la lectura bíblica correspondiente con los Oficios de los santos. Además, el Oficio dominical fue valorizado y ampliado de modo que prevaleciera, la mayoría de las veces, sobre las fiestas de los santos.
Las Reformas de Pío XII y Juan XXIII
Todo el trabajo de la reforma litúrgica fue reanudado, por Pío XII. El concedió que la nueva versión del Salterio, preparada por el pontificio Instituto bíblico, pudiera usarse tanto en la recitación privada como en la pública; y, constituida en el año 1947 una comisión especial, le encargó que estudiase el tema del Breviario. Sobre esta cuestión, a partir del año 1955, fueron consultados los obispos de todo el mundo. Se comenzó a disfrutar de los frutos de tan cuidadoso trabajo con el decreto sobre la simplificación de las rúbricas, del 23 de marzo de 1955, y con las normas sobre el Breviario que Juan XXIII publicó en el Código de rúbricas de 1960.
Las reformas del Vaticano II
Pero se había atendido así solamente a una parte de la reforma litúrgica, y el mismo Sumo Pontífice Juan XXIII consideraba que los grandes principios puestos como fundamento de la liturgia tenían necesidad de un estudio más profundo. Por ello confió tal encargo al Concilio Vaticano II, que, entonces, había sido convocado por él. Y así, el Concilio trató de la liturgia en general y de la oración de las Horas en particular con tanta abundancia y conocimiento de causa, con tanta piedad y competencia, que difícilmente se podría encontrar algo semejante en toda la historia de la Iglesia.
Durante el desarrollo del Concilio, fue ya nuestra preocupación que, una vez promulgada la Constitución sobre la sagrada liturgia, sus disposiciones fueran inmediatamente llevadas a la práctica.
Por este motivo, en el mismo "Consejo para la puesta en práctica de la Constitución sobre la sagrada liturgia", instituido por Nos, se creó un grupo especial, que ha trabajado durante siete años con gran diligencia e interés en la preparación del nuevo libro de la Liturgia de las Horas, sirviéndose de la aportación de los doctos y expertos en materia litúrgica, teológica, espiritual y pastoral.
Aprobación de los principios y la estructura de la obra
Después de haber consultado al episcopado universal y a numerosos pastores de almas, a religiosos y laicos, el citado Consejo, como igualmente el Sínodo de los Obispos, reunido en 1967, aprobaron los principios y la estructura de toda la obra y de cada una de sus partes.
Es conveniente exponer ahora, de forma detallada, lo que concierne a la nueva ordenación de la Liturgia de las Horas y a sus motivaciones.
El Oficio divino es oración de clérigos, religiosos y laicos
1. Como se pide en la constitución Sacrosanctum Concilium, se han tenido en cuenta las condiciones en las que actualmente se encuentran los sacerdotes comprometidos en el apostolado.
Toda vez que el Oficio es oración de todo el pueblo de Dios, ha sido dispuesto y preparado de suerte que puedan participar en él no solamente los clérigos, sino también los religiosos y los mismos laicos. Introduciendo diversas formas de celebración, se ha querido dar una respuesta a las exigencias específicas de personas de diverso orden y condición: la oración puede adaptarse a las diversas comunidades que celebran la Liturgia de las Horas, de acuerdo con su condición y vocación.
Santificación de la jornada
2. La Liturgia de las Horas es santificación de la jornada; por tanto, el orden de la oración ha sido renovado de suerte que las Horas canónicas puedan adaptarse más fácilmente a las diversas horas del día, teniendo en cuenta las condiciones en las que se desarrolla la vida humana de nuestra época.
Laudes y Vísperas, partes fundamentales.
Por esto, ha sido suprimida la Hora de Prima. A las Laudes y a las Vísperas, como partes fundamentales de todo el Oficio, se les ha dado la máxima importancia, ya que son, por su propia índole, la verdadera oración de la mañana y de la tarde. El Oficio de lectura, si bien conserva su nota característica de oración nocturna para aquellos que celebran las vigilias, puede adaptarse a cualquier hora del día.
Oficio de lectura y Hora intermedia
En lo que concierne a las demás Horas, la Hora intermedia se ha dispuesto de suerte que quien escoge una sola de las Horas de Tercia, Sexta y Nona pueda adaptarla al momento del día en el que la celebra y no omita parte alguna del Salterio distribuido en las diversas semanas.
Variedad de textos y ayudas para la meditación de los Salmos
3. A fin de que, en la celebración del Oficio, la mente esté de acuerdo más fácilmente con la voz, y la Liturgia de las Horas sea verdaderamente «fuente de piedad y alimento para la oración personal»[1], en el nuevo libro de las Horas la parte de oración fijada para cada día ha sido reducida un tanto, mientras ha sido aumentada notablemente la variedad de los textos, y se han introducido diversas ayudas para la meditación de los salmos: tales son los títulos, las antífonas, las oraciones sálmicas, los momentos de silencio que podrán introducirse oportunamente.
Salterio de la nueva Vulgata en cuatro semanas
4. Según las normas publicadas por el Concilio[2], el Salterio, suprimido el ciclo semanal, queda distribuido en cuatro semanas, y se adopta la nueva versión latina preparada por la comisión para la edición de la nueva Vulgata de la Biblia, constituida por Nos. En esta nueva distribución del Salterio han sido omitidos unos pocos salmos y algunos versículos que contenían expresiones de cierta dureza, teniendo presentes las dificultades que pueden encontrarse, principalmente en la celebración hecha en lengua vulgar. A las Laudes de la mañana, para aumentar su riqueza espiritual, han sido añadidos cánticos nuevos, tomados de los libros del Antiguo Testamento, mientras que otros cánticos del Nuevo Testamento, como perlas preciosas, adornan la celebración de las Vísperas.
Nueva ordenación de lecturas
5. El tesoro de la Palabra de Dios entra más abundantemente en la nueva ordenación de las lecturas de la Sagrada Escritura, ordenación que se ha dispuesto de manera que se corresponda con la de las lecturas de la misa.
Las perícopas presentan en su conjunto una cierta unidad temática, y han sido seleccionadas de modo que reproduzcan, a lo largo del año, los momentos culminantes de la historia de la salvación.
Lecturas de Padres y de escritores eclesiásticos
6. La lectura cotidiana de las obras de los santos Padres y de los escritores eclesiásticos, dispuesta según los decretos del Concilio ecuménico, presenta los mejores escritos de los autores cristianos, en particular de los Padres de la Iglesia. Además, para ofrecer en medida más abundante las riquezas espirituales de estos escritores, será preparado otro leccionario facultativo, del que podrán obtenerse frutos más copiosos.
Verdad histórica
7. De los textos de la Liturgia de las Horas ha sido eliminado todo lo que no responde a la verdad histórica; igualmente, las lecturas, especialmente las hagiográficas, han sido revisadas a fin de exponer y colocar en su justa luz la fisonomía espiritual y el papel ejercido por cada santo en la vida de la Iglesia.
Preces y Padrenuestro en Laudes y Vísperas
8. A las Laudes de la mañana han sido añadidas unas preces, con las cuales se quiere consagrar la jornada y el comienzo del trabajo cotidiano. En las Vísperas, se hace una breve oración de súplica, estructurada como la oración universal.
Al término de las preces, ha sido restablecida la oración dominical. De este modo, teniendo en cuenta el rezo que se hace de ella en la misa, queda restablecido en nuestra época el uso de la Iglesia antigua de recitar esta oración tres veces al día.
Renovada, pues, y restaurada totalmente la oración de la santa Iglesia, según la antiquísima tradición y habida cuenta de las necesidades de nuestra época, es verdaderamente deseable que la Liturgia de las Horas penetre, anime y oriente profundamente toda la oración cristiana, se convierta en su expresión y alimente con eficacia la vida espiritual del pueblo de Dios.
Oración sin interrupción
Por esto, confiamos mucho en que se despierte la conciencia de aquella oración que debe realizarse «sin interrupción» [3], tal como nuestro Señor Jesucristo ha ordenado a su Iglesia. De hecho, el libro de la Liturgia de las Horas, dividido por tiempos apropiados, está destinado a sostenerla continuamente y ayudarla. La misma celebración, especialmente cuando una comunidad se reúne por este motivo, manifiesta la verdadera naturaleza de la Iglesia en oración, y aparece como su señal maravillosa.
Oración de toda la familia humana
La oración cristiana es, ante todo, oración de toda la familia humana, que en Cristo se asocia [4]. En esta plegaria participa cada uno, pero es propia de todo el cuerpo; por ello expresa la voz de la amada Esposa de Cristo, los deseos y votos de todo el pueblo cristiano, las súplicas y peticiones por las necesidades de todos los hombres.
Oración de Cristo y de la Iglesia
Esta oración recibe su unidad del corazón de Cristo. Quiso, en efecto, nuestro Redentor «que la vida iniciada en el cuerpo mortal, con sus oraciones y su sacrificio, continuase durante los siglos en su cuerpo místico, que es la Iglesia» [5]; de donde se sigue que la oración de la Iglesia es «oración que Cristo, unido a su cuerpo, eleva al Padre» [6]. Es necesario, pues, que, mientras celebramos el Oficio, reconozcamos en Cristo nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros [7].
Conocimiento de la Escritura
A fin de que brille más claramente esta característica de nuestra oración, es necesario que florezca de nuevo en todos «aquel suave y vivo conocimiento de la Sagrada Escrituran» [8] que respira la Liturgia de las Horas, de suerte que la Sagrada Escritura se convierta realmente en la fuente principal de toda la oración cristiana. Sobre todo la oración de los salmos, que sigue de cerca y proclama la acción de Dios en la historia de la salvación, debe ser tomada con renovado amor por el pueblo de Dios, lo que se realizará más fácilmente si se promueve con diligencia entre el clero un conocimiento más profundo de los salmos, según el sentido con que se cantan en la sagrada liturgia, y si se hace partícipe de ello a todos los fieles con una catequesis oportuna. La lectura más abundante de la Sagrada Escritura, no sólo en la misa, sino también en la nueva Liturgia de las Horas, hará, ciertamente, que la historia de la salvación se conmemore sin interrupción y se anuncie eficazmente su continuación en la vida de los hombres.
Relación entre la oración de la Iglesia y la oración personal
Puesto que la vida de Cristo en su Cuerpo Místico perfecciona y eleva también la vida propia o personal de todo fiel, debe rechazarse cualquier oposición entre la oración de la Iglesia y la oración personal; e incluso deben ser reforzadas e incrementadas sus mutuas relaciones. La meditación debe encontrar un alimento continuo en las lecturas, en los salmos y en las demás partes de la Liturgia de las Horas. El mismo rezo del Oficio debe adaptarse, en la medida de lo posible, a las necesidades de una oración viva y personal, por el hecho, previsto en la Ordenación general, que deben escogerse tiempos, modos y formas de celebración que responden mejor a las situaciones espirituales de los que oran. Cuando la oración del Oficio se convierte en verdadera oración personal, entonces se manifiestan mejor los lazos que unen entre sí a la liturgia y a toda la vida cristiana. La vida entera de los fieles, durante cada una de las horas del día y de la noche, constituye como una leitourgia, mediante la cual ellos se ofrecen en servicio de amor a Dios y a los hombres, adhiriéndose a la acción de Cristo, que con su vida entre nosotros y el ofrecimiento de sí mismo ha santificado la vida de todos los hombres.
La Liturgia de las Horas expresa con claridad y confirma con eficacia esta profunda verdad inherente a la vida cristiana. Por esto, el rezo de las Horas es propuesto a todos los fíeles, incluso a aquellos que legalmente no están obligados a él.
Aquellos, sin embargo, que han recibido de la Iglesia el mandato de celebrar la Liturgia de las Horas deben seguir todos los días escrupulosamente el curso de la plegaria haciéndolo coincidir, en la medida de lo posible, con el tiempo verdadero de cada una de las horas; den la debida importancia, en primer lugar, a las Laudes de la mañana y a las Vísperas.
Al celebrar el Oficio Divino, aquellos que por el orden sagrado recibido están destinados a ser de forma particular la señal de Cristo sacerdote, y aquellos que con los votos de la profesión religiosa se han consagrado al servicio de Dios y de la Iglesia de manera especial, no se sientan obligados únicamente por una ley a observar, sino, más bien, por la reconocida e intrínseca importancia de la oración y de su utilidad pastoral y ascética. Es muy deseable que la oración pública de la Iglesia brote de una general renovación espiritual y de la comprobada necesidad intrínseca de todo el cuerpo de la Iglesia, la cual, a semejanza de su cabeza, no puede ser presentada sino como Iglesia en oración.
Por medio del nuevo libro de la Liturgia de las Horas, que ahora, en virtud de nuestra autoridad apostólica, establecemos, aprobamos y promulgamos, resuene cada vez más espléndida y hermosa la alabanza divina en la Iglesia de nuestro tiempo; que esta alabanza se una a la que los santos y los ángeles hacen sonar en las moradas celestiales y, aumentando su perfección en los días de este destierro terreno, se aproxime cada vez más a aquella alabanza plena que eternamente se tributa «al que se sienta en el trono y al Cordero» [9].
Normas para su utilización y edición
Establecemos, pues, que este nuevo libro de la Liturgia de las Horas pueda ser empleado inmediatamente después de su publicación. Correrá a cargo de las Conferencias Episcopales hacer preparar las ediciones en las lenguas nacionales y, tras la aprobación o confirmación de la Santa Sede, fijar el día en que las versiones puedan o deban comenzar a utilizarse, tanto en su totalidad como parcialmente. Desde el día en que será obligatorio utilizar estas versiones para las celebraciones en lengua vulgar, incluso aquellos que continúen utilizando la lengua latina deberán servirse únicamente del texto renovado de la Liturgia de las Horas.
Aquellos que, por su edad avanzada u otros motivos particulares, encontrasen graves dificultades en el empleo del nuevo rito, con el permiso del propio Ordinario, y solamente en el rezo individual, podrán conservar en todo o en parte el uso del anterior Breviario romano.
Queremos, además, que cuanto hemos establecido y prescrito tenga fuerza y eficacia ahora y en el futuro, sin que obsten, si fuere el caso, las constituciones y ordenaciones apostólicas emanadas de nuestros predecesores, o cualquier otra prescripción, incluso digna de especial mención y derogación.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 1 de noviembre, solemnidad de Todos los santos, del año 1970, octavo de nuestro pontificado.
PABLO PP. VI


NOTAS
[1] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, n. 90
[2] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, n. 91
[3] Cf. Lc 18, 1; 21, 36; 1T 5, 17; Ef 6, 18.
[4] Cf. Concilio Vaticano II. Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, n. 83.
[5] Pío XII, Encíclica Mediator Dei, 20 de noviembre de 1947, n. 2: AAS 39 (1947), p. 522
[6] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, n. 84
[7] Cf. S. Agustín, Comentarios sobre los salmos, 85, 1
[8] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, n. 24
[9] Cf. Ap. 5,13

martes, 10 de enero de 2012

Cambios en la liturgia pontificia: el Papa modifica el rito del consistorio


Cuando el Papa celebre, el próximo 18 de febrero, el cuarto consistorio de de su Pontificado para la creación de nuevos cardenales, lo hará con un nuevo rito revisado y modificado por la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas, que preside Mons. Guido Marini, y aprobado por él mismo. Este rito, junto a otros propios de la liturgia pontificia, fue modificado poco tiempo después de la clausura del Vaticano II, si bien el rito hasta ahora en vigor había sido preparado por Mons. Piero Marini, predecesor del actual Maestro de las celebraciones litúrgicas, y aprobado por el Beato Juan Pablo II. Presentamos un artículo de L’Osservatore Romano donde se explica este nuevo ritual.

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El rito en vigor hasta ahora para la creación de nuevos cardenales es revisado y simplificado, con la aprobación del Santo Padre Benedicto XVI: en sustancia se unifican los tres momentos de la imposición del birrete, de la entrega del anillo cardenalicio y de la asignación del título o de la diaconía; cambian las oraciones colecta y conclusiva; y asume una forma más breve la proclamación de la Palabra de Dios.

Cabe señalar – como explica la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice – que la reforma litúrgica puesta en marcha por el concilio Vaticano II ha concernido también a los ritos consistoriales de imposición del birrete y de asignación del título a los nuevos purpurados, y que el texto renovado de la celebración, publicado en “Notitiae” 5, 1969, pp. 289.291, ha sido usado por primera vez por Pablo VI en 1969.

El criterio principal que guió la redacción del nuevo ritual fue la inserción en un ámbito litúrgico de lo que, de por sí, no formaba parte de él en sentido propio: la creación de nuevos cardenales debía ser colocada en un contexto de oración, evitando sin embargo al mismo tiempo todo elemento que pudiera dar una idea de un “sacramento del cardenalato”. El consistorio, de hecho, históricamente no ha sido considerado nunca un rito litúrgico sino más bien una reunión del Papa con los cardenales en relación al gobierno de la Iglesia y, por lo tanto, expresión del munus regendi, no del munus sanctificandi.

Teniendo presentes tales aspectos de la historia pasada y reciente, en una línea de continuidad con la forma actual del consistorio y de sus elementos principales, se ha revisado y simplificado la praxis vigente. En primer lugar, son retomadas del rito de 1969 la oración colecta y la oración conclusiva dado que son muy ricas en el contenido y provienen de la gran tradición eucológica romana. Las dos oraciones, de hecho, hablan explícitamente de los poderes confiados por el Señor a la Iglesia, en particular el de Pedro: el Pontífice ora también de modo directo por sí mismo, para realizar bien su oficio.

En la oración colecta, que viene del Veronense, el así llamado Sacramentarium Leonianum, una de las fuentes más antiguas de la eucología romana – se trata de la colecta para el aniversario de la ordenación episcopal del Obispo de Roma (Mense Septembris, in natale episcoporum, v alia missa. nn. 989 e 993; Corpus Orationum, n. 2301) — el Santo Padre dice: “Oremus. Domine Deus, Pater gloriae fons honorum, qui licet Ecclesiam tuam toto orbe diffusam largitate munerum ditare non desinis, sedem tamen beati Apostoli tui Petri tanto propensius intueris, quanto sublimius esse voluisti: da mihi famulo tuo providentiae tuae dispositionibus exhibere congruenter officium; certus te universis Ecclesiis collaturum quidquid illi praestiteris, quam cuncta respiciunt. Per Dominum nostrum Iesum Christum, Filium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia sæcula sæculorum».

En la oración conclusiva, también elegida en 1969 del Veronense – en este caso se trata , sin embargo, de otra colecta para el aniversario de la ordenación episcopal del Obispo de Roma (Mense septembris, in natale episcoporum, v alia missa, «alia collecta», nn. 992; Corpus Orationum, n. 1198) — el Papa reza así: “Deus cuius universae viae misericordia est semper et veritas, operis tui dona prosequere; et quod possibilitas non habet fragilitatis humanae, tuis beneficiis miseratus impende; ut hi famuli tui, Ecclesiae tuae iugiter servientes et fidei integritate fundati, et mentis luceant puritate conspicui. Per Christum Dominum nostrum”.

También la proclamación de la Palabra de Dios asume de nuevo la forma más breve, propia del rito de 1969, solamente con la perícopa evangélica (Marcos 10, 35-42), que es la misma en los dos rituales.

Finalmente, se integra la entrega del anillo cardenalicio en el mismo rito, mientras que antes de la reforma de 1969 la imposición del capelo rojo tenía lugar en el consistorio público, seguido por el secreto, en el cual se llevaban a cabo también la entrega del anillo y la asignación de la iglesia titular o de la diaconía. Hoy, de hecho, esta distinción entre consistorio público y secreto ya no es observada y en consecuencia parece más coherente incluir los tres momentos significativos de la creación de los nuevos cardenales en el mismo rito.

Se conserva, en cambio, la concelebración del Papa con los nuevos cardenales en la Misa del día siguiente, que se abre con las palabras de homenaje y de gratitud que el primero de los purpurados dirige al Pontífice en nombre de todos los otros.

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sábado, 7 de enero de 2012

NOTA CON INDICACIONES PASTORALES PARA EL AÑO DE LA FE


CIUDAD DEL VATICANO, 7 ENE 2012 (VIS).-Hoy se ha publicado la Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe con indicaciones pastorales para el Año de la Fe. Ofrecemos a continuación algunos extractos:

  “Con la Carta apostólica ‘Porta fidei’, del 11 de octubre de 2011, el Santo Padre Benedicto XVI ha proclamado un ‘Año de la fe’, que comenzará el 11 de octubre de 2012, (…) y concluirá el 24 de noviembre de 2013, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo”.

  “El comienzo del Año de la fe coincide con el recuerdo agradecido de dos grandes eventos que han marcado el rostro de la Iglesia de nuestros días: los cincuenta años pasados desde la apertura del Concilio Vaticano II (…) y los veinte años desde la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica”.

Indicaciones para el ámbito de Iglesia universal:

-El principal evento será la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, sobre ‘La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana’, en el mes de octubre de 2012. Durante el Sínodo se dará inicio solemnemente al Año de la fe.

-Fomentar las peregrinaciones de los fieles a la Sede de Pedro y a Tierra Santa.

-Alentar toda iniciativa que ayude a los fieles a reconocer el papel especial de María en el misterio de la salvación, a amarla filialmente y a imitar su fe y virtud.

-Convocar simposios, congresos y reuniones de gran escala que favorezcan la comunicación de testimonios de la fe y el conocimiento de los contenidos de la doctrina de la Iglesia Católica, especialmente de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

-Profundizar en el conocimiento del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica; están llamados a ello especialmente los candidatos al sacerdocio, los novicios de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, así como quienes se preparan a entrar en una Asociación o Movimiento eclesial.

-Renovar el compromiso de adhesión a las enseñanzas del Papa, y acoger con mayor atención sus palabras.

-Organizar iniciativas ecuménicas dirigidas a favorecer la restauración de la unidad entre todos los cristianos. Tendrá lugar una solemne celebración ecuménica para reafirmar la fe en Cristo de todos los bautizados.

-En el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización será establecida una secretaría especial para coordinar las diversas iniciativas sobre el Año de la fe. La secretaría abrirá un sitio especial en Internet, para proporcionar información útil para vivir de manera efectiva el Año de la fe.

-Al final de este año, en la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, tendrá lugar una Eucaristía celebrada por el Santo Padre, en la que se renovará solemnemente la profesión de fe.

En el ámbito de las Conferencias Episcopales:

-Dedicar una jornada de estudio al tema de la fe, de su testimonio personal y de su transmisión a las nuevas generaciones.

-Favorecer la reedición de los Documentos del Concilio Vaticano II, del Catecismo de la Iglesia Católica y de su Compendio, en ediciones económicas y de bolsillo, y su más amplia difusión con el uso de las modernas tecnologías.

-Traducir los documentos del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica a los idiomas que aún no cuentan con traducción propia. Alentar iniciativas de apoyo caritativo a las traducciones en los territorios cuyas Iglesias particulares no pueden sostener tales gastos.

-Promover trasmisiones televisivas o radiofónicas, películas y publicaciones, incluso a nivel popular, accesibles a un público amplio, sobre el tema de la fe, así como sobre el Concilio Vaticano II.

-Dar a conocer los santos de cada territorio, auténticos testigos de la fe.

-Fomentar el aprecio por el patrimonio artístico local, con vistas al enriquecimiento de la catequesis y a una eventual colaboración ecuménica.

-Los docentes de los Centros de estudios teológicos, Seminarios y Universidades católicas pueden verificar la relevancia que, en su enseñanza, tienen los contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica.

 -Preparar con la ayuda de teólogos y escritores de renombre, compendios divulgativos de carácter apologético para que los fieles puedan responder mejor a las preguntas que surgen en los distintos contextos culturales: los desafíos de las sectas, los problemas asociados con el secularismo, el relativismo y el positivismo, entre otros.

-Revisar los catecismos locales y los libros de catequesis en uso en las Iglesias particulares, para asegurar su plena conformidad con el Catecismo de la Iglesia Católica y, si es preciso, comenzar la elaboración de nuevos catecismos.

-Verificar que los contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica estén presentes en la ‘Ratio’ de la formación de los futuros sacerdotes y en el currículo de sus estudios teológicos.

En el ámbito diocesano:

-Se auspicia una celebración de apertura del Año de la fe y de su solemne conclusión en el ámbito de cada Iglesia particular.

-Organizar en cada diócesis una jornada sobre el Catecismo de la Iglesia Católica, dirigida especialmente a sacerdotes, personas consagradas y catequistas.

-Cada obispo podrá dedicar una Carta pastoral al tema de la fe, recordando la importancia del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica, y teniendo en cuenta las circunstancias específicas de sus fieles.

-Organizar eventos catequísticos para jóvenes y para quienes buscan encontrar el sentido de la vida, con el fin de descubrir la belleza de la fe de la Iglesia.

-Verificar la recepción del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica en la vida y misión de cada Iglesia particular, especialmente en el ámbito catequístico.

-Concentrar este Año la formación permanente del clero en los documentos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica.

-Organizar celebraciones penitenciales en las cuales se ponga un énfasis especial en pedir perdón a Dios por los pecados contra la fe.

-Alentar la participación del mundo académico y de la cultura en un diálogo renovado y creativo entre fe y razón, a través de simposios, congresos y jornadas de estudio, especialmente en las universidades católicas.

-Promover encuentros con los no creyentes que buscan con sinceridad el sentido último de la existencia y del mundo, inspirándose en los diálogos del ‘Patio de los Gentiles’, iniciados bajo la guía del Pontificio Consejo para la Cultura.

-Prestar mayor atención a las escuelas católicas, lugares privilegiados para ofrecer a los alumnos un testimonio vivo del Señor, y cultivar la fe con instrumentos catequísticos como el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica o el Youcat.

En el ámbito de las parroquias, comunidades, asociaciones, movimientos:

-Todos los fieles están invitados a leer y meditar la Carta apostólica ‘Porta fidei’ del Santo Padre Benedicto XVI.

-Intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, en la que la fe de la Iglesia es proclamada, celebrada y fortalecida. Todos los fieles están invitados a participar de ella en forma consciente, activa y fructífera.

-Los sacerdotes podrán estudiar los documentos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica, aplicando sus frutos a la pastoral y proponiendo ciclos de homilías sobre la fe o algunos de sus aspectos específicos.

-Los catequistas podrán apelar aún más a la riqueza doctrinal del Catecismo de la Iglesia Católica y guiar grupos de fieles en su lectura y profundización.

-Las parroquias pueden contribuir a la difusión del Catecismo de la Iglesia Católica y de otros textos aptos para las familias -lugares primarios de la transmisión de la fe-, por ejemplo con ocasión de las bendiciones de las casas, el bautismo de adultos, las confirmaciones y los matrimonios.

-Promover misiones populares y otras iniciativas en las parroquias y en los lugares de trabajo, para ayudar a los fieles a redescubrir el don de la fe bautismal y la responsabilidad de su testimonio.

-Los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y de las Sociedades de Vida Apostólica están llamados a comprometerse en la nueva evangelización mediante el aporte de sus propios carismas.

-Las comunidades contemplativas dedicarán especial atención a la oración por la renovación de la fe en el Pueblo de Dios y su transmisión a las jóvenes generaciones.

-Las Asociaciones y los Movimientos eclesiales están invitados a hacerse promotores de iniciativas específicas mediante la contribución del propio carisma.

-Todos los fieles tratarán de comunicar su propia experiencia de fe y caridad, dialogando con los creyentes de otras confesiones cristianas y de otras religiones; así como con los no creyentes. Se espera que todo el pueblo cristiano comience una misión entre las personas con quienes viven y trabajan.

  La Nota concluye señalando que “las indicaciones aquí ofrecidas tienen el objetivo de invitar a todos los miembros de la Iglesia a comprometerse para que este año sea una ocasión privilegiada para compartir lo más valioso que tiene el cristiano: Jesucristo, Redentor del hombre”.
CDF/                                                             VIS 20120107 (1.470)

EL PAPA NOMBRA 22 NUEVOS CARDENALES

 Arzobispo Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos

CIUDAD DEL VATICANO, 6 ENERO 2012 (VIS).-“Con gran alegría anuncio que el próximo 18 de febrero celebraré un Consistorio en el que nombraré veintidós nuevos miembros del Colegio Cardenalicio”. Estas han sido las palabras con las que Benedicto XVI ha anunciado este viernes, ante los fieles reunidos en la plaza de San Pedro para el rezo del Ángelus, el cuarto consistorio de su pontificado.
“Como es sabido –ha dicho el Papa-, los cardenales tienen la tarea de ayudar al sucesor del apóstol Pedro a cumplir su Ministerio de confirmar a los hermanos en la fe, y de ser de principio y fundamento de la unidad y de la comunión en la Iglesia”. Los nuevos cardenales “provienen de varias partes del mundo, y desarrollan diversos ministerios al servicio de la Santa Sede o en contacto directo con los fieles, como Padres y Pastores de las Iglesias particulares”.

  Estos son los nuevos cardenales electores:

-Arzobispo Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos

-Arzobispo Manuel Monteiro De Castro, Penitenciario Mayor

-Arzobispo Santos Abril y Castelló, Arcipreste de la Basílica Papal de Santa María Mayor

-Arzobispo Antonio Maria Vegliò, Presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes

-Arzobispo Giuseppe Bertello, Presidente de la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad del Vaticano y de la Gobernación

-Arzobispo Francesco Coccopalmerio, Presidente del Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos

-Arzobispo João Braz De Aviz, Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica

-Arzobispo Edwin Frederik O'Brien, Pro-Gran Maestro de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén

-Arzobispo-Obispo Domenico Calcagno, Presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica

-Arzobispo-Obispo Giuseppe Versaldi, Presidente de la Prefectura para los Asuntos Económicos de la Santa Sede

-Arzobispo Mayor George Alencherry, de Ernakulam-Angamaly de los Siro-Malabares (India)

-Arzobispo Thomas Christopher Collins, de Toronto (Canadá)

-Arzobispo Dominik Duka, de Praga (República Checa)

-Arzobispo Willem Jacobus Eijk, de Utrecht (Países Bajos)

-Arzobispo Giuseppe Betori, de Florencia (Italia)

-Arzobispo  Timothy Michael Dolan, de Nueva York (Estados Unidos)

-Arzobispo Rainer Maria Woelki, de Berlín (Alemania)

-Obispo John Tong Hon, de Hong Kong (República Popular China).

 Asimismo, el Santo Padre ha nombrado cuatro cardenales que tienen más de 80 años, y que por tanto son miembros no electores del Colegio Cardenalicio: “He decidido elevar a la dignidad cardenalicia a un venerable prelado, que desempeña su ministerio de Pastor y Padre de una Iglesia, y tres beneméritos eclesiásticos que se han distinguido por su dedicación al servicio de la Iglesia”.

  Los cuatro cardenales no electores son:

-Arzobispo Mayor Lucian Mureşan, de Făgăraş y Alba Julia de los Rumanos (Romanía)

-Mons. Julien Ries, sacerdote della Diócesis de Namur y profesor emérito de Historia de las Religiones en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica)

-Padre Prosper Grech, O.S.A., Docente emérito de varias universides romanas y Consultor de la  Congregación para la Doctrina de la Fe

-Padre Karl Becker, S.I, Docente emérito de la Pontificia Universidad Gregoriana, y durante muchos años Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

  Para finalizar, el Papa invitó a todos los fieles a rezar por los nuevos elegidos, “rogando la intercesión de Santa María Virgen, Madre de la Iglesia, para que sepan testimoniar siempre con valor y dedicación su amor a Cristo y a su Iglesia”.  
ANG/                                                                           VIS 20120107 (560)

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