domingo, 9 de diciembre de 2012

LA REFORMA LITÚRGICA DEL VATICANO II (VI)

 

LAS AMARGURAS DE PABLO VI

Entre tanto, al Papa Pablo VI, al que la aplicación del concilio Vaticano II trajo un sinfín de amarguras y sinsabores, no se le ahorraron tampoco los sufrimientos por el tema de la liturgia. Por un lado empezó a descubrir la capacidad de desobediencia que había en ciertos eclesiásticos y que culminó años después con la gran desobediencia -organizada a nivel internacional- ante la publicación de su encíclica Humanae Vitae. Por oro lado, tal estado de confusión litúrgica animaba a los que miraban escépticamente a la reforma y no encontraban motivos para que les gustase (en 1964 se había fundado Una Voce en defensa de la liturgia que había sido defenestrada y el número de simpatizantes crecía…). En el intento de atajar ambas posiciones, Pablo VI se encontró con pocas fuerzas y no consiguió frenar ninguno de las dos, aunque lo intentó. La historia le ha dado la razón en querer atajar las desobediencias del progresío litúrgico en la aplicación de la nueva liturgia y se la ha quitado en su esfuerzo de erradicar las que él llamaba “obstinadas e irreverentes nostalgias” y que sus sucesores han vuelto a poner en el lugar de reverencia que les corresponde.

El 19 de abril de 1967 el mismo Pablo VI, en su alocución a los miembros del Consilium, decía en tono amargo:
"Dolor y preocupación son los episodios de indisciplina que se difunden en las diversas regiones con motivo de las celebraciones comunitarias... con grave perturbación para los buenos fieles y con inadmisibles motivaciones, peligrosas para la paz y el orden de la misma Iglesia... Nos urge mas expresar nuestra confianza en que el episcopado sabrá vigilar estos episodios y tutelar la armonía propia del culto católico en el campo litúrgico y religioso, objeto en este momento posconciliar de los más asiduos y delicados cuidados; también extendemos nuestra exhortación a las familias religiosas, de las cuales la Iglesia espera hoy como nunca una contribución de fidelidad y ejemplo; y luego la dirigimos al clero y a todos los fieles para que no se dejen embaucar por la veleidad de caprichosas experiencias, sino que sobre todo traten de dar perfección y plenitud a los ritos prescritos por la Iglesia...

Pero mayor aflicción nos proporciona la difusión de una tendencia a desacralizar, como se osa decir, la liturgia (si es que todavía merece este nombre) y con ella, fatalmente, al cristianismo. La nueva mentalidad, cuyas turbias fuentes no sería difícil descubrir, pretendida base de esta demolición del autentico culto católico, implica tales revoluciones doctrinales, disciplinares y pastorales que no dudamos en considerarla aberrante; y lo decimos con pena, no solo por el espíritu anticanónico y radical que gratuitamente profesa, sino más bien por la desintegración religiosa que fatalmente lleva consigo" ("Osservatore Romano", 20-IV-67).

El 3 de septiembre de 1969 insistía de nuevo el Papa en la recta celebración de la liturgia, ya que muchos no se daban por enterados de la severa corrección que se hacía desde diversos puntos por la competente jerarquía de la Iglesia: "Quisiéramos exhortar a las personas de buena voluntad, sacerdotes y fieles, a no tolerar este indócil particularismo, que ofende, además de la ley canónica, el corazón del culto católico, que es la comunión; la comunión con Dios y la comunión con los hermanos, de la que es mediador el sacerdocio ministerial autorizado por el obispo. Semejante particularismo tiende a formar su Iglesia, o tal vez su secta, es decir, apartarse de la celebración de la caridad total, a prescindir de la estructura institucional, como se dice hoy, de la Iglesia autentica, real y humana, para hacerse la ilusión de poseer un cristianismo libre y puramente carismático, pero en realidad amorfo, evanescente y expuesto al soplo de todo viento de la pasión, de la moda o del interés temporal o político. Esta tendencia a separarse gradual y obstinadamente de la autoridad y de la comunión de la Iglesia puede llevar desgraciadamente muy lejos. No, como han dicho algunos, a las catacumbas, sino fuera de la Iglesia" ("Pastoral Liturgica", Boletín del Secretariado nacional de Liturgia, nn. 43-44, pp. 1-4).

Antes, el 14 de octubre de 1968, decía el Papa en su alocución a los miembros del Consilium: "Las fórmulas litúrgicas de oración no deben ser consideradas como asunto privado cuya incumbencia corresponde a los individuos, a la parroquia, a la diócesis o a una nación determinada, sino que pertenecen a la Iglesia universal y son la expresión viva de su voz suplicante. Por ello a nadie le es permitido cambiar estas fórmulas, introducir otras nuevas o sustituirlas por otras. Lo prohíbe la misma dignidad de la sagrada liturgia, por cuya mediación el hombre se comunica con Dios; lo prohíbe también el bien de las almas y la eficacia de la acción pastoral, puesta en peligro por semejante manera de proceder... Mucho más nos preocupa la conducta de quienes se proponen despojar al culto litúrgico de su carácter sagrado y, por eso, erróneamente sostienen que no deben emplearse objetos y ornamentos sagrados, sino que estos deben sustituirse por otros usados en la vida común y vulgar. Hemos de declarar que tales opiniones no solo son contrarias al carácter autentico de la sagrada liturgia, sino también al verdadero concepto de la religión católica" (AAS 60 [1968] 732-737).
Una vez más Pablo VI, el 17 de marzo de 1976, decía en la audiencia general de los miércoles: "Ni las obstinadas e irreverentes nostalgias por las formas del culto, dignas sin duda de los tiempos pasados, ni las arbitrariedades y no menos irreverentes así llamadas creatividades en la acción sagrada y aprobada por la Iglesia podrán ayudar ni a la auténtica espiritualidad de las nuevas generaciones ni a la fundamental unidad de espíritu de acción querida por Cristo, especialmente en el acto del culto para su Iglesia, y hoy tanto mas necesaria cuanto menos se contiene, a pesar del ecumenismo, el instinto centrífugo que padecen ciertas zonas de la Iglesia" ("Osservatore Roma­no", ed. española, 21-111-76, p. 3 [135]).

Falleció dos años después el Papa sin haber visto ni siquiera una ligera mejoría en el panorama litúrgico de la reforma y hubo que esperar a sus sucesores, especialmente Juan Pablo II para que pusieran un poco de orden. Pero a su vez, al hacerse orden en la liturgia nueva, se pudo de nuevo apreciar el inmenso valor de la liturgia antigua y de la injusticias que se estaba llevando a cabo en el intentar arrinconarla y erradicarla, de modo que solamente recientemente se ha podido llegar a un equilibrio de convivencia pacífica entre lo nuevo y lo antiguo. Este equilibrio quizás no habría sido del agrado de Pablo VI, pero que sin duda es una dignísima culminación de la reforma propugnada por el Concilio que él dirigió y concluyó.

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