viernes, 3 de agosto de 2012

El P. Masiá: un humorista fallido

MasiáNo sé si los lectores recordarán al P. Masiá, jesuita residente en Japón a quien sus superiores ordenaron hace tiempo que guardase silencio público en España por sus opiniones contrarias a la doctrina de la Iglesia. Años antes, había tenido que ser cesado de su cátedra de bioética por lo mismo.
Pues bien, abusando una vez más de la paciencia de sus superiores, como hace periódicamente, el P. Masiá acaba de publicar un artículo en ese baluarte del pensamiento católico, el diario El País. El artículo se titula “Aborto y vida naciente con malformaciones” y empieza con claridad, concisión y una gran sinceridad:
“No soy ginecólogo, ni jurista, ni casado. Mi relación con el aborto se produce en dos campos: el consultorio espiritual y la clase de ética”.

En esto hay que alabar la valentía del P. Masiá. Pocas personas se atreverían a confesar públicamente que su actividad profesional es un completo fracaso. Es lo que yo entiendo de su explicación, al menos, ya que dice que toda su relación con el aborto se produce en el ámbito espiritual y en el de la ética, campos ambos en los que a todas luces tiene los conocimientos de un niño poco espabilado de segundo de primaria.
Para comprobarlo, basta leer el párrafo siguiente.
“Respetando la privacidad de las personas que acuden a consulta, se puede dar desde esa experiencia el testimonio siguiente: ni en el caso de la mujer embarazada que, con pesar e incertidumbre, optó por interrumpir el camino hacia el nacimiento de una vida seria e irremisiblemente afectada por malformaciones graves, ni en el caso de la que, en circunstancias semejantes, optó por llevar a término la gestación en medio de la angustia por la inseguridad acerca del futuro de esa vida; en ninguno de ambos casos, reitero, descubrimos indicios de que hayan tomado la decisión a la ligera, sin sufrir ni dudar.”
Esto, sin duda, es cierto en la mayoría de los casos. Generalmente y si no está cegada por ideologías extrañas, una mujer sabe que, cuando aborta, está acabando con la vida de su hijo y su naturaleza misma de madre se revuelve contra ello. Lo que resulta curioso, sin embargo, es que este párrafo del P. Masiá no es una mera introducción sobre el contexto antes de empezar a realizar el análisis moral del asunto. “Eso” es el análisis moral del asunto para el P. Masiá. Y ya está. ¿De verdad hacía falta estudiar bioética durante años para decir algo así? ¿La moralidad del aborto viene dada por no tomar “la decisión a la ligera, sin sufrir ni dudar”? ¿Dónde están el fin, los medios, el objeto, la responsabilidad o las circunstancias de la acción moral? ¿Dónde los mandamientos de la Ley de Dios, la doctrina moral de la Iglesia, los preceptos de la Ley Natural?
Aparentemente, para este jesuita lo único importante es no tomar “frívolamente” una decisión que “conlleva aspectos traumáticos”. No sé si las mujeres que van a su consulta tomarán o no la decisión de abortar frívolamente, pero no me cabe ninguna duda de que la frivolidad del P. Masiá ante el aborto resulta vergonzosa, inhumana y, ciertamente, nada católica.
Por si alguien duda aún del asunto, el P. Masiá tiene la gentileza de dejar claro lo que piensa sobre las consecuencias del “análisis moral” que ha hecho sobre el aborto:
“Desde esta experiencia, no veo incompatibilidad entre asentir razonablemente al criterio de un moralista que califica determinada decisión de abortar como objetivamente no deseable y, al mismo tiempo, respetar la decisión responsable y en conciencia de esa persona que, tras sopesar las alternativas, optó por el mal menor, no sin sufrimiento. Si moralmente no lo condenamos, tampoco aceptaremos que legalmente la penalicen.”
Lo que decíamos: unos conocimientos morales equivalentes a los del mejillón tuerto del Pacífico Sur. Decir que matar a un niño es optar “por el mal menor” supone desconocer los rudimentos de la ética. Matar voluntariamente a un inocente es el ejemplo paradigmático de mal gravísimo, así que la imaginación humana se rebela ante la idea de que sea un mal menor. Por otra parte, cualquier estudiante de primero de Filosofía sabe que, incluso cuando de verdad se está hablando de un mal menor, el mal menor no se busca, sino que meramente se soporta, porque no se puede buscar el mal voluntariamente, ni mayor ni menor ni minúsculo. También por eso es un absurdo moral afirmar que el aborto, en el que voluntariamente se mata a un niño inocente, puede ser una aplicación legítima del principio del mal menor. Por no hablar del repugnante eufemismo que supone usar la expresión “objetivamente no deseable” cuando uno está hablando de matar a un niño.
Apliquemos el análisis moral del P. Masiá al asesinato y, curiosamente, veremos que le sienta como un guante. Quien decide premeditadamente asesinar a su mujer, por ejemplo, rara vez lo hace frívolamente. Sin duda sentirá angustia, remordimientos, miedo a que le descubra la policía, dudas sobre si hará bien, porque asesinar a tu mujer “conlleva aspectos traumáticos”. Todo eso, según el P. Masiá, basta para que su decisión sea respetable. Siguiendo el razonamiento de este jesuita, habrá que decir que es algo “objetivamente no deseable”, pero hay que “respetar la decisión responsable y en conciencia”. Es decir, todo lo que ha dicho hasta ahora el P. Masiá se aplica exactamente igual y en el mismo sentido al asesinato de la propia mujer o el propio marido. Y a los malos tratos a mujeres, los abusos sexuales, las violaciones, los robos con violencia, el parricidio, el infanticidio, el proxenetismo y un larguísimo etcétera. ¿Cómo es que eso no le hace pensar que su inexistente “análisis moral” es defectuoso?
Por lo visto, tenía razón al principio el P. Masiá cuando decía que no es jurista, porque no se ha parado ni un momento a pensar en las consecuencias jurídicas de lo que dice. Si, en el caso del aborto, hay “respetar a las personas que se encuentran en esta situación y las decisiones que toman” y no penalizar su actuación, lo mismo habrá que hacer con las decisiones de quien roba, engaña, defrauda, mata, extorsiona, explota, prevarica, soborna, desfalca o perjura. ¿O es que esas decisiones son menos traumáticas, sufrientes, respetables o decisionales?
Me pregunto si, en los próximos meses, veremos al P. Masiá en las noticias. Si es coherente con su postura, debería plantarse ante el ministerio de Justicia para protestar contra las condenas por malos tratos de esos pobres hombres que sufren más que sus mujeres cuando les están pegando una paliza, un acto con indudables “aspectos traumáticos”. O deberá encadenarse a los barrotes de una cárcel que aprisiona a un pobre atracador que tomó la “decisión responsable y en conciencia” de robar un banco y liquidar a quien se pusiera por delante.
¿Y sus conocimientos biológicos y matemáticos? Aparentemente, también nulos:
“No voy a tocar aquí el tema del comienzo de la vida humana individual, que sitúa la cuestión de su interrupción, en el sentido estricto, no antes de la fase fetal, pasado el segundo mes tras la concepción. Me limitaré a unos ejemplos sobre la complejidad de las malformaciones de la vida naciente.”
Dejemos a un lado la bellaquería de decir que no se va a tocar el tema del comienzo de la vida humana y hacerlo en la frase siguiente. Al hablar de la vida humana “individual” lo único que se busca es despistar, como si eso tuviera algo que ver con la cuestión. ¿Qué quiere decir con ello el P. Masiá? Quizá se refiere a la posibilidad de que el óvulo fecundado dé lugar a más de un niño, argumento que suelen usar los abortistas. En ese caso, analicemos la frase matemáticamente. Quizá el P. Masiá no lo recuerde, pero probablemente hubo un maestro hace años que le enseñó, a golpe de regla en la mano, que dos es más que uno, no menos. “Vida humana individual” no se opone a “no vida humana”, como se sugiere maliciosamente en el sofisma, sino que se opone a “varias vidas humanas”. Cuando un asesino es juzgado, ¿alguien piensa que podrá salvarse porque en vez de matar a una “vida humana individual”, es decir, a una sola persona, mató a vida humana no individual, es decir, a varias personas? En cualquier país del mundo, eso supone una condena más grave. Lo mismo sucede en el embarazo. Es posible que, en lugar de haber concebido a un niño, la madre haya concebido a dos o más, pero ninguna persona razonable pensará que eso quita importancia al aborto, sino más bien lo contrario.
Sólo hay otra posibilidad para la afirmación del P. Masiá: que, en su opinión, el embrión no sea vida humana “individual” porque no se trata de un individuo. Esta afirmación sería aún más absurda, porque si el embrión no es vida humana “individual", ¿será vida humana “general"? Carece de sentido hablar de vida humana que no sea o bien individual o bien varias vidas humanas. Tertium non datur. Por el camino que toma, el P. Masiá entra de lleno en el terreno del absurdo surrealista.
En cuanto a la biología, también es algo conocido por la ciencia desde hace siglos que la vida humana surge en el momento de la concepción, cuando biológica y genéticamente surge una nueva vida. Es algo que la biología nunca ha dudado hasta que los que querían abortar, curiosamente, decidieron que ellos siempre habían pensado otra cosa pero no lo habían dicho nunca por su natural humildad. ¡Ja! Como le preguntaron a aquella famosa ministra, ¿si el niño concebido no es vida humana, a qué especie pertenece?
Ya hemos visto la inexistencia de su pensamiento ético y de sus conocimientos biológicos y matemáticos. Veamos ahora su pensamiento teológico:
“Un feto anencéfalo, carece de las mínimas estructuras neurológicas como soporte para la formación de una persona, desde respirar autónomamente hasta capacitarse para cualquier acto estrictamente humano de sentir, pensar o querer. Aunque hubiera razones para no interrumpir su alumbramiento, no sería por considerarlo una realidad humana personal. El aborto de un anencéfalo no es el aborto de un ser humano. Un feto con una malformación incompatible con la vida extrauterina (supongamos el caso de una agenesia renal irremediable), no podrá llegar a realizar acción humana, porque no sobrevivirá. Es asemejable al ejemplo anterior”.
Increíble. Pase que un jesuita no sepa de ética y biología (aunque teóricamente sea profesor de bioética), pase que no sepa de matemáticas, pero que no conozca los rudimentos de la teología pasa ya de castaño oscuro. La condición de ser humano viene de ser imagen de Dios, no de lo que hagamos o dejemos de hacer. Normalmente, esa condición de ser humano a imagen de Dios supondrá amar y ser amado por otras personas, hablar, reír, pensar, etc. Sin embargo, todo eso no es necesario, porque el niño recién concebido ya es amado personalmente por Dios y ese amor personal creador es el que basa su ser persona, que nadie le podrá quitar, ni siquiera un ilustrísimo señor profesor de bioética.
Por otra parte, afirmar que un niño que probablemente morirá al nacer no es un ser humano, simplemente porque no sobrevivirá al parto es una barbaridad tan grande que cuesta creer que haya sido pronunciada. ¿Este hombre no lee lo que escribe? Que se lo diga, si se atreve, a una madre que espera un niño. Que le diga a una madre embarazada de ocho meses que su hijo, si se muere al nacer, nunca habrá sido un ser humano, que no puede rezar por él porque no es más que un tejido, que Dios no tendrá misericordia de él, que no podrá bautizarlo en el momento de nacer justo antes de que muera, que no la esperará en el cielo… Según mi experiencia, si se atreve a hacerlo deseará estar en manos de la Congregación para la Doctrina de la Fe del siglo XVI, porque no le quedará un hueso sano en el cuerpo.
Eso sí, hay que otorgar un sobresaliente en humor al P. Masiá, por esta frase:
“A quien trata estas cuestiones en el marco académico del estudio de la ética, le duele el tratamiento simplista del tema”.
La sublime ironía de esta frase, el contraste brutal y ridículo entre la pose de indignación moral ético-académica y la abrumadora ignorancia manifestada en el resto del artículo merece entrar en la Historia del sentido del humor con letras de oro. Claramente, su auténtica vocación era la de cómico profesional. Cuando el P. Masiá decidió hacerse jesuita, la Iglesia perdió a un gran humorista. Por desgracia, no ganó con ello ni a un jurista, ni a un biólogo, ni a un matemático, ni a un teólogo ni mucho menos a un experto en bioética, todos ellos ámbitos para los cuales claramente no está preparado.
P. Masiá, por favor, haga un favor a la Iglesia y al mundo y vuelva a su vocación frustrada de humorista.

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