sábado, 21 de abril de 2012

CRISTO HA RESUCITADO VERDADERAMENTE. ¡Aleluya!


Suele decirse que emplear las mayúsculas al escribir en internet es como dar un grito cuando se está conversando: un signo de mala educación. Pero toda norma tiene sus excepciones. En estos días pascuales los cristianos gritamos al mundo que Cristo HA RESUCITADO VERDADERAMENTE, y lo hacemos con una alegría indecible, que trata de expresar la inefable palabra: «¡Aleluya!».
Hace unos días la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, con la aprobación de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, publicó una Notificación sobre algunas obras del Prof. Andrés Torres Queiruga. Y entre «los elementos de la fe de la Iglesia que quedan distorsionados en sus escritos» (26), reprueba un error que no pocos de nuestros fieles lectores van a tener que escuchar y padecer en las predicaciones de las Misas del tiempo pascual. En efecto, son frecuentes los Evangelios de esos días que recuerdan las numerosas apariciones de Jesús, habidas entre su Resurrección y su Ascensión a los cielos. Pues bien, precisamente estos días se verá «distorsionada» esta fe en aquellas Iglesias locales donde «nuevos paradigmas», como los de Queiruga, Pagola y tantos otros, han prevalecido sobre la fe de la Iglesia. Como la Notificación aludida denuncia estos errores, reafirmando la fe católica, convendrá recordarla –los subrayados son míos­–:
20. «Esto nos lleva a la cuestión central que no es otra que el contenido de la fe en la Resurrección. Para Torres Queiruga el acontecimiento de la Resurrección es una acción de Dios por la que impide que Jesús sea anulado por la muerte. La fe en la Resurrección no es aceptar la verdad de un acontecimiento histórico y del que haya manifestaciones históricamente comprobadas, sinotener la convicción de que Jesús está vivo, en un modo de vida en la que hay una ausencia de corporeidad. Por ello, la Resurrección del cuerpo no es un elemento esencial de la fe pascual. Es más, en el pensamiento de Torres Queiruga, lo lógico es que el cuerpo no haya resucitado.Tampoco las apariciones son acontecimientos esenciales para la fe en la Resurrección. Son simplemente “algún tipo de experiencia singular”. El problema, por tanto, no está sólo en que no acepte las apariciones como “manifestaciones históricamente comprobadas” de la Resurrección, sino en que para él estos acontecimientos no han podido ocurrir. Su modo de explicar la fe en la Resurrección de Cristo no incluye ni la resurrección del cuerpo ni las apariciones.
21. «Estas afirmaciones del Profesor Torres Queiruga modifican sustancialmente la comprensión que la fe de la Iglesia mantiene a propósito de la Resurrección. El que la Resurrección del Señor no sea una simple revivificación de un cadáver, no conlleva necesariamente que sea algo ajeno a la historia y sin posibilidad de ser verificado por testigos de una manera objetiva. El Catecismo de la Iglesia Católica, que debe ser considerado “como regla segura para la enseñanza de la fe” [Juan Pablo II, Const. apost. Fidei depositum, 1992, n.4], recoge de una manera muy precisa cómo se debe entender la Resurrección, las apariciones y el sepulcro vacío».
Un grupo de teólogos, entre ellos algunos de la competencia de la benedictina Teresa Forcades, declaraba públicamente, «como compañeros y amigos de Andrés Torres Queiruga» (4-IV-2012), lo que más o menos su defendido había ya declarado antes:
«La teología que rezuma la Notificación difícilmente recibiría el aprobado en un examen de la mayoría de las Facultades teológicas del mundo […] No es de recibo que el Catecismo de la Iglesia Católica sea uno de los referentes desde el que se evalúa y se juzga la consonancia de la teología de Andrés Torres Queiruga con la verdad de la fe».
Los que aceptamos las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica, en comunión con los cerca de 4.000 Obispos que lo aprobaron y con el Papa, apenas mereceríamos «un aprobadillo raspado» en ciertas Facultades de teología. Lo cual, dicho sea de paso, es cierto. Tan cierto como lamentable. Pero vengamos ya a recordar lo que el Catecismo enseña a los fieles, a los párrocos, a los Obispos y a los teólogos sobre la Resurrección de Jesús, proclamando hoy la fe de la Iglesia Católica.
644 «Tan imposible les parece la cosa [a los apóstoles] que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24,38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24,39). “No acababan de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24,41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20,24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin embargo dudaron” (Mt 28,17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, –bajo la acción de la gracia divina– su fe en la Resurrección nació de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.
645 «Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24,39; Jn 20,27) y el compartir la comida (cf. Lc 24, 30.41-43; Jn 21, 9.13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado,ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf. Lc 24,40; Jn 20, 20.27). Este cuerpo auténtico y real, sin embargo, posee al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28,9.16-17; Lc 24,15. 36; Jn 20,14.19.26; 21,4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20,17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o “bajo otra figura” (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).
646 «La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1Co 15,35-50).
647 «“¡Qué noche tan dichosa —canta el Exultet de Pascua—, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!”. En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los Apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, «a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo (Hch 13,31)».
El Catecismo de la Iglesia Católica es una de las más preciosas herencias que nos dejó el pontificado del Beato Juan Pablo II. Comenzó a elaborarse en 1986, respondiendo a la indicación del Sínodo de los Obispos hacía poco celebrado, y se promulgó y publicó en 1992, después de innumerables trabajos y revisiones en las que intervinieron los Obispos y también profesores de las Facultades teológicas de todo el mundo. (¡Yo también colaboré!). Por eso, cuando fue promulgado en la Constitución Apostólica Fidei depositum (11-X-1992), el texto no solamente enseñaba la fe de la Iglesia, sino que también reprobaba directa y expresamente los errores que en esos años se estaban difundiendo, como éstos que he recordado sobre la Resurrección de Cristo. Sobre su valor doctrinal, Juan Pablo II escribía en ese documento:
«El Catecismo de la Iglesia Católica… es la exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas e iluminadas por la sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio de la Iglesia. Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial» (n.4).
Si algún párroco o catequista habla de la Resurrección de Cristo, y duda entre seguir la enseñanza de Pagola, Queiruga y otros que coinciden con ellos, o seguir, si es distinta, la enseñanza del Catecismo, sepa que debe en conciencia atenerse a lo que la Iglesia enseña en suCatecismo. De otro modo, estará difundiendo en el pueblo cristiano errores contrarios a la fe. Una Iglesia local se ve deteriorada por todos los pecados que en ella se cometen –violencias, mentiras, injusticias, anticoncepción, pederastia, abortos, etc.–, pero lo que realmente consigue que se derrumbe una Iglesia es la prevalencia en ella de los errores contrarios a la fe. Y es que la fe es el fundamento sobre el cual se edifica la Iglesia de Cristo, «columna y fundamento de la verdad» (1Tim 3,15). La apostasía de gran parte de Occidente ha venido no tanto por ataques ideológicos procedentes del exterior de la Iglesia, sino porque dentro de la propia Iglesia –en palabras de Juan Pablo II– «se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre. Y se han propalado verdaderas y propias herejías en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones» (6-II-1981).
Resurrexit Dominus vere! Alleluia!
José María Iraburu, sacerdote

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