jueves, 1 de marzo de 2012

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli VIII


San Pablo de la Cruz
CAPÍTULO VII
Del ejercicio y buen uso de las potencias, y primeramente del entendimiento; y necesidad que tenemos de guardarlo de la ignorancia y de la curiosidad.
Si en el combate espiritual no tuviésemos otras armas que la desconfiar de nosotros mismos y la confianza en Dios, no solamente no podríamos vencer nuestras pasiones, más caeríamos en frecuentes y graves faltas. Por esta causa es necesario añadir a estas virtudes el ejercicio y buen uso de nuestras potencias, que es la tercera cosa que hemos propuesto como medio necesario para adquirir la perfección.
Este ejercicio consiste principalmente en reglar bien el entendimiento y voluntad.
El entendimiento debe conservarse siempre libre y exento de dos grandes vicios que suelen pervertirlo: el uno es la ignorancia, la cual le impide el conocimiento de la verdad, que es su propio objeto. Es necesario, pues, iluminarlo de tal suerte con el ejercicio, que vea y conozca con claridad lo que se debe hacer para purificar el alma de las pasiones desordenadas, y adornarla de virtudes. Esta luz se alcanza por dos medios: el primero y más importante es la oración, pidiendo al Espíritu Santo que se digne infundirla en nuestros corazones; y no dudes, hija mía, que el Señor te la comunicará abundantemente, siempre que de veras lo busques y desees cumplir su divina ley, y sujetes tu propio juicio al de tus superiores o padres espirituales.
El segundo es una aplicación continua a considerar y examinar bien las cosas que se presentan, para conocer si son buenas o malas, juzgando de su bondad o de su malicia, no por la exterior apariencia con que se presentan a los sentidos (1 Reg. XVI, 7), ni según la opinión del mundo, sino según la idea que nos da el Espíritu Santo. Esta consideración y examen nos hará conocer con evidencia que lo que el mundo ama y busca con tanto ardor es ilusión y mentira; que los honores y placeres de la tierra no son otra cosa que vanidad y aflicción de espíritu (Eccles. X); que las injurias y los oprobios son para nosotros ocasiones de verdadera gloria, y las tribulaciones, de verdadero contento; que el perdonar y hacer bien a nuestros enemigos es magnanimidad, y una de las acciones que nos hacen más semejantes a Dios; que vale más despreciar el mundo, que poseerlo; que es mayor generosidad y grandeza de ánimo obedecer con gusto por amor de Dios a las más viles
criaturas, que mandar a grandes príncipes; que el humilde conocimiento de nosotros mismos debe apreciarse más que las ciencias más sublimes; y últimamente que el vencer y mortificar los propios apetitos por pequeños que sean, merece mayor alabanza que conquistar muchas ciudades, vencer grandes ejércitos con las armas, obrar milagros y resucitar muertos.

No hay comentarios:

Compartir