miércoles, 1 de febrero de 2012

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli III


San Francisco de Asís


CAPÍTULO II 
De la desconfianza de sí mismo
La desconfianza propia, hija mía, nos es tan necesaria en el combate espiritual, que sin esa virtud no solamente no podremos triunfar de nuestros enemigos, pero ni aun vencer la más leve de nuestras pasiones.
Debes imprimir y grabar profundamente en tu espíritu esta verdad; porque aunque verdaderamente no somos más que nada, no obstante no dejamos de concebir una falsa estimación de nosotros mismos, y persuadiéndonos sin fundamento que somos algo, presumimos vanamente de nuestras propias fuerzas.
Este vicio, hija mía, es un funesto y monstruoso efecto de la corrupción de nuestra naturaleza, y desagrada mucho a los ojos de Dios, el cual desea siempre en nosotros un fiel y profundo conocimiento de esta verdad: que no hay virtud ni gracia en nosotros que no proceda de su bondad, como de fuente y origen de todo bien, y que de nosotros no puede nacer algún pensamiento que le sea agradable.
Pero si bien esta importante desconfianza de nosotros mismos es un don del cielo que Dios comunica a sus escogidos, ya con santas aspiraciones, ya con ásperos castigos, ya con violentas y casi insuperables tentaciones, porque su divina Majestad quiere que hagamos de nuestra parte todo el esfuerzo posible para adquirirla, te propongo cuatro medios con los cuales, ayudada del socorro de la gracia, infaliblemente la alcanzarás.
El primero es que consideres tu vileza y tu nada, y reconozcas que con tus fuerzas naturales no eres capaz de obrar algún bien por el cual merezcas entrar en el reino de los cielos.
El segundo, que con fervor y humildad pidas frecuentemente a Dios esta virtud; porque es don suyo, y para obtenerla debes desde luego persuadirte, no solamente de que no la tienes, sino también de que nunca podrás adquirirla por ti misma. Después, postrándote en la presencia del Señor, se la pedirás con fe viva de que por su infinita bondad se dignará concedértela; y si perseveras constante en esta esperanza, por todo el tiempo que dispusiere su providencia, no dudes que la alcanzarás.
El tercer medio es que te acostumbres poco a poco a no fiarte de ti misma, y a temer las ilusiones de tu propio juicio, la violenta inclinación de nuestra naturaleza al pecado, y la terrible multitud de enemigos que nos cercan de todas partes, que son sin comparación más astutos y fuertes que nosotros, que saben transformarse en ángeles de luz (II Cor. XI, 14), y ocultamente nos tienden lazos en el camino mismo del cielo.
El cuarto medio es que, cuando cayeres en alguna falta entres más vivamente en la consideración de tu propia flaqueza, y entiendas que Dios no permite nuestras caídas sino solamente a fin de que, alumbrados de una buena luz, nos conozcamos mejor, y aprendamos a menospreciarnos como viles criaturas, y concibamos un sincero deseo de ser menospreciados de los demás.
Sin este menosprecio, hija mía, no esperes adquirir jamás, perfectamente, la desconfianza de ti misma, la cual se funda en la verdadera humildad, y en un conocimiento experimental de nuestra miseria; porque es cosa inefable y clara que, quien desea unirse con la soberana luz y verdad increada, debe conocerse bien a sí mismo, y no ser como los soberbios y presuntuosos, que se instruyen con sus propias caídas, y sólo empiezan a abrir los ojos cuando han incurrido en algún grave error y desorden de que vanamente imaginaban que podrían defenderse. Lo cual Dios permite así a fin de que reconozcan su flaqueza, y con esa funesta experiencia vengan a desconfiar de sus propias fuerzas.
Pero Dios no se sirve ordinariamente de un remedio tan áspero para curar esta presunción, sino cuando los remedios más fáciles y suaves no han producido el efecto que su divina Majestad pretende. Su providencia permite que el hombre caiga más o menos veces, según ve que es mayor o menor su presunción y soberbia; de manera que, si se hallase alguno tan exento de este vicio, como lo fue la bienaventurada Virgen María, nuestra Señora, es claro que no caería jamás en ninguna falta.
Todas las veces, pues, que cayeres, recurre sin tardanza al humilde conocimiento de ti misma, y con ferviente oración pide al Señor que te dé su luz para que te conozcas tal cual eres verdaderamente a sus ojos, y no presumas de tu virtud; de otra suerte no dejarás de reincidir de nuevo en las mismas faltas, y por ventura cometerás otras más graves, que causarán la pérdida de tu alma.

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