miércoles, 25 de enero de 2012

El Combate Espiritual - Lorenzo Scúpoli I

San Francisco de Sales

EL COMBATE ESPIRITUAL
de
LORENZO SCÚPOLI

INTRODUCCIÓN
No hay mejor recomendación que la de San Francisco de Sales: ―El Combate Espiritual‖ es un gran libro; quince años ha que lo llevó continuamente en el bolsillo, y nunca lo ha leído sin sacar algún provecho (Cartas, 1-2 [55]… ―El Combate Espiritual‖, que es mi libro favorito y privilegiado... (Cartas, II-4 [94]… A pesar de considerar a la ―Imitación de Cristo‖ como toda de oro, excediendo la alabanza, el Santo recomendaba más el ―Combate Espiritual‖ (Camus, ―El Espíritu de San Francisco de Sales‖). Preguntado por Monseñor Camus, obispo de Belley, quién era su director o maestro de espíritu, me respondió, sacando del bolsillo el ―Combate Espiritual‖: Éste es el que con la divina asistencia ha gobernado desde mi juventud; éste es mi maestro en las cosas del espíritu y de la vida interior. Después que, siendo estudiante en Padua, un Padre teatino me dio noticias de él y me aconsejó lo leyese, he seguido su parecer y me hallo muy bien con él. Fue compuesto por una persona muy grave en aquella ilustre Congregación, que ocultó su nombre particular, y lo dejó correr con el de su Religión, que se sirve de él en la misma forma que los venerables Padres de la Compañía de Jesús, del libro de los Ejercicios de su Santo Padre Ignacio de Loyola‖ (Camus, op. cit...).
Lorenzo Scúpoli nació en Otranto hacia el año 1530 y murió en Nápoles el 28 de noviembre de 1610, en el convento de San Pablo el Mayor. San Andrés Avellino fue el instrumento del que Dios se valió para llamar a Scúpoli a la vida religiosa. Entró en la Congregación de los clérigos regulares de San Cayetano (teatinos) en 1550, pronunciaba sus votos en 1572 y en 1577 fue ordenado sacerdote en Placencia, la noche de Navidad. Calumniado, fue reducido en 1585 a la condición de hermano lego por decisión de un capítulo general de su orden. Lorenzo aceptó heroicamente la dura prueba, que cesará solamente al fin de su vida. 25 años de oscura práctica de lo que es la sustancia del ―Combate Espiritual‖ (sin duda fruto de esta pasión adoradora). ―...tú no debes poner tu principal cuidado en querer y ejecutar lo que según su naturaleza es más noble y excelente, sino en obrar lo que Dios pide y desea particularmente de ti‖. 

Al supremo Capitán y gloriosísimo Triunfador JESUCRISTO Hijo DE MARÍA SANTÍSIMA, y SEÑOR NUESTRO
 
Siempre agradaron, Señor, a Vuestra Divina Majestad los sacrificios y ofrendas que los mortales hacen con pura intención de vuestra santísima gloria. Por esta razón os ofrezco este breve tratado del Combate espiritual. No me desanima que la ofrenda sea pequeña; porque no ignoro que sois aquel sublime Señor que se deleita en las cosas humildes, y desprecia las grandezas del mundo, su ambición y sus vanidades. Pero, ¿cómo pudiera yo, sin grave detrimento mío, y sin que se me imputase a culpa, dedicarlo a otro que a Vuestra Divina Majestad, Rey del cielo y de la tierra? Los documentos de este libro salieron de vuestra escuela, y vuestra es su doctrina; pues nos enseñáis y mandáis que, Desconfiando de nosotros, Confiemos en Vos, Combatamos y oremos.
Además, en todo combate se necesita de un capitán experimentado que guíe los escuadrones, y anime los soldados, que tanto más valerosamente pelean cuanto creen más invencible al capitán debajo de cuya bandera militan. Y ¿no tendrá necesidad de un valeroso y experimentado caudillo, este espiritual Combate? A Vos, pues, poderosísimo Jesús, escogemos por nuestro Capitán, todos los que estamos resueltos a combatir nuestras pasiones, y a vencer a nuestros enemigos; a Vos, digo, que habéis vencido al mundo y al príncipe de las tinieblas, y con vuestra preciosísima sangre,
y sacratísima pasión y muerte habéis fortalecido la fragilidad de los que valerosamente pelearon, y pelearán hasta el fin del mundo. Cuando disponía, Señor, y ordenaba este Combate, me venían a la memoria aquellas palabras de vuestro vaso de elección: Non quod sufficientes simus cogitare aliquid a nobis, quasi ex nobis1, que sin Vos y sin vuestra asistencia no podemos tener un solo pensamiento que sea bueno; ¿cómo, pues, podremos, solos, pelear con tantos y tan poderosos enemigos, y no caer en las ocultas redes que nos tienden, ni en los lazos2 que para nuestra ruina disimuladamente nos arman? Vuestro es, Señor, este Combate por todas las razones; por que, como he dicho, vuestra es su doctrina, y vuestros son los que militan en esta espiritual milicia, entre los cuales estamos alistados los Clérigos regulares Teatinos; y así postrados todos a vuestros sacratísimos pies, os pedimos que aceptéis esta ofrenda, y recibáis este Combate, moviendo siempre, y esforzando nuestra flaqueza con el auxilio de vuestra gracia actual, para pelear generosa mente; estando, como estamos, ciertos de que, peleando Vos en nosotros3 y con nosotros, alcanzaremos la deseada victoria, para gloria vuestra y de vuestra Madre, María santísima, nuestra Señora.
 
Vuestro más humilde siervo, redimido con vuestra preciosísima sangre,
 
Lorenzo Scúpoli C. R.
 
1 II Cor. III. 5. 
2 Psalm. CXXXIX, 6. 
3 Judit. V.–S. Cyprian. ad Martyr. et Confess. epíst. 8.

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