jueves, 30 de junio de 2011

Crece el número de ordenaciones de sacerdotes jóvenes en EE.UU.

EL 15 POR CIENTO SON HISPANOS
Interesantes datos arrojan los resultados de una curiosa encuesta realizada sobre 333 nuevos sacerdotes de un total de 480 ordenados o por ordenarse en los Estados Unidos en 2011. Más de la mitad de las ordenaciones son de jóvenes con edades entre los 25 y los 34 años de edad, lo que demuestra que hay una fuerte tendencia entre los hombres jóvenes a convertirse en sacerdotes
(Aica) Al publicar las estadísticas de este año, la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos señaló que es el quinto año consecutivo en el que crecen las ordenaciones de sacerdotes jóvenes, tanto para el clero diocesano como para los institutos religiosos. La edad media en la que los encuestados comenzaron a sentir su vocación es de 16 años.
El Centro para la Investigación Aplicada en el Apostolado (CARA) de la Universidad de Georgetown que realizó la encuesta, destacó que la mayoría de la promoción, de los cuales el 15% son hispanos, han sido católicos desde su nacimiento, prácticamente el 8% entró en la Iglesia más tarde.

Perfil de los nuevos sacerdotes

Alrededor de un tercio tiene un pariente sacerdote o religioso, y más de la mitad de la promoción tiene más de dos hermanos, un cuarto de la misma tiene cinco o más hermanos. A esto se le añade que el 70% del total es asiduo en el rezo regular del Rosario, y el 65% participaba en la Adoración Eucarística antes de entrar en el Seminario. El informe también destaca que el 21% de los que se han ordenado, participó en las Jornadas Mundiales de la Juventud antes de entrar en el Seminario.
Fue un sacerdote el que animó a un 66% de los encuestados a considerar la vocación el sacerdocio. El 71% contó haber sido alentado en su discernimiento vocacional, por un amigo, padre, abuelo, pariente o feligrés de la parroquia, mientras que la mitad también informó haber sido desanimado por alguien. 
Los actividades extra-curriculares más habituales en esta promoción son: escuchar música (73%), leer (67%), ver películas (62%), fútbol (41%), senderismo (33%), cocina (33%) y tocar algún instrumento musical (33%). 
El grupo de este año incluye a un hombre sordo de nacimiento, a varios refugiados provenientes de Vietnam, a veteranos militares y a ministros convertidos de otras religiones.

martes, 28 de junio de 2011

El cardenal Angelo Scola, nuevo arzobispo de Milán

PATRIARCA DE VENECIA DESDE 2002
Con fecha 28 de junio de 2011, víspera la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, el Papa Benedicto XVI ha nombrado nuevo arzobispo metropolitano de Milán al hasta ahora patriarca de Venecia, cardenal Angelo Scola, sucediendo al cardenal Dionigi Tettamanzi, de 77 años. Es miembro de las Congregaciones para el Culto Divino y para el Clero, así como de los Pontificios Consejos de Familia, Cultura y Nueva Evangelización. La archidiócesis metropolitana de Milán cuenta con 1.107 parroquias, más de 3.000 sacerdotes y más de 5 millones de habitantes.
(Vatican Insider / InfoCatólica) El Papa ha elegido al cardenal Angelo Scola como sucesor de Dionigi Tettamanzi en la cátedra de san Ambrosio. El cardenal Tettamanzi quedará como administrador apostólico de la diócesis ambrosiana hasta que llegue su sucesor, cuyo ingreso se verificará con toda probabilidad en septiembre.
Según explica Andrea Tornielli en Vatican Insider, Benedicto XVI, tras casi sesenta años de nombramientos papales directos, quiso que las candidaturas para la diócesis de Milán siguieran todos los pasos previstos. En febrero, el nuncio apostólico en Italia, Giuseppe Bertello, comunicó las consultas: hubo tres, que involucraron a un enorme número de cardenales, obispos, sacerdotes y laicos. La lista de los nombres se redujo primero a cinco y luego a tres. La indicación final favoreció a Scola.
Pero muchas señales precisas permiten pensar que Ratzinger lo consideraba desde el principio, por la estima personal y la amistad que data desde hace cuarenta años. Scola participó en el Cónclave de 2005 y sigue manteniendo una relación personal con el Pontífice: es suya la sugerencia, retomada por el Papa, de instituir un dicasterio para la nueva evangelización.
La Archidiócesis metropolitana de Milán es una de las más importantes y vastas del mundo: cuenta con 1107 parroquias, agrupadas en 73 decanatos y 7 zonas pastorales. El número de habitantes es superior a los 5 millones. Los sacerdotes empeñados en la zona pastoral son más de tres mil (dos mil diocesanos y mil religiosos), los párrocos son más de 800.
El nombramiento en Milán ha interesado particularmente a los medios de comunicación, dada su importancia en el panorama eclesiástico italiano, europeo y mundial: durante el siglo XX, dos arzobispos de Milán fueron Papas, Achille Ratti (Pío XI, 1922-1939) y Giovanni Battista Montini (Pablo VI, 1963-1978).

Biografía del cardenal Scola

Nació en Malgrate (Lecco, Lombardía) en 1941. Fue ordenado sacerdote en 1970.
Doctor en Filosofía (Universidad Católica, Milán) y en Teología (Friburgo, Suiza). 
Hasta 1991, fue colaborador activo de Comunión y Liberación, director del Instituto de Estudios para la Transición de Milán (cuyas siglas en inglés son ISTRA); colaborador en el establecimiento y miembro del comité ejecutivo de la edición italiana de Rivista Internazionale Communio; y realizó trabajo pastoral tanto dentro como fuera de Italia. 
Desde 1982 enseña Antropología Teológica en el Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia en la Pontificia Universidad Lateranense. 
Desde 1986 hasta 1991 fue consultor de la Congregación de la Doctrina de la Fe; en 1987 fue perito en la Asamblea de Sínodo de los Obispos sobre la vocación y la misión de los laicos; desde 1991 hasta 1996 fue consultor del Pontificio Consejo para los Operadores Sanitarios; desde 1996 hasta 2001 fue Miembro del mismo Pontificio Consejo; desde 1994 es Miembro de la Congregación para el Clero.
Nombrado obispo de Grosetto el 20 de julio de 1991 y ordenado el 21 de septiembre del mismo año. El lema episcopal recita: «Sufficit gratia tua» (cfr. 2, Cor.12, 9), «Basta Tu gracia». Ejerció el ministerio en Grossetto hasta el 14 de septiembre de 1995. 
El 24 de julio de 1995 el Santo Padre le encarga el puesto de Rector Magnífico de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y, el 29 de septiembre del mismo año, el puesto de Presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para los estudios sobre el matrimonio y la familia. 
Desde junio de 1995, Mons. Scola es miembro de la Comisión Episcopal para la Educación Católica, la Escuela y la Universidad de la Conferencia Episcopal Italiana; y desde enero de 1996 es Presidente del Comité para los Institutos de Ciencias Religiosas. En este marco afronta las cuestiones legadas a la formación teológica de los laicos en Italia.
Desde 1996 es consultor del Pontificio Consejo para la Familia.
Desde 1996 hasta 2001 fue miembro del Pontificio Consejo para los Operadores Sanitarios. 
El 5 de enero de 2002 es nombrado, por el Santo Padre, Patriarca de Venecia. Ingresa a la diócesis el 3 de marzo de 2002.  
El 28 de septiembre de 2003 es designado, por el Santo Padre, Cardenal de la Santa Romana Iglesia y confirmado durante el Consistorio público del 21 de octubre de 2003.
Después de su nombramiento como cardenal, el 10 de noviembre de 2003 es confirmado como miembro del Comité de la Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia y como miembro de la Congregación para el Clero.
El 14 de octubre de 2004 es nombrado miembro del Comité de la Presidencia del Pontificio Consejo para los Laicos.
El 19 de enero de 2005 es designado miembro de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. El 6 de marzo de 2005 recibe los nombramientos de miembro de la Prefectura de los Asuntos Económicos de la Santa Sede y, el 18 de marzo de 2005, de Relator General en la XI Asamblea General ordinaria del Sínodo de los Obispos de octubre de 2005 sobre “La Eucaristía: fuente y cúlmine de la vida y de las misiones de la Iglesia”.
Desde enero de 2009 es miembro del Pontificio Consejo para la Cultura.
Desde enero de 2011 es miembro del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización.
Además del italiano, habla francés y alemán. Es autor de numerosas publicaciones. Sobre cuestiones relacionadas con la sanidad ha escrito diversos volúmenes: “Si quieres, puedes curarme. La salud entre esperanza y utopía” y “La buena salud”. También ha escrito dos volúmenes de antropología teológica: “Cuestiones de Antropología Teológica” (y la segunda edición ampliada y revisada) y “La persona humana. Manual de antropología teológica”, además de la monografía en dos volúmenes dedicada a la sexualidad humana y a las cuestiones relacionadas con el matrimonio y la familia: “El misterio nupcial”: “Hombre-Mujer” (vol. 1) y “Matrimonio y familia” (vol. 2).
Además de estos libros, traducidos a diferentes lenguas, la bibliografía de Mons. Scola consiste en alrededor de 120 publicaciones científicas en volúmenes colectivos y en revistas teológicas y filosóficas internacionales.  
Es el fundador de un centro de estudios y de una revista en varias lenguas, entre las que cuales está el árabe y el urdu, “Oasis”, dedicada a las Iglesias cristianas en los países de mayoría musulmana.

domingo, 26 de junio de 2011

Encíclica MYSTERIUM FIDEI


CARTA ENCÍCLICAMYSTERIUM FIDEI
DE SU SANTIDAD
PABLO VI
SOBRE LA DOCTRINA Y CULTO DE LA SAGRADA EUCARISTÍA

1. El misterio de fe, es decir, el inefable don de la Eucaristía, que la Iglesia católica ha recibido de Cristo, su Esposo, como prenda de su inmenso amor, lo ha guardado siempre religiosamente como el tesoro más precioso, y el Concilio Ecuménico Vaticano II le ha tributado una nueva y solemnísima profesión de fe y culto. En efecto, los Padres del Concilio, al tratar de restaurar la Sagrada Liturgia, con su pastoral solicitud en favor de la Iglesia universal, de nada se han preocupado tanto como de exhortar a los fieles a que con entera fe y suma piedad participen activamente en la celebración de este sacrosanto misterio, ofreciéndolo, juntamente con el sacerdote, como sacrificio a Dios por la salvación propia y de todo el mundo y nutriéndose de él como alimento espiritual.

Porque si la Sagrada Liturgia ocupa el primer puesto en la vida de la Iglesia, el Misterio Eucarístico es como el corazón y el centro de la Sagrada Liturgia, por ser la fuente de la vida que nos purifica y nos fortalece de modo que vivamos no ya para nosotros, sino para Dios, y nos unamos entre nosotros mismos con el estrechísimo vínculo de la caridad.
Y para resaltar con evidencia la íntima conexión entre la fe y la piedad, los Padres del Concilio, confirmando la doctrina que la Iglesia siempre ha sostenido y enseñado y el Concilio de Trento definió solemnemente juzgaron que era oportuno anteponer, al tratar del sacrosanto Misterio de la Eucaristía, esta síntesis de verdades:
«Nuestro Salvador, en la Ultima Cena, la noche en que él era traicionado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrifico de la cruz y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» [1].
Con estas palabras se enaltecen a un mismo tiempo el sacrificio, que pertenece a la esencia de la misa que se celebra cada día, y el sacramento, del que participan los fieles por la sagrada comunión, comiendo la carne y bebiendo la sangre de Cristo, recibiendo la gracia, que es anticipación de la vida eterna y la medicina de la inmortalidad, conforme a las palabras del Señor: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día» [2].
Así, pues, de la restauración de la sagrada liturgia Nos esperamos firmemente que brotarán copiosos frutos de piedad eucarística, para que la santa Iglesia, levantando esta saludable enseña de piedad, avance cada día más hacia la perfecta unidad [3] e invite a todos cuantos se glorían del nombre cristiano a la unidad de la fe y de la caridad, atrayéndolos suavemente bajo la acción de la divina gracia.
Nos parece ya entrever estos frutos y como gustar ya sus primicias en la alegría manifiesta y en la prontitud de ánimo con que los hijos de la Iglesia católica han acogido la Constitución de la sagrada liturgia restaurada; y asimismo en muchas y bien escritas publicaciones destinadas a investigar con mayor profundidad y a conocer con mayor fruto la doctrina sobre la santísima Eucaristía, especialmente en lo referente a su conexión con el misterio de la Iglesia.
Todo esto nos es motivo de no poco consuelo y gozo, que también queremos de buen grado comunicaros, venerables hermanos, para que vosotros, con Nos, deis también gracias a Dios, dador de todo bien, quien, con su Espíritu, gobierna a la Iglesia y la fecunda con crecientes virtudes.
Motivos de solicitud pastoral y de preocupación
2. Sin embargo, venerables hermanos, no faltan, precisamente en la materia de que hablamos, motivos de grave solicitud pastoral y de preocupación, sobre los cuales no nos permite callar la conciencia de nuestro deber apostólico.
En efecto, sabemos ciertamente que entre los que hablan y escriben de este sacrosanto misterio hay algunos que divulgan ciertas opiniones acerca de las misas privadas, del dogma de la transustanciación y del culto eucarístico, que perturban las almas de los fieles, causándoles no poca confusión en las verdades de la fe, como si a cualquiera le fuese lícito olvidar la doctrina, una vez definida por la Iglesia, o interpretarla de modo que el genuino significado de las palabra o la reconocida fuerza de los conceptos queden enervados.
En efecto, no se puede —pongamos un ejemplo— exaltar tanto la misa, llamada comunitaria, que se quite importancia a la misa privada; ni insistir tanto en la naturaleza del signo sacramental como si el simbolismo, que ciertamente todos admiten en la sagrada Eucaristía, expresase exhaustivamente el modo de la presencia de Cristo en este sacramento; ni tampoco discutir sobre el misterio de la transustanciación sin referirse a la admirable conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo y de toda la sustancia del vino en su sangre, conversión de la que habla el Concilio de Trento, de modo que se limitan ellos tan sólo a lo que llaman transignificación y transfinalización; como, finalmente, no se puede proponer y aceptar la opinión, según la cual en las hostias consagradas, que quedan después de celebrado el santo sacrificio de la misa, ya no se halla presente Nuestro Señor Jesucristo.
Todos comprenden cómo en estas opiniones y en otras semejantes, que se van divulgando, reciben gran daño la fe y el culto de la divina Eucaristía.
Así, pues, para que la esperanza suscitada por el Concilio de una nueva luz de piedad eucarística que inunda a toda la Iglesia, no sea frustrada ni aniquilada por los gérmenes ya esparcidos de falsas opiniones, hemos decidido hablaros, venerables hermanos, de tan grave tema y comunicaros nuestro pensamiento acerca de él con autoridad apostólica.
Ciertamente, Nos no negamos a los que divulgan tales opiniones el deseo nada despreciable de investigar y poner de manifiesto las inagotables riquezas se tan gran misterio, para hacerlo entender a los hombres de nuestra época; más aún; reconocemos y aprobamos tal deseo; pero no podemos aprobar las opiniones que defienden, y sentimos el deber de avisaros sobre el grave peligro que esas opiniones constituyen para la recta fe.
La sagrada Eucaristía es un Misterio de fe
3. Ante todo queremos recordar una verdad, por vosotros bien sabida, pero muy necesaria para eliminar todo veneno de racionalismo; verdad, que muchos católicos han sellado con su propia sangre y que celebres Padres y Doctores de la Iglesia han profesado y enseñado constantemente, esto es, que la Eucaristía es un altísimo misterio, más aún, hablando con propiedad, como dice la sagrada liturgia, el misterio de fe. Efectivamente, sólo en él, como muy sabidamente dice nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, se contienen con singular riqueza y variedad de milagros todas las realidades sobrenaturales [4].
Luego es necesario que nos acerquemos, particularmente a este misterio, con humilde reverencia, no siguiendo razones humanas, que deben callar, sino adhiriéndonos firmemente a la Revelación divina.
San Juan Crisóstomo, que, como sabéis, trató con palabra tan elevada y con piedad tan profunda el misterio eucarístico, instruyendo en cierta ocasión a sus fieles acerca de esta verdad, se expresó en estos apropiados términos: «Inclinémonos ante Dios; y no le contradigamos, aun cuando lo que Él dice pueda parecer contrario a nuestra razón y a nuestra inteligencia; que su palabra prevalezca sobre nuestra razón e inteligencia. Observemos esta misma conducta respecto al misterio [eucarístico], no considerando solamente lo que cae bajo los sentidos, sino atendiendo a sus palabras, porque su palabra no puede engañar» [5].
Idénticas afirmaciones han hecho con frecuencia los doctores escolásticos. Que en este sacramento se halle presente el cuerpo verdadero y la sangre verdadera de Cristo, no se puede percibir con los sentidos —como dice Santo Tomás—, sino sólo con la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios. Por esto, comentando aquel pasaje de San Lucas 22, 19: «Hoc est corpus meum quod pro vobis tradetur», San Cirilo dice: «No dudes si esto es verdad, sino más bien acepta con fe las palabras del Salvador: porque, siendo Él la verdad, no miente» [6].
Por eso, haciendo eco al Docto Angélico, el pueblo cristiano canta frecuentemente: Visus tactus gustus in te fallitur, sed auditu solo tuto creditur: Credo quidquid dixit Dei Filius, Nil hoc Verbo veritatis verius. [«En ti se engaña la vista, el tacto, el gusto; sólo el oído cree con seguridad. Creo lo que ha dicho el Hijo de Dios, pues nada hay más verdadero que este Verbo de la verdad»].
Más aún, afirma San Buenaventura: «Que Cristo está en el sacramento como signo, no ofrece dificultad alguna; pero que esté verdaderamente en el sacramento, como en el cielo, he ahí la grandísima dificultad; creer esto, pues, es muy meritorio» [7].
Por lo demás, esto mismo ya lo insinúa el Evangelio, cuando cuenta cómo muchos de los discípulos de Cristo, luego de oír que habían de comer su carne y beber su sangre, volvieron las espaldas al Señor y le abandonaron diciendo: «¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas?». En cambio Pedro, al preguntarle el Señor si también los Doce querían marcharse, afirmó con pronta firmeza su fe y la de los demás apóstoles, con esta admirable respuesta: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna» [8].
Y así es lógico que al investigar este misterio sigamos como una estrella el magisterio de la Iglesia, a la cual el divino Redentor ha confiado la Palabra de Dios, escrita o transmitida oralmente, para que la custodie y la interprete, convencidos de que aunque no se indague con la razón, aunque no se explique con la palabra, es verdad, sin embargo, lo que desde la antigua edad con fe católica veraz se predica y se cree en toda la Iglesia [9].
Pero esto no basta. Efectivamente, aunque se salve la integridad de la fe, es también necesario atenerse a una manera apropiada de hablar no sea que, con el uso de palabras inexactas, demos origen a falsas opiniones —lo que Dios no quiera— acerca de la fe en los más altos misterios. Muy a propósito viene el grave aviso de San Agustín, cuando considera el diverso modo de hablar de los filósofos y el de los cristianos: «Los filósofos —escribe— hablan libremente y en las cosas muy difíciles de entender no temen herir los oídos religiosos. Nosotros, en cambio, debemos hablar según una regla determinada, no sea que el abuso de las palabras engendre alguna opinión impía aun sobre las cosas por ellas significadas» [10].
La norma, pues, de hablar que la Iglesia, con un prolongado trabajo de siglos, no sin ayuda del Espíritu Santo, ha establecido, confirmándola con la autoridad de los concilios, norma que con frecuencia se ha convertido en contraseña y bandera de la fe ortodoxa, debe ser religiosamente observada, y nadie, a su propio arbitrio o so pretexto de nueva ciencia, presuma cambiarla. ¿Quién, podría tolerar jamás, que las fórmulas dogmáticas usadas por los concilios ecuménicos para los misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación se juzguen como ya inadecuadas a los hombres de nuestro tiempo y que en su lugar se empleen inconsideradamente otras nuevas? Del mismo modo no se puede tolerar que cualquiera pueda atentar a su gusto contra las fórmulas con que el Concilio Tridentino ha propuesto la fe del misterio eucarístico. Porque esas fórmulas, como las demás usadas por la Iglesia para proponer los dogmas de la fe, expresan conceptos no ligados a una determinada forma de cultura ni a una determinada fase de progreso científico, ni a una u otra escuela teológica, sino que manifiestan lo que la mente humana percibe de la realidad en la universal y necesaria experiencia y lo expresa con adecuadas y determinadas palabras tomadas del lenguaje popular o del lenguaje culto. Por eso resultan acomodadas a todos los hombres de todo tiempo y lugar.
Verdad es que dichas fórmulas se pueden explicar más clara y más ampliamente con mucho fruto, pero nunca en un sentido diverso de aquel en que fueron usadas, de modo que al progresar la inteligencia de la fe permanezca intacta la verdad de la fe. Porque, según enseña el Concilio Vaticano I, en los sagrados dogmas se debe siempre retener el sentido que la Santa Madre Iglesia ha declarado una vez para siempre y nunca es lícito alejarse de ese sentido bajo el especioso pretexto de una más profunda inteligencia [11].
El misterio eucarístico se realiza en el sacrificio de la misa
4. Y para edificación y alegría de todos, nos place, venerables hermanos, recordar la doctrina que la Iglesia católica conserva por la tradición y enseña con unánime consentimiento.
Ante todo, es provechoso traer a la memoria lo que es como la síntesis y punto central de esta doctrina, es decir, que por el misterio eucarístico se representa de manera admirable el sacrificio de la Cruz consumado de una vez para siempre en el Calvario, se recuerda continuamente y se aplica su virtud salvadora para el perdón de los pecados que diariamente cometemos [12]. Nuestro Señor Jesucristo, al instituir el misterio eucarístico, sancionó con su sangre el Nuevo Testamento, cuyo Mediador es Él, como en otro tiempo Moisés había sancionado el Antiguo con la sangre de los terneros [13]. Porque, como cuenta el Evangelista, en la última cena, «tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: Este es mi Cuerpo, entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Asimismo tomó el cáliz, después de la cena, diciendo: Este es el cáliz de la nueva Alianza en mi sangre, derramada por vosotros» [14]. Y así, al ordenar a los Apóstoles que hicieran esto en memoria suya, quiso por lo mismo que se renovase perpetuamente. Y la Iglesia naciente lo cumplió fielmente, perseverando en la doctrina de los Apóstoles y reuniéndose para celebrar el sacrificio eucarístico: «Todos ellos perseveraban —atestigua cuidadosamente San Lucas— en la doctrina de los apóstoles y en la comunión de la fracción del pan y en la oración» [15]. Y era tan grande el fervor que los fieles recibían de esto, que podía decirse de ellos: «la muchedumbre de los creyentes era un solo corazón y un alma sola» [16].
Y el apóstol Pablo, que nos transmitió con toda fidelidad lo que el Señor le había enseñado [17], habla claramente del sacrificio eucarístico, cuando demuestra que los cristianos no pueden tomar parte en los sacrificios de los paganos, precisamente porque se han hecho participantes de la mesa del Señor. «El cáliz de bendición que bendecimos —dice— ¿no es por ventura la comunicación de la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es acaso la participación del Cuerpo de Cristo?... No podéis beber el cáliz de Cristo y el cáliz de los demonios, no podéis tomar parte en la mesa del Señor y en la mesa de los demonios» [18]. La Iglesia, enseñada por el Señor y por los apóstoles ha ofrecido siempre esta nueva oblación del Nuevo Testamento, que Malaquías había preanunciado[19], no sólo por los pecados de los fieles aún vivos y por sus penas, expiaciones y demás necesidades, sino también por los muertos en Cristo, no purificados aún del todo [20].
Y omitiendo otros testimonios, recordamos tan sólo el de San Cirilo de Jerusalén, el cual, instruyendo a los neófitos en la fe cristiana, dijo estas memorables palabras: «Después de completar el sacrificio espiritual, rito incruento, sobre la hostia propiciatoria, pedimos a Dios por la paz común de las Iglesias, por el recto orden del mundo, por los emperadores, por los ejércitos y los aliados, por los enfermos, por los afligidos, y, en general, todos nosotros rogamos por todos los que tienen necesidad de ayuda y ofrecemos esta víctima... y luego [oramos] también por los Santos Padres y obispos difuntos y, en general, por todos los que han muerto entre nosotros, persuadidos de que les será de sumo provecho a las almas por las cuales se eleva la oración mientras esté aquí presente la Víctima Santa y digna de la máxima reverencia». Confirmando esto con el ejemplo de la corona entretejida para el emperador a fin de que perdone a los desterrados, el mismo santo Doctor concluye así su discurso: «Del mismo modo también nosotros ofrecemos plegarias a Dios por los difuntos, aunque sean pecadores; no le entretejemos una corona, pero le ofrecemos en compensación de nuestros pecados a Cristo inmolado, tratando de hacer a Dios propicio para con nosotros y con ellos» [21]. San Agustín atestigua que esta costumbre de ofrecer el sacrificio de nuestra redención también por los difuntos estaba vigente en la Iglesia romana [22], y al mismo tiempo hace notar que aquella costumbre, como transmitida por los Padres, se guardaba en toda la Iglesia [23].
Pero hay otra cosa que, por ser muy útil para ilustrar el misterio de la Iglesia, nos place añadir; esto es, que la Iglesia, al desempeñar la función de sacerdote y víctima juntamente con Cristo, ofrece toda entera el sacrificio de la misa, y toda entera se ofrece en él. Nos deseamos ardientemente que esta admirable doctrina, enseñada ya por los Padres [24], recientemente expuesta por nuestro predecesor Pío XII, de inmortal memoria [25], y últimamente expresada por el Concilio Vaticano II en la Constitución De Ecclesia a propósito del pueblo de Dios [26], se explique con frecuencia y se inculque profundamente en las almas de los fieles, dejando a salvo, como es justo, la distinción no sólo de grado, sino también de naturaleza que hay entre el sacerdocio de los fieles y el sacerdocio jerárquico [27]. Porque esta doctrina, en efecto, es muy apta para alimentar la piedad eucarística, para enaltecer la dignidad de todos los fieles y para estimular a las almas a llegar a la cumbre de la santidad, que no consiste sino en entregarse por completo al servicio de la divina Majestad con generosa oblación de sí mismo.
Conviene, además, recordar la conclusión que de esta doctrina se desprende sobre la naturaleza pública y social de toda misa [28]. Porque toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrifico que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz.
Pues cada misa que se celebra se ofrece no sólo por la salvación de algunos, sino también por la salvación de todo el mundo.
De donde se sigue que, si bien a la celebración de la misa conviene en gran manera, por su misma naturaleza, que un gran número de fieles tome parte activa en ella, no hay que desaprobar, sino antes bien aprobar, la misa celebrada privadamente, según las prescripciones y tradiciones de la Iglesia, por un sacerdote con sólo el ministro que le ayuda y le responde; porque de esta misa se deriva gran abundancia de gracias especiales para provecho ya del mismo sacerdote, ya del pueblo fiel y de otra la Iglesia, y aun de todo el mundo: gracias que no se obtienen en igual abundancia con la sola comunión.
Por lo tanto, con paternal insistencia, recomendamos a los sacerdotes —que de un modo particular constituyen nuestro gozo y nuestra corona en el Señor— que, recordando la potestad, que recibieron del obispo que los consagró para ofrecer a Dios el sacrificio y celebrar misas tanto por los vivos como por los difuntos en nombre del Señor [29], celebren cada día la misa digna y devotamente, de suerte que tanto ellos mismos como los demás cristianos puedan gozar en abundancia de la aplicación de los frutos que brotan del sacrificio de la Cruz. Así también contribuyen en grado sumo a la salvación del genero humano.
En el sacrificio de la misa, Cristo se hace sacramentalmente presente
5. Cuanto hemos dicho brevemente acerca del sacrificio de la misa nos anima a exponer algo también sobre el sacramento de la Eucaristía, ya que ambos, sacrificio y sacramento, pertenecen al mismo misterio sin que se pueda separar el uno del otro. El Señor se inmola de manera incruenta en el sacrificio de la misa, que representa el sacrifico de la cruz, y nos aplica su virtud salvadora, cuando por las palabras de la consagración comienza a estar sacramentalmente presente, como alimento espiritual de los fieles, bajo las especies del pan y del vino.
Bien sabemos todos que son distintas las maneras de estar presente Cristo en su Iglesia. Resulta útil recordar algo más por extenso esta bellísima verdad que la Constitución De Sacra Liturgia expuso brevemente [30]. Presente está Cristo en su Iglesia que ora, porque es él quien ora por nosotros, ora en nosotros y a El oramos: ora por nosotros como Sacerdote nuestro; ora en nosotros como Cabeza nuestra y a El oramos como a Dios nuestro [31]. Y El mismo prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» [32].
Presente está El en su Iglesia que ejerce las obras de misericordia, no sólo porque cuando hacemos algún bien a uno de sus hermanos pequeños se lo hacemos al mismo Cristo [33], sino también porque es Cristo mismo quien realiza estas obras por medio de su Iglesia, socorriendo así continuamente a los hombres con su divina caridad. Presente está en su Iglesia que peregrina y anhela llegar al puerto de la vida eterna, porque El habita en nuestros corazones por la fe [34] y en ellos difunde la caridad por obra del Espíritu Santo que El nos ha dado [35].
De otra forma, muy verdadera, sin embargo, está también presente en su Iglesia que predica, puesto que el Evangelio que ella anuncia es la Palabra de Dios, y solamente en el nombre, con la autoridad y con la asistencia de Cristo, Verbo de Dios encarnado, se anuncia, a fin de que haya una sola grey gobernada por un solo pastor [36].
Presente está en su Iglesia que rige y gobierna al pueblo de Dios, puesto que la sagrada potestad se deriva de Cristo, y Cristo, Pastor de los pastores [37], asiste a los pastores que la ejercen, según la promesa hecha a los Apóstoles. Además, de modo aún más sublime, está presente Cristo en su Iglesia que en su nombre ofrece el sacrificio de la misa y administra los sacramentos. A propósito de la presencia de Cristo en el ofrecimiento del sacrificio de la misa, nos place recordar lo que san Juan Crisóstomo, lleno de admiración, dijo con verdad y elocuencia: «Quiero añadir una cosa verdaderamente maravillosa, pero no os extrañéis ni turbéis. ¿Qué es? La oblación es la misma, cualquiera que sea el oferente, Pablo o Pedro; es la misma que Cristo confió a sus discípulos, y que ahora realizan los sacerdotes; esta no es, en realidad, menor que aquélla, porque no son los hombres quienes la hacen santa, sino aquel que la santificó. Porque así como las palabras que Dios pronunció son las mismas que el sacerdote dice ahora, así la oblación es la misma» [38].
Nadie ignora, en efecto, que los sacramentos son acciones de Cristo, que los administra por medio de los hombres. Y así los sacramentos son santos por sí mismos y por la virtud de Cristo: al tocar los cuerpos, infunden gracia en la almas.
Estas varias maneras de presencia llenan el espíritu de estupor y dan a contemplar el misterio de la Iglesia. Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, que por ello es, entre los demás sacramentos, el más dulce por la devoción, el más bello por la inteligencia, el más santo por el contenido [39]; ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos [40].
Tal presencia se llama real, no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y substancial, pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro [41]. Falsamente explicaría esta manera de presencia quien se imaginara una naturaleza, como dicen, «pneumática» y omnipresente, o la redujera a los límites de un simbolismo, como si este augustísimo sacramento no consistiera sino tan sólo en un signo eficaz de la presencia espiritual de Cristo y de su íntima unión con los fieles del Cuerpo místico [42].
Verdad es que acerca del simbolismo eucarístico, sobre todo con referencia a la unidad de la Iglesia, han tratado mucho los Padres y Doctores escolásticos. El Concilio de Trento, al resumir su doctrina, enseña que nuestro Salvador dejó en su Iglesia la Eucaristía como un símbolo... de su unidad y de la caridad con la que quiso estuvieran íntimamente unidos entre sí todos los cristianos, y por lo tanto, símbolo de aquel único Cuerpo del cual El es la Cabeza [43].

Ya en los comienzos de la literatura cristiana, a propósito de este asunto escribió el autor desconocido de la obra llamada Didaché o Doctrina de los doce Apóstoles: «Por lo que toca a la Eucaristía, dad gracias así... como este pan partido estaba antes disperso sobre los montes y recogido se hizo uno, así se reúna tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino» [44].
Igualmente San Cipriano, defendiendo la unidad de la Iglesia contra el cisma, dice: «Finalmente, los mismos sacrificios del Señor manifiestan la unanimidad de los cristianos, entrelazada con sólida e indisoluble caridad. Porque cuando el Señor llama cuerpo suyo al pan integrado por la unión de muchos granos, El está indicando la unión de nuestro pueblo, a quien El sostenía; y cuando llama sangre suya al vino exprimido de muchos granos y racimos y que unidos forman una cosa, indica igualmente nuestra grey, compuesta de una multitud reunida entre sí» [45].
Por lo demás, a todos se había adelantado el Apóstol, cuando escribía a los Corintios: «Porque el pan es uno solo, constituimos un solo cuerpo todos los que participamos de un solo pan» [46].
Pero si el simbolismo eucarístico nos hace comprender bien el efecto propio de este sacramento, que es la unidad del Cuerpo místico, no explica, sin embargo, ni expresa la naturaleza del sacramento por la cual éste se distingue de los demás. Porque la perpetua instrucción impartida por la Iglesia a los catecúmenos, el sentido del pueblo cristiano, la doctrina definida por el Concilio de Trento, y las mismas palabras de Cristo, al instituir la santísima Eucaristía, nos obligan a profesar que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados, y al que el Padre, por su bondad, ha resucitado [47]. A estas palabras de san Ignacio de Antioquía nos agrada añadir las de Teodoro de Mopsuestia, fiel testigo en esta materia de la fe de la Iglesia, cuando decía al pueblo: «Porque el Señor no dijo: Esto es un símbolo de mi cuerpo, y esto un símbolo de mi sangre, sino: Esto es mi cuerpo y mi sangre. Nos enseña a no considerar la naturaleza de la cosa propuesta a los sentidos, ya que con la acción de gracias y las palabras pronunciadas sobre ella se ha cambiado en su carne y sangre» [48].
Apoyado en esta fe de la Iglesia, el Concilio de Trento abierta y simplemente afirma que en el benéfico sacramento de la santa Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene bajo la apariencia de estas cosas sensibles, verdadera, real y substancialmente Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Por lo tanto, nuestro Salvador está presente según su humanidad, no sólo a la derecha del Padre, según el modo natural de existir, sino al mismo tiempo también en el sacramento de la Eucaristía con un modo de existir que si bien apenas podemos expresar con las palabras podemos, sin embargo, alcanzar con la razón ilustrada por la fe y debemos creer firmísimamente que para Dios es posible [49].
Cristo Señor está presente en el sacramento de la Eucaristía por la transustanciación
6. Mas para que nadie entienda erróneamente este modo de presencia, que supera las leyes de la naturaleza y constituye en su género el mayor de los milagros [50], es necesario escuchar con docilidad la voz de la iglesia que enseña y ora. Esta voz que, en efecto, constituye un eco perenne de la voz de Cristo, nos asegura que Cristo no se hace presente en este sacramento sino por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y de toda la sustancia del vino en su sangre; conversión admirable y singular, que la Iglesia católica justamente y con propiedad llama transustanciación [51]. Realizada la transustanciación, las especies del pan y del vino adquieren sin duda un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada, y signo de un alimento espiritual; pero ya por ello adquieren un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que contienen una nueva realidad que con razón denominamos ontológica.
Porque bajo dichas especies ya no existe lo que antes había, sino una cosa completamente diversa; y esto no tan sólo por el juicio de la fe de la Iglesia, sino por la realidad objetiva, puesto que, convertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo, no queda ya nada del pan y del vino, sino tan sólo las especies: bajo ellas Cristo todo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, pero no a la manera que los cuerpos están en un lugar.

Por ello los Padres tuvieron gran cuidado de advertir a los fieles que, al considerar este augustísimo sacramento creyeran no a los sentidos que se fijan en las propiedades del pan y del vino, sino a las palabras de Cristo, que tienen tal virtud que cambian, transforman, transelementan el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre; porque, como más de una vez lo afirman los mismos Padres, la virtud que realiza esto es la misma virtud de Dios omnipotente, que al principio del tiempo creó el universo de la nada.
«Instruido en estas cosas —dice san Cirilo de Jerusalén al concluir su sermón sobre los misterios de la fe— e imbuido de una certísima fe, para lo cual lo que parece pan no es pan, no obstante la sensación del gusto, sino que es el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca al gusto, sino que es la Sangre de Cristo...; confirmar tu corazón y come ese pan como algo espiritual y alegra la faz de tu alma» [52].
E insiste san Juan Crisóstomo: «No es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas en el cuerpo y sangre de Cristo, sino el mismo Cristo que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios. Esto es mi cuerpo, dice. Y esta palabra transforma las cosas ofrecidas» [53]. Y con el obispo de Constantinopla Juan, está perfectamente de acuerdo el obispo de Alejandría Cirilo, cuando en su comentario al Evangelio de san Mateo, escribe: «[Cristo], señalando, dijo: Esto es mi cuerpo, y esta es mi sangre, para que no creas que son simples figuras las cosas que se ven, sino que las cosas ofrecidas son transformadas, de manera misteriosa pero realmente por Dios omnipotente, en el cuerpo y en la sangre de Cristo, por cuya participación recibimos la virtud vivificante y santificadora de Cristo» [54].
Y Ambrosio, obispo de Milán, hablando con claridad sobre la conversión eucarística, dice: «Convenzámonos de que esto no es lo que la naturaleza formó, sino lo que la bendición consagró y que la fuerza de la bendición es mayor que la de la naturaleza, porque con la bendición aun la misma naturaleza se cambia». Y queriendo confirmar la verdad del misterio, propone muchos ejemplos de milagros narrados en la Escritura, entre los cuales el nacimiento de Jesús de la Virgen María, y luego, volviéndose a la creación concluye: «Por lo tanto, la palabra de Cristo, que ha podido hacer de la nada lo que no existía, ¿no puede acaso cambiar las cosas que ya existen, en lo que no eran? Pues no es menos dar a las cosas su propia naturaleza, que cambiársela» [55].
Ni es necesario aducir ya muchos testimonios. Más útil es recordar la firmeza de la fe con que la Iglesia, con unánime concordia, resistió a Berengario, quien, cediendo a dificultades sugeridas por la razón humana, fue el primero que se atrevió a negar la conversión eucarística. La Iglesia le amenazó repetidas veces con la condena si no se retractaba. Y por eso san Gregorio VII, nuestro predecesor, le impuso prestar un juramento en estos términos: «Creo de corazón y abiertamente confieso que el pan y el vino que se colocan en el altar, por el misterio de la oración sagrada, y por las palabras de nuestro Redentor, se convierten sustancialmente en la verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Nuestro Señor Jesucristo, y que después de la consagración está el verdadero cuerpo de Cristo, que nació de la Virgen, y que ofrecido por la salvación del mundo estuvo pendiente de la cruz, y que está sentado a la derecha del Padre; y que está la verdadera sangre de Cristo, que brotó de su costado, y ello no sólo por signo y virtud del sacramento, sino aun en la propiedad de la naturaleza y en la realidad de la sustancia» [56].
Acorde con estas palabras, dando así admirable ejemplo de la firmeza de la fe católica, está todo cuanto los concilios ecuménicos Lateranense, Constanciense, Florentino y, finalmente, el Tridentino enseñaron de un modo constante sobre el misterio de la conversión eucarística, ya exponiendo la doctrina de la Iglesia, ya condenando los errores.
Después del Concilio de Trento, nuestro predecesor Pío VI advirtió seriamente contra los errores del Sínodo de Pistoya, que los párrocos, que tienen el deber de enseñar, no descuiden hablar de la transubstanciación, que es uno de los artículos de la fe [57].
También nuestro predecesor Pío XII, de feliz memoria, recordó los límites que no deben pasar todos los que discuten con sutilezas sobre el misterio de la transubstanciación [58]. Nos mismo, en el reciente Congreso Nacional Italiano Eucarístico de Pisa, cumpliendo Nuestro deber apostólico hemos dado público y solemne testimonio de la fe de la Iglesia [59].
Por lo demás, la Iglesia católica, no sólo ha enseñado siempre la fe sobre a presencia del cuerpo y sangre de Cristo en la Eucaristía, sino que la ha vivido también, adorando en todos los tiempos sacramento tan grande con el culto latréutico que tan sólo a Dios es debido. Culto sobre el cual escribe san Agustín: «En esta misma carne [el Señor] ha caminado aquí y esta misma carne nos la ha dado de comer para la salvación; y ninguno come esta carne sin haberla adorado antes..., de modo que no pecamos adorándola; antes al contrario, pecamos si no la adoramos» [60].

sábado, 25 de junio de 2011

El Patriarca de Lisboa se opone públicamente a la doctrina católica sobre el sacerdocio y las mujeres

ASEGURA QUE NO ESTUVO BIEN COMO RESOLVIÓ EL TEMA JUAN PABLO II
Habrá mujeres sacerdote «cuando Dios quiera», por el momento es mejor «no causar polémica». Pero no «hay ningún obstáculo fundamental» desde el punto de vista teológico para que las mujeres suban al altar a decir misa. Se trata, en cambio de «una tradición» que data de los tempo de Jesús. Lo dijo el cardenal José da Cruz Policarpo, patriarca de Lisboa de setenta y cinco años, y apenas confirmado por otros tres años en la dirección de la diócesis de la capital portuguesa.
(Vatican Insider) El cardenal Policarpo respondió a una larga entrevista que le hizo la revista “OA”, que publica la orden de los abogados de Portugal. Explicó que, con respecto al sacerdocio femenino, «la posición de la Iglesia católica se basa mucho en el Evangelio, no tiene la autonomía de un partido o de un gobierno. Se basa en la fidelidad hacia el Evangelio, hacia la persona de Jesús y hacia una tradición muy fuerte que proviene de los apóstoles».
«Juan Pablo II – continuó Policarpo – en cierto momento pareció dirimir la cuestión». La referencia a la carta apostólica “Ordinatio sacerdotalis” (1994), uno de los documentos más breves de Juan Pablo II, con el que el Papa, tras la decisión de la comunión anglicana de permitir el sacerdocio a las mujeres, sostenía que la Iglesia católica no lo habría hecho nunca.
«Pienso – dijo el cardinal Policarpo – que la cuestión no se puede resolver así. Teológicamente no hay ningún obstáculo fundamental; existe esta tradición, digamos: no se ha hecho nunca en otro modo».
A las preguntas de la entrevistadora, llevada por la afirmación del purpurado sobre el hecho de que no existen razones teológicas contra las mujeres sacerdote, Policarpo respondió: «Pienso que no hay ningún obstáculo fundamental. Es una igualdad fundamental de todos los miembros de la Iglesia. El problema consiste en una fuerte tradición, que viene desde Jesús y desde la facilidad con la que las Iglesias reformadas han concedido el sacerdocio a las mujeres».
Las afirmaciones del purpurado portugués tienen como objetivo abrir la discusión. Un año después de esa carta de Juan Pablo II se planteó una duda (dubium) ante la Congregación para la doctrina de la fe, entonces dirigida por el cardenal Joseph Ratzinger y Tarcisio Bertone. Se preguntaba si «la doctrina, según la que la Iglesia no tiene la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, propuesta en la Carta apostólica “Ordinatio sacerdotalis”, debía considerarse de manera definitiva, y perteneciente al depósito de la fe». La respuesta, aprobada por Papa Wojtyla, fue afirmativa.
La Congregación explicó que «esta doctrina exige un asenso definitivo ya que, como se funda en la Palabra de Dios escrita y conservada en la Tradición de la Iglesia desde el inicio, fue propuesta infaliblemente por el magisterio ordinario y universal», por lo que «hay que considerarla siempre, donde sea y por quien sea, puesto que pertenece al depósito de la fe».

jueves, 23 de junio de 2011

Oraciones de desagravio a la Santísima Eucaristía



(Después de cada invocación se responde: "te rogamos, óyenos") Señor perdona todos los sacrilegios eucarísticos.
Todas las santas comuniones indignamente recibidas.
Todas las profanaciones al santísimo sacramento del altar.
Todas las irreverencias en la Iglesia.
Todas las profanaciones, desprecios y abandono de los sagrarios.
Todos los que han abandonado la iglesia.
Todo desprecio de los objetos sagrados.
Todos los que pasaron a las filas de tus enemigos
Todos los pecados del ateismoTodos los insultos a tu santo nombre.
Toda la frialdad e indiferencia contra tu amor de redentor
Todas las irreverencias y calumnias contra el Santo Padre
Todo desprecio de los obispos y sacerdotes.
Todo desprecio hacia la santidad de la familia.
Todo desprecio a la vida humana.
ALABANZAS EN REPARACIÓN DE LAS BLASFEMIAS Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendita sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.
Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el Nombre de María, Virgen y Madre.
Bendito sea San José, su castísimo Esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.
Gloria al Padre.
Actos de adoración y desagravio al Santísimo Sacramento 1.Os adoro profundamente, oh Jesús mío sacramentado, y os reconozco por verdadero Dios y verdadero Hombre; con este acto de adoración es mi deseo suplir la tibieza de tantos cristianos que, al pasar por delante de vuestros templos, y aun muchas veces estando delante del Sagrario donde os dignáis permanecer continuamente con amorosa impaciencia de comunicaros con vuestros fieles, ni siquiera os saludan, y con su indiferencia muestran estar, como los israelitas en el desierto, hastiados de este maná celestial.En desagravio de tan culpable tibieza, os ofrezco la sangre preciosísima que derramasteis por vuestras llagas, especialmente por la de vuestro Costado, y, encerrado espiritualmente, en ella, repito una y mil veces:Bendito y alabado sea en todo momento el santísimo y divinísimo Sacramento.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria. 2. Os adoro profundamente, oh Jesús mío, y creo que estáis presente en el Santísimo Sacramento, y con este acto de adoración es mi deseo suplir la ingratitud de tantos cristianos que, al veros llevar a los enfermos para ser su Viático en el gran viaje de la eternidad, no os acompañan y apenas si se dignan honraros con un acto externo de adoración.En desagravio de tanta frialdad, os ofrezco la Sangre preciosísima que derramasteis por vuestras llagas, especialmente por la de vuestro Costado, y, encerrado espiritualmente en ella, os digo una y mil veces:Bendito y alabado sea en todo momento el santísimo y divinísimo Sacramento.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria. 3.Os adoro profundamente, oh Jesús mío, verdadero Pan de vida eterna, y con este acto de adoración es mi deseo desagraviaros de tantas heridas que causa cada día a vuestro Corazón la profanación de las iglesias, donde os dignáis permanecer bajo las Especies sacramentales, para ser amado y adorado de vuestros fieles.En desagravio de tantas irreverencias, os ofrezco la Sangre que derramasteis por vuestras llagas, especialmente por la de vuestro Costado, y, encerrado espiritualmente en ella, repito cada instante:Bendito y alabado sea en todo momento el santísimo y divinísimo Sacramento.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria. 4. Os adoro profundamente, oh Jesús mío, Pan vivo bajado del Cielo; y con este acto de adoración es mi deseo reparar tantas y tantas irreverencias como cometen vuestros fieles mientras asisten a la santa Misa, en la cual, por un exceso de amor, renováis, aunque sin derramar sangre, el mismo Sacrificio que ofrecisteis un día en el Calvario por nuestra salvación. En desagravio de tanta ingratitud, os ofrezco la Sangre que derramasteis por vuestras llagas, especialmente por la de vuestro Costado, en la cual me encierro espiritualmente, y, uniendo mi voz a la de los Ángeles que en torno de Vos forman corona, os digo con ellos:Bendito y alabado sea en todo momento el santísimo y divinísimo Sacramento.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria. 5. Os adoro profundamente, oh Jesús mío, verdadera víctima de expiación, por nuestros pecados; y os ofrezco este acto de adoración para desagraviaros por los sacrilegios y ultrajes que recibís de tantos cristianos ingratos, que tienen el atrevimiento de acercarse a recibiros en la Sagrada Comunión con el pecado mortal en el alma.En desagravio de tan horribles sacrilegios, os ofrezco las últimas gotas de vuestra preciosísima Sangre, que derramasteis por vuestras llagas, especialmente por la de vuestro Costado, en el cual, espiritualmente encerrado, os adoro, os bendigo y amo, repitiendo con todas las almas devotas del Santísimo Sacramento:Bendito y alabado sea en todo momento el santísimo y divinísimo Sacramento. Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

martes, 21 de junio de 2011

Intenciones II

(que ahora son incluidas en las "intenciones del blog")

POR LA NACIÓN ESPAÑOLA, que sufre una rápida secularización que atenta inclusive contra los derechos fundamentales de la persona humana y su dignidad, y que además permite y promueve en sus leyes la inmoralidad en todos los sentidos en las nuevas generaciones. Para que sus ciudadanos adquieran conciencia del bienestar general y de la prevalencia del derecho a la vida por sobre los demás derechos y las familias comprendan lo importante que es la correcta y sana educación de sus hijos y para que los católicos comprendan su papel en este proceso y participen activamente en la promoción del derecho a la vida y la libertad religiosa.

POR LA IGLESIA ESPAÑOLA, que sufre una secularización interna gravísima en su jerarquía, causal del escándalo del pueblo de Dios y de mayores dolores a Nuestro Señor. Para que el Señor llene de su ardor amoroso a los prelados y les conceda valentía para denunciar los atropellos a la libertad religiosa y la ley natural y se mantengan fieles a la verdad, propagando la fe católica y apostólica.

lunes, 20 de junio de 2011

Historia de la Solemnidad del Corpus Christi

Tomado de ACI Prensa
 
A fines del siglo XIII surgió en Lieja, Bélgica, un Movimiento Eucarístico cuyo centro fue la Abadía de Cornillón fundada en 1124 por el Obispo Albero de Lieja. Este movimiento dio origen a varias costumbres eucarísticas, como por ejemplo la Exposición y Bendición con el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas durante la elevación en la Misa y la fiesta del Corpus Christi.
Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquellos años priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta Fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.
Desde joven, Santa Juliana tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre anhelaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haber intensificado por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.
Juliana comunicó estas apariciones a Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV.
El obispo Roberto se impresionó favorablemente y, como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; al mismo tiempo el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan escribiera el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.
Mons. Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez al año siguiente el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad. Más tarde un obispo alemán conoció la costumbre y la extendió por toda la actual Alemania.
El Papa Urbano IV, por aquél entonces, tenía la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma. Muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, donde en 1263 o 1264 se produjo el Milagro de Bolsena: un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales -donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa- en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.
El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios obispos, hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula "Transiturus" del 8 septiembre del mismo año, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés y otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.
Luego, según algunos biógrafos, el Papa Urbano IV encargó un oficio -la liturgia de las horas- a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino; cuando el Pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio hecho por Santo Tomás, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos.
La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y, en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. En 1317 se promulga una recopilación de leyes -por Juan XXII- y así se extiende la fiesta a toda la Iglesia.
Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV, y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.
La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.
En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.
Finalmente, el Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

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