domingo, 25 de abril de 2010

Benedicto XVI pide a padres rezar para que sus hijos descubran la propia vocación

Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

VATICANO, 25 Abr. 10 / 05:27 am (ACI)
A las 12.00 (hora local), IV Domingo de Pascua, el Papa Benedicto XVI rezó el Regina Coeli con miles de fieles y peregrinos que se dieron cita para esta ocasión en la Plaza de San Pedro -en el día en que la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones- y escucharon con atención las palabras que el Papa pronunció resaltando la importancia de la oración para la respuesta de quienes son llamados por Dios a consagrarle su vida.

“La primera forma del testimonio que suscita vocaciones es la oración”, dijo el Papa recordando a la madre de San Agustín, Santa Mónica, quien “suplicando a Dios con humildad e insistencia obtuvo la gracia de ver a su hijo convertirse al cristianismo”, quien a su vez dirá: “Sin incertidumbres creo y afirmo que por sus oraciones, Dios me ha concedido la intención de no anteponer, de no querer, de no pensar, de no amar nada que no sea el alcanzar la verdad”.
El Santo Padre hizo una invitación a los padres a “rezar para que el corazón de los hijos se abra a la escucha del Buen Pastor y así cada pequeño germen de vocación llegue a ser un árbol frondoso, lleno de frutos por el bien de la Iglesia y de toda la humanidad”.
“¿Cómo podemos escuchar la voz del Señor y reconocerlo?”, se preguntó el Papa; y respondiendo dijo: “En la predicación de los Apóstoles y de sus sucesores: en ella resuena la voz de Cristo, que llama a la comunión con Dios y a la plenitud de la vida. Solo el Buen Pastor cuida con inmensa ternura a su rebaño y lo defiende del mal, y solo en Él los fieles pueden depositar absoluta confianza”.
El Pontífice exhortó a los ministros ordenados para que se sientan comprometidos por un “cada vez más fuerte e incisivo testimonio evangélico en el mundo de hoy. Recuerden que el sacerdote continua la obra de la Redención en la tierra; sepan detenerse con ganas frente al tabernáculo; se adhieran totalmente a la propia vocación y misión mediante una ascesis severa; sean disponibles al escucha y al perdón; formen cristianamente al pueblo a ustedes confiado; cultiven con cuidado la fraternidad sacerdotal”.
Tras haber rezado el Regina Coeli el Papa dirigió diversos saludos en diversos idiomas a los presentes, y para concluir impartió su Bendición Apostólica.

martes, 20 de abril de 2010

Finaliza Viaje del Papa a Malta


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MALTA 1
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El breve viaje del Papa Benedicto XVI a Malta, con ocasión del 1950º aniversario del naufragio de San Pablo en la isla, llegó ayer a su fin. Se ha tratado de una visita de pocas horas pero de muchos frutos. Y deberíamos rezar para que, en adelante, los católicos de Malta puedan seguir recogiendo muchos frutos espirituales de esta presencia del Sucesor de Pedro en sus tierras.

En un anterior artículo, en el que hablábamos sobre los viajes papales de este año, mencionamos algunos signos de oposición que se manifestaron días antes de la llegada del Papa. Pero también hicimos referencia a la gran alegría de la mayor parte de la población frente a la visita de Benedicto XVI. Este diagnóstico resultó ajustarse bastante a la realidad de los hechos.

Frente al primer viaje apostólico del año, los enemigos de la Iglesia actuaron intensamente, de un modo maliciosamente planeado y con la imprescindible colaboración de grandes medios de comunicación, para frustrar cualquier fruto positivo de este acontecimiento; para presentar a una Iglesia débil y en crisis, casi decadente; para mostrar a un Pontífice deprimido e inactivo, incapaz de cumplir con sus funciones; para concluir con el pronóstico de que el resultado sería un absoluto fracaso.

Pero el fracaso no fue de la Iglesia ni del Papa sino precisamente de sus enemigos. En primer lugar, hay que destacar que la presencia de la gente en las calles para saludar al Vicario de Cristo superó todas las expectativas. De hecho, varios eventos comenzaron con mucho tiempo de retraso (algo inusual en la organización vaticana de los viajes) precisamente porque, en los traslados de un lugar a otro, todas las calles estaban repletas de malteses que salieron de sus casas para dar la bienvenida a Benedicto XVI. En la Santa Misa que el Pontífice presidió en la mañana del domingo, centro de todo el viaje apostólico, se esperaban unas 15.000 personas y, sin embargo, asistieron unas 50.000. Casi se podría pensar que tanto odio descargado contra el Santo Padre despertó en los malteses la necesidad de demostrar, también de este modo, el amor al Sucesor de Pedro y a la Santa Iglesia Católica.

Otro aspecto a destacar de este viaje es el mensaje que el Sumo Pontífice quiso transmitir. Desde el inicio, en el discursode la ceremonia de bienvenida, Benedicto XVI propuso una lectura de toda la historia desde la fe: “algunos podrían pensar que la llegada de san Pablo a Malta, causada por un acontecimiento humanamente imprevisto, es un simple incidente de la historia. Sin embargo, los ojos de fe nos permiten reconocer aquí la obra de la providencia divina”. Y quiso recordar el lugar que Malta debe seguir ocupando en el contexto europeo: “Vuestra nación ha de continuar defendiendo la indisolubilidad del matrimonio como una institución natural y sacramental, así como la verdadera naturaleza de la familia, como ya lo está haciendo respecto a la sacralidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural; y también el verdadero respeto que se debe a la libertad religiosa, de manera que todo esto lleve a un auténtico desarrollo integral de las personas y de la sociedad”.

El evento central de la primera jornada del viaje fue la visita a la Gruta de San Pablo, en Rabat. Allí, además de agradecer el trabajo de los misioneros, hizo un llamado al desafío de la nueva evangelización y a un necesario testimonio de la fe católica: “Frente a tantas amenazas contra el carácter sagrado de la vida humana, y la dignidad del matrimonio y la familia, ¿no será necesario recordar constantemente a nuestros contemporáneos la grandeza de nuestra dignidad de hijos de Dios y la sublime vocación que hemos recibido en Cristo? ¿Acaso no necesita la sociedad recuperar y defender aquellas verdades morales fundamentales que son la base de la auténtica libertad y del genuino progreso?” (Discurso en la visita a la Gruta de San Pablo).

En la homilía de la Santa Misa que presidió en Floriana, el Papa alabó la capacidad de discernimiento del pueblo maltés y los exhortó a continuar así, advirtiéndoles sobre las trampas del mundo: “No todo lo que el mundo de hoy propone es digno de ser asumido por el pueblo maltés. Muchas voces tratan de convencernos de dejar de lado nuestra fe en Dios y su Iglesia, y elegir por nosotros mismos los valores y las creencias con que vivir. Nos dicen que no tenemos necesidad de Dios o de la Iglesia. Cuando nos sentimos tentados de darles crédito, hemos de recordar el episodio que nos narra el Evangelio de hoy… Mis queridos hermanos y hermanas, si ponemos nuestra confianza en el Señor y seguimos sus enseñanzas, obtendremos siempre grandes frutos”. Finalmente, exhortó a los malteses a conservar la fe y valores cristianos y a compartirlos con los demás, con la siguiente pauta: “Lo que recibís, examinadlo con atención, y lo valioso que tenéis, sabedlo compartir con los demás”.

Un momento especialmente importante de la breve estadía de Benedicto XVI en Malta fue el encuentro con ocho personas, víctimas de abusos sexuales por parte de miembros del clero. El Papa mostró así, una vez más, su gran preocupación concreta por este tema, más aún, por las personas, por sus vidas, por sus almas. Una preocupación que no parece estar en quienes utilizan el terrible dolor de estas personas como un simple instrumento para llenar primeras planas y atacar injustamente a toda la Iglesia, sin ningún interés real por las dramáticas vivencias de las personas. El encuentro, en efecto, fue sin anuncio previo, en privado, sin cámaras, sin mediatizaciones. Estas personas compartieron con el Santo Padre un momento de oración en la capilla de la Nunciatura. Luego, el Pontífice habló con cada uno de ellos, los escuchó, les manifestó su dolor y su vergüenza, incluso con lágrimas, les aseguró su oración, les dio su bendición. Uno de ellos, entre lágrimas, declaró luego sentirse liberado de la “pesadilla” que lo había perturbado por años y compartió así su experiencia: “He visto al Papa llorar y me sentí liberado de un gran peso. No me esperaba disculpas del Papa pero he visto en él y en el obispo de Malta la humildad de una Iglesia que, en aquel momento, representaba todo el problema de la Iglesia moderna… El Papa apoyó la mano sobre la cabeza de cada uno de los participantes en el encuentro, bendiciéndonos. Yo me sentí liberado y aliviado de un gran peso. Desde hacía tiempo no iba más a Misa y había perdido la fe, pero ahora me siento un católico convencido… El encuentro con el Papa ha sido el regalo más grande que he recibido después del nacimiento de mi hija… Mis amigos y yo hemos agradecido muchísimo al Papa”.
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MALTA
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El último evento masivo de la visita fue un multitudinario encuentro del Sucesor de Pedro con los jóvenes de Malta, en el que Benedicto XVI escuchó las inquietudes, expresadas con total franqueza, de algunos jóvenes. En un hermoso discurso, en el que recordó la experiencia de conversión de San Pablo, el Papa se dirigió a los jóvenes con gran claridad y sinceridad: “Quizás alguno de vosotros me dirá que, a veces, san Pablo era severo en sus escritos. ¿Cómo se puede afirmar entonces que ha difundido un mensaje de amor? Mi respuesta es ésta: Dios ama a cada uno de nosotros con una profundidad y una intensidad que no podemos ni siquiera imaginar. Él nos conoce íntimamente, conoce cada una de nuestras capacidades y cada uno de nuestros errores. Puesto que nos ama tanto, desea purificarnos de nuestros errores y fortalecer nuestras virtudes de manera que podamos tener vida en abundancia. Aunque nos llame la atención cuando hay algo en nuestra vida que le desagrada, no nos rechaza, sino que nos pide cambiar y ser más perfectos. Esto es lo que le pidió a san Pablo en el camino de Damasco. Dios no rechaza a nadie, y la Iglesia tampoco rechaza a nadie. Más aún, en su gran amor, Dios nos reta a cada uno para que cambiemos y seamos mejores”.

Paternalmente, el Papa invitó a sus jóvenes a no tener miedo frente a una cultura que, ayudada por los medios, se opone al mensaje cristiano: “Encontrareis ciertamente oposición al mensaje del Evangelio. La cultura de hoy, como cualquier cultura, promueve ideas y valores que contrastan en ocasiones con las que vivía y predicaba nuestro Señor Jesucristo. A veces, estas ideas son presentadas con un gran poder de persuasión, reforzadas por los medios y por las presiones sociales de grupos hostiles a la fe cristiana... Por eso, os repito: No tengáis miedo, sino alegraos del amor que os tiene; fiaos de él, responded a su invitación a ser sus discípulos, encontrad alimento y ayuda espiritual en los sacramentos de la Iglesia”. Y, más explícitamente, añadió: “En el contexto de la sociedad europea, los valores evangélicos están llegando a ser de nuevo una contracultura, como ocurría en tiempos de san Pablo”.

Cuando el Papa Benedicto llegó nuevamente al aeropuerto para pronunciar su último discurso en Malta, las perspectivas previas al viaje habían cambiado radicalmente. El intento de presentar a la Iglesia como una institución débil y en crisis, casi decadente, pareció ridículo frente al dinamismo y la vitalidad de una Iglesia realmente viva, con una alegría pascual, que con orgullo salió a dar testimonio de su fe por las calles de Malta. La reiterada búsqueda de mostrar a un Pontífice deprimido e inactivo, incapaz de cumplir con sus funciones, se estrelló contra la realidad de un Papa fuerte que, aunque ciertamente cansado por las muchas actividades y las fatigas propias de la edad, mostró una auténtica alegría cristiana, manifestó su amor paternal para con todos sus hijos, confirmó en la fe a sus hermanos, y transmitió el mensaje de la fe con la sabiduría de un Padre de la Iglesia. El pronóstico de un fracaso, finalmente, quedó simplemente en el deseo de algunos. Dios, que es quien guía los designios de la historia, como recordó varias veces Benedicto XVI, quiso que la visita del Sucesor de Pedro fuera fuente de bendiciones y frutos espirituales para toda la Iglesia. El Papa, de este modo, cerró el quinto año de su pontificado confirmando en la fe a sus hermanos de Malta y dejándoles, como consigna para el futuro, la defensa de la identidad cristiana: “Nunca dejéis que vuestra verdadera identidad se vea comprometida por el indiferentismo o el relativismo. Sed siempre fieles a la enseñanza de san Pablo, que os exhorta: «Velad, manteneos firmes en la fe, sed hombres, sed fuertes. Haced todo con amor»”.

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sábado, 17 de abril de 2010

El "Profeta" Nostradamus.

Cortesía de http://www.apologetica.org



¿ Quién fue Nostradamus del que tanto se escucha hablar en los últimos tiempos, y qué valor tienen sus profecías?
- P. Miguel Ángel Fuentes, VE -

Nostradamus, junto al monje al libro apócrifo atribuido al obispo irlandés Malaquías (1095-1148), se han convertido en dos profetas del milenarismo de nuestros días, en un mundo que creía liberarse de la fe y que ahora abraza la superstición. Michel de Nostredame fue un médico de gran éxito en especial cuando se trató de combatir la peste que se abatió contra la Provenza en el siglo XVI.

Nació de una familia judía, de la tribu de Isacar, en Saint-Remy (Provence, Francia), en 1503. Sus ancestros, buenos conocedores de la medicina y de las matemáticas, se habían hecho cristianos por efecto del decreto de Luis XI (1461-1483) que amenazaba a los judíos no bautizados con la confiscación de sus bienes. En consecuencia, sus abuelos paternos tomaron el apellido de “Notre-Dame”, y los maternos el de “Saint-Remy”, su lugar de proveniencia.
Nostradamus (tal es su nombre latinizado), después de doctorarse en medicina a los 26 años, viajó por la Provence, el Languedoc, Italia y Luxemburgo. Se casó dos veces. Después de la muerte de su primera esposa y sus dos hijos (a quienes no pudo salvar de la peste, lo que le valió el desprestigio momentaneo) se retiró a la Abadía de Orval en Luxemburgo; allí escribió sus primeras “profecías”. Después de mucho vagabundear se estableció definitivamente en Salon-de-Crau, y pasó el resto de su vida estudiando, escribiendo e interesándose grandemente por el ocultismo.
En 1547 comenzó a escribir una serias de “profecías” que agrupadas en cien estrofas de cuatro versos cada una fueron llamadas “Centurias astrológicas”. Dejó diez centurias. Su libro fue condenado por la Iglesia Católica en 1781 e incluido en el Índice de libros prohibidos. Los poderosos de la época sintieron un gran respeto por él, pues le atribuían poderes especiales de los que dependía su dominio; en general, gran parte de la nobleza de su tiempo sentía un gusto morboso por las ciencias ocultas, sufría de profunda superstición y por tal razón llenaban sus cortes de adivinos, agoreros, ocultistas, magos y astrólogos que les sorbían los sesos y las arcas.
Nostradamus, falleció en 2 de julio de 1566. Además de las “Centurias” se le atribuyen otros escritos conocidos como “Presagios” y “Predicciones”.
 Todos sus escritos son lacónicos, oscuros y susceptibles de múltiples interpretaciones; entre otras cosas por estar escritos en provenzal del siglo XVI y mechados con otras lenguas (latín, español, francés, hebreo). Además, para que tengan algún sentido, sus comentadores se ven obligados a trastocar las letras de muchas palabras de modo tal que éstas puedan hacer referencia a cosas conocidas; así por ejemplo afirman que Rapis tendría que significar París, Nercaf designaría a Francia, Henryc sería Chipre, etc. Los comentarios, por lo general violentan el texto mismo del “profeta” o son tan arbitrarios que pueden ser substituidos por otros igualmente válidos. Además de esto, para poder obligar a que algunos versos hagan referencia a un acontecimiento concreto, muchas veces los comentaristas se ven obligados a sacar y combinar versos de diversas centurias.
En cuanto a las pretendidas profecías cumplidas, se trata verdaderamente de aplicaciones caprichosas; a lo más, coincidencias “forzadas”. Así, por ejemplo, los versos en los que algunos han creído reconocer una profecía de Napoleón dice: “De simple soldado él alcanzará el imperio, de ropa corta el llegará a larga. Bravo en las armas, mucho peor en la Iglesia, él humilla a los padres como el agua ensucia la esponja” (Centuria VII). Esto cuadra a Napoleón... a Septimio Severo, a Tito, a Maximinio Trácio, etc. ¡Nostradamus está describiendo el prototipo del militar perseguidor!
De otra se dice que profetiza a Hitler o a Napoleón: “De la parte más profunda de Europa Oriental nacerá un niño de familia pobre, que por su hablar seducirá a muchos pueblos. Su reputación crecerá más en el reino de Leste” (Centuria III). Sus comentaristas se pelean: si Leste designa a Egipto podría ser Napoleón, por la campaña allí realizada; si significa Japón, podría ser Hitler, por su alianza... si... Evidentemente como profecía poco valor tiene.
El texto de la Centuria I, E. Cheetham, uno de sus principales comentaristas, cree entenderlo como profecía de la Revolución Francesa; y H. Roberts, otro de sus seguidores, ve el indudable preanuncio de la Revolución Rusa.
En otra unos ven la ejecución de Luis XVI (año 1793), y otros la traición japonesa a Estados Unidos en Pearl Harbor, etc.
Algunos de los versos que más se han difundido en estos últimos tiempos son aquellos que han traducido del siguiente modo: “En el año mil novecientos noventa y nueve y siete meses,/ vendrá del cielo un gran Rey de susto./ Resucitará al gran Rey de Angolmois...”. Como es sabido, basándose en estos versos algunos señalaron que el 9 de julio de 1999 debería haber tenido lugar el fin del mundo. Otros intérpretes consideraron que la terrible fecha tendría lugar el 11 de agosto de 1999, cuando sobre el norte de Francia se vería el último eclipse de sol del milenio. Ambientes de la moda e incluso de la cultura europeos vivieron con trepidación esos días a causa de las terribles profecías. Ambas fechas pasaron desmintiendo a los profetas de calamidades.
En síntesis, ¿qué decir? Nostradamus conocía la historia antigua, principalmente de Roma, y sabedor de que no hay nada nuevo bajo el sol, preanunció acontecimientos futuros indeterminados, calcados sobre la experiencia de los acontecimientos y monarcas del pasado; evidentemente que esto los hace adaptables de una manera o de otra a los hechos principales de la historia; y no sólo a un hecho sino a muchos. No hace falta ser profeta para preanunciar calamidades, traiciones, guerras, invasiones, grandes campañas militares, razas que extinguen a otras razas, etc. Puede ser que personalmente Nostradamus haya tenido alguna facultad paranormal como la clarividencia, telepatía, etc; pero esto no lo constituye un profeta en sentido estricto; y además, estos fenómenos (cuando tienen fundamento real) no pasan de ser manifestaciones de orden sensitivo y no espiritual; por supuesto, que no se extiende en modo alguno a los futuros contingentes (es decir, a los actos libres de las creaturas).
El valor y la importancia que el vulgo da a sus profecías depende enteramente de la tentación de superstición que amenaza al hombre de todos los tiempos y del hecho de que se sigue verificando el adagio latino: vulgus vult decipi, el pueblo quiere ser engañado. Hay un gusto morboso por lo misterioso y oculto, aunque lo que preanuncie sean cosas nefastas. Los peligros psicológicos –además del serio peligro para la fe– que esto entraña son de una extremada gravedad.
Cuando se llega a este punto comienza el espíritu de la “necedad profética”, es decir, el afán de lanzar profecías de orden puramente humano que, por olvidar Quien es el Arbitro de la Historia, se convierten en predicción de falsedades. A estos dice el Espíritu Santo por boca de Miqueas: Dejad de babear profecías (Miq 2,6)

jueves, 15 de abril de 2010

¿Iran al cielo sólo 144.000? -El número de los que se salvan.

Cortesía de http://www.apologetica.org

Dicen los Testigos de Jehová:
    Los que son llamados por Dios para participar en el servicio celestial son pocos.  Como Jesús dijo, son "un pequeño rebaño". Años después de su regreso al cielo, Jesús dio a saber el número exacto en una visión dada al Apóstol Juan, quien escribió: "Vi, y,¡miren! el cordero de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil... que han sido comprados de la tierra" (Revelación 14, 1-3).  El "Cordero" al que se hace referencia aquí es, por supuesto, Jesucristo; el "monte Sión " no está en la tierra, sino en el cielo donde Jesús está (Jn 1, 29; Heb 12, 22).  De modo que los 144.000 son personas que mueren en la tierra como hermanos y son resucitados a la vida celestial como criaturas espíritus, tal como le sucedió a Jesús (Rom 6, 5).  Cuando se les compara con los miles de millones de personas que viven en la tierra, son, verdaderamente, un "rebaño pequeño".
(La verdad que lleva a vida eterna, 77).
 Taze Russell dice más.  De esos 144.000, doce mil pertenecen a su grupo de Testigos de Jehová, y el resto pertenecieron a los siglos pasados.  Dice literalmente:
     En la tierra hoy día sólo sobrevive un resto de los 144.000 escogidos quienes son cristianos dedicados, bautizados, engendrados por el espíritu de Jehová Dios para ser coherederos con su Hijo Jesucristo en el reino celestial (Rom 8, 14-17).  Los informes muestran que ahora hay menos de 12.000 de estos sobrevivientes. No todos los "Testigos de Jehová" esperan ir al cielo.  Verdaderamente, sólo una porción pequeña esperan esto (Lc 12, 32).  El todopoderoso Dios, quien coloca a todos los miembros en su organización como a él le place, ha limitado a 144.000 el número del "'Cuerpo de Cristo", cuyos miembros reinarán con Cristo Jesús en el reino celestial de Dios.
(Cosas en las cuales es imposible que Dios mienta, 337).
 Dice la Biblia:
 a) Jesús es nuestro Salvador
 Jesús de Nazaret ha venido a dar la respuesta definitiva a las esperanzas de salvación que alimentaba el Antiguo Testamento.  Esta convicción expresa ya con toda claridad el anciano Simeón (Lc 2, 29-32):
 Ahora, Señor, dejas marchar a tu siervo... mis ojos han visto tu salvación...
 El mismo nombre de Jesús significa "Salvador" (Mt 1, 21; Hech 4,12).
 Somos herederos de la salvación y estamos plenamente justificados (Rom 5, l).  Sin embargo, sólo en esperanza estamos salvados (Rom, 8, 24).  Dios nos destina a la salvación, pero se trata de una herencia que sólo se manifestará plenamente al fin de los tiempos (1 Tes 5,9): "Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro señor Jesucristo".
 De manera parecida se expresa 1 Ped 1, 4-5.
 Cristo aparecerá para damos la salvación.  Así lo dice Heb  9, 28: "Cristo, después de ofrecerse una sola vez para quitar los pecados de muchos, se presentará por segunda vez, sin pecado, a los que le esperan para la salvación ".
b) Dios quiere que todos se salven
1 Tim 2, 3-4:
 Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
 La voluntad de Dios es la Salvación de todos los hombres.  La obra de la Redención tiene un valor universal.  No se trata de una voluntad absoluta que se cumplirá a pesar de todo, sino de un deseo ardiente, cuya eficacia está condicionada por la libertad del hombre.  El hombre, a quien se han aplicado todos los méritos del sacrificio de Cristo, de la predicación apostólica y de la oración de los hermanos, debe cooperar en la aceptación de la verdad.  Llegar al conocimiento de la verdad es la condición indispensable para salvarse, y en cierto modo es la salvación misma, como enseña Jesucristo: "La vida eterna es ésta: que te conozcan a ti como el único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo" (Jn 17, 3).
c) El número de los que se salvan
 Lc 13,23-30: Cuando uno pregunta a Jesús si son pocos los que se salvan, Jesús no establece ninguna limitación en cuanto al número; exhorta a entrar por la puerta estrecha, antes de que esa puerta se cierre.
 El libro del Apocalipsis habla de los 144.000 que se salvan.  El libro del Apocalipsis tiene como tema fundamental nuestra lucha actual y la victoria que nos espera; aborda la cuestión de los que se salvan y, por dos veces, señala el número determinado de 144.000.
 ¿Se trata de un número matemático exacto? ¿Tan reducido es el número de los que se salvan?
 Habrá que tener en cuenta que el Apocalipsis utiliza con frecuencia el simbolismo de los números y de los colores.  Por ejemplo:
 7 es el número perfecto;
 8 (7+1) es la superabundancia de la perfección;
 6 (7-1) es la deficiencia, el mal: la bestia está expresada por 666;
 3 1/2 (7/2) = tres años y medio = 42 meses = 1.260 días.  Significa un período corto, un tiempo escaso;
 1.000 es número inmenso, infinito.
 12 es cifra santa, indica plenitud;
 Blanco = victoria, pureza;
 Rojo = sangre, crueldad, guerra;
 Púrpura = poder imperial;
 Negro = miseria;
 Verde (o amarillo) = peste;
 Arco iris (descomposición de colores) = presencia divina.
 Apoc 7,4-10: Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel: de la tribu de Judá, doce mil marcados, de la tribu de Rubén, doce mil, de la tribu de Gad, doce mil, de la tribu de Aser, doce mil, de la tribu de Neftalí, doce mil, de la tribu de Manasés, doce mil, de la tribu de Simeón, doce mil, de la tribu de Leví, doce mil, de la tribu de Isacar, doce mil, de la tribu de Zabulón, doce mil; de la tribu de José, doce mil; de la tribu de Benjamín, doce mil marcados. Después de esto apareció en la visión una muchedumbre innumerable de toda nación y raza, pueblo y lengua; estaban de pie ante el trono y ante el cordero, vestidos de blanco y con palmas en la mano; aclamaban a gritos: La victoria pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero.
 Apoc 14, 1-13:
En la visión apareció el Cordero de pie sobre el monte Sión y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban inscrito en la frente el nombre del cordero y el nombre de su Padre.
Oí también un fragor que bajaba del cielo, parecido al estruendo del océano y al estampido de un trueno fuerte: era el son de citaristas que tañían sus cítaras delante del trono, delante de los cuatro vivientes y los ancianos, cantando un cántico nuevo.
Nadie podía aprender aquel cántico fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil, los adquiridos en la tierra. Éstos son los que no se pervirtieron con mujeres, porque son vírgenes; éstos son los que siguen al Cordero adonde quiera que vaya; los adquirieron como primicias de la humanidad para Dios y el Cordero.  En sus labios no hubo mentira, no tienen falta.
Vi otro ángel que volaba por mitad del cielo; llevaba un mensaje irrevocable para anunciarlo a los habitantes de la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo...
Oí una voz del cielo que decía: Escribe: Dichosos los que en adelante mueran en el Señor.  Cierto, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan.
 ¿Cómo interpretar estos textos?
 -Los ciento cuarenta y cuatro mil marcados son todos del pueblo de Israel.  A continuación se habla de una multitud incontable de todos los demás pueblos y razas.
 -El número ciento cuarenta y cuatro mil hay que entenderlo en sentido simbólico, de acuerdo con el carácter del Apocalipsis, y no con un valor matemático exacto.
 De cada una de las tribus son sellados doce mil.  El doce es número sagrado que indica plenitud; el mil es número de inmensidad.

 Quiere, pues, decir, que de cada tribu son muchos los que se salvan.
 En la enumeración de las tribus, se omite la de Dan.  Tal vez porque -según una tradición judía- de ella nacería el anticristo; por eso era considerada como maldita.  No obstante, hay que mantener el número de doce por su simbolismo; para ello, además de nombrar a José, nombra a su hijo Manasés.
 -La multitud incontable (a la que podemos pertenecer los que no somos descendientes de Israel) alcanza igualmente la Salvación, pues:
 -tienen vestiduras blancas (color de victoria),
 -tienen palmas en la mano (símbolo de triunfo),
 -están delante del trono y del Cordero.
 -En el capítulo 14 esta muchedumbre está en la tierra, mientras que los ciento cuarenta y cuatro mil están en el cielo.  Es decir, "el Resto de Israel" ya se ha salvado y está en el cielo cuando Juan escribe este libro, porque Israel como pueblo religioso ha acabado.  En cambio, hay muchas gentes que se han de salvar y están todavía en la tierra, en la tribulación, en la lucha.  A éstos exhorta el ángel para que se mantengan fieles, reconozcan y teman a Dios ... porque "dichosos los que en -adelante mueran en el Señor".
 Se trata de una diferencia actual: unos salvados están ya en el cielo, mientras que otros que se han de salvar están todavía en la tierra.
 No hay nada en el texto que haga pensar que unos alcanzan una salvación plena en el cielo, mientras que la salvación de otros es de menor valor, permaneciendo para siempre en la tierra.  Esta distinción no estaría de acuerdo tampoco con los muchos textos que hablan de la salvación, y nunca mencionan una categoría diversa en los salvados.
 -La virginidad de los ciento cuarenta y cuatro mil, de que habla el capítulo 14, hay que entenderla igualmente en sentido simbólico.  Si sólo se salvaran los "vírgenes" en sentido fisiológico, habría que excluir de la salvación a todos los Patriarcas comenzando por el mismo Abraham.
 En el AT se habla con frecuencia de la Alianza de Dios con Israel con el simbolismo de la alianza matrimonial.  El pueblo debe mantenerse fiel a estos desposorios.  Si abandona a Yahveh, su legítimo esposo, para servir a otros dioses, comete adulterio.  La virginidad, en consecuencia, es la fidelidad a Dios, evitando toda idolatría.
 Viene, pues a decir el Apocalipsis: Muchos judíos han alcanzado la salvación ya.  Muchos más de la gentilidad la alcanzarán, pero todavía están en la lucha, todavía han de esforzarse por alcanzar esta salvación.

domingo, 11 de abril de 2010

Santa Faustina Kowalska, Apostol de la Divina Misericordia.

  
Santa Faustina Kowalska
Apóstol de la Divina Misericordia

Nacida el 25 de agosto de 1905
Muere el 5 de octubre de 1938
Canonizada el 30 de abril del 2000, año jubilar.

Cuando se anunció la pronta canonización de la Beata Faustina nos llenamos de alegría ya que ella es una de las patronas de nuestra comunidad.  Esta religiosa polaca recibió mensajes de Jesús sobre su Divina Misericordia. Providencialmente esta devoción tan necesaria para nuestros tiempos se ha propagado por el mundo entero. Es un milagro de Dios y un compatriota de Santa Faustina ha sido el gran instrumento: Juan Pablo II.
La misericordia de Dios se revela en toda la historia. Adán y Eva, a pesar de su pecado, reciben la promesa de la redención. En Sodoma, en el tiempo de Noe, ante la esclavitud en Egipto, una y otra vez, Dios busca rescatarnos aunque son pocos los que le responden. Pero la misericordia divina se manifiesta en su plenitud en Jesucristo cuyo corazón traspasado es fuente infinita de misericordia. En el siglo XX Jesús visita a Santa Faustina y le muestra Su corazón traspasado del que emanan rayos de luz blanca (el agua del bautismo) y roja (Su Sangre) y le encomienda la misión de dar a conocer Su misericordia a todos los hombres. Ante la pérdida de la fe del siglo XX, el mensaje de la misericordia se hace urgente pues es la única esperanza de la humanidad.

Primeros años de Santa Faustina
Santa Faustina nació en la aldea de Glogoviec, en Swinice Varckie, Polonia, el 25 de agosto de 1905. Fue bautizada dos días después con el nombre de Elena Kowalska, en la Iglesia de San Casimiro. Sus padres tuvieron 8 hijos (Elena es la tercera), a quienes criaron con mucha disciplina, siendo gran ejemplo de vida espiritual. A muy temprana edad, Elena fue llamada a hablar con el cielo. Una indicación de este hecho fue un sueño que ella tuvo a la edad de 5 años. Su madre recuerda que en esa época Elena dijo a su familia. “Yo estuve caminando de la mano de la Madre de Dios en un jardín precioso”. Muchas veces, aún antes de los siete años, la niña se despertaba durante la noche y se sentaba en la cama. Su mamá veía que estaba rezando, y le decía que regresara a dormir o terminaría perdiendo la cabeza. “Oh, no madre”, Elena le contestaba, “mi ángel guardián me debe haber despertado para rezar.” Nos dice Santa Faustina en su diario (#7): “Desde los siete años sentía la suprema llamada de Dios, la gracia de la vocación a la vida consagrada. A los siete años por primera vez oí la voz de Dios en mi alma, es decir, la invitación a una vida más perfecta. Sin embargo, no siempre obedecí la voz de la gracia. No encontré a nadie quien me aclarase esas cosas.” Este evento ocurrió en Vísperas, durante la exposición del Santísimo Sacramento.
Elena tenía aproximadamente 9 años cuando se preparó para recibir los sacramentos de la Confesión y la Comunión en la Iglesia de San Casimiro. Su madre recuerda que antes de dejar la casa en el día de su Primera Comunión, Elena besó las mano de sus padres para demostrar su pena por haberles ofendido. Desde aquél entonces, se confesaba todas las semanas; cada vez rogaba a sus padres perdón, besándoles las manos, siguiendo una costumbre Polaca. Esto lo hacía a pesar de que sus hermanos y hermanas no le imitaban.
Elena ayudaba en la casa con los quehaceres de la cocina, ordeñando las vacas, y cuidando de sus hermanos. Empezó a asistir al Colegio cuando tenía 12 años de edad, debido a que las escuelas en Polonia estaban cerradas durante la ocupación Rusa. Solo pudo completar tres trimestres, cuando en la primavera de 1919, se notificó a todos los estudiantes mayores, que salieran del colegio para dar cabida a los niños menores.
A los 15 años comenzó a trabajar como empleada doméstica y de nuevo sintió muy fuertemente el llamado a la vocación religiosa, pero al presentarle su sentido a sus padres se lo negaron. Varias veces pidió permiso a sus padres para entrar al convento; la misma Santa relata una de estas ocasiones en el diario: “El decimoctavo año de mi vida, insistente pedido a mis padres el permiso para entrar en un convento; una categórica negativa de los padres. Después de esa negativa me entregué a las vanidades de la vida sin hacer caso alguno a la voz de la gracia, aunque mi alma en nada encontraba satisfacción. Las continuas llamadas de la gracia eran para mí un gran tormento, sin embargo intenté apagarlas con distracciones. Evitaba a Dios dentro de mí y con toda mi alma me inclinaba hacia las criaturas, Pero la gracia divina venció en mi alma” (# 8).

Durante ese mismo año tuvo una experiencia que marcó su vida. Fue invitada a una fiesta junto con su hermana Josefina, en el parque de Venecia, en la ciudad de Lodz: “Una vez, junto con una de mis hermanas fuimos a un baile. Cuando todos se divertían mucho, mi alma sufría tormentos interiores. En el momento en que empecé a bailar, de repente vi a Jesús junto a mí. A Jesús martirizado, despojado de sus vestiduras, cubierto de heridas, diciéndome esas palabras: '¿Hasta cuándo Me harás sufrir, hasta cuándo Me engañarás?' En aquel momento dejaron de sonar los alegres tonos de la música, desapareció de mis ojos la compañía en que me encontraba, nos quedamos Jesús y yo. Me senté junto a mi querida hermana, disimulando lo que ocurrió en mi alma con un dolor de cabeza. Un momento después abandoné discretamente a la compañía y a mi hermana y fui a la catedral de San Estanislao Kostka. Estaba anocheciendo, había poca gente en la catedral. Sin hacer caso a lo que pasaba alrededor, me postré en cruz delante del Santísimo Sacramento, y pedí al Señor que se dignara hacerme conocer qué había de hacer en adelante.

Entonces oí esas palabras: 'Ve inmediatamente a Varsovia, allí entrarás en un convento.' Me levanté de la oración, fui a casa y solucioné las cosas necesarias. Como pude, le confesé a mi hermana lo que había ocurrido en mi afina, le dije que me despidiera de mis padres, y con un solo vestido, sin nada más, llegué a Varsovia.”
Pidió a la Santísima Virgen que la guiara y le dejara saber donde dirigirse. Así llegó a la Iglesia de Santiago Apóstol en las afueras de Varsovia y, al finalizar las misas, habló con un sacerdote que la envió donde la Sra. Lipzye, una señora muy católica, y se hospedó con ella. Durante su estadía con la familia Lipzye visitó varios conventos pero todas las puertas le fueron cerradas. Pidiéndole al Señor que no la dejara sola, buscaba una respuesta a su oración, pero el Señor quería enseñarle que El siempre responde a nuestras oraciones solo en su tiempo, no en el nuestro.
Santa Faustina se dirigió a las puertas de la Casa Madre de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia en la calle Zytnia, en Varsovia, donde la Madre general la interrogó. Madre Micaela le dijo que fuera a preguntarle al Señor de la casa si Él la aceptaba. Santa Faustina se dirigió a la Capilla y le preguntó al Señor si la aceptaba y escuchó en su corazón: "Yo te acepto; tu estas en mi Corazón". Ella se dirigió donde la Madre General y le dijo lo que había oído, la Madre repuso, "si el Señor te acepta yo también te acepto, esta es tu casa" (#’s 9 y 10).
La pobreza de Santa Faustina fue su peor obstáculo pues necesitaba recoger dinero para el ajuar. La superiora le sugirió que siguiera trabajando hasta completarlo. Trabajó un año como doméstica para reunir todo el dinero. Durante ese tiempo tuvo muchos retos y obstáculos, pero se mantuvo firme en su decisión, y durante la Octava de Corpus Christi, el 25 de julio de 1925, hizo un voto de castidad perpetua al Señor. Relata la Santa, “Con las palabras sencillas que brotaban del corazón, hice a Dios el voto de castidad perpetua. A partir de aquel momento sentí una mayor intimidad con Dios, mi Esposo. En aquél momento hice una celdita en mi corazón donde siempre me encontraba con Jesús” (#16).
Postulantado
El 2 de agosto de 1925, fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles, entró en la Congregación como Postulante. Pocas semanas después de haber entrado tuvo la tentación de irse del convento. Fue en busca de la Madre Superiora y al no encontrarla se fue a su celda. Estando en su cuarto tuvo una visión de Jesús, con su rostro destrozado y cubierto de llagas. Ella le preguntó "¿Jesús quien te ha herido tanto?" Jesús le contestó: "Esto es el dolor que me causarías si te vas de este convento. Es aquí donde te he llamado y no a otro; y tengo preparadas para ti muchas gracias." Ella comprendió que Dios realmente la quería ahí y a la mañana siguiente confesó a su director espiritual lo que le había ocurrido. Él le confirmó que realmente Dios la quería ahí.
Como Postulante se familiarizó en sus ejercicios espirituales. Fue encargada de la cocina, de limpiar el cuarto de la Madre Barkiewez y de cuidarla durante su enfermedad.
A causa de sus conflictos interiores, su gran fervor espiritual, y el cambio de vida, la salud de Santa Faustina empezó a decaer. Las superioras, alarmadas por el agotamiento que manifestaba, la enviaron a Skolimow, a la casa de descanso, en compañía de dos hermanas.
Entrada al Noviciado y profesión
En los comienzos de 1926, fue enviada al noviciado en Józefów (el lugar de San José) en Cracovia-Lagiewniki, para terminar su Postulantado y el 30 de abril tomó el hábito religioso como novicia y recibió su nombre de Sor María Faustina. Durante la ceremonia le fue revelada la magnitud de sus sufrimientos futuros y a lo que se estaba comprometiendo. Esto duró poco, luego el Señor la llenó de una gran consolación. En este convento de Cracovia-Lagiewniki, Santa Maria Faustina hizo su noviciado, pronunció sus primeros votos y los perpetuos, sirvió como cocinera, jardinera y portera, y pasó los últimos años de su vida terrenal.
En el transcurso de su noviciado un hecho que se conoce mucho es la historia de la escurrida de las papas. Debido a la gran debilidad que sufría, esta tarea se le dificultaba cada día mas, entonces empezó a evadirla, pero al poco tiempo se empezó a notar; la Madre Superiora no comprendía que a pesar de su deseo, Sor Faustina no podía hacerlo por su poca fuerza. Un día, cuando hizo su examen de conciencia se quejó al Señor de su debilidad. Escuchó estas palabras: "Desde hoy tendrás mas facilidad, pues yo te fortaleceré". A la noche, confiada por lo que el Señor le había prometido, se apresuró a tomar la olla. La levantó con facilidad y la escurrió perfectamente. Cuando levantó la tapa para dejar salir el vapor, en vez de papas, ella vio ramos de rosas, las más hermosas que jamás hubiese visto. Tratando de comprender esta visión escuchó estas palabras: "Yo cambié tu trabajo tan duro en un ramillete de las más bellas flores, y su perfume sube a Mi Trono". Después de esto ella buscaba como hacer este trabajo diariamente aun cuando no le tocaba, porque comprendió que le agradaba al Señor.
Para quien la observara desde fuera nada hubiera delatado su extraordinaria y rica vida mística. Cumplía sus deberes con fervor, observaba fielmente todas las reglas del convento, era recogida y piadosa, pero a la vez natural, y alegre, llena de amor benévolo y desinteresado al prójimo. Sus hermanas recuerdan que Santa Faustina fue una grata compañía durante el noviciado y su conducta al orar provocaba en las otras novicias una gran reverencia a la Majestad de Dios.
Toda su vida se concentraba en caminar con constancia hacia la cada vez más plena unión con Dios y en una abnegada colaboración con Jesús en la obra de la salvación de las almas. “Jesús mío - confeso en el diario – Tú sabes que desde los años más tempranos deseaba ser una gran santa, es decir, deseaba amarte con un amor tan grande como ningún alma Te amó hasta ahora” (# 1372).
Durante su vida logró un alto grado de unión de su alma con Dios, pero también tuvo que esforzarse y luchar en duros combates en el camino hacia la perfección cristiana. El Señor la colmó de muchas gracias extraordinarias: los dones de contemplación y de profundo conocimiento del misterio de la Divina Misericordia, visiones, revelaciones, estigmas ocultos, los dones de profecía, de leer en las almas humanas, y desposorios místicos. Colmada de tantas gracias, escribió: “Ni las gracias ni las revelaciones, ni los éxtasis, ni ningún otro don concedido al alma la hacen perfecta, sino la comunión interior del alma con Dios... Mi santidad y perfección consisten en una estrecha unión de mi voluntad con la voluntad de Dios." (# 1107).

sábado, 10 de abril de 2010

¿La Iglesia prohibía en la edad media leer la Biblia o traducirla a lenguas populares?

¿La Iglesia sumía al pueblo medieval en ignorancia Bíblica con  Biblias en lenguas antiguas?


Cortesía de http://apologetica.org

El Oscurantismo Medieval
La obra Sección I del Griego del Nuevo Testamento, que facilita en sus cursos de lenguas bíblicas la entidad protestante s.e.u.t. (Seminario Evangélico Unido de Teología, ligado a la Iglesia Evangélica Española y a la Iglesia Española Reformada Episcopal), no se centra en la lengua griega, como sería de esperar, sino que incursiona en el terreno de la exégesis y de la historia al exponer algunos de los principios "exegéticos" de la pseudo-reforma protestante, así como al enseñar sin rubor los mitos de la historiografía "reformada". Vamos a ver cómo esta obra maestra de manipulación ideológica carece de base científica y bíblica.
Mito primero

Se trata de la supuesta ignorancia de los pueblos de Europa en materia bíblica antes de la pseudo-reforma protestante, tal y como se afirma en la lección 34 de la Sección I (pág. 5.8), donde se dice a propósito de la Edad Media, la "Edad de las tinieblas", que dicha ignorancia se debía a estar escrita la Biblia "sólo en idiomas antiguos, como el latín y el griego. La Biblia estaba sólo disponible, mayormente, en latín, y el hombre corriente de entonces no estaba más versado en latín que el operario de una fábrica de Ford en la actualidad"; y "un poco antes de la Reforma, algunos comenzaron a traducir la Biblia a lenguas europeas (...) a pesar de la terrible oposición y persecución". Parece imposible mayor número de falsedades en tan pocas líneas. 
Vamos por partes:

1) La Edad Media comienza en el siglo V d.C., a contar desde el año de la caída de Roma. En dicha época la mitad occidental del antiguo imperio romano, dominada por los bárbaros, hablaba latín y disponía de una excelente versión de la Biblia: la Vulgata de San Jerónimo; la mitad oriental del imperio, que sobrevivió hasta que los turcos conquistaron Constantinopla en el siglo XV, hablaba griego y podía leer en esa lengua tanto en Nuevo Testamento como el Viejo (este último en varias versiones, como la de los LXX); de suerte que en la Edad Media el pueblo tenía un conocimiento amplísimo de las Escrituras.

2) La Biblia se traducía a las lenguas vernáculas muchos siglos antes de la pseudo-reforma de Lutero, Calvino y compañía, pues:
a) Los santos católicos Cirilio y Metodio tradujeron la Biblia al búlgaro antiguo en el siglo IX, ¡en plena Edad Media, la "Edad de las tinieblas"! (cf. Lengua y Literatura Latinas I, autores varios, UNED, Madrid, 1986, pág. 32, e Iniciación a la fonética, fonología y morfología latinas, José Molina Yébenes, Publicacions Universitat de Barcelona: Barcelona 1993, pág. 4); así, los búlgaros podían leer la Biblia en su lengua.
b) El obispo Ulfilas (arriano, no católico), evangelizador de los godos de Dacia y Tracia, tradujo la Biblia al gótico pocos años antes de que San Jerónimo acabara la Vulgata, de suerte que cuando llegaron las "tinieblas" medievales ¡los godos podían leer la Biblia en su lengua materna! (cf. José Molina Yévenes, op. cit., pág. 5; Esteban Torre, Teoría de la traducción literaria, Ed. Síntesis, 1994, pág. 24, y UNED, op. cit., pág. 32).
c) El monje católico Beda el Venerable tradujo al anglosajón o inglés antiguo el Evangelio de San Juan poco antes de su muerte, acaecida en el año 735, o sea: ¡en plena Edad Media, "la Edad de las tinieblas"! (cf. Esteban Torre, op. cit., pág. 24).
d) El gran historiador Giuseppe Riciotti, autor de obras meritísimas como Vida de Jesucristo (Ed. Luis Miracle, Barcelona 1978) e Historia de Israel (Ed. Luis Miracle, Barcelona 1949), nos informa en su introducción a la Sagrada Biblia de que, en Italia, "la Biblia en lengua vulgar era popularísima en los siglos XV y XVI", y de que "desde el siglo XIII se poseen" traducciones italianas de la Biblia, aunque "se trata de traducciones parciales", es decir, aunque se trata de traducciones de los libros sagrados más memorables y accesibles, pues a nadie, excepción hecha de unos cuantos eruditos, le interesaba, p. ej., el elenco interminable y fastidiosísimo de las genealogías del libro de los Números (tomado de sì sì no no, n. 70, abril 1998, pág. 7).
e) La obra Historia de la Literatura I (Antigua y Medieval) (autores varios, UNED, Madrid, 1991, pág. 103) nos informa de lo siguiente tocante a las versiones castellanas de la Biblia: "hallamos en el siglo XIII otro grupo de obras formado por las traducciones de la Biblia que se realizaron en este periodo. Ya en la primera mitad del siglo nos encontramos con el primer texto conservado que se incluye en este grupo: la Fazienda de Ultramar. Pese a que algunos han querido retrasar su redacción hasta mediados del siglo XII, no parece, por su lengua, que fuere escrita en fecha tan temprana. No es una simple versión de la Biblia. Contiene, junto a la propia traducción (realizada, al parecer, no directamente de la Vulgata sino de una traducción latina del siglo XII efectuada sobre los textos hebreos), otra serie de materiales: descripciones geográficas, relatos tomados de la antigüedad clásica... Parece que pretende ser una especie de guía para los peregrinos que viajaban a Tierra Santa. Mediante estas traducciones de la Biblia se consiguió que personas que sabían leer en su propia lengua pudiesen recibir más directamente las enseñanzas religiosas. Las versiones eran también aprovechadas para lectura en voz alta realizada en grupos reducidos. La Iglesia española de la época no era muy partidaria de las Biblias romances, y de hecho en el Concilio de Tarragona de 1233 llegó a prohibir su lectura. Pese a ello la traducción de las Escrituras no fue abandonada, se desarrolló ampliamente a lo largo del siglo XIII y las Biblias romanceadas fueron leídas incluso por los reyes de la época".

Está claro: mucho antes de Calvino y Lutero, el pueblo castellano leía la Biblia en su lengua. La enorme extensión de las traducciones castellanas muestran que el derecho prohibitivo del Concilio Tarraconense o no se aplicó o enseguida cayó en desuso. Dicha decisión conciliar tenía su explicación: antes de autorizar la lectura de una versión había que mirar si acaso estaba bien hecha, sin falseamientos del texto sagrado. La escasa calidad literaria de las versiones junto con el aditamento de otros materiales no era de lo más a propósito para alejar toda sospecha; pero no se persiguió a nadie por traducir la Biblia al castellano, lo cual es muy significativo.
f) "La Edad Media presenció el florecimiento en Francia de un gran número de traducciones de la Sagrada Escritura a todas las lenguas y dialectos de Oc y de Oil [para todas las antiguas versiones francesas nos remitimos a: P. C. Chauvin, La Bible depuis ses origines jusqu'à nos jours]. Se poseen algunas que se remontan al siglo XII e incluso a finales del XI. En el siglo XIII, la Universidad de París presentó una traducción de ambos Testamentos que hizo ley durante mucho tiempo. Con todo, aparecieron otras versiones francesas, particularmente en el siglo XIV. Una de ellas, la de Guyart Desmoulins, de finales del siglo XIII pero actualizada tocante al estilo, se imprimió desde 1478 en cuanto al Nuevo Testamento, y en su totalidad en 1487" (Daniel Raffard de Brienne, Traductor, Traditor. Les nouvelles traductions de l'Écriture Sainte, en la revista Lecture et Tradition, julio-agosto de 1986).

Lutero se jactaba de haber sido el primero en traducir la Biblia al alemán, pero ya el heresiarca Calvino le recordó que dicho honor no le pertenecía; en efecto, sabemos que el fraile editó en 1522 el Nuevo Testamento, y en 1532 lo restante, y que "se ha dicho de esta versión, con gran falta de verdad histórica, que era la primera versión alemana en lengua vernácula, cuando para entonces sólo en Alemania había catorce versiones en lengua erudita y cinco en lengua corriente. Además había muchas versiones parciales, como del Nuevo Testamento, de los Salmos... (cf. Janssen: 
Geschichte des deutschen Volkes seit dem Ausgang des Mittelalters, 8 vv., Friburgo, 1883-1893, tomo I, pág. 51)" (Francisco J. Montalbán, S.I., Los Orígenes de la Reforma Protestante, Razón y Fe, Madrid 1942, pág. 129).
g) El gran historiador Ricardo García-Villoslada nos informa también de las versiones germánicas de la Biblia antes de Lutero: "Muchos opinan que la obra principal de Martín Lutero en su vida fue la traducción de la Sagrada Escritura al idioma de su pueblo. No cabe duda que la versión vernácula de la Biblia y la divulgación de la misma, ofreciéndola como única norma de fe, jugó un papel importantísimo en la fundación y establecimiento de la Iglesia luterana. Exagerando sus méritos, por otra parte innegables, solía repetir que en la Iglesia, antes de él, nadie conocía ni leía la Biblia (Tischr. 3795 III 690; ibid., 6044 V 457 y otros muchos lugares). Hoy el lector se ríe de tan injustas aseveraciones, dictadas por la pasión. Recuérdese lo que dijimos de la lectura de la Biblia cuando Fr. Martín era novicio en Erfurt. Francisco Falk ha contado no menos de 156 ediciones desde la invención de la imprenta hasta 1520 (F. Falk, Die Bibel am Ausgange des Mittelalters [Maguncia 1905] 24). Sebastián Brant comienza su conocido poema Nave de los locos (1494) con estos versos: `Todos los países están hoy llenos de Sagrada Escritura -y de cuanto atañe a la salud de las almas-, de la Biblia', etc.
Traducciones alemanas de toda la Sagrada Escritura existían no pocas antes de Lutero, por lo menos catorce en alto alemán y cuatro en bajo alemán, sin contar las versiones parciales, salterios, evangeliarios, etc. En el siglo XIV se hizo en Baviera una traducción total, que el impresor alsaciano Juan Mentelin hizo estampar en Estrasburgo en 1466, y que con algunas modificaciones fue reimpresa trece veces antes de que apareciese la de Lutero, llegando a ser como una Vulgata alemana, según Grisar. (Puede consultarse la gran edición de W. Kurrelmeyer, Die erste deutsche Bibel [Tubinga 1903-15], 10 tomos con el texto primigenio y las correcciones de las 13 ediciones posteriores. Véase también W. Kurrelmeyer, The Genealogy of the Prelutheran Bibles, en The Journal of Germanic Philology, 3,2 [1900] 238-47; W. Walter, Die Deutsche Bibel: übersetzung des Mittelalters, Braunschweig 1889-92)" (García-Villoslada, Martín Lutero, BAC, Madrid 1976, t. II, pág. 399).
h) También se puede mencionar la traducción de la Biblia, en la Edad Media, a otras lenguas indoeuropeas, como el armenio (cf. UNED, op. cit., pág. 30 y Molina Yébenes, op. cit., pág. 4), hecha en el siglo V, ¡el siglo en que comienza la "Edad de las tinieblas"!

Con lo dicho hasta ahora es suficiente para demoler uno de los mitos de la historiografía protestante: la tremenda ignorancia en punto a la Biblia en que la malvada Iglesia Católica mantenía a los pueblos cristianos medievales.

Mito segundo


En la Edad Media "la mayoría de las personas no sabían leer ni escribir. Así que estaban `a oscuras' por lo que respecta a toda clase de conocimiento, ya que no podía ser comunicado" (Lección 34 de la Sección I, pág. 5.8).
¡Esto es genial! ¿Dónde debió estudiar historia el autor? ¿En un cursillo televisivo de la BBC?
Veamos lo que nos dice sobre este asunto esa ciencia llamada Historia: "En la Edad Media, como en todas las épocas, el niño va a la escuela. Por lo general, es la escuela de su parroquia o del monasterio más cercano. En efecto, todas las iglesias tienen una escuela: a ello obliga el Concilio de Letrán de 1179, y en Inglaterra, país más conservador que el nuestro, todavía puede verse la iglesia junto a la escuela y el cementerio. Muchas veces son fundaciones señoriales las que garantizan la instrucción de los niños; Rosny, una pequeña aldea a orillas del Sena, tenía desde comienzos del siglo XVIII una escuela que había fundado hacia el año 1200 su señor Gui V Mauvoisin. Otras veces se trata de escuelas exclusivamente privadas; los habitantes de un poblado se asocian para mantener a un maestro que toma a su cargo la enseñanza de los niños. (...)También los capítulos de las catedrales estaban sometidos a la obligación de enseñar dictada por el Concilio de Letrán (Nota 1: En cada diócesis, dice Luchaire, aparte de las escuelas rurales o parroquiales que ya existían... los capítulos y los principales monasterios tenían sus escuelas, su personal de profesores y alumnos. La societé française au temps de Philippe Auguste, pág. 68).
El niño entraba en ellas [en las escuelas] a los siete u ocho años de edad, y la enseñanza que preparaba para los estudios universitarios se extendía a lo largo de una década, lo mismo que hoy, de acuerdo con los datos que proporciona el abad Gilles el Muisit. Varones y niñas estaban separados; para las niñas había establecimientos particulares, tal vez menos numerosos, pero donde los estudios alcanzaban a veces niveles muy altos. La abadía de Argenteuil, donde se educó Eloísa, proporcionaba el aprendizaje de la Sagrada Escritura, letras, medicina y hasta cirugía, aparte del griego y el hebreo, que introdujo Abelardo. En general, las escuelas daban a sus alumnos nociones de gramática, aritmética, geometría, música y teología, que les permitían acceder a las ciencias que se estudiaban en la Universidad; algunas incluían alguna enseñanza técnica. La Histoire Littéraire menciona como ejemplo la escuela de Vassor en la diócesis de Metz, donde al mismo tiempo que aprendían la Sagrada Escritura y las letras, los alumnos trabajaban el oro, la plata y el cobre (Nota 2: L. VII, c. 29; registrado por J. Guiraud, Histoire partiale, histoire vraie, pág. 348). (...) En esta época los niños de las diferentes clases sociales se educaban juntos, como lo atestigua la conocida anécdota que presenta a Carlomagno irritado contra los hijos de los barones, que eran perezosos, contrariamente a los hijos de los siervos y los pobres. La única distinción que se hacía era la de la retribución, dado que la enseñanza era gratuita para los pobres y de pago para los ricos.
Veremos que esa gratuidad podía prolongarse mientras duraran los estudios y también extenderse al acceso al título, puesto que el ya mencionado Concilio de Letrán prohíbe a las personas cuya función era dirigir y controlar las escuelas `que exijan a los candidatos al profesorado una remuneración para que se les otorgue el título'. Por otra parte, en la Edad Media había poca diferencia en la educación que recibían los niños de diferente condición; los hijos de los vasallos más humildes se educaban en la mansión señorial junto a los del señor, los hijos de los burgueses ricos estaban sometidos al mismo aprendizaje que el del más humilde artesano si querían atender a su vez el comercio paterno. Ésta es sin duda la razón por la cual hay tantos grandes de origen humilde: Suger, que gobernó Francia durante la cruzada de Luis VII, era hijo de siervos; Maurice de Sully, el obispo de París que hizo construir la iglesia de Nôtre-Dame, nació de un mendigo; San Pedro Damiánfue porquero en su infancia, y Gerbert d'Audrillac, una de las luces más fulgurantes de la ciencia medieval, fue también pastor; el papa Urbano VI era hijo de un zapatero de Troyes, y Gregorio VII, el gran Papa de la Edad Media, de un pobre cabrero. A la inversa, muchos grandes señores son letrados cuya educación no debió diferir en mucho de la de los clérigos: Roberto el Piadoso componía himnos y secuencias latinas; Guillermo IX, príncipe de Aquitania, fue el primero de los trovadores; Ricardo Corazón de León nos dejó poemas, lo mismo que los señores de Ussel, de Baux y muchos otros; para no hablar de casos más excepcionales como el del rey de España Alfonso X" (Régine Pernoud, A la luz de la Edad Media, Ed. Juan Granica, Barcelona 1988, págs. 115-118).

Todo lo anterior, pura historia, nos presenta un cuadro de la Edad Media muy distinto del dibujado por la mitología protestante: la instrucción era vastísima, todo el mundo tenía acceso al conocimiento de las Escrituras, y la cultura era gratuita para los pobres (lo contrario de lo que ocurre en nuestro mundo protestantizado). ¿Dónde están, pues, las "tinieblas" medievales? Tan sólo en la mente de los mitógrafos protestantes.
Luis Fernando Pérez

jueves, 1 de abril de 2010

Instrucción REDEMPTIONIS SACRAMENTUM. Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
25 de marzo de 2004

ÍNDICE
Proemio [1-13]
Cap. I
La ordenación de la sagrada Liturgia [14-18]
1. El Obispo diocesano, gran sacerdote de su grey [19-25]
2. La Conferencia de Obispos [26-28]
3. Los presbíteros [29-33]
4. Los diáconos [34-35]
Cap. II
La participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía
1. Un participación activa y consciente [36-42]
2. Tareas de los fieles laicos en la celebración de la s. Misa [43-47]
Cap. III
La celebración correcta de la santa Misa
1. La materia de la santísima Eucaristía [48-50]
2. La Plegaria eucarística [51-56]
3. Las otras partes de la Misa [57-74]
4. La unión de varios ritos con la celebración de la Misa [75-79]
Cap. IV
La sagrada Comunión
1. Las disposiciones para recibir la sagrada Comunión [80-87]
2. La distribución de la sagrada Comunión [88-96]
3. La Comunión de los sacerdotes [97-99]
4. La Comunión bajo las dos especies [100-107]
Cap. V
Otros aspectos que se refieren a la Eucaristía
1. El lugar de la celebración de la santa Misa [108-109]
2. Diversos aspectos relacionados con la santa Misa [110-116]
3. Los vasos sagrados [117-120]
4. Las vestiduras litúrgicas [121-128]
Cap. VI
La reserva de la s. Eucaristía y su culto fuera de la Misa
1. La reserva de la santísima Eucaristía [129-133]
2. Algunas formas de culto a la s. Eucaristía fuera de la Misa [134-141]
3. Las procesiones y los congresos eucarísticos [142-145]
Cap. VII
Ministerios extraordinarios de los fieles laicos [146-153]
1. El ministro extraordinario de la sagrada Comunión [154-160]
2. La predicación [161]
3. Celebraciones particulares que se realizan en ausencia del sacer. [162-167]
4. De aquellos que han sido apartados del estado clerical [168]
Cap. VIII
Los remedios [169-171]
1. Graviora delicta [172]
2. Los actos graves [173]
3. Otros abusos [174-175]
4. El Obispo diocesano [176-180]
5. La Sede Apostólica [181-182]
6. Quejas por abusos en materia litúrgica [183-184]
Conclusión [185-186]

[1.] El Sacramento de la Redención, que la Madre Iglesia confiesa con firme fe y recibe con alegría, celebra y adora con veneración, en la santísima Eucaristía, [1] anuncia la muerte de Jesucristo y proclama su resurrección, hasta que Él vuelva en gloria, [2] como Señor y Dominador invencible, Sacerdote eterno y Rey del universo, y entregue al Padre omnipotente, de majestad infinita, el reino de la verdad y la vida. [3]
[2.] La doctrina de la Iglesia sobre la santísima Eucaristía ha sido expuesta con sumo cuidado y la máxima autoridad, a lo largo de los siglos, en los escritos de los Concilios y de los Sumos Pontífices, puesto que en la Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, que es Cristo, nuestra Pascua, [4] fuente y cumbre de toda la vida cristiana, [5] y cuya fuerza alienta a la Iglesia desde los inicios. [6] Recientemente, en la Carta Encíclica «Ecclesia de Eucharistia», el Sumo Pontífice Juan Pablo II ha expuesto de nuevo algunos principios sobre esta materia, de gran importancia eclesial para nuestra época. [7]
Para que también en los tiempos actuales, tan gran misterio sea debidamente protegido por la Iglesia, especialmente en la celebración de la sagrada Liturgia, el Sumo Pontífice mandó a esta Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos [8] que, en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe, preparara esta Instrucción, en la que se trataran algunas cuestiones referentes a la disciplina del sacramento de la Eucaristía. Por consiguiente, lo que en esta Instrucción se expone, debe ser leído en continuidad con la mencionada Carta Encíclica «Ecclesia de Eucharistia».
Sin embargo, la intención no es tanto preparar un compendio de normas sobre la santísima Eucaristía sino más bien retomar, con esta Instrucción, algunos elementos de la normativa litúrgica anteriormente enunciada y establecida, que continúan siendo válidos, para reforzar el sentido profundo de las normas litúrgicas [9] e indicar otras que aclaren y completen las precedentes, explicándolas a los Obispos, y también a los presbíteros, diáconos y a todos los fieles laicos, para que cada uno, conforme al propio oficio y a las propias posibilidades, las puedan poner en práctica.
[3.] Las normas que se contienen en esta Instrucción se refieren a cuestiones litúrgicas concernientes al Rito romano y, con las debidas salvedades, también a los otros Ritos de la Iglesia latina, aprobados por el derecho.
[4.] «No hay duda de que la reforma litúrgica del Concilio ha tenido grandes ventajas para una participación más consciente, activa y fructuosa de los fieles en el santo Sacrificio del altar». [10] Sin embargo, «no faltan sombras». [11] Así, no se puede callar ante los abusos, incluso gravísimos, contra la naturaleza de la Liturgia y de los sacramentos, también contra la tradición y autoridad de la Iglesia, que en nuestros tiempos, no raramente, dañan las celebraciones litúrgicas en diversos ámbitos eclesiales. En algunos lugares, los abusos litúrgicos se han convertido en una costumbre, lo cual no se puede admitir y debe terminarse.
[5.] La observancia de las normas que han sido promulgadas por la autoridad de la Iglesia exige que concuerden la mente y la voz, las acciones externas y la intención del corazón. La mera observancia externa de las normas, como resulta evidente, es contraria a la esencia de la sagrada Liturgia, con la que Cristo quiere congregar a su Iglesia, y con ella formar «un sólo cuerpo y un sólo espíritu». [12] Por esto la acción externa debe estar iluminada por la fe y la caridad, que nos unen con Cristo y los unos a los otros, y suscitan en nosotros la caridad hacia los pobres y necesitados. Las palabras y los ritos litúrgicos son expresión fiel, madurada a lo largo de los siglos, de los sentimientos de Cristo y nos enseñan a tener los mismos sentimientos que él; [13] conformando nuestra mente con sus palabras, elevamos al Señor nuestro corazón. Cuanto se dice en esta Instrucción, intenta conducir a esta conformación de nuestros sentimientos con los sentimientos de Cristo, expresados en las palabras y ritos de la Liturgia.
[6.] Los abusos, sin embargo, «contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento». [14] De esta forma, también se impide que puedan «los fieles revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron». [15] Conviene que todos los fieles tengan y realicen aquellos sentimientos que han recibido por la pasión salvadora del Hijo Unigénito, que manifiesta la majestad de Dios, ya que están ante la fuerza, la divinidad y el esplendor de la bondad de Dios [16] , especialmente presente en el sacramento de la Eucaristía. [17]
[7.] No es extraño que los abusos tengan su origen en un falso concepto de libertad. Pero Dios nos ha concedido, en Cristo, no una falsa libertad para hacer lo que queramos, sino la libertad para que podamos realizar lo que es digno y justo. [18] Esto es válido no sólo para los preceptos que provienen directamente de Dios, sino también, según la valoración conveniente de cada norma, para las leyes promulgadas por la Iglesia. Por ello, todos deben ajustarse a las disposiciones establecidas por la legítima autoridad eclesiástica.
[8.] Además, se advierte con gran tristeza la existencia de «iniciativas ecuménicas que, aún siendo generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe». Sin embargo, «la Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones». Por lo que conviene corregir algunas cosas y definirlas con precisión, para que también en esto «la Eucaristía siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio». [19]
[9.] Finalmente, los abusos se fundamentan con frecuencia en la ignorancia, ya que casi siempre se rechaza aquello de lo que no se comprende su sentido más profundo y su antigüedad. Por eso, con su raíz en la misma Sagrada Escritura, «las preces, oraciones e himnos litúrgicos están penetrados de su espíritu, y de ella reciben su significado las acciones y los signos». [20] Por lo que se refiere a los signos visibles «que usa la sagrada Liturgia, han sido escogidos por Cristo o por la Iglesia para significar las realidades divinas invisibles». [21] Justamente, la estructura y la forma de las celebraciones sagradas según cada uno de los Ritos, sea de la tradición de Oriente sea de la de Occidente, concuerdan con la Iglesia Universal y con las costumbres universalmente aceptadas por la constante tradición apostólica, [22] que la Iglesia entrega, con solicitud y fidelidad, a las generaciones futuras. Todo esto es sabiamente custodiado y protegido por las normas litúrgicas.
[10.] La misma Iglesia no tiene ninguna potestad sobre aquello que ha sido establecido por Cristo, y que constituye la parte inmutable de la Liturgia. [23] Pero si se rompiera este vínculo que los sacramentos tienen con el mismo Cristo, que los ha instituido, y con los acontecimientos en los que la Iglesia ha sido fundada, [24] nada aprovecharía a los fieles, sino que podría dañarles gravemente. De hecho, la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios doctrinales, [25] por lo que el uso de textos y ritos que no han sido aprobados lleva a que disminuya o desaparezca el nexo necesario entre la lex orandi y la lex credendi. [26]
[11.] El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande «para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal». [27] Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión, [28] y realiza acciones que de ningún modo corresponden con el hambre y la sed del Dios vivo, que el pueblo de nuestros tiempos experimenta, ni a un auténtico celo pastoral, ni sirve a la adecuada renovación litúrgica, sino que más bien defrauda el patrimonio y la herencia de los fieles. Los actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación, [29] sino que lesionan el verdadero derecho de los fieles a la acción litúrgica, que es expresión de la vida de la Iglesia, según su tradición y disciplina. Además, introducen en la misma celebración de la Eucaristía elementos de discordia y la deforman, cuando ella tiende, por su propia naturaleza y de forma eminente, a significar y realizar admirablemente la comunión con la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. [30] De estos actos arbitrarios se deriva incertidumbre en la doctrina, duda y escándalo para el pueblo de Dios y, casi inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos, en que frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente, muy difícil, de la «secularización». [31]
[12.] Por otra parte, todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas. Además, el pueblo católico tiene derecho a que se celebre por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Finalmente, la comunidad católica tiene derecho a que de tal modo se realice para ella la celebración de la santísima Eucaristía, que aparezca verdaderamente como sacramento de unidad, excluyendo absolutamente todos los defectos y gestos que puedan manifestar divisiones y facciones en la Iglesia. [32]
[13.] Todas las normas y recomendaciones expuestas en esta Instrucción, de diversas maneras, están en conexión con el oficio de la Iglesia, a quien corresponde velar por la adecuada y digna celebración de este gran misterio. De los diversos grados con que cada una de las normas se unen con la norma suprema de todo el derecho eclesiástico, que es el cuidado para la salvación de las almas, trata el último capítulo de la presente Instrucción. [33]

LA ORDENACIÓN DE LA SAGRADA LITURGIA
[14.] «La ordenación de la sagrada Liturgia es de la competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica; ésta reside en la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley, en el Obispo». [34]
[15.] El Romano Pontífice, «Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra... tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente», [35] aún comunicando con los pastores y los fieles.
[16.] Compete a la Sede Apostólica ordenar la sagrada Liturgia de la Iglesia universal, editar los libros litúrgicos, revisar sus traducciones a lenguas vernáculas y vigilar para que las normas litúrgicas, especialmente aquellas que regulan la celebración del santo Sacrificio de la Misa, se cumplan fielmente en todas partes. [36]
[17.] «La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos trata lo que corresponde a la Sede Apostólica, salvo la competencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, respecto a la ordenación y promoción de la sagrada liturgia, en primer lugar de los sacramentos. Fomenta y tutela la disciplina de los sacramentos, especialmente en lo referente a su celebración válida y lícita». Finalmente, «vigila atentamente para que se observen con exactitud las disposiciones litúrgicas, se prevengan sus abusos y se erradiquen donde se encuentren». [37] En esta materia, conforme a la tradición de toda la Iglesia, destaca el cuidado de la celebración de la santa Misa y del culto que se tributa a la Eucaristía fuera de la Misa.
[18.] Los fieles tienen derecho a que la autoridad eclesiástica regule la sagrada Liturgia de forma plena y eficaz, para que nunca sea considerada la liturgia como «propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios». [38]
1. EL OBISPO DIOCESANO, GRAN SACERDOTE DE SU GREY
[19.] El Obispo diocesano, primer administrador de los misterios de Dios en la Iglesia particular que le ha sido encomendada, es el moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica. [39] Pues «el Obispo, por estar revestido de la plenitud del sacramento del Orden, es "el administrador de la gracia del supremo sacerdocio" [40] , sobre todo en la Eucaristía, que él mismo celebra o procura que sea celebrada [41] , y mediante la cual la Iglesia vive y crece continuamente». [42]
[20.] La principal manifestación de la Iglesia tiene lugar cada vez que se celebra la Misa, especialmente en la iglesia catedral, «con la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios, [...] en una misma oración, junto al único altar, donde preside el Obispo» rodeado por su presbiterio, los diáconos y ministros. [43] Además, «toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el Obispo, a quien ha sido confiado el oficio de ofrecer a la Divina Majestad el culto de la religión cristiana y de reglamentarlo en conformidad con los preceptos del Señor y las leyes de la Iglesia, precisadas más concretamente para su diócesis según su criterio». [44]
[21.] En efecto, «al Obispo diocesano, en la Iglesia a él confiada y dentro de los límites de su competencia, le corresponde dar normas obligatorias para todos, sobre materia litúrgica». [45] Sin embargo, el Obispo debe tener siempre presente que no se quite la libertad prevista en las normas de los libros litúrgicos, adaptando la celebración, de modo inteligente, sea a la iglesia, sea al grupo de fieles, sea a las circunstancias pastorales, para que todo el rito sagrado universal esté verdaderamente acomodado al carácter de los fieles. [46]
[22.] El Obispo rige la Iglesia particular que le ha sido encomendada [47] y a él corresponde regular, dirigir, estimular y algunas veces también reprender [48] , cumpliendo el ministerio sagrado que ha recibido por la ordenación episcopal, [49] para edificar su grey en la verdad y en la santidad. [50] Explique el auténtico sentido de los ritos y de los textos litúrgicos y eduque en el espíritu de la sagrada Liturgia a los presbíteros, diáconos y fieles laicos, [51] para que todos sean conducidos a una celebración activa y fructuosa de la Eucaristía, [52] y cuide igualmente para que todo el cuerpo de la Iglesia, con el mismo espíritu, en la unidad de la caridad, pueda progresar en la diócesis, en la nación, en el mundo. [53]
[23.] Los fieles «deben estar unidos a su Obispo como la Iglesia a Jesucristo, y como Jesucristo al Padre, para que todas las cosas se armonicen en la unidad y crezcan para gloria de Dios». [54] Todos, incluso los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y todas las asociaciones o movimientos eclesiales de cualquier genero, están sometidos a la autoridad del Obispo diocesano en todo lo que se refiere a la liturgia, [55] salvo las legítimas concesiones del derecho. Por lo tanto, compete al Obispo diocesano el derecho y el deber de visitar y vigilar la liturgia en las iglesias y oratorios situados en su territorio, también aquellos que sean fundados o dirigidos por los citados institutos religiosos, si los fieles acuden a ellos de forma habitual. [56]
[24.] El pueblo cristiano, por su parte, tiene derecho a que el Obispo diocesano vigile para que no se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica, especialmente en el ministerio de la palabra, en la celebración de los sacramentos y sacramentales, en el culto a Dios y a los santos. [57]
[25.] Las comisiones, consejos o comités, instituidos por el Obispo, para que contribuyan a «promover la acción litúrgica, la música y el arte sacro en su diócesis», deben actuar según el juicio y normas del Obispo, bajo su autoridad y contando con su confirmación; así cumplirán su tarea adecuadamente [58] y se mantendrá en la diócesis el gobierno efectivo del Obispo. De estos organismos, de otros institutos y de cualquier otra iniciativa en materia litúrgica, después de cierto tiempo, resulta urgente que los Obispos indaguen si hasta el momento ha sido fructuosa [59] su actividad, y valoren atentamente cuáles correcciones o mejoras se deben introducir en su estructura y en su actividad, [60] para que encuentren nueva vitalidad. Se tenga siempre presente que los expertos deben ser elegidos entre aquellos que sean firmes en la fe católica y verdaderamente preparados en las disciplinas teológicas y culturales.
2. LA CONFERENCIA DE OBISPOS
[26.] Esto vale también para las comisiones de la misma materia, que, vivamente deseadas por el Concilio, [61] son instituidas por la Conferencia de Obispos y de la cual es necesario que sean miembros los Obispos, distinguiéndose con claridad de los ayudantes peritos. Cuando el número de los miembros de la Conferencia de Obispos no sea suficiente para que se elijan de entre ellos, sin dificultad, y se instituya la comisión litúrgica, nómbrese un consejo o grupo de expertos que, en cuanto sea posible y siempre bajo la presidencia de un Obispo, desempeñen estas tareas; evitando, sin embargo, el nombre de «comisión litúrgica».
[27.] La interrupción de todos los experimentos sobre la celebración de la santa Misa, ha sido notificada por la Santa Sede ya desde el año 1970 [62] y nuevamente se repitió, para recordarlo, en el año 1988. [63] Por lo tanto, cada Obispo y la misma Conferencia no tienen ninguna facultad para permitir experimentos sobre los textos litúrgicos o sobre otras cosas que se indican en los libros litúrgicos. Para que se puedan realizar en el futuro tales experimentos, se requiere el permiso de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que lo concederá por escrito, previa petición de la Conferencia de Obispos. Pero esto no se concederá sin una causa grave. Por lo que se refiere a la enculturación en materia litúrgica, se deben observar, estricta e íntegramente, las normas especiales establecidas. [64]
[28.] Todas las normas referentes a la liturgia, que la Conferencia de Obispos determine para su territorio, conforme a las normas del derecho, se deben someter a la recognitio de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, sin la cual, carecen de valor legal. [65]
3. LOS PRESBÍTEROS
[29.] Los presbíteros, como colaboradores fieles, diligentes y necesarios, del orden Episcopal, [66] llamados para servir al Pueblo de Dios, constituyen un único presbiterio [67] con su Obispo, aunque dedicados a diversas funciones. «En cada una de las congregaciones locales de fieles representan al Obispo, con el que están confiada y animosamente unidos, y toman sobre sí una parte de la carga y solicitud pastoral y la ejercen en el diario trabajo». Y, «por esta participación en el sacerdocio y en la misión, los presbíteros reconozcan verdaderamente al Obispo como a padre suyo y obedézcanle reverentemente». [68] Además, «preocupados siempre por el bien de los hijos de Dios, procuren cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso de toda la Iglesia». [69]
[30.] Grande es el ministerio «que en la celebración eucarística tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla in persona Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión, no sólo a la comunidad que participa directamente en la celebración, sino también a la Iglesia universal, a la cual la Eucaristía hace siempre referencia. Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica después del Concilio Vaticano II, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar». [70]
[31.] Coherentemente con lo que prometieron en el rito de la sagrada Ordenación y cada año renuevan dentro de la Misal Crismal, los presbíteros presidan «con piedad y fielmente la celebración de los misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la reconciliación». [71] No vacíen el propio ministerio de su significado profundo, deformando de manera arbitraria la celebración litúrgica, ya sea con cambios, con mutilaciones o con añadidos. [72] En efecto, dice San Ambrosio: «No en si, [...] sino en nosotros es herida la Iglesia. Por lo tanto, tengamos cuidado para que nuestras caídas no hieran la Iglesia». [73] Es decir, que no sea ofendida la Iglesia de Dios por los sacerdotes, que tan solemnemente se han ofrecido, ellos mismos, al ministerio. Al contrario, bajo la autoridad del Obispo vigilen fielmente para que no sean realizadas por otros estas deformaciones.
[32.] «Esfuércese el párroco para que la santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial de fieles; trabaje para que los fieles se alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima Eucaristía y de la penitencia; procure moverles a la oración, también en el seno de las familias, y a la participación consciente y activa en la sagrada liturgia, que, bajo la autoridad del Obispo diocesano, debe moderar el párroco en su parroquia, con la obligación de vigilar para que no se introduzcan abusos». [74] Aunque es oportuno que las celebraciones litúrgicas, especialmente la santa Misa, sean preparadas de manera eficaz, siendo ayudado por algunos fieles, sin embargo, de ningún modo debe ceder aquellas cosas que son propias de su ministerio, en esta materia.
[33.] Por último, todos «los presbíteros procuren cultivar convenientemente la ciencia y el arte litúrgicos, a fin de que por su ministerio litúrgico las comunidades cristianas que se les han encomendado alaben cada día con más perfección a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo». [75] Sobre todo, deben estar imbuidos de la admiración y el estupor que la celebración del misterio pascual, en la Eucaristía, produce en los corazones de los fieles. [76]
4. LOS DIÁCONOS
[34.] Los diáconos, «que reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio» [77] , hombres de buena fama [78] , deben actuar de tal manera, con la ayuda de Dios, que sean conocidos como verdaderos discípulos [79] de aquel «que no ha venido a ser servido sino a servir» [80] y estuvo en medio de sus discípulos «como el que sirve». [81] Y fortalecidos con el don del mismo Espíritu Santo, por la imposición de las manos, sirven al pueblo de Dios en comunión con el Obispo y su presbiterio. [82] Por tanto, tengan al Obispo como padre, y a él y a los presbíteros, préstenles ayuda «en el ministerio de la palabra, del altar y de la caridad». [83]
[35.] No dejen nunca de «vivir el misterio de la fe con alma limpia [84] , como dice el Apóstol, y proclamar esta fe, de palabra y de obra, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia», [85] sirviendo fielmente y con humildad, con todo el corazón, en la sagrada Liturgia que es fuente y cumbre de toda la vida eclesial, «para que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el Bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen en el Sacrificio y coman la cena del Señor». [86] Por tanto, todos los diáconos, por su parte, empléense en esto, para que la sagrada Liturgia sea celebrada conforme a las normas de los libros litúrgicos debidamente aprobados.

LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES LAICOS
EN LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA
1. UNA PARTICIPACIÓN ACTIVA Y CONSCIENTE
[36.] La celebración de la Misa, como acción de Cristo y de la Iglesia, es el centro de toda la vida cristiana, en favor de la Iglesia, tanto universal como particular, y de cada uno de los fieles, [87] a los que «de diverso modo afecta, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual. [88] De este modo el pueblo cristiano, "raza elegida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido", [89] manifiesta su orden coherente y jerárquico». [90] «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan de forma peculiar del único sacerdocio de Cristo». [91]
[37.] Todos los fieles, por el bautismo, han sido liberados de sus pecados e incorporados a la Iglesia, destinados por el carácter al culto de la religión cristiana, [92] para que por su sacerdocio real, [93] perseverantes en la oración y en la alabanza a Dios, [94] ellos mismos se ofrezcan como hostia viva, santa, agradable a Dios y todas sus obras lo confirmen, [95] y testimonien a Cristo en todos los lugares de la tierra, dando razón a todo el que lo pida, de que en él está la esperanza de la vida eterna. [96] Por lo tanto, también la participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía, y en los otros ritos de la Iglesia, no puede equivaler a una mera presencia, más o menos pasiva, sino que se debe valorar como un verdadero ejercicio de la fe y la dignidad bautismal.
[38.] Así pues, la doctrina constante de la Iglesia sobre la naturaleza de la Eucaristía, no sólo convival sino también, y sobre todo, como sacrificio, debe ser rectamente considerada como una de las claves principales para la plena participación de todos los fieles en tan gran Sacramento. [97] «Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival fraterno». [98]
[39.] Para promover y manifestar una participación activa, la reciente renovación de los libros litúrgicos, según el espíritu del Concilio, ha favorecido las aclamaciones del pueblo, las respuestas, salmos, antífonas, cánticos, así como acciones, gestos y posturas corporales, y el sagrado silencio que cuidadosamente se debe observar en algunos momentos, como prevén las rúbricas, también de parte de los fieles. [99] Además, se ha dado un amplio espacio a una adecuada libertad de adaptación, fundamentada sobre el principio de que toda celebración responda a la necesidad, a la capacidad, a la mentalidad y a la índole de los participantes, conforme a las facultades establecidas en las normas litúrgicas. En la elección de los cantos, melodías, oraciones y lecturas bíblicas; en la realización de la homilía; en la preparación de la oración de los fieles; en las moniciones que a veces se pronuncian; y en adornar la iglesia en los diversos tiempos; existe una amplia posibilidad de que en toda celebración se pueda introducir, cómodamente, una cierta variedad para que aparezca con mayor claridad la riqueza de la tradición litúrgica y, atendiendo a las necesidades pastorales, se comunique diligentemente el sentido peculiar de la celebración, de modo que se favorezca la participación interior. También se debe recordar que la fuerza de la acción litúrgica no está en el cambio frecuente de los ritos, sino, verdaderamente, en profundizar en la palabra de Dios y en el misterio que se celebra. [100]
[40.] Sin embargo, por más que la liturgia tiene, sin duda alguna, esta característica de la participación activa de todos los fieles, no se deduce necesariamente que todos deban realizar otras cosas, en sentido material, además de los gestos y posturas corporales, como si cada uno tuviera que asumir, necesariamente, una tarea litúrgica específica. La catequesis procure con atención que se corrijan las ideas y los comportamientos superficiales, que en los últimos años se han difundido en algunas partes, en esta materia; y despierte siempre en los fieles un renovado sentimiento de gran admiración frente a la altura del misterio de fe, que es la Eucaristía, en cuya celebración la Iglesia pasa continuamente «de lo viejo a lo nuevo» [101] . En efecto, en la celebración de la Eucaristía, como en toda la vida cristiana, que de ella saca la fuerza y hacia ella tiende, la Iglesia, a ejemplo de Santo Tomás apóstol, se postra en adoración ante el Señor crucificado, muerto, sepultado y resucitado «en la plenitud de su esplendor divino, y perpetuamente exclama: ¡Señor mío y Dios mío!». [102]
[41.] Son de gran utilidad, para suscitar, promover y alentar esta disposición interior de participación litúrgica, la asidua y difundida celebración de la Liturgia de las Horas, el uso de los sacramentales y los ejercicios de la piedad popular cristiana. Este tipo de ejercicios «que, aunque en el rigor del derecho no pertenecen a la sagrada Liturgia, tienen, sin embargo, una especial importancia y dignidad», se deben conservar por el estrecho vínculo que existe con el ordenamiento litúrgico, especialmente cuando han sido aprobados y alabados por el mismo Magisterio; [103] esto vale sobre todo para el rezo del rosario. [104] Además, estas prácticas de piedad conducen al pueblo cristiano a frecuentar los sacramentos, especialmente la Eucaristía, «también a meditar los misterios de nuestra redención y a imitar los insignes ejemplos de los santos del cielo, que nos hacen así participar en el culto litúrgico, no sin gran provecho espiritual». [105]
[42.] Es necesario reconocer que la Iglesia no se reúne por voluntad humana, sino convocada por Dios en el Espíritu Santo, y responde por la fe a su llamada gratuita (en efecto, ekklesia tiene relación con Klesis, esto es, llamada). [106] Ni el Sacrificio eucarístico se debe considerar como «concelebración», en sentido unívoco, del sacerdote al mismo tiempo que del pueblo presente. [107] Al contrario, la Eucaristía celebrada por los sacerdotes es un don «que supera radicalmente la potestad de la asamblea [...]. La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea eucarística, un sacerdote ordenado que la presida. Por otra parte, la comunidad no está capacitada para darse por sí sola el ministro ordenado». [108] Urge la necesidad de un interés común para que se eviten todas las ambigüedades en esta materia y se procure el remedio de las dificultades de estos últimos años. Por tanto, solamente con precaución se emplearán términos como «comunidad celebrante» o «asamblea celebrante», en otras lenguas vernáculas: «celebrating assembly», «assemblée célébrante», «assemblea celebrante», y otros de este tipo.
2. TAREAS DE LOS FIELES LAICOS EN LA CELEBRACIÓN DE LA SANTA MISA
[43.] Algunos de entre los fieles laicos ejercen, recta y laudablemente, tareas relacionadas con la sagrada Liturgia, conforme a la tradición, para el bien de la comunidad y de toda la Iglesia de Dios. [109] Conviene que se distribuyan y realicen entre varios las tareas o las diversas partes de una misma tarea. [110]
[44.] Además de los ministerios instituidos, de lector y de acólito, [111] entre las tareas arriba mencionadas, en primer lugar están los de acólito [112] y de lector [113] con un encargo temporal, a los que se unen otros servicios, descritos en el Misal Romano, [114] y también la tarea de preparar las hostias, lavar los paños litúrgicos y similares. Todos «los ministros ordenados y los fieles laicos, al desempeñar su función u oficio, harán todo y sólo aquello que les corresponde» [115] , y, ya lo hagan en la misma celebración litúrgica, ya en su preparación, sea realizado de tal forma que la liturgia de la Iglesia se desarrolle de manera digna y decorosa.
[45.] Se debe evitar el peligro de oscurecer la complementariedad entre la acción de los clérigos y los laicos, para que las tareas de los laicos no sufran una especie de «clericalización», como se dice, mientras los ministros sagrados asumen indebidamente lo que es propio de la vida y de las acciones de los fieles laicos. [116]
[46.] El fiel laico que es llamado para prestar una ayuda en las celebraciones litúrgicas, debe estar debidamente preparado y ser recomendable por su vida cristiana, fe, costumbres y su fidelidad hacia el Magisterio de la Iglesia. Conviene que haya recibido la formación litúrgica correspondiente a su edad, condición, género de vida y cultura religiosa. [117] No se elija a ninguno cuya designación pueda suscitar el asombro de los fieles. [118]
[47.] Es muy loable que se conserve la benemérita costumbre de que niños o jóvenes, denominados normalmente monaguillos, estén presentes y realicen un servicio junto al altar, como acólitos, y reciban una catequesis conveniente, adaptada a su capacidad, sobre esta tarea. [119] No se puede olvidar que del conjunto de estos niños, a lo largo de los siglos, ha surgido un número considerable de ministros sagrados. [120] Institúyanse y promuévanse asociaciones para ellos, en las que también participen y colaboren los padres, y con las cuales se proporcione a los monaguillos una atención pastoral eficaz. Cuando este tipo de asociaciones tenga carácter internacional, le corresponde a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos erigirlas, aprobarlas y reconocer sus estatutos. [121] A esta clase de servicio al altar pueden ser admitidas niñas o mujeres, según el juicio del Obispo diocesano y observando las normas establecidas. [122]
LA CELEBRACIÓN CORRECTA DE LA SANTA MISA
1. LA MATERIA DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA
[48.] El pan que se emplea en el santo Sacrificio de la Eucaristía debe ser ázimo, de sólo trigo y hecho recientemente, para que no haya ningún peligro de que se corrompa. [123] Por consiguiente, no puede constituir la materia válida, para la realización del Sacrificio y del Sacramento eucarístico, el pan elaborado con otras sustancias, aunque sean cereales, ni aquel que lleva mezcla de una sustancia diversa del trigo, en tal cantidad que, según la valoración común, no se puede llamar pan de trigo. [124] Es un abuso grave introducir, en la fabricación del pan para la Eucaristía, otras sustancias como frutas, azúcar o miel. Es claro que las hostias deben ser preparadas por personas que no sólo se distingan por su honestidad, sino que además sean expertas en la elaboración y dispongan de los instrumentos adecuados. [125]
[49.] Conviene, en razón del signo, que algunas partes del pan eucarístico que resultan de la fracción del pan, se distribuyan al menos a algunos fieles, en la Comunión. «No obstante, de ningún modo se excluyen las hostias pequeñas, cuando lo requiere el número de los que van a recibir la sagrada Comunión, u otras razones pastorales lo exijan»; [126] más bien, según la costumbre, sean usadas sobretodo formas pequeñas, que no necesitan una fracción ulterior.
[50.] El vino que se utiliza en la celebración del santo Sacrificio eucarístico debe ser natural, del fruto de la vid, puro y sin corromper, sin mezcla de sustancias extrañas. [127] En la misma celebración de la Misa se le debe mezclar un poco de agua. Téngase diligente cuidado de que el vino destinado a la Eucaristía se conserve en perfecto estado y no se avinagre. [128] Está totalmente prohibido utilizar un vino del que se tiene duda en cuanto a su carácter genuino o a su procedencia, pues la Iglesia exige certeza sobre las condiciones necesarias para la validez de los sacramentos. No se debe admitir bajo ningún pretexto otras bebidas de cualquier género, que no constituyen una materia válida.
2. LA PLEGARIA EUCARÍSTICA
[51.] Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarística que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica, en la forma y manera que se determina en la misma aprobación. «No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas», [129] ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas. [130]
[52.] La proclamación de la Plegaria Eucarística, que por su misma naturaleza es como la cumbre de toda la celebración, es propia del sacerdote, en virtud de su misma ordenación. Por tanto, es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística, por lo tanto, debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote. [131]
[53.] Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, «no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales», [132] salvo las aclamaciones del pueblo, como rito aprobado, de que se hablará más adelante.
[54.] Sin embargo, el pueblo participa siempre activamente y nunca de forma puramente pasiva: «se asocia al sacerdote en la fe y con el silencio, también con las intervenciones indicadas en el curso de la Plegaria Eucarística, que son: las respuestas en el diálogo del Prefacio, el Santo, la aclamación después de la consagración y la aclamación «Amén», después de la doxología final, así como otras aclamaciones aprobadas por la Conferencia de Obispos y confirmadas por la Santa Sede». [133]
[55.] En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.
[56.] En la Plegaria Eucarística no se omita la mención del Sumo Pontífice y del Obispo diocesano, conservando así una antiquísima tradición y manifestando la comunión eclesial. En efecto, «la reunión eclesial de la asamblea eucarística es comunión con el propio Obispo y con el Romano Pontífice». [134]

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