domingo, 28 de febrero de 2010

Constitución Apostólica UNIVERSI DOMINI GREGIS








JUAN PABLO II
SUMO PONTÍFICE
CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA
UNIVERSI DOMINICI GREGIS
SOBRE LA VACANTE
DE LA SEDE APOSTÓLICA
Y LA ELECCIÓN
DEL ROMANO PONTÍFICE

JUAN PABLO II
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
PARA PERPETUA MEMORIA



JUAN PABLO II siervo de los siervos de Dios para perpetua memoria Pastor de todo el rebaño del Señor es el Obispo de la Iglesia de Roma, en la cual el Bienaventurado Apóstol Pedro, por soberana disposición de la Providencia divina, dio a Cristo el supremo testimonio de sangre con el martirio. Por tanto, es comprensible que la legítima sucesión apostólica en esta Sede, con la cual «cada Iglesia debe estar de acuerdo por su alta preeminencia»,(1) haya sido siempre objeto de especial atención.
Precisamente por esto los Sumos Pontífices, en el curso de los siglos, han considerado como su deber preciso, así como también su derecho específico, regular con oportunas normas la elección del Sucesor. Así, en los tiempos cercanos a nosotros, mis Predecesores san Pío X,(2) Pío XI,(3) Pío XII,(4) Juan XXIII(5) y por último Pablo VI,(6) cada uno con la intención de responder a las exigencias del momento histórico concreto, proveyeron a emanar al respecto sabias y apropiadas reglas para disponer la idónea preparación y el ordenado desarrollo de la reunión de los electores a quienes, en la vacante de la Sede Apostólica, les corresponde el importante y arduo encargo de elegir al Romano Pontífice.
Si hoy me dispongo a afrontar por mi parte esta materia, no es ciertamente por la poca consideración de aquellas normas, que más bien aprecio profundamente y que en gran parte quiero confirmar, al menos en lo referente a la sustancia y a los principios de fondo que las inspiraron. Lo que me mueve a dar este paso es la conciencia de la nueva situación que está viviendo hoy la Iglesia y la necesidad, además, de tener presente la revisión general de la ley canónica, felizmente llevada a cabo, con el apoyo de todo el Episcopado, mediante la publicación y promulgación primero del Código de Derecho Canónico y después del Código de los Canones de las Iglesias Orientales. De acuerdo con esta revisión, inspirada en el Concilio Ecuménico Vaticano II, he querido sucesivamente adecuar la reforma de la Curia Romana mediante la Constitución apostólica Pastor Bonus.(7) Por lo demás, precisamente lo dispuesto en el canon 335 del Código de Derecho Canónico, y propuesto también en el canon 47 del Código de los Canones de las Iglesias Orientales, deja entrever el deber de emanar y actualizar constantemente leyes específicas, que regulen la provisión canónica de la Sede Romana cuando esté vacante por cualquier motivo.
En la formulación de la nueva disciplina, aun teniendo en cuenta las exigencias de nuestro tiempo, me he preocupado de no cambiar sustancialmente la línea de la sabia y venerable tradición hasta ahora seguida.
Indiscutible, verdaderamente, es el principio según el cual a los Romanos Pontífices corresponde definir, adaptándolo a los cambios de los tiempos, el modo en el cual debe realizarse la designación de la persona llamada a asumir la sucesión de Pedro en la Sede Romana. Esto se refiere, en primer lugar, al organismo al cual se le pide el cometido de proveer a la elección del Romano Pontífice: la praxis milenaria, sancionada por normas canónicas precisas, confirmadas también por una explícita disposición del vigente Código de Derecho Canónico (cf. can. 349 del C.I.C.), lo constituye el Colegio de los Cardenales de la Santa Iglesia Romana. Siendo verdad que es doctrina de fe que la potestad del Sumo Pontífice deriva directamente de Cristo, de quien es Vicario en la tierra,(8) está también fuera de toda duda que este poder supremo en la Iglesia le viene atribuido, «mediante la elección legítima por él aceptada juntamente con la consagración episcopal».(9) Muy importante es, pues, el cometido que corresponde al organismo encargado de esta elección. Por consiguiente, las normas que regulan su actuación deben ser muy precisas y claras, para que la elección misma tenga lugar del modo más digno y conforme al cargo de altísima responsabilidad que el elegido, por investidura divina, deberá asumir mediante su aceptación.
Confirmando, pues, la norma del vigente Código de Derecho Canónico (cf. can. 349 C.I.C.), en el cual se refleja la ya milenaria praxis de la Iglesia, ratifico que el Colegio de los electores del Sumo Pontífice está constituido únicamente por los Padres Cardenales de la Santa Iglesia Romana. En ellos se expresan, como en una síntesis admirable, los dos aspectos que caracterizan la figura y la misión del Romano Pontífice. Romano, porque se identifica con la persona del Obispo de la Iglesia que está en Roma y, por tanto, en estrecha relación con el Clero de esta ciudad, representado por los Cardenales de los títulos presbiterales y diaconales de Roma, y con los Cardenales Obispos de las Sedes suburbicarias; Pontífice de la Iglesia universal, porque está llamado a hacer visiblemente las veces del invisible Pastor que guía todo el rebaño a los prados de la vida eterna. La universalidad de la Iglesia está, por lo demás, bien reflejada en la composición misma del Colegio Cardenalicio, formado por Purpurados de todos los continentes.
En las actuales circunstancias históricas la dimensión universal de la Iglesia parece expresada suficientemente por el Colegio de los ciento veinte Cardenales electores, compuesto por Purpurados provenientes de todas las partes de la tierra y de las más variadas culturas. Por tanto, confirmo como máximo este número de Cardenales electores, precisando al mismo tiempo que no quiere ser de ningún modo indicio de menor consideración el mantener la norma establecida por mi predecesor Pablo VI, según la cual no participan en la elección aquellos que ya han cumplido ochenta años de edad el día en el que comienza la vacante de la Sede Apostólica.(1)(0) En efecto, la razón de esta disposición está en la voluntad de no añadir al peso de tan venerable edad la ulterior carga constituida por la responsabilidad de la elección de aquél que deberá guiar el rebaño de Cristo de modo adecuado a las exigencias de los tiempos. Esto, sin embargo, no impide que los Padres Cardenales mayores de ochenta años tomen parte en las reuniones preparatorias del Cónclave, según lo dispuesto más adelante. De ellos en particular, además, se espera que, durante la Sede vacante, y sobre todo durante el desarrollo de la elección del Romano Pontífice, actuando casi como guías del Pueblo de Dios reunido en las Basílicas Patriarcales de la Urbe, como también en otros templos de las Diócesis del mundo entero, ayuden a la tarea de los electores con intensas oraciones y súplicas al Espíritu Divino, implorando para ellos la luz necesaria para que realicen su elección teniendo presente solamente a Dios y mirando únicamente a la «salvación de las almas que debe ser siempre la ley suprema de la Iglesia».(11)
Especial atención he querido dedicar a la antiquísima institución del Cónclave: su normativa y praxis han sido consagradas y definidas, al respecto, también en solemnes disposiciones de muchos de mis Predecesores. Una atenta investigación histórica confirma no sólo la oportunidad contingente de esta institución, por las circunstancias en las que surgió y fue poco a poco definida normativamente, sino también su constante utilidad para el desarrollo ordenado, solícito y regular de las operaciones de la elección misma, particularmente en momentos de tensión y perturbación.
Precisamente por esto, aun consciente de la valoración de teólogos y canonistas de todos los tiempos, los cuales de forma concorde consideran esta institución como no necesaria por su naturaleza para la elección válida del Romano Pontífice, confirmo con esta Constitución su vigencia en su estructura esencial, aportando sin embargo algunas modificaciones para adecuar la disciplina a las exigencias actuales. En particular, he considerado oportuno disponer que, en todo el tiempo que dure la elección, las habitaciones de los Cardenales electores y de los que están llamados a colaborar en el desarrollo regular de la elección misma estén situadas en lugares convenientes del Estado de la Ciudad del Vaticano. Aunque pequeño, el Estado es suficiente para asegurar dentro de sus muros, gracias también a los oportunos recursos más abajo indicados, el aislamiento y consiguiente recogimiento que un acto tan vital para la Iglesia entera exige de los electores.
Al mismo tiempo, considerado el carácter sagrado del acto y, por tanto, la conveniencia de que se desarrolle en un lugar apropiado, en el cual, por una parte, las celebraciones litúrgicas se puedan unir con las formalidades jurídicas y, por otra, se facilite a los electores la preparación de los ánimos para acoger las mociones interiores del Espíritu Santo, dispongo que la elección se continúe desarrollando en la Capilla Sixtina, donde todo contribuye a hacer más viva la presencia de Dios, ante el cual cada uno deberá presentarse un día para ser juzgado.
Confirmo, además, con mi autoridad apostólica el deber del más riguroso secreto sobre todo lo que concierne directa o indirectamente las operaciones mismas de la elección: también en esto, sin embargo, he querido simplificar y reducir a lo esencial las normas relativas, de modo que se eviten perplejidades y dudas, y también quizás posteriores problemas de conciencia en quien ha tomado parte en la elección.
Finalmente, he considerado la necesidad de revisar la forma misma de la elección, teniendo asimismo en cuenta las actuales exigencias eclesiales y las orientaciones de la cultura moderna. Así me ha parecido oportuno no conservar la elección por aclamación quasi ex inspiratione, juzgándola ya inadecuada para interpretar el sentir de un colegio electoral tan extenso por su número y tan diversificado por su procedencia. Igualmente ha parecido necesario suprimir la elección per compromissum, no sólo porque es de difícil realización, como ha demostrado el cúmulo casi inextricable de normas emanadas a este respecto en el pasado, sino también porque su naturaleza conlleva una cierta falta de responsabilidad de los electores, los cuales, en esta hipótesis, no serían llamados a expresar personalmente el propio voto.
Después de madura reflexión he llegado, pues, a la determinación de establecer que la única forma con la cual los electores pueden manifestar su voto para la elección del Romano Pontífice sea la del escrutinio secreto, llevado a cabo según las normas indicadas más abajo. En efecto, esta forma ofrece las mayores garantías de claridad, nitidez, simplicidad, transparencia y, sobre todo, de efectiva y constructiva participación de todos y cada uno de los Padres Cardenales llamados a constituir la asamblea electiva del Sucesor de Pedro.
Con estos propósitos promulgo la presente Constitución apostólica, que contiene las normas a las que, cuando tenga lugar la vacante de la Sede Romana, deben atenerse rigurosamente los Cardenales que tienen el derecho-deber de elegir al Sucesor de Pedro, Cabeza visible de toda la Iglesia y Siervo de los siervos de Dios.

sábado, 27 de febrero de 2010

Testimonios - Mi experiencia con los Testigos de Jehová fue traumática

  El siguiente testimonio es desgarrador y una muestra de las terribles consecuencias del daño fisico y psicologico al que son sometidos los miembros de algunas sectas fundamentalistas de una manera institucional. Omitimos el nombre de la persona por respeto a su identidad y dignidad. 
 
Los testigos me encontraron cuando estaba mas necesitada 
Mi historia con los Testigos de Jehová comienza cuando estoy en trámites legales de mi separación matrimonial por embriaguez y malos tratos por parte de mi marido. Me captaron por tanto en una época bastante baja de moral, una de las peores épocas de mi vida.
Fue por este motivo que les abrí las puertas de mi casa, de mi corazón: porque me encontraba tan mal que hablar de Dios me reconfortaba, y ellos que están especialmente entrenados para este tipo de situaciones, supieron entrar en mi vulnerabilidad, meterse en mi problema matrimonial y trastocar toda mi vida, constituyendo el tiempo que pasé con ellos una huella imborrable en mi carácter, en mi relación con familiares y amigos, en mi profesión; unos verdaderos tentáculos que se apoderaron de mí, de mi estado depresivo para captarme y desmoronarme más de lo que estaba, haciéndome un ser nulo en la sociedad y ante mí misma.
El principio fue muy bien: esas amplias sonrisas de cuando entras en El Salón del Reino, esos besos de hermanas dándote la bienvenida, esos estrechamientos de manos de hermanos que te miran como a tu hija, como a una futura hermana... es lo que reconforta a todas las que como yo (que me consta han sido muchas) llegamos llenas de carencias emocionales. Llegas a creer que son gentes especiales.
 
Llegué a ser una testigo de Jehová ejemplar: precursora todo el año. No vivía más que para predicar y para condenar a todos los que no estuvieran cumpliendo con los preceptos bíblicos.
Tuve que dejar a mis amigos de antes porque según los ancianos eran todos mundanos y podrían ser mi perdición. Perdí amigos de años, verdaderos compañeros de trabajo, vecinos incondicionales, e incluso amigos de la infancia, de mi barrio. Eran simplemente personas normales, algunos hasta idealistas metidos en organizaciones de solidaridad con países del tercer mundo... quiero decir que eran padres y madres de familia como yo, trabajadores y honrados; pero había que dejarlos porque no pertenecían a la congregación y no estaba bien visto que una Testigo de Jehová se juntara con gente del mundo. Cambié a todas estas personas, las saqué de mi vida y las sustituí por mi nueva familia: los Testigos Cristianos de Jehová.
Mi nueva familia era ahora lo primero, y según me decían por quien tendría que estar dispuesta a dar la vida en condiciones difíciles.
 
Me fanaticé y me separé de mi familia 
Mis padres y hermanos también eran considerados agentes de Satanás porque eran de otra religión y no estaban dispuestos a cambiarla por la mía. Les hice sufrir mucho, mis padres especialmente se sintieron muy ofendidos y abandonados debido a mi comportamiento fanático como Testigo de Jehová.
Mi única familia de sangre eran mis tres hijas pequeñitas, pero eso sí, mientras eran pequeñitas, ya que si de mayores no elegían bautizarse como Testigos, pues tampoco serían mi familia; tendría entonces que tratarlas con mano dura para que se sintieran solas y volvieran al redil. Por lo tanto, a mis hijas también las metí en la secta, por el miedo que me daba el hecho de que llegara la destrucción de Dios y ellas tres no se salvaran. Esta idea que ellos sembraron en mí me caló muy hondo, así que comencé a llevarlas a predicar, a darles estudios bíblicos y a que aguantaran interminables reuniones semanales sentadas en una silla y sin moverse.
Comprobé que era más la angustia lo que me movía a que aprendieran y aceptaran la Biblia, la angustia de que no fueran destruidas y no la libertad de enseñanza, no el darles la oportunidad de que aprendieran para que ellas de mayores eligieran el lugar, las ideas que las harían felices.
 
En el Salón del Reino todos los niños pequeños deben estar sin hacer el más mínimo ruido, el niño que habla fuerte o se "comporta mal" lo llevan a un cuartito y les pegan los propios padres, o los castigan duramente.
Más tarde me enteré de que había varios críos mayores que se orinaban por las noches en la cama y padecían depresiones infantiles, no es de extrañar esta respuesta del cuerpo y de la mente de los niños cuando desde pequeñitos se les viste como a viejos: corbatas, chaquetas... y además se le exige un comportamiento que no es propio de la edad.
A veces, los ancianos me llamaban la atención porque mis dos hijas mayores se quedaban dormidas durante el estudio de la Atalaya, me decían que tenía que hacerlas interesarse por las reuniones. Muchas fueron las riñas que tuve con ellas por este motivo, llegando incluso a darles en la cabeza cada vez que se les cerraban los ojos. Esto más tarde vi que lo hacían los nuevos que llegaban con sus hijos.
 
El Salón del Reino es tan sagrado que hasta los niños han de comportarse como auténticos mayores, siendo alabados los padres de los que así se comportan. Normalmente, son los niños a los que se les roba lo mejor de la infancia y que de mayores aguantan dentro de la congregación por no disgustar a sus padres; y otra gran parte acaba marchándose pero llenos de culpas y de pesos impuestos.
 
 
Los testigos me presionaron a aceptar a un mal esposo
 
En medio de todo esto, mi marido, que ya no vivía con nosotras pero que buscaba todas las oportunidades para hacerse notar y hacernos la vida imposible -porque había llegado la sentencia del juez dándome a mí la custodia de las niñas y obligándole a él a pagar una multa y pasar una pensión alimenticia a sus hijas- no se le ocurre otra cosa que ir a la congregación y pedir un estudio bíblico. Un Testigo comienza a ir regularmente a su casa, a pesar de mis advertencias de que este hombre lo que pretende es hacerme daño. Bajo la excusa de que a nadie se le puede negar la enseñanza de la Biblia y de que Dios puede estar moviendo las cosas para que él cambie y volvamos a vivir juntos, el padre de mis hijas comienza a estudiar ¡con el tiempo empieza a predicar casa por casa! y no se pierde una reunión.
 
Se hace el mártir de la situación, va contando a todos cuanto me quiere, cuanto me echa de menos. Las hijas se ven en una situación confusa, humillante. Ya las recoge él mismo de casa para llevarlas a predicar, para ayudarlas en sus estudios de la Atalaya, para llevarlas a la Asamblea (porque él tiene coche y yo no). Dice a todos estar arrepentido de la mala vida que me dio, que me quiere, que quiere volver con sus hijas.
La situación se hace tan atípica que los ancianos y siervos ministeriales no entienden como una cristiana como yo no puede perdonar a un hombre tan arrepentido... ¡qué ni siquiera ha cometido adulterio!
Se empiezan a crear murmullos en la congregación. Me designan dos hermanas maduras y mayores -casi abuelas- para que me aconsejen y guíen en el tema, dicen que yo soy muy joven, muy inexperta. Estas mujeres están prácticamente todo el día metidas en mi casa, contándome historias, "instruyéndome" en la vida familiar, en cómo debo hacer las cosas, en cómo debo perdonar y reconstruir... si no Dios eliminará hasta a mis hijas de la faz de la tierra por el pecado de que su madre no perdonó a su padre... que no siquiera había mantenido relaciones sexuales con otra mujer.
 
Hay que aclarar que los testigos sólo admiten como motivo de separación el que uno de los dos haya mantenido relaciones fuera del matrimonio, de lo contrario, aunque tu marido te mate, has de aguantarlo toda la vida, y un marido puede matar a una mujer de muchas formas, no tiene porque ser tan sólo físicamente. Las que hayan pasado por esto, son las únicas mujeres que lo comprenderán.
Esta situación duró muchos meses, creí que me volvería loca, pues ya comenzaba a notar síntomas de debilitamiento mental. Tuve que darme de baja laboralmente.
Comencé a resquebrajarme cuando vi que hombres y mujeres de la congregación estaban todos de parte del padre de mis hijas, éste venía a veces a casa llorando y acompañado de los ancianos que me decían cuanto sufría este hombre, este buen hombre por un corazón tan duro como el mío. Me sacaban alrededor de veinte textos bíblicos cada vez, para demostrarme lo mala cristiana que estaba siendo. Me dijeron que yo no era apta para el paraíso si no perdonaba a mi ex marido.
 
 
Los 'ancianos' me dijeron que aceptara el que me forzara a tener relaciones
En uno de esos momentos endebles acepté que volviera a casa. Quería darle la oportunidad de que nos salváramos todos en familia, hacer una prueba de convivencia, pero puse una condición: él por lo pronto dormiría en una habitación y yo en otra. Esto no le pareció muy bien, pero los ancianos le insistieron que aprovechara esta oportunidad, que yo necesitaba tiempo para adaptarme a la nueva situación. Además yo le estaba negando la posibilidad de vivir para siempre en el paraíso porque él había renunciado a bautizarse si yo no lo acogía de nuevo.
 
Bien, él se bautizó y se hizo precursor, pero siguió maltratándome física, verbalmente e intentando forzarme todas las noches a que durmiera con él. Hice saber esto a los ancianos y me respondieron que es muy duro para un hombre vivir sin relaciones sexuales, que esos impulsos eran naturales que yo debería comprender la naturaleza masculina... Mientras tanto ellos le animarían dándoles privilegios en la congregación para que se sintiera más integrado y ocupado. Así mientras mi marido me humillaba y me maltrataba y los ancianos eran conocedores de esta situación, él daba asignaciones en la plataforma, mientras se emborrachaba y se gastaba el dinero, mientras yo trabajaba y él holgazaneaba, dejaron que siguiera de precursor.
 
En este tiempo que pude ver las cosas con más realismo y no con tanto romanticismo como cuando entré, comencé a observar las relaciones de los testigos: las mujeres son nulas. Estaban idiotizadas, sumergidas y contentas en unos papeles de sumisión que a veces tocaba el ridículo, eran incapaces de vivir por ellas mismas: o estaban sujetas a los padres o al marido. Sin embargo era un papel bastante cómodo, ya que en el hombre descansaba toda la responsabilidad y las consecuencias de las grandes decisiones.
Existían cantidad de solteras deseosas de que llegaran las Asambleas -a las que acudían estrenando vestidos, peluquería y complementos-, porque allí radicaba la única esperanza de cazar marido, ya que no se les está permitido casarse con nadie de fuera y había tanta mujer en edad casamentera y tan poco hombre libre, que esto se llegó a constituir en un verdadero problema.
He visto muchachas jovencísimias casándose con el único soltero de la congregación y después de no más de unos meses de relación, (por temor a caer en la tentación de cometer actos impuros), -concepto con el que ellos calificaban a darse un beso o acariciarse cuando dos personas se quieren pero no tienen firmado ningún contrato ante un juez-.
 

sábado, 20 de febrero de 2010

Algunos "Motivos" para no confesarse.

Cortesía de La Senda
Eduardo Volpacchio

Cuando se trata de acercarse al sacramento de la confesión es muy común escuchar algunos de los siguientes “motivos”. Lee con atención y ve si alguna vez los has recurrido a ellos.
- ¿Quién es el señor cura para perdonar los pecados?

Sólo Dios puede perdonarlos Sabemos que el Señor les dio ese poder a los Apóstoles; además, ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio: lo decían los fariseos, indignados, cuando Jesús perdonaba los pecados… (consúltese Mt 9, 1-8).



- Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios

Genial … pero hay algunos “peros” que se tienen que considerar… ¿Cómo sabes que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchas alguna voz celestial que te lo confirma?

¿Cómo sabes que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta de que la cosa no es tan sencilla… Una persona que roba un banco y se niega a devolver el dinero, por más que se confiese directamente con Dios o con un sacerdote, si no tiene intención de reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma no quiere “deshacerse” del pecado.
Por otro lado, este argumento no es nuevo: hace casi 1600 años, San Agustín replicaba a quien argumentaba del mismo modo: “Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en la tierra, será atado en el Cielo»? ¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de los Cielos sin necesidad? Al proceder así, frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo”.



- ¿Por qué le voy a decir mis pecados a un hombre como yo?

Porque ese hombre no es un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los pecados (el Sacramento del Orden). Esa es la razón por la que tienes que acudir a él.

- ¿Por qué le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo? 

El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más pecador que tú…. No vas a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te puede dar la absolución, un poder que tiene por el Sacramento del Orden, y no por su bondad. Es una suerte -en realidad, una disposición de la sabiduría divina- que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote, cosa que sería terrible, ya que uno nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar. Además, el hecho de que sea un hombre y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en carne propia lo que es ser débil, te puede entender mejor.

- Me da vergüenza

Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo, tanto mayor será la paz interior que consigas después de decirlo. Y cuesta, precisamente, porque te confiesas poco; en cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superarás esa vergüenza.

Asimismo, no creas que eres tan original…. Lo que vas a decir, el sacerdote ya lo ha escuchado miles de veces. A estas alturas de la historia, es difícil creer que puedas inventar pecados nuevos.
Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el Diablo quita la vergüenza para pecar, y la devuelve aumentada para pedir perdón. No caigas en su trampa.

- Siempre me confieso de lo mismo 

Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido, y es bastante lógico que nuestros defectos sean siempre más o menos los mismos. Sería terrible ir cambiando constantemente de defectos; además, cuando te bañas o lavas la ropa, no esperas que aparezcan manchas nuevas, que nunca antes habías tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo. Para desear estar limpio basta con querer remover la mugre… independientemente de cuán original u ordinaria sea.

- Siempre confieso los mismos pecados 

No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son diferentes, aunque sean de la misma especie. Si yo insulto a mi madre diez veces, no se trata del mismo insulto, cada vez es uno distinto; así como no es lo mismo matar a una persona que a diez: si asesiné a diez no es el mismo pecado, sino diez asesinatos distintos. Los pecados anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los “nuevos”, es decir, de los cometidos desde la última confesión.

- Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso 

El desánimo puede hacer que pienses: “es lo mismo si me confieso o no, total, nada cambia, todo sigue igual”. No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse. Alguien que se baña todos los día, se ensucia igual todos los días. Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre, y puede lucir limpio. Lo mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir sacándose de encima los pecados hace que sea mejor. Es mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.

- Sé que voy a volver a pecar, lo que muestra que no estoy arrepentido 

Depende… Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora, en este momento, esté dispuesto a luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos. ¿Qué va a pasar en quince días? No lo sé. Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el pecado. El futuro hay que dejarlo en las manos de Dios.

- Y si el confesor piensa mal de mí 

El sacerdote está para perdonar. Si pensara mal, sería un problema suyo del que tendría que confesarse. De hecho, siempre tiende a pensar bien: valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus pecados, no es por él, sino porque crees que él representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etcétera. Supongo que te darás cuenta de que sentarse a escuchar pecados, gratuitamente -sin ganar un peso-, durante horas, si no se hace por amor a las almas, no se hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha con atención, es porque quiere ayudarte y le importas. Aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte a ir al Cielo.

- Y si el sacerdote después le cuenta a alguien mis pecados

No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena más grande que existe en el Derecho Canónico -la excomunión- al sacerdote que se atreviera a decir algo que conoce por la confesión. De hecho hay mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la confesión.

- Me da flojera 

Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo verdadero, puesto que es bastante fácil de superar. Es como si uno dijese que hace un año que no se baña porque le da flojera…

- No tengo tiempo

No creo que te creas que en los últimos meses no hayas tenido disponibles diez minutos para confesarte. ¿Te animarías a comparar cuántas horas de televisión has visto en ese tiempo… (multiplica el número de horas diarias que ves por el número de días)?

- No encuentro un padre 

Los sacerdotes no son una raza en extinción, hay miles de ellos. En el último de los casos, en la sección amarilla busca el teléfono de tu parroquia; si ignoras el nombre, busca por la diócesis, así será más sencillo. De este modo podrás saber, en tres minutos como máximo, el nombre de un padre con el que te puedes confesar, e incluso concertar una cita para que no tengas que esperar.

viernes, 12 de febrero de 2010

El Ateísmo y la Negación de Dios.

Cortesía de Lux Domini

por Jesús Hernández
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
(Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo)

(Santo Tomás de Aquino)


A la Fe se opone, como antítesis, una "no-Fe". Contrariamente a la Fe, la "no-Fe" niega algunas o todas las verdades de todos o algunos de los credos que hay en el mundo.

Se denomina ateísmo a la "falta de dioses", es decir, a un pensamiento que no contempla la existencia de lo divino, dentro del universo en el que existimos, y que limita sus observaciones y conclusiones a la materia y a la energía.

Como contraparte, el teísmo basa su razón de ser, en la existencia real de una o más divinidades, y con ella (s), de elementos reales distintos a la materia y a la energía cuantificables, medibles y aplicables dentro de las diversas ramas de la ciencia. Básicamente, los elementos en la concepción atea son aquellos que se pueden expresar matemáticamente. Para la concepción creyente, existen elementos que escapan de la ciencia humana, y que en muchas ocasiones no pueden ser medidos, delimitados o comprendidos por la Matemática.

El ateísmo y la fe han estado contrapuestas durante muchos siglos, y hasta nuestros días, perdura la controversia entre CREER y NO CREER. La conclusión obvia es que ninguna de ambas posturas ha logrado neutralizar a la otra, ni ha tenido argumentos de peso suficiente, como para quedar como única opción.


Religiones y Ateísmos


Debo aclarar que escribo como creyente, y concretamente, como cristiano. Creo, pues, en una religión específica, con dogmas y preceptos específicos.

No puedo evitar la influencia de mis personales creencias en la redacción de este artículo. Desde niño se me inculcaron doctrina y moral religiosas, y al pasar los años me he confirmado, por voluntad propia, en las creencias que se me inculcaron. Sin embargo, también me gusta ser racional, analizar objetivamente y con la mente fría las pruebas o argumentos que se me ofrezcan, y que no siempre compaginan con lo que yo creo. Es propio del fanatismo creer a ciegas, y lo último que me gustaría ser es fanático.

Sin embargo, existen muchísimas personas que profesan fe en un Dios personal, o impersonal, siguiendo enseñanzas distintas a la cristiana. Haré un breve resumen de las principales religiones que existen en el mundo, para que sirvan de modesta referencia de las distintas formas de Fe:


Cristianismo:
La que cuenta con mayor número de fieles en el mundo, y al mismo tiempo, con una influencia histórica especialmente destacable (cuestiones como el conteo del Calendario convencional a partir del nacimiento de Cristo), y no cabe duda de que la civilización propiamente occidental, de la Europa colonizadora de los siglos XVI y XVII a la América colonizada, es básicamente de raíces cristianas.

El cristianismo mantiene la existencia de un sólo Dios personal, Trino y Uno, Creador de todo lo existente, misericordioso y amigo del hombre. Para el cristianismo, la muerte es consecuencia de la desobediencia de los protoparentes, y esto motivó a Dios a enviar a Su Hijo (la segunda persona de la Trinidad), a nacer como hombre de una madre virgen, crecer, predicar el Evangelio y morir crucificado en un acto de Salvación y Redención, que significa la reconciliación del hombre con Dios, y a partir de esta, su acceso al cielo después de la muerte, si ha tenido Fe y Obras.

Dentro del cristianismo existen varias divisiones: católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes. El libro más sagrado para los cristianos es La Santa Biblia.


Islamismo:
En el año 622 d.C., un hombre escapó de La Meca, en Arabia, a la ciudad de Medina. Huía por verse perseguido por los nobles de La Meca, debido a las ideas religiosas que propagaba.

Su nombre era Mahoma, y es propiamente el fundador del Islam. Esta religión mezcla elementos originales con elementos judeocristianos. El islamismo también cuenta con muchos fieles en todo el mundo, y siglos atrás, musulmanes y cristianos fueron enemigos irreconciliables, que por motivos religiosos y políticos provocaron una serie de conflictos que se remontan al siglo VIII, con la expansión del islamismo a España.

El Islam cree en un sólo Dios, pero unipersonal, a diferencia del Dios trino de los cristianos. Se cree en la vida después de la muerte, ya sea en el Paraíso o en el Infierno. Su libro sagrado es El Corán.


Judaísmo:
Esta religión es reconocida por cristianos y musulmanes como "previa", es decir, como una religión verdadera, elegida por Dios como previa a su completa revelación.

De ahí que son inevitables las similitudes entre judíos, cristianos y musulmanes. Los judíos creen en un Dios unipersonal, se rigen por la Ley de Moisés (reconocida por los cristianos, aunque no en todas sus partes). Se tiene mucho en cuenta la cuestión de la pureza e impureza de ciertos alimentos. En cuestiones de escatología (muerte-resurrección-inmortalidad), no hay una postura bien definida. En tiempos de Cristo, los fariseos creían en la inmortalidad del alma y los saduceos no. Sus libros sagrados son La Torah y El Talmud. La Torah contiene libros que también contiene la Biblia cristiana.


Brahamanismo: Sistema religioso, moral y metafísico hasado en la concepción panteísta de la divinidad, y cuya fuente son los libros sagrados de los indios, escritos en el período de 1500 a 400 A.C.: los cuatro Vedas, los poemas Ramayana y Mahabarata, así como los tratados filosóficos de las distintas escuelas que constituyen un cuerpo de doctrina que ha perdurado a través de la historia para contar todavía con más de 280 millones de fieles.
El brahamanismo mantiene una división de la sociedad (hindú), en castas, los brahmanes, los chatrias, los vaisias y los sudras. Más abajo los parias, socialmente considerados inferior al animal.

No obstante esta división de castas, el brahamanismo acepta un mejoramiento sucesivo del alma, que se efectúa mediante la metempsicosis, y que está determinada por el valor de las buenas obras realizadas. Así, el estado físico de las almas, en la reencarnación, es el resultado de la conducta moral anterior. "Toda palabra, acto de pensamiento o del cuerpo lleva un fruto bueno o malo", dice el Código de Manú.

El Brahmanismo proclama una moral de paz; la protección del niño, la mujer, el enfermo, el débil y el anciano; la obediencia, la castidad, la modestia y la templanza; los deberes de hospitalidad y la prohibición del aborto, el suicidio, el juego, la calumnia, el perjurio, la embriaguez y condena la violencia contra toda forma de vida.


Budismo: Budismo es el nombre dado por los occidentales al sistema religioso fundado en la India alrededor del siglo V a.C., por Sidharta Gautama, llamado el Buda (del sanscrito buddha, "despertado, iluminado"). En el Oriente se lo denomina Buddha-marga (camino de Buda), Buddha-dharma (ley de Buda) o Sad-dharma (ley correcta o perfecta). Tiene por fin la realizacion plena de la naturaleza humana y la creacion de una sociedad perfecta y pacifica.
Dios — En el budismo original no existe la idea de un dios supremo que opera sobre el mundo. La idea de la divinidad, para Buda, era semejante a la de los brahmanes, con la excepcion de no admitir un Dios creador (Ishvara).

El universo — El budismo difiere del hinduismo en cuanto a la concepcion del universo. Las creaciones periódicas de los sistemas cósmicos son regidas por una ley eterna, y el proceso nunca tuvo comienzo y nunca tendra fin.

Samsara — Es el circulo de los renacimientos sucesivos. Con la transmigracion del alma a otros cuerpos habia tambien una retribucion. El samsara para el budismo es infinite; hasta los dioses estan sujetos a esa ley. Solo llegando al Nirvana quedaria el hombre libre del samsara.

El Nirvana es la extincion del ser, una autoextincion en que toda la idea de personalidad individual cesa, deja de existir. No habiendo, por consiguiente, nada que pueda renacer, el alma se extingue en la nada, en la felicidad eterna, en el no ser.

Toda la doctrina budista tiene la mira de llevar al hombre a extinguirse a si mismo. Es el unico medio de escapar a los horrores del samsara. El hombre que consigue llegar a esa etapa, es libre. La felicidad no existe; es la liberacion del dolor. La liberacion del dolor termina en la NADA.


Existen bastantes religiones más en el mundo: shintoísmo, animismo, taoísmo, etc., pero he señalado las que considero como principales. A excepción del budismo, las demás señaladas coinciden en un punto central: Un Dios creó el Universo, y de ese punto central parte la discordancia inevitable con el ateísmo.

El ateísmo coincide asimismo en un punto central: No existe ningún Dios. Sin embargo, por sus causas existen distintos tipos de ateísmo. La clasificación que a continuación expongo no es una clasificación erudita. La hago yo mismo, basado en las "no-Fes" que he tenido ocasión de observar:

Ateísmo irreflexivo: Este ateísmo es propio de personas que no se preguntan siquiera si hay o no un Dios. Actúan con una indiferencia total hacia lo religioso. No se reflexiona, no se piensa, ni en Dios, ni en el universo, ni en la vida y la muerte, se vive sólo en el presente, sin pensar en el pasado y el futuro. No hay ningún deseo de trascendencia, sino simplemente, una indiferencia total.


Ateísmo científico: Un ateísmo reflexivo y analítico. A partir de observaciones científicas, se llega a una situación en la que resulta imposible admitir que exista algo fuera de lo registrado por la Física o la Química.

Existen muchas personas que abandonaron su Fe y llegaron al ateísmo a partir de estudios científicos. No obstante, la Ciencia no es némesis de la Fe, y esto me lleva a comentar algo notable:

He estudiado las posturas de diversas personas de Ciencia, acerca de la Fe y Dios, y muchos de los más grandes científicos de la Humanidad, fueron creyentes, de la categoría de Galileo, Pasteur, Alexis Carrel, Albert Einstein, Johanes Kepler, Isaac Newton, Carlos Linneo, Alejandro Volta, Gregor Mendel, Pascual Jordan, Robert Jastrow.

Para Louis Pasteur, "un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia devuelve a Él". Parece que esto se cumple cuando encontramos que muchos de los científicos ateos son más bien divulgadores que investigadores, como Isaac Asimov, Carl Sagan, etc.

El ateísmo científico, por lo tanto, no es regla para todos los científicos, ni mucho menos.
Recuerdo, no obstante, que años atrás, en mi escuela secundaria, se nos enseñó en clase de Biología la teoría de Oparin-Haldane sobre el origen de la vida, y una compañera me comentó que, como resultado de estudiar esa teoría, ella ya no creía en Dios.


Ateísmo político: Un ateísmo que existe por convenir así a ciertas ideas sociológicas y políticas, y que extirpa por completo la idea de religión, para enfocarse en la cuestión del estado y la sociedad.

Así es en el marxismo, y el mismo Marx dijo que "la religión es el opio de los pueblos". A diferencia del ateísmo irreflexivo y el ateísmo científico, este tipo de ateísmo no sabe respetar la Fe, sino que, enfocado a través del comunismo, busca extender la revolución proletaria y eliminar la religión, violando así el derecho a la libre creencia.

En teoría, el marxismo tiene bases filosóficas, el materialismo dialéctico, el cual establece que "a una tesis se opone una antítesis, choque del que resulta una síntesis, que a su vez se convierte en tesis, a la cual se opone una nueva antítesis... y el ciclo continúa".

Ateísmo intelectual: Este ateísmo no busca argumentos científicos, aunque los toma en consideración. Se basa en argumentos lógicos, argumentos retóricos.

Cuestiones, por ejemplo, como ¿Quién creó a Dios?, y análisis que buscan desacreditar a textos religiosos, principalmente la Biblia, pero enfocadas también a otros escritos.

Son famosos los argumentos de Santo Tomás de Aquino sobre la existencia de Dios, y parte del ateísmo intelectual ha buscado refutarlos, aunque no lo ha conseguido plenamente.

Yo mismo he tenido enfrentamientos con ateísmo intelectual; recuerdo un Miércoles de Ceniza, en el que llegué a mi escuela Preparatoria con la cruz en la frente, y un grupo de compañeros empezó a dialogar conmigo, cuestionándome sobre asuntos como la encarnación de Cristo, la vida post mortem, etc.


Dentro de estos tipos de ateísmo, en mi opinión los únicos que ofrecen argumentos interesantes son el ateísmo científico y el ateísmo intelectual, algunos de dichos argumentos se expondrán más adelante.


El Origen del Universo; tema crucial


En discusiones acerca de si Dios existe o no, casi por lo general se toca este punto. Inevitable, porque la mayoría de los creyentes (casi de cualquier religión), sostienen que Dios creó todo lo que existe, empezando, por supuesto, por el universo mismo.

La ciencia, en cambio, no ha sabido responder a esta pregunta, pero se admite que no puede ser que en un tiempo no existiera nada. En su libro Introducción a la Ciencia, Isaac Asimov escribe:

miércoles, 10 de febrero de 2010

Carta Encíclica PASCENDI





CARTA ENCÍNCLICA
PASCENDI
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO X
SOBRE LAS DOCTRINAS DE LOS MODERNISTAS

INTRODUCCIÓN

Al oficio de apacentar la grey del Señor que nos ha sido confiada de lo alto, Jesucristo señaló como primer deber el de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto frente a las novedades profanas del lenguaje como a las contradicciones de una falsa ciencia. No ha existido época alguna en la que no haya sido necesaria a la grey cristiana esa vigilancia de su Pastor supremo; porque jamás han faltado, suscitados por el enemigo del género humano, «hombres de lenguaje perverso»(1), «decidores de novedades y seductores»(2), «sujetos al error y que arrastran al error»(3).

Gravedad de los errores modernistas

1. Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.

Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.

2. Tales hombres se extrañan de verse colocados por Nos entre los enemigos de la Iglesia. Pero no se extrañará de ello nadie que, prescindiendo de las intenciones, reservadas al juicio de Dios, conozca sus doctrinas y su manera de hablar y obrar. Son seguramente enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijere que ésta no los ha tenido peores. Porque, en efecto, como ya hemos dicho, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper. Y mientras persiguen por mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida. Amalgamando en sus personas al racionalista y al católico, lo hacen con habilidad tan refinada, que fácilmente sorprenden a los incautos. Por otra parte, por su gran temeridad, no hay linaje de consecuencias que les haga retroceder o, más bien, que no sostengan con obstinación y audacia. Juntan a esto, y es lo más a propósito para engañar, una vida llena de actividad, constancia y ardor singulares hacia todo género de estudios, aspirando a granjearse la estimación pública por sus costumbres, con frecuencia intachables. Por fin, y esto parece quitar toda esperanza de remedio, sus doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte, que desprecian toda autoridad y no soportan corrección alguna; y atrincherándose en una conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la verdad lo que sólo es obra de la tenacidad y del orgullo.

A la verdad, Nos habíamos esperado que algún día volverían sobre sí, y por esa razón habíamos empleado con ellos, primero, la dulzura como con hijos, después la severidad y, por último, aunque muy contra nuestra voluntad, las reprensiones públicas. Pero no ignoráis, venerables hermanos, la esterilidad de nuestros esfuerzos: inclinaron un momento la cabeza para erguirla en seguida con mayor orgullo. Ahora bien: si sólo se tratara de ellos, podríamos Nos tal vez disimular; pero se trata de la religión católica y de su seguridad. Basta, pues, de silencio; prolongarlo sería un crimen. Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad.

3. Y como una táctica de los modernistas (así se les llama vulgarmente, y con mucha razón), táctica, a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes; ante todo, importa presentar en este lugar esas mismas doctrinas en un conjunlo, y hacer ver el enlace lógico que las une entre sí, reservándonos indicar después las causas de los errores y prescribir los remedios más adecuados para cortar el mal.

I. EXPOSICIÓN DE LAS DOCTRINAS MODERNISTAS

Para mayor claridad en materia tan compleja, preciso es advertir ante todo que cada modernista presenta y reúne en sí mismo variedad de personajes, mezclando, por decirlo asi, al filósofo, al creyente, al apologista, al reformador; personajes todos que conviene distinguir singularmente si se quiere conocer a fondo su sistema y penetrar en los principios y consecuencias de sus doctrinas.

4. Comencemos ya por el filósofo. Los modernistas establecen, como base de su filosofía religiosa, la doctrina comúnmente llamada agnosticismo. La razón humana, encerrada rigurosamente en el círculo de los fenómenos, es decir, de las cosas que aparecen, y tales ni más ni menos como aparecen, no posee facultad ni derecho de franquear los límítes de aquéllas. Por lo tanto, es incapaz de elevarse hasta Dios, ni aun para conocer su existencia, de algún modo, por medio de las criaturas: tal es su doctrina. De donde infieren dos cosas: que Dios no puede ser objeto directo de la ciencia; y, por lo que a la historia pertenece, que Dios de ningún modo puede ser sujeto de la historia.

Después de esto, ¿que será de la teología natural, de los motivos de credibilidad, de la revelación externa? No es difícil comprenderlo. Suprimen pura y simplemente todo esto para reservarlo al intelectualismo, sistema que, según ellos, excita compasiva sonrisa y está sepultado hace largo tiempo.

Nada les detiene, ni aun las condenaciones de la Iglesia contra errores tan monstruosos. Porque el concilio Vaticano decretó lo que sigue: «Si alguno dijere que la luz natural de la razón humana es incapaz de conocer con certeza, por medio de las cosas creadas, el único y verdadera Dios, nuestro Creador y Señor, sea excomulgado»(4). Igualmente: «Si alguno dijere no ser posible o conveniente que el hombre sea instruido, mediante la revelación divina, sobre Dios y sobre el culto a él debido, sea excomulgado»(5). Y por último: «Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos exteriores, y que, en consecuencia, sólo por la experiencia individual o por una inspiración privada deben ser movidos los hombres a la fe, sea excomulgado»(6).

Ahora, de qué manera los modernistas pasan del agnosticismo, que no es sino ignorancia, al ateísmo científico e histórico, cuyo carácter total es, por lo contrario, la negación; y, en consecuencia, por qué derecho de raciocinio, desde ignorar si Dios ha intervenido en la historia del género humano hacen el tránsito a explicar esa misma historia con independencia de Dios, de quien se juzga que no ha tenido, en efecto, parte en el proceso histórico de la humanidad, conózcalo quien pueda. Y es indudable que los modernistas tienen como ya establecida y fija una cosa, a saber: que la ciencia debe ser atea, y lo mismo la historia; en la esfera de una y otra no admiten sino fenómenos: Dios y lo divino quedan desterrados.

Pronto veremos las consecuencias de doctrina tan absurda fluyen con respecto a la sagrada persona del Salvador, a los misterios de su vida y muerte, de su resurrección y ascensión gloriosa.

5. Agnosticismo este que no es sino el aspecto negativo de la doctrina de los modernistas; el positivo está constituido por la llamada inmanencia vital.

El tránsito del uno al otro es como sigue: natural o sobrenatural, la religión, como todo hecho, exige una explicación. Pues bien: una vez repudiada la teología natural y cerrado, en consecuencia, todo acceso a la revelación al desechar los motivos de credibilidad; más aún, abolida por completo toda revelación externa, resulta claro que no puede buscarse fuera del hombre la explicación apetecida, y debe hallarse en lo interior del hombre; pero como la religión es una forma de la vida, la explicación ha de hallarse exclusivamente en la vida misma del hombre. Por tal procedimiento se llega a establecer el principio de la inmanencia religiosa. En efecto, todo fenómeno vital —y ya queda dicho que tal es la religión— reconoce por primer estimulante cierto impulso o indigencia, y por primera manifestación, ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento. Por esta razón, siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la indigencia de lo divino. Por otra parte, como esa indigencia de lo divino no se siente sino en conjuntos determinados y favorables, no puede pertenecer de suyo a la esfera de la conciencia; al principio yace sepultada bajo la conciencia, o, para emplear un vocablo tomado de la filosofía moderna, en la subconsciencia, donde también su raíz permanece escondida e inaccesible.

¿Quiere ahora saberse en qué forma esa indigencia de lo divino, cuando el hombre llegue a sentirla, logra por fin convertirse en religión? Responden los modernistas: la ciencia y la historia están encerradas entre dos límites: uno exterior, el mundo visible; otro interior, la conciencia. Llegadas a uno de éstos, imposible es que pasen adelante la ciencia y la historia; más allá está lo incognoscible. Frente ya a este incognoscible, tanto al que está fuera del hombre, más allá de la naturaleza visible, como al que está en el hombre mismo, en las profundidades de la subconsciencia, la indigencia de lo divino, sin juicio alguno previo (lo cual es puro fideísmo) suscita en el alma, naturalmente inclinada a la religión, cierto sentimiento especial, que tiene por distintivo el envolver en sí mismo la propia realidad de Dios, bajo el doble concepto de objeto y de causa íntima del sentimiento, y el unir en cierta manera al hombre con Dios. A este sentimiento llaman fe los modernistas: tal es para ellos el principio de la religión.

6. Pero no se detiene aquí la filosofía o, por mejor decir, el delirio modernista. Pues en ese sentimiento los modernistas no sólo encuentran la fe, sino que con la fe y en la misma fe, según ellos la entienden, afirman que se verifica la revelación. Y, en efecto, ¿qué más puede pedirse para la revelación? ¿No es ya una revelación, o al menos un principio de ella, ese sentimiento que aparece en la conciencia, y Dios mismo, que en ese preciso sentimiento religioso se manifiesta al alma aunque todavía de un modo confuso? Pero, añaden aún: desde el momento en que Dios es a un tiempo causa y objeto de la fe, tenemos ya que aquella revelación versa sobre Dios y procede de Dios; luego tiene a Dios como revelador y como revelado. De aquí, venerables hermanos, aquella afirmación tan absurda de los modernistas de que toda religión es a la vez natural y sobrenatural, según los diversos puntos de vista. De aquí la indistinta significación de conciencia y revelación. De aquí, por fin, la ley que erige a la conciencia religiosa en regla universal, totalmente igual a la revelación, y a la que todos deben someterse, hasta la autoridad suprema de la Iglesia, ya la doctrinal, ya la preceptiva en lo sagrado y en lo disciplinar.

7. Sin embargo, en todo este proceso, de donde, en sentir de los modernistas, se originan la fe y la revelación, a una cosa ha de atenderse con sumo cuidado, por su importancia no pequeña, vistas las consecuencias histórico-críticas que de allí, según ellos, se derivan.

Porque lo incognoscible, de que hablan, no se presenta a la fe como algo aislado o singular, sino, por lo contrario, con íntima dependencia de algún fenómeno, que, aunque pertenece al campo de la ciencia y de la historia, de algún modo sale fuera de sus límites; ya sea ese fenómeno un hecho de la naturaleza, que envuelve en sí algún misterio, ya un hombre singular cuya naturaleza, acciones y palabras no pueden explicarse por las leyes comunes de la historia. En este caso, la fe, atraída por lo incognoscible, que se presenta junto con el fenómeno, abarca a éste todo entero y le comunica, en cierto modo, su propia vida. Síguense dos consecuencias. En primer lugar, se produce cierta transfiguración del fenómeno, esto es, en cuanto es levantado por la fe sobre sus propias condiciones, con lo cual queda hecho materia más apta para recibir la forma de lo divino, que la fe ha de dar; en segundo lugar, una como desfiguración —llámese así— del fenómeno, pues la fe le atribuye lo que en realidad no tiene, al haberle sustraído a las condiciones de lugar y tiempo; lo que acontece, sobre todo, cuando se trata de fenómenos del tiempo pasado, y tanto más cuanto más antiguos fueren. De ambas cosas sacan, a su vez, los modernistas, dos leyes, que, juntas con la tercera sacada del agnosticismo, forman las bases de la crítica histórica. Un ejemplo lo aclarará: lo tomamos de la persona de Cristo. En la persona de Cristo, dicen, la ciencia y la historia ven sólo un hombre. Por lo tanto, en virtud de la primera ley, sacada del agnosticismo, es preciso borrar de su historia cuanto presente carácter divino. Por la segunda ley, la persona histórica de Cristo fue transfigurada por la fe; es necesario, pues, quitarle cuanto la levanta sobre las condiciones históricas. Finalmente, por la tercera, la misma persona de Cristo fue desfigurada por la fe; luego se ha de prescindir en ella de las palabras, actos y todo cuanto, en fin, no corresponda a su naturaleza, estado, educación, lugar y tiempo en que vivió.

Extraña manera, sin duda, de raciocinar; pero tal es la crítica modernista.

8. En consecuencia, el sentimiento religioso, que brota por vital inmanencia de los senos de la subconsciencia, es el germen de toda religión y la razón asimismo de todo cuanto en cada una haya habido o habrá. Oscuro y casi informe en un principio, tal sentimiento, poco a poco y bajo el influjo oculto de aquel arcano principio que lo produjo, se robusteció a la par del progreso de la vida humana, de la que es —ya lo dijimos— una de sus formas. Tenemos así explicado el origen de toda relígión, aun de la sobrenatural: no son sino aquel puro desarrollo del sentimiento religioso. Y nadie piense que la católica quedará exceptuada: queda al nivel de las demás en todo. Tuvo su origen en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima naturaleza, cual jamás hubo ni habrá, en virtud del desarrollo de la inmanencia vital, y no de otra manera.

¡Estupor causa oír tan gran atrevimiento en hacer tales afirmaciones, tamaña blasfemia! ¡Y, sin embargo, venerables hermanos, no son los incrédulos sólo los que tan atrevidamente hablan asi; católicos hay, más aún, muchos entre los sacerdotes, que claramente publican tales cosas y tales delirios presumen restaurar la Iglesia! No se trata ya del antiguo error que ponía en la naturaleza humana cierto derecho al orden sobrenatural. Se ha ido mucho más adelante, a saber: hasta afirmar que nuestra santísima religión, lo mismo en Cristo que en nosotros, es un fruto propio y espontáneo de la naturaleza. Nada, en verdad, más propio para destruir todo el orden sobrenatural.

Por lo tanto, el concilio Vaticano, con perfecto derecho, decretó: «Si alguno dijere que el hombre no puede ser elevado por Dios a un conocimiento y perfección que supere a la naturaleza, sino que puede y debe finalmente llegar por sí mismo, mediante un continuo progreso, a la posesión de toda verdad y de todo bien, sea excomulgado»(7).

9. No hemos visto hasta aquí, venerables hermanos, que den cabida alguna a la inteligencia; pero, según la doctrina de los modernistas, tiene también su parte en el acto de fe, y así conviene notar de qué modo.

En aquel sentimiento, dicen, del que repetidas veces hemos hablado, porque es sentimiento y no conocimiento, Dios, ciertamente, se presenta al hombre; pero, como es sentimiento y no conocimiento, se presenta tan confusa e implicadamente que apenas o de ningún modo se distingue del sujeto que cree. Es preciso, pues, que el sentimiento se ilumine con alguna luz para que así Dios resalte y se distinga. Esto pertenece a la inteligencia, cuyo oficio propio es el pensar y analizar, y que sirve al hombre para traducir, primero en representaciones y después en palabras, los fenómenos vitales que en él se producen. De aquí la expresión tan vulgar ya entre los modernistas: «el hombre religioso debe pensar su fe».

La inteligencia, pues, superponiéndose a tal sentimiento, se inclina hacia él, y trabaja sobre él como un pintor que, en un cuadro viejo, vuelve a señalar y a hacer que resalten las líneas del antiguo dibujo: casi de este modo lo explica uno de los maestros modernistas. En este proceso la mente obra de dos modos: primero, con un acto natural y espontáneo traduce las cosas en una aserción simple y vulgar; después, refleja y profundamente, o como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta lo pensado con sentencias secundarias, derivadas de aquella primera fórmula tan sencilla, pero ya más limadas y más precisas. Estas fórmulas secundarias, una vez sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formarán el dogma.

10. Ya hemos llegado en la doctrina modernista a uno de los puntos principales, al origen y naturaleza del dogma. Este, según ellos, tiene su origen en aquellas pnmitivas fórmulas simples que son necesarias en cierto modo a la fe, porque la revelación, para existir, supone en la conciencia alguna noticia manifiesta de Dios. Mas parecen afirmar que el dogma mismo está contenido propiamente en las fórmulas secundarias.

Para entender su naturaleza es preciso, ante todo, inquirir qué relación existe entre las fórmulas religiosas y el sentimiento religioso del ánimo. No será dificil descubrirlo si se tiene en cuenta que el fin de tales fórmulas no es otro que proporcionar al creyente el modo de darse razón de su fe. Por lo tanto, son intermedias entre el creyente y su fe: con relación a la fe, son signos inadecuados de su objeto, vulgarmente llamados símbolos; con relación al creyente, son meros instrumentos. Mas no se sigue en modo alguno que pueda deducirse que encierren una verdad absoluta; pues, como símbolos, son imágenes de la verdad, y, por lo tanto, han de acomodarse al sentimiento religioso, en cuanto éste se refiere al hombre; como instrumentos, son vehículos de la verdad y, en consecuencia, tendrán que acomodarse, a su vez, al hombre en cuanto se relaciona con el sentimiento religioso. Mas el objeto del sentimiento religioso, por hallarse contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos, que pueden aparecer sucesivamente, ora uno, ora otro. A su vez, el hombre, al creer, puede estar en condiciones que pueden ser muy diversas. Por lo tanto, las fórmulas que llamamos dogma se hallarán expuestas a las mismas vicisitudes, y, por consiguiente, sujetas a mutación. Así queda expedito el camino hacia la evolución íntima del dogma.

¡Cúmulo, en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión!

sábado, 6 de febrero de 2010

Ayuno y Abstinencia.

por Freider Jesús Florián
AYUNO (del latín Ieiunium) se define como una disciplina física y espiritual por la que por un tiempo determinado, se renuncia voluntariamente a ciertos alimentos o se reduce su consumo, con el fin de someter los apetitos carnales, y disponerse a ejercicios y actividades espirituales. Se ayuna a imitación de Cristo y sus sufrimientos durante su pasión y su vida terrena.

En la Iglesia se ha practicado desde siempre, incluso, desde los primeros tiempos de los judíos. La Iglesia prescribe el ayuno que deben hacer los fieles y los días de ayuno obligatorio. 
Existen dos tipos de Ayuno vigentes:
  • Ayuno Eucarístico: Anteriormente era costumbre ayunar desde media noche, el día de la Eucaristía. Actualmente todos los fieles no deben comer nada durante una hora antes de la Santa Misa (excepto agua y medicamentos). Para quienes particpan de una celebración Eucarística varias veces al día por necesidad (ej. los sacerdotes) basta con que se guarde el ayuno Eucarístico en la primera Misa y está exento de las del resto del día
  • Ayuno Tradicional: La ley del ayuno requiere que el católico, desde los 18 hasta los 59 años de edad, reduzca la cantidad de comida usual. La Iglesia define esta práctica como una comida principal más dos comidas pequeñas que sumadas no sobrepasen la primera en cantidad. Este ayuno es obligatorio el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. El ayuno se rompe si se come entre comidas o se toma algún líquido considerado como “comida” (por ejemplo batidos; pero está permitida la leche). Las bebidas alcohólicas no rompen el ayuno; sin embargo, se las considera contrarias al espíritu de hacer penitencia.Es muy usual según lo anterior ayunar en esta forma: Desayuno (que por lo general es una comida ligera) Almuerzo completo (un almuerzo corriente según se acostumbre sin excesos) y una pequeña merienda o colación (muy ligera, en la hora de la cena) fuera de estas tres comidas, no se pueden ingerir más alimentos, se puede beber agua o tomar medicamentos. En sintesis, el ayuno consiste en UNA SOLA comida al dia, (por lo general el almuerzo) las otras dos comidas que no se comerán, se pueden reemplazar si se quiere por pequeñas refacciones y no sobrepasarán en cantidad a la comida principal (en este caso, el almuerzo)
AYUNO = COMIDA PRINCIPAL + 2x media COMIDA PRINCIPAL
También se puede ayunar simplemente a pan y agua o con líquidos, en cualquier día del año cuantas veces quiera el fiel (aunque tradicionalmente los domingos y en Pascua no se ayuna), pero en toda la Iglesia es obligatorio en todo momento el ayuno Eucarístico (salvo una excusa razonable) y son días obligatorios de ayuno tradicional los Miércoles de Ceniza, y Viernes Santo

El Ayuno, es una herramienta excelente para controlar la gula, mejorar la salud respecto a comer en exceso y mantener el cuerpo "ligero" para todo tipo de actividades mentales y espirituales. Ayunando se dominan los apetitos carnales y es la principal práctica penitencial. Propicia además el auto control y la dominación de la concupiscencia.


Tengamos bien en cuenta que cualquier abstención que nos impida seriamente llevar adelante nuestro trabajo como estudiantes, empleados o parientes serían contrarias a la voluntad de Dios.

El Código de Derecho Canónico, respecto al ayuno, la abstinencia y la penitencia nos dice:
1249  Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia, a tenor de los cánones que siguen.
1250  En la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma.
1251  Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
1252La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Cuiden sin embargo los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia quienes, por no haber alcanzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia.
1253 La Conferencia Episcopal puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad.



ABSTINENCIA (del latín Abstinentia) es la virtud que consiste en privarse total o parcialmente de satisfacer ciertos apetitos.

En la Iglesia, está reglamentada la Abstinencia de Carne que consiste en privarse de comer carne de res, de pollo y de cerdo en los días indicados, que son todos los viernes del año y el Miércoles de Ceniza, en recuerdo de la pasión de Cristo, el viernes es el día del recuerdo de la pasión del Señor.
Sin embargo, como se dijo, las conferencia episcopales de cada país pueden determinar si la abstinencia de carne puede sustituirse por alguna obra de caridad (como visitar enfermos) de piedad (el rezo del Santo Rosario) o de apostolado. Consúltese con la diócesis o la parroquia para saber la normatividad en cada país.

A pesar de esto es obligatorio, sin excepción, que la abstinencia de carne se guarde en los viernes de Cuaresma, el Viernes Santo y el Miércoles de Ceniza. Obliga a la abstinencia a los mayores de 14 años en adelante.







AYUNO y ABSTINENCIA En Colombia:
 "La Conferencia Episcopal de Colombia, en conformidad con el Código de Derecho Canónico, ha dispuesto: El Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo se observará el ayuno y la abstinencia de carne. Obliga el ayuno a los mayores de diez y ocho años hasta los cincuenta y nueve años cumplidos; la abstinencia, a los mayores de catorce años. Los demás viernes del año que no coincidan con una solemnidad, los fieles mayores de catorce años pueden cumplir el precepto de la abstinencia privándose de carne o de otro alimento habitual de especial agrado para la persona; la abstinencia puede suplirse, con excepción de los viernes de Cuaresma, por un acto determinado de mortificación, de piedad, de caridad, de limosna o de apostolado."


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