viernes, 12 de noviembre de 2010

Exhortación Apostólica VERBUM DOMINI


EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
VERBUM DOMINI
DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
AL EPISCOPADO, AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE
LA PALABRA DE DIOS
EN LA VIDA Y EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA


INTRODUCCIÓN
1. LA PALABRA DEL SEÑOR permanece para
siempre. Y esa palabra es el Evangelio
que os anunciamos » (1 P 1,25: cf. Is 40,8). Esta
frase de la Primera carta de san Pedro, que retoma
las palabras del profeta Isaías, nos pone frente
al misterio de Dios que se comunica a sí mismo
mediante el don de su palabra. Esta palabra,
que permanece para siempre, ha entrado en el
tiempo. Dios ha pronunciado su palabra eterna
de un modo humano; su Verbo « se hizo carne »
( Jn 1,14). Ésta es la buena noticia. Éste es el anuncio
que, a través de los siglos, llega hasta nosotros.
La XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo
de los Obispos, que se celebró en el Vaticano del
5 al 26 de octubre de 2008, tuvo como tema La
Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia.
Fue una experiencia profunda de encuentro con
Cristo, Verbo del Padre, que está presente donde
dos o tres están reunidos en su nombre (cf. Mt
18,20). Con esta Exhortación, cumplo con agrado
la petición de los Padres de dar a conocer a
todo el Pueblo de Dios la riqueza surgida en la
reunión vaticana y las indicaciones propuestas,
como fruto del trabajo en común.1 En esta pers-
1 Cf. Propositio 1.
«
4
pectiva, pretendo retomar todo lo que el Sínodo
ha elaborado, teniendo en cuenta los documentos
presentados: los Lineamenta, el Instrumentum laboris,
las Relaciones ante y post disceptationem y los textos
de las intervenciones, tanto leídas en el aula como
las presentadas in scriptis, las Relaciones de los círculos
menores y sus debates, el Mensaje fi nal al
Pueblo de Dios y, sobre todo, algunas propuestas
específi cas (Propositiones), que los Padres han
considerado de particular relieve. En este sentido,
deseo indicar algunas líneas fundamentales para
revalorizar la Palabra divina en la vida de la Iglesia,
fuente de constante renovación, deseando al
mismo tiempo que ella sea cada vez más el corazón
de toda actividad eclesial.
Para que nuestra alegría sea perfecta
2. En primer lugar, quisiera recordar la belleza
y el encanto del renovado encuentro con el Señor
Jesús experimentado durante la Asamblea sinodal.
Por eso, haciéndome eco de la voz de los Padres,
me dirijo a todos los fi eles con las palabras de san
Juan en su primera carta: « Os anunciamos la vida
eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó.
Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos
para que estéis unidos con nosotros en esa unión
que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo
» (1 Jn 1,2-3). El Apóstol habla de oír, ver, tocar
y contemplar (cf. 1,1) al Verbo de la Vida, porque la
vida misma se manifestó en Cristo. Y nosotros,
llamados a la comunión con Dios y entre noso5
tros, debemos ser anunciadores de este don. En
esta perspectiva kerigmática, la Asamblea sinodal
ha sido para la Iglesia y el mundo un testimonio
de la belleza del encuentro con la Palabra de Dios
en la comunión eclesial. Por tanto, exhorto a todos
los fi eles a reavivar el encuentro personal y
comunitario con Cristo, Verbo de la Vida que se
ha hecho visible, y a ser sus anunciadores para que
el don de la vida divina, la comunión, se extienda
cada vez más por todo el mundo. En efecto, participar
en la vida de Dios, Trinidad de Amor, es
alegría completa (cf. 1 Jn 1,4). Y comunicar la alegría
que se produce en el encuentro con la Persona
de Cristo, Palabra de Dios presente en medio
de nosotros, es un don y una tarea imprescindible
para la Iglesia. En un mundo que considera con
frecuencia a Dios como algo superfl uo o extraño,
confesamos con Pedro que sólo Él tiene « palabras
de vida eterna » ( Jn 6,68). No hay prioridad
más grande que esta: abrir de nuevo al hombre
de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos
comunica su amor para que tengamos vida abundante
(cf. Jn 10,10).
De la « Dei Verbum » al Sínodo sobre la Palabra de Dios
3. Con la XII Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios,
somos conscientes de haber tocado en cierto sentido
el corazón mismo de la vida cristiana, en continuidad
con la anterior Asamblea sinodal sobre la
Eucaristía como fuente y culmen de la vida y de la misión
6
de la Iglesia. En efecto, la Iglesia se funda sobre la
Palabra de Dios, nace y vive de ella.2 A lo largo
de toda su historia, el Pueblo de Dios ha encontrado
siempre en ella su fuerza, y la comunidad
eclesial crece también hoy en la escucha, en la celebración
y en el estudio de la Palabra de Dios.
Hay que reconocer que en los últimos decenios
ha aumentado en la vida eclesial la sensibilidad
sobre este tema, de modo especial con relación
a la Revelación cristiana, a la Tradición viva y a
la Sagrada Escritura. A partir del pontifi cado del
Papa León XIII, podemos decir que ha ido creciendo
el número de intervenciones destinadas
a aumentar en la vida de la Iglesia la conciencia
sobre la importancia de la Palabra de Dios y de
los estudios bíblicos,3 culminando en el Concilio
Vaticano II, especialmente con la promulgación
de la Constitución dogmática Dei Verbum, sobre
la divina Revelación. Ella representa un hito en el
camino eclesial: « Los Padres sinodales... reconocen
con ánimo agradecido los grandes benefi cios
aportados por este documento a la vida de la Iglesia,
en el ámbito exegético, teológico, espiritual,
pastoral y ecuménico ».4 En particular, ha crecido
en estos años la conciencia del « horizonte trinita-
2 Cf. XII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE
LOS OBISPOS, Instrumentum laboris, 27.
3 Cf. LEÓN XIII, Carta enc. Providentissimus Deus (18 noviembre
1893): ASS 26 (1893-94, 269-292; BENEDICTO XV, Carta
enc. Spiritus Paraclitus (15 septiembre 1920): AAS 12 (1920),
385-422; PÍO XII, Carta enc. Divino affl ante Spiritu (30 septiembre
1943): AAS 35 (1943), 297-325.
4 Propositio 2.
7
rio e histórico salvífi co de la Revelación »,5 en el
que se reconoce a Jesucristo como « mediador y
plenitud de toda la revelación ».6 La Iglesia confi
esa incesantemente a todas las generaciones que
Él, « con su presencia y manifestación, con sus palabras
y obras, signos y milagros, sobre todo con
su muerte y resurrección gloriosa, con el envío
del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la
revelación ».7
De todos es conocido el gran impulso que la
Constitución dogmática Dei Verbum ha dado a la
revalorización de la Palabra de Dios en la vida de
la Iglesia, a la refl exión teológica sobre la divina
revelación y al estudio de la Sagrada Escritura. En
los últimos cuarenta años, el Magisterio eclesial se
ha pronunciado en muchas ocasiones sobre estas
materias.8 Con la celebración de este Sínodo, la
5 Ibíd.
6 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 2.
7 Ibíd., 4.
8 Cf. Entre otros documentos de distinta naturaleza, véase:
PABLO VI, Carta ap. Summi Dei Verbum (4 noviembre 1963):
AAS 55 (1963), 979-995; ID, Motu proprio Sedula cura (27 junio
1971): AAS 63 (1971), 665-669; JUAN PABLO II, Audiencia General
(1 mayo 1985): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(5 mayo 1985), 3; ID., Discurso sobre la interpretación de la Biblia en
la Iglesia (23 abril 1993): AAS 86 (1994), 232-243; BENEDICTO
XVI, Discurso al Congreso Internacional por el 40 aniversario de la Dei
Verbum (16 septiembre 2005): AAS 97 (2005), 957; ID., Ángelus
(6 noviembre 2005): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(11 noviembre 2005), 6. Se tengan en cuenta también los documentos
de la PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, De sacra Scriptura et
Christologia (1984); Unidad y diversidad en la Iglesia (11 abril 1988);
La interpretación de la Biblia en la Iglesia (15 abril 1993); El pueblo
judío y sus sagradas Escrituras en la Biblia cristiana (24 mayo 2001);
Biblia y moral. Raíces bíblicas del obrar cristiano (11 mayo 2008).
8
Iglesia, consciente de la continuidad de su propio
camino bajo la guía del Espíritu Santo, se ha sentido
llamada a profundizar nuevamente sobre el
tema de la Palabra divina, ya sea para verifi car la
puesta en práctica de las indicaciones conciliares,
como para hacer frente a los nuevos desafíos que
la actualidad plantea a los creyentes en Cristo.
El Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios
4. En la XII Asamblea sinodal, Pastores provenientes
de todo el mundo se reunieron en torno a
la Palabra de Dios y pusieron simbólicamente en
el centro de la Asamblea el texto de la Biblia, para
redescubrir algo que corremos el peligro de dar
por descontado en la vida cotidiana: el hecho de que
Dios hable y responda a nuestras cuestiones.9 Juntos hemos
escuchado y celebrado la Palabra del Señor.
Hemos hablado de todo lo que el Señor está realizando
en el Pueblo de Dios y hemos compartido
esperanzas y preocupaciones. Todo esto nos ha
ayudado a entender que únicamente en el « nosotros
» de la Iglesia, en la escucha y acogida recíproca,
podemos profundizar nuestra relación con la
Palabra de Dios. De aquí brota la gratitud por los
testimonios de vida eclesial en distintas partes del
mundo, narrados en las diversas intervenciones
en el aula. Al mismo tiempo, ha sido emocionante
escuchar también a los Delegados fraternos, que
9 Cf. Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2008): AAS
101 (2009), 49.
9
han aceptado la invitación a participar en el encuentro
sinodal. Recuerdo, en particular, la meditación,
profundamente estimada por los Padres
sinodales, que nos ofreció Su Santidad Bartolomé
I, Patriarca ecuménico de Constantinopla.10 Por
primera vez, además, el Sínodo de los Obispos
quiso invitar también a un Rabino para que nos
diera un valioso testimonio sobre las Sagradas Escrituras
judías, que también son justamente parte
de nuestras Sagradas Escrituras.11
Así, pudimos comprobar con alegría y gratitud
que « también hoy en la Iglesia hay un Pentecostés,
es decir, que la Iglesia habla en muchas
lenguas; y esto no sólo en el sentido exterior de
que en ella están representadas todas las grandes
lenguas del mundo, sino sobre todo en un sentido
más profundo: en ella están presentes los múltiples
modos de la experiencia de Dios y del mundo,
la riqueza de las culturas; sólo así se manifi esta
la amplitud de la existencia humana y, a partir de
ella, la amplitud de la Palabra de Dios ».12 Pudimos
constatar, además, un Pentecostés aún en camino;
varios pueblos están esperando todavía que se les
anuncie la Palabra de Dios en su propia lengua y
cultura.
No podemos olvidar, además, que durante
todo el Sínodo nos ha acompañado el testimo-
10 Cf. Propositio 37.
11 Cf. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, El pueblo judío y sus
sagradas Escrituras en la Biblia cristiana (24 mayo 2001).
12 Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2008): AAS
101 (2009), 5.
10
nio del Apóstol Pablo. De hecho, fue providencial
que la XII Asamblea General Ordinaria tuviera
lugar precisamente en el año dedicado a la fi gura
del gran Apóstol de los gentiles, con ocasión del
bimilenario de su nacimiento. Se distinguió en su
vida por el celo con que difundía la Palabra de
Dios. Nos llegan al corazón las vibrantes palabras
con las que se refería a su misión de anunciador de
la Palabra divina: « hago todo esto por el Evangelio
» (1 Co 9,23); « Yo –escribe en la Carta a los Romanos–
no me avergüenzo del Evangelio: es fuerza
de salvación de Dios para todo el que cree » (1,16).
Cuando refl exionamos sobre la Palabra de Dios
en la vida y en la misión de la Iglesia, debemos
pensar en san Pablo y en su vida consagrada a
anunciar la salvación de Cristo a todas las gentes.
El Prólogo del Evangelio de Juan como guía
5. Con esta Exhortación apostólica postsinodal,
deseo que los resultados del Sínodo infl uyan efi -
cazmente en la vida de la Iglesia, en la relación
personal con las Sagradas Escrituras, en su interpretación
en la liturgia y en la catequesis, así como
en la investigación científi ca, para que la Biblia no
quede como una Palabra del pasado, sino como
algo vivo y actual. A este propósito, me propongo
presentar y profundizar los resultados del Sínodo
en referencia constante al Prólogo del Evangelio de
Juan ( Jn 1,1-18), en el que se nos anuncia el fundamento
de nuestra vida: el Verbo, que desde el
principio está junto a Dios, se hizo carne y habitó
11
entre nosotros (cf. Jn 1,14). Se trata de un texto
admirable, que nos ofrece una síntesis de toda la
fe cristiana. Juan, a quien la tradición señala como
el « discípulo al que Jesús amaba » ( Jn 13,23; 20,2;
21,7.20), sacó de su experiencia personal de encuentro
y seguimiento de Cristo, una certeza interior:
Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, su
Palabra eterna que se ha hecho hombre mortal.13
Que aquel que « vio y creyó » ( Jn 20,8) nos ayude
también a nosotros a reclinar nuestra cabeza
sobre el pecho de Cristo (cf. Jn 13,25), del que
brotaron sangre y agua (cf. Jn 19,34), símbolo de
los sacramentos de la Iglesia. Siguiendo el ejemplo
del apóstol Juan y de otros autores inspirados,
dejémonos guiar por el Espíritu Santo para amar
cada vez más la Palabra de Dios.
13 Cf. Ángelus (4 enero 2009): L’Osservatore Romano, ed. en
lengua española (9 enero 2009), 1.11.

PRIMERA PARTE
VERBUM DEI
« En el principio ya existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios...
y la Palabra se hizo carne » ( Jn 1,1.14)

15
EL DIOS QUE HABLA
Dios en diálogo
6. La novedad de la revelación bíblica consiste
en que Dios se da a conocer en el diálogo que desea
tener con nosotros.14 La Constitución dogmática
Dei Verbum había expresado esta realidad reconociendo
que « Dios invisible, movido de amor,
habla a los hombres como amigos, trata con ellos
para invitarlos y recibirlos en su compañía ».15 Sin
embargo, para comprender en su profundidad
el mensaje del Prólogo de san Juan no podemos
quedarnos en la constatación de que Dios se nos
comunica amorosamente. En realidad, el Verbo
de Dios, por quien « se hizo todo » ( Jn 1,3) y que
se « hizo carne » ( Jn 1,14), es el mismo que existía
« in principio » ( Jn 1,1). Aunque se puede advertir
aquí una alusión al comienzo del libro del Génesis
(cf. Gn 1,1), en realidad nos encontramos ante
un principio de carácter absoluto en el que se nos
narra la vida íntima de Dios. El Prólogo de Juan
nos sitúa ante el hecho de que el Logos existe realmente
desde siempre y que, desde siempre, él mismo
14 Cf. Relatio ante disceptationem, I.
15 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum sobre
la divina revelación, 2.
16
es Dios. Así pues, no ha habido nunca en Dios un
tiempo en el que no existiera el Logos. El Verbo
ya existía antes de la creación. Por tanto, en el corazón
de la vida divina está la comunión, el don
absoluto. « Dios es amor » (1 Jn 4,16), dice el mismo
Apóstol en otro lugar, indicando « la imagen cristiana
de Dios y también la consiguiente imagen
del hombre y de su camino ».16 Dios se nos da a
conocer como misterio de amor infi nito en el que
el Padre expresa desde la eternidad su Palabra en
el Espíritu Santo. Por eso, el Verbo, que desde el
principio está junto a Dios y es Dios, nos revela al
mismo Dios en el diálogo de amor de las Personas
divinas y nos invita a participar en él. Así pues,
creados a imagen y semejanza de Dios amor, sólo
podemos comprendernos a nosotros mismos en
la acogida del Verbo y en la docilidad a la obra del
Espíritu Santo. El enigma de la condición humana
se esclarece defi nitivamente a la luz de la revelación
realizada por el Verbo divino.
Analogía de la Palabra de Dios
7. De todas estas consideraciones, que brotan
de la meditación sobre el misterio cristiano expresado
en el Prólogo de Juan, hay que destacar ahora
lo que los Padres sinodales han afi rmado sobre las
distintas maneras en que se usa la expresión « Palabra
de Dios ». Se ha hablado justamente de una
sinfonía de la Palabra, de una única Palabra que
16 Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1: AAS
98 (2006), 217-218.
17
se expresa de diversos modos: « un canto a varias
voces ».17 A este propósito, los Padres sinodales
han hablado de un uso analógico del lenguaje humano
en relación a la Palabra de Dios. En efecto,
esta expresión, aunque por una parte se refi ere a
la comunicación que Dios hace de sí mismo, por
otra asume signifi cados diferentes que han de ser
tratados con atención y puestos en relación entre
ellos, ya sea desde el punto de vista de la refl exión
teológica como del uso pastoral. Como muestra
de modo claro el Prólogo de Juan, el Logos indica
originariamente el Verbo eterno, es decir, el Hijo
único de Dios, nacido del Padre antes de todos
los siglos y consustancial a él: la Palabra estaba junto
a Dios, la Palabra era Dios. Pero esta misma Palabra,
afi rma san Juan, se « hizo carne » ( Jn 1,14);
por tanto, Jesucristo, nacido de María Virgen, es
realmente el Verbo de Dios que se hizo consustancial
a nosotros. Así pues, la expresión « Palabra
de Dios » se refi ere aquí a la persona de Jesucristo,
Hijo eterno del Padre, hecho hombre.
Por otra parte, si bien es cierto que en el
centro de la revelación divina está el evento de
Cristo, hay que reconocer también que la misma
creación, el liber naturae, forma parte esencialmente
de esta sinfonía a varias voces en que se expresa
el único Verbo. De modo semejante, confesamos
que Dios ha comunicado su Palabra en la historia
de la salvación, ha dejado oír su voz; con la potencia
de su Espíritu, « habló por los profetas ».18
17 Instrumentum laboris, 9.
18 Credo Niceno-Constantinopolitano: DS 150.
18
La Palabra divina, por tanto, se expresa a lo largo
de toda la historia de la salvación, y llega a su plenitud
en el misterio de la encarnación, muerte y
resurrección del Hijo de Dios. Además, la palabra
predicada por los apóstoles, obedeciendo al mandato
de Jesús resucitado: « Id al mundo entero y
proclamad el Evangelio a toda la creación » (Mc
16,15), es Palabra de Dios. Por tanto, la Palabra
de Dios se transmite en la Tradición viva de la
Iglesia. La Sagrada Escritura, el Antiguo y el Nuevo
Testamento, es la Palabra de Dios atestiguada
y divinamente inspirada. Todo esto nos ayuda a
entender por qué en la Iglesia se venera tanto la
Sagrada Escritura, aunque la fe cristiana no es una
« religión del Libro »: el cristianismo es la « religión
de la Palabra de Dios », no de « una palabra escrita
y muda, sino del Verbo encarnado y vivo ».19 Por
consiguiente, la Escritura ha de ser proclamada,
escuchada, leída, acogida y vivida como Palabra
de Dios, en el seno de la Tradición apostólica, de
la que no se puede separar.20
Como afi rmaron los Padres sinodales, debemos
ser conscientes de que nos encontramos
realmente ante un uso analógico de la expresión
« Palabra de Dios ». Es necesario, por tanto, educar
a los fi eles para que capten mejor sus diversos
signifi cados y comprendan su sentido unitario.
Es preciso también que, desde el punto de vista
teológico, se profundice en la articulación de
19 SAN BERNARDO, Homilia super missus est, 4, 11: PL 183, 86 B.
20 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum sobre
la divina revelación, 10.
19
los diferentes signifi cados de esta expresión, para
que resplandezca mejor la unidad del plan divino
y el puesto central que ocupa en él la persona de
Cristo.21
Dimensión cósmica de la Palabra
8. Conscientes del signifi cado fundamental de
la Palabra de Dios en relación con el Verbo eterno
de Dios hecho carne, único salvador y mediador
entre Dios y el hombre,22 y en la escucha de esta
Palabra, la revelación bíblica nos lleva a reconocer
que ella es el fundamento de toda la realidad. El
Prólogo de san Juan afi rma con relación al Logos
divino, que « por medio de la Palabra se hizo todo,
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho »
( Jn 1,3); en la Carta a los Colosenses, se afi rma también
con relación a Cristo, « primogénito de toda
criatura » (1,15), que « todo fue creado por él y
para él » (1,16). Y el autor de la Carta a los Hebreos
recuerda que « por la fe sabemos que la Palabra de
Dios confi guró el universo, de manera que lo que
está a la vista no proviene de nada visible » (11,3).
Este anuncio es para nosotros una palabra
liberadora. En efecto, las afi rmaciones escriturísticas
señalan que todo lo que existe no es fruto
del azar irracional, sino que ha sido querido por
21 Cf. Propositio 3.
22 Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Decl.
Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífi ca de
Jesucristo y de la Iglesia (6 agosto 2000), 13-15: AAS 92 (2000),
754-756.
20
Dios, está en sus planes, en cuyo centro está la invitación
a participar en la vida divina en Cristo. La
creación nace del Logos y lleva la marca imborrable
de la Razón creadora que ordena y guía. Los salmos
cantan esta gozosa certeza: « La palabra del Señor
hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos »
(Sal 33,6); y de nuevo: « Él lo dijo, y existió, él lo
mandó, y surgió » (Sal 33,9). Toda realidad expresa
este misterio: « El cielo proclama la gloria de Dios,
el fi rmamento pregona la obra de sus manos » (Sal
19,2). Por eso, la misma Sagrada Escritura nos invita
a conocer al Creador observando la creación
(cf. Sb 13,5; Rm 1,19-20). La tradición del pensamiento
cristiano supo profundizar en este elemento
clave de la sinfonía de la Palabra cuando,
por ejemplo, san Buenaventura, junto con la gran
tradición de los Padres griegos, ve en el Logos todas
las posibilidades de la creación,23 y dice que
« toda criatura es Palabra de Dios, en cuanto que
proclama a Dios ».24 La Constitución dogmática
Dei Verbum había sintetizado esto declarando que
« Dios, creando y conservando el universo por
su Palabra (cf. Jn 1,3), ofrece a los hombres en la
creación un testimonio perenne de sí mismo ».25
23 Cf. In Hexaemeron, 20, 5: Opera Omnia, V, Quaracchi
1891, p. 425-426; Breviloquium, 1, 8: Opera Omnia, V, Quaracchi
1891, p. 216-217.
24 Itinerarium mentis in Deum, 2, 12: Opera Omnia, V, Quaracchi
1891, p. 302-303; Commentarius in librum Ecclesiastes, Cap. 1,
vers. 11, Quaestiones, 2, 3: Opera Omnia, VI, Quaracchi 1891, p. 16.
25 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 3; cf. CONC. ECUM. VAT. I, Const. dogm. Dei
Filius, sobre la fe católica, cap. 2, De revelatione: DS 3004.
21
La creación del hombre
9. La realidad, por tanto, nace de la Palabra
como creatura Verbi, y todo está llamado a servir a
la Palabra. La creación es el lugar en el que se desarrolla
la historia de amor entre Dios y su criatura;
por tanto, la salvación del hombre es el motivo
de todo. La contemplación del cosmos desde la
perspectiva de la historia de la salvación nos lleva
a descubrir la posición única y singular que ocupa
el hombre en la creación: « Y creó Dios al hombre
a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y
mujer los creó » (Gn 1,27). Esto nos permite reconocer
plenamente los dones preciosos recibidos
del Creador: el valor del propio cuerpo, el don de
la razón, la libertad y la conciencia. En todo esto
encontramos también lo que la tradición fi losófi -
ca llama « ley natural ».26 En efecto, « todo ser humano
que llega al uso de razón y a la responsabilidad
experimenta una llamada interior a hacer el
bien »27 y, por tanto, a evitar el mal. Como recuerda
santo Tomás de Aquino, los demás preceptos de
la ley natural se fundan sobre este principio.28 La
escucha de la Palabra de Dios nos lleva sobre todo
a valorar la exigencia de vivir de acuerdo con esta
ley « escrita en el corazón » (cf. Rm 2,15; 7,23).29 A
26 Cf. Propositio 13.
27 COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, En busca de una
ética universal: nueva mirada sobre la ley natural (2009), 39.
28 Cf. Summa Theologiae, I-II, q. 94, a. 2.
29 Cf. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, Biblia y moral. Raíces
bíblicas del obrar cristiano (11 mayo 2008), nn. 13. 32. 109.
22
continuación, Jesucristo dio a los hombres la Ley
nueva, la Ley del Evangelio, que asume y realiza
de modo eminente la ley natural, liberándonos de
la ley del pecado, responsable de aquello que dice
san Pablo: « el querer lo bueno lo tengo a mano,
pero el hacerlo, no » (Rm 7,18), y da a los hombres,
mediante la gracia, la participación a la vida divina
y la capacidad de superar el egoísmo.30
Realismo de la Palabra
10. Quien conoce la Palabra divina conoce
también plenamente el sentido de cada criatura.
En efecto, si todas las cosas « se mantienen » en
aquel que es « anterior a todo » (Col 1,17), quien
construye la propia vida sobre su Palabra edifi ca
verdaderamente de manera sólida y duradera. La
Palabra de Dios nos impulsa a cambiar nuestro
concepto de realismo: realista es quien reconoce
en el Verbo de Dios el fundamento de todo.31
De esto tenemos especial necesidad en nuestros
días, en los que muchas cosas en las que se confía
para construir la vida, en las que se siente la tentación
de poner la propia esperanza, se demuestran
efímeras. Antes o después, el tener, el placer y el
poder se manifi estan incapaces de colmar las aspiraciones
más profundas del corazón humano. En
30 Cf. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, En busca de
una ética universal: nueva mirada sobre la ley natural, 102.
31 Cf. Homilía durante la Hora Tercia de la primera Congregación
general del Sínodo de los Obispos (6 octubre 2008): AAS 100 (2008),
758-761.
23
efecto, necesita construir su propia vida sobre cimientos
sólidos, que permanezcan incluso cuando
las certezas humanas se debilitan. En realidad,
puesto que « tu palabra, Señor, es eterna, más estable
que el cielo » y la fi delidad del Señor dura
« de generación en generación » (Sal 119,89-90),
quien construye sobre esta palabra edifi ca la casa
de la propia vida sobre roca (cf. Mt 7,24). Que
nuestro corazón diga cada día a Dios: « Tú eres
mi refugio y mi escudo, yo espero en tu palabra »
(Sal 119,114) y, como san Pedro, actuemos cada
día confi ando en el Señor Jesús: « Por tu palabra,
echaré las redes » (L c 5,5).
Cristología de la Palabra
11. La consideración de la realidad como obra
de la santísima Trinidad a través del Verbo divino,
nos permite comprender las palabras del autor
de la Carta a los Hebreos: « En distintas ocasiones
y de muchas maneras habló Dios antiguamente a
nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta
etapa fi nal, nos ha hablado por el Hijo, al que ha
nombrado heredero de todo, y por medio del cual
ha ido realizando las edades del mundo » (1,1-2).
Es muy hermoso ver cómo todo el Antiguo Testamento
se nos presenta ya como historia en la
que Dios comunica su Palabra. En efecto, « hizo
primero una alianza con Abrahán (cf. Gn 15,18);
después, por medio de Moisés (cf. Ex 24,8), la
hizo con el pueblo de Israel, y así se fue revelando
a su pueblo, con obras y palabras, como Dios
24
vivo y verdadero. De este modo, Israel fue experimentando
la manera de obrar de Dios con los
hombres, la fue comprendiendo cada vez mejor
al hablar Dios por medio de los profetas, y fue
difundiendo este conocimiento entre las naciones
(cf. Sal 21,28-29; 95,1-3; Is 2,1-4; Jr 3,17) ».32
Esta condescendencia de Dios se cumple de
manera insuperable con la encarnación del Verbo.
La Palabra eterna, que se expresa en la creación
y se comunica en la historia de la salvación, en
Cristo se ha convertido en un hombre « nacido
de una mujer » (Ga 4,4). La Palabra aquí no se expresa
principalmente mediante un discurso, con
conceptos o normas. Aquí nos encontramos ante
la persona misma de Jesús. Su historia única y singular
es la palabra defi nitiva que Dios dice a la humanidad.
Así se entiende por qué « no se comienza
a ser cristiano por una decisión ética o una gran
idea, sino por el encuentro con un acontecimiento,
con una Persona, que da un nuevo horizonte a
la vida y, con ello, una orientación decisiva ».33 La
renovación de este encuentro y de su comprensión
produce en el corazón de los creyentes una
reacción de asombro ante una iniciativa divina
que el hombre, con su propia capacidad racional
y su imaginación, nunca habría podido inventar.
Se trata de una novedad inaudita y humanamente
inconcebible: « Y la Palabra se hizo carne, y acam-
32 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 14.
33 Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1: AAS
98 (2006), 217-218.
25
pó entre nosotros » ( Jn 1,14a). Esta expresión no
se refi ere a una fi gura retórica sino a una experiencia
viva. La narra san Juan, testigo ocular: « Y
hemos contemplado su gloria; gloria propia del
Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad »
( Jn 1,14b). La fe apostólica testifi ca que la Palabra
eterna se hizo Uno de nosotros. La Palabra divina
se expresa verdaderamente con palabras humanas.
12. La tradición patrística y medieval, al contemplar
esta « Cristología de la Palabra », ha utilizado
una expresión sugestiva: el Verbo se ha abreviado:34
« Los Padres de la Iglesia, en su traducción griega
del antiguo Testamento, usaron unas palabras
del profeta Isaías que también cita Pablo para
mostrar cómo los nuevos caminos de Dios fueron
preanunciados ya en el Antiguo Testamento.
Allí se leía: “Dios ha cumplido su palabra y la ha
abreviado” (Is 10,23; Rm 9,28)... El Hijo mismo es
la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho
pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre.
Se ha hecho niño para que la Palabra esté
a nuestro alcance ».35 Ahora, la Palabra no sólo se
puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un
rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret.36
Siguiendo la narración de los Evangelios, vemos
cómo la misma humanidad de Jesús se ma-
34 « Ho Logos pachynetai (o brachynetai) »: cf. ORÍGENES, Peri
archon, 1, 2, 8: SC 252, 127-129.
35 Homilía durante la misa de Nochebuena (24 diciembre
2006): AAS 99 (2007), 12.
36 Cf. Mensaje fi nal.
26
nifi esta con toda su singularidad precisamente
en relación con la Palabra de Dios. Él, en efecto,
en su perfecta humanidad, realiza la voluntad del
Padre en cada momento; Jesús escucha su voz y
la obedece con todo su ser; él conoce al Padre
y cumple su palabra (cf. Jn 8,55); nos cuenta las
cosas del Padre (cf. Jn 12,50); « les he comunicado
las palabras que tú me diste » ( Jn 17,8). Por tanto,
Jesús se manifi esta como el Logos divino que se da
a nosotros, pero también como el nuevo Adán, el
hombre verdadero, que cumple en cada momento
no su propia voluntad sino la del Padre. Él « iba
creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante
Dios y los hombres » (L c 2,52). De modo perfecto
escucha, cumple en sí mismo y nos comunica
la Palabra divina (cf. L c 5,1).
La misión de Jesús se cumple fi nalmente en
el misterio pascual: aquí nos encontramos ante el
« Mensaje de la cruz » (1 Co 1,18). El Verbo enmudece,
se hace silencio mortal, porque se ha « dicho
» hasta quedar sin palabras, al haber hablado
todo lo que tenía que comunicar, sin guardarse
nada para sí. Los Padres de la Iglesia, contemplando
este misterio, ponen de modo sugestivo
en labios de la Madre de Dios estas palabras: « La
Palabra del Padre, que ha creado todas las criaturas
que hablan, se ha quedado sin palabra; están
sin vida los ojos apagados de aquel que con su palabra
y con un solo gesto suyo mueve todo lo que
tiene vida ».37 Aquí se nos ha comunicado el amor
37 MÁXIMO EL CONFESOR, Vida de María, 89: CSCO, 479, 77.
27
« más grande », el que da la vida por sus amigos (cf.
Jn 15,13).
En este gran misterio, Jesús se manifi esta
como la Palabra de la Nueva y Eterna Alianza: la
libertad de Dios y la libertad del hombre se encuentran
defi nitivamente en su carne crucifi cada,
en un pacto indisoluble, válido para siempre. Jesús
mismo, en la última cena, en la institución de
la Eucaristía, había hablado de « Nueva y Eterna
Alianza », establecida con el derramamiento de su
sangre (cf. Mt 26,28; Mc 14,24; L c 22,20), mostrándose
como el verdadero Cordero inmolado,
en el que se cumple la defi nitiva liberación de la
esclavitud.38
Este silencio de la Palabra se manifi esta en su
sentido auténtico y defi nitivo en el misterio luminoso
de la resurrección. Cristo, Palabra de Dios
encarnada, crucifi cada y resucitada, es Señor de
todas las cosas; él es el Vencedor, el Pantocrátor, y
ha recapitulado en sí para siempre todas las cosas
(cf. Ef 1,10). Cristo, por tanto, es « la luz del
mundo » ( Jn 8,12), la luz que « brilla en la tiniebla »
( Jn 1,54) y que la tiniebla no ha derrotado (cf. Jn
1,5). Aquí se comprende plenamente el sentido
del Salmo 119: « Lámpara es tu palabra para mis
pasos, luz en mi sendero » (v. 105); la Palabra que
resucita es esta luz defi nitiva en nuestro camino.
Los cristianos han sido conscientes desde el comienzo
de que, en Cristo, la Palabra de Dios está
38 Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero
2007), 9-10: AAS 99 (2007), 111-112.
28
presente como Persona. La Palabra de Dios es la
luz verdadera que necesita el hombre. Sí, en la resurrección,
el Hijo de Dios surge como luz del
mundo. Ahora, viviendo con él y por él, podemos
vivir en la luz.
13. L legados, por decirlo así, al corazón de la
« Cristología de la Palabra », es importante subrayar
la unidad del designio divino en el Verbo encarnado.
Por eso, el Nuevo Testamento, de acuerdo
con las Sagradas Escrituras, nos presenta el misterio
pascual como su más íntimo cumplimiento.
San Pablo, en la Primera carta a los Corintios, afi rma
que Jesucristo murió por nuestros pecados « según
las Escrituras » (15,3), y que resucitó al tercer
día « según las Escrituras » (1 Co 15,4). Con esto,
el Apóstol pone el acontecimiento de la muerte y
resurrección del Señor en relación con la historia
de la Antigua Alianza de Dios con su pueblo. Es
más, nos permite entender que esta historia recibe
de ello su lógica y su verdadero sentido. En el
misterio pascual se cumplen « las palabras de la
Escritura, o sea, esta muerte realizada “según las
Escrituras” es un acontecimiento que contiene en
sí un logos, una lógica: la muerte de Cristo atestigua
que la Palabra de Dios se hizo “carne”, “historia”
humana ».39 También la resurrección de Jesús tiene
lugar « al tercer día según las Escrituras »: ya
que, según la interpretación judía, la corrupción
39 Audiencia General (15 abril 2009): L’Osservatore Romano,
ed. en lengua española (17 abril 2009), 15.
29
comenzaba después del tercer día, la palabra de la
Escritura se cumple en Jesús que resucita antes de
que comience la corrupción. En este sentido, san
Pablo, transmitiendo fi elmente la enseñanza de
los Apóstoles (cf. 1 Co 15,3), subraya que la victoria
de Cristo sobre la muerte tiene lugar por el
poder creador de la Palabra de Dios. Esta fuerza
divina da esperanza y gozo: es éste en defi nitiva el
contenido liberador de la revelación pascual. En
la Pascua, Dios se revela a sí mismo y la potencia
del amor trinitario que aniquila las fuerzas destructoras
del mal y de la muerte.
Teniendo presente estos elementos esenciales
de nuestra fe, podemos contemplar así la profunda
unidad en Cristo entre creación y nueva creación,
y de toda la historia de la salvación. Por recurrir
a una imagen, podemos comparar el cosmos a un
« libro » –así decía Galileo Galilei– y considerarlo
« como la obra de un Autor que se expresa mediante
la “sinfonía” de la creación. Dentro de esta
sinfonía se encuentra, en cierto momento, lo que
en lenguaje musical se llamaría un “solo”, un tema
encomendado a un solo instrumento o a una sola
voz, y es tan importante que de él depende el signifi
cado de toda la ópera. Este “solo” es Jesús... El
Hijo del hombre resume en sí la tierra y el cielo, la
creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es el
centro del cosmos y de la historia, porque en él se
unen sin confundirse el Autor y su obra ».40
40 Cf. Homilía en la solemnidad de la Epifanía (6 enero 2009):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (9 enero 2009), 7. 11.
30
Dimensión escatológica de la Palabra de Dios
14. De este modo, la Iglesia expresa su conciencia
de que Jesucristo es la Palabra defi nitiva
de Dios; él es « el primero y el último » (Ap 1,17).
Él ha dado su sentido defi nitivo a la creación y
a la historia; por eso, estamos llamados a vivir el
tiempo, a habitar la creación de Dios dentro de
este ritmo escatológico de la Palabra; « la economía
cristiana, por ser la alianza nueva y defi nitiva,
nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación
pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo
nuestro Señor (cf. 1 Tm 6,14; Tt 2,13) ».41
En efecto, como han recordado los Padres durante
el Sínodo, la « especifi cidad del cristianismo se
manifi esta en el acontecimiento Jesucristo, culmen
de la Revelación, cumplimiento de las promesas
de Dios y mediador del encuentro entre el
hombre y Dios. Él, que nos ha revelado a Dios
(cf. Jn 1,18), es la Palabra única y defi nitiva entregada
a la humanidad ».42 San Juan de la Cruz ha
expresado admirablemente esta verdad: « Porque
en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una
Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló
junto y de una vez en esta sola Palabra... Porque
lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo
ha hablado a Él todo, dándonos el todo, que es su
Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a
Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo
41 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 4.
42 Propositio 4.
31
haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no
poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer
otra cosa o novedad ».43
Por consiguiente, el Sínodo ha recomendado
« ayudar a los fi eles a distinguir bien la Palabra de
Dios de las revelaciones privadas »,44 cuya función
« no es la de... “completar” la Revelación defi nitiva
de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente
en una cierta época de la historia ».45 El valor
de las revelaciones privadas es esencialmente diferente
al de la única revelación pública: ésta exige
nuestra fe; en ella, en efecto, a través de palabras
humanas y de la mediación de la comunidad viva
de la Iglesia, Dios mismo nos habla. El criterio de
verdad de una revelación privada es su orientación
con respecto a Cristo. Cuando nos aleja de Él, entonces
no procede ciertamente del Espíritu Santo,
que nos guía hacia el Evangelio y no hacia fuera.
La revelación privada es una ayuda para esta fe, y
se manifi esta como creíble precisamente cuando
remite a la única revelación pública. Por eso, la
aprobación eclesiástica de una revelación privada
indica esencialmente que su mensaje no contiene
nada contrario a la fe y a las buenas costumbres;
es lícito hacerlo público, y los fi eles pueden dar su
asentimiento de forma prudente. Una revelación
privada puede introducir nuevos acentos, dar lugar
a nuevas formas de piedad o profundizar las
43 Subida del Monte Carmelo, II, 22.
44 Propositio 47.
45 Catecismo de la Iglesia Católica, 67.
32
antiguas. Puede tener un cierto carácter profético
(cf. 1 Ts 5,19-21) y prestar una ayuda válida para
comprender y vivir mejor el Evangelio en el presente;
de ahí que no se pueda descartar. Es una
ayuda que se ofrece pero que no es obligatorio
usarla. En cualquier caso, ha de ser un alimento
de la fe, esperanza y caridad, que son para todos
la vía permanente de la salvación.46
La Palabra de Dios y el Espíritu Santo
15. Después de habernos extendido sobre la
Palabra última y defi nitiva de Dios al mundo, es
necesario referirse ahora a la misión del Espíritu
Santo en relación con la Palabra divina. En efecto,
no se comprende auténticamente la revelación
cristiana sin tener en cuenta la acción del Paráclito.
Esto tiene que ver con el hecho de que la
comunicación que Dios hace de sí mismo implica
siempre la relación entre el Hijo y el Espíritu Santo,
a quienes Ireneo de Lyon llama precisamente
« las dos manos del Padre ».47 Por lo demás, la Sagrada
Escritura es la que nos indica la presencia
del Espíritu Santo en la historia de la salvación y,
en particular, en la vida de Jesús, a quien la Virgen
María concibió por obra del Espíritu Santo (cf. Mt
1,18; L c 1,35); al comienzo de su misión pública,
46 Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, El mensaje
de Fátima (26 junio 2000): L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (30 junio 2000), 10.
47 Adversus haereses, IV, 7, 4: PG 7, 992-993; V, 1, 3: PG 7,
1123; V, 6, 1: PG 7, 1137; V, 28, 4: PG 7, 1200.
33
en la orilla del Jordán, lo ve que desciende sobre sí
en forma de paloma (cf. Mt 3,16); Jesús actúa, habla
y exulta en este mismo Espíritu (cf. L c 10,21);
y se ofrece a sí mismo en el Espíritu (cf. Hb 9,14).
Cuando estaba terminando su misión, según el
relato del Evangelista Juan, Jesús mismo pone en
clara relación el don de su vida con el envío del
Espíritu a los suyos (cf. Jn 16,7). Después, Jesús
resucitado, llevando en su carne los signos de la
pasión, infundió el Espíritu (cf. Jn 20,22), haciendo
a los suyos partícipes de su propia misión (cf.
Jn 20,21). El Espíritu Santo enseñará a los discípulos
y les recordará todo lo que Cristo ha dicho
(cf. Jn 14,26), puesto que será Él, el Espíritu de la
Verdad (cf. Jn 15,26), quien llevará los discípulos
a la Verdad entera (cf. Jn 16,13). Por último, como
se lee en los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu desciende
sobre los Doce, reunidos en oración con
María el día de Pentecostés (cf. 2,1-4), y les anima
a la misión de anunciar a todos los pueblos la
Buena Nueva.48
La Palabra de Dios, pues, se expresa con palabras
humanas gracias a la obra del Espíritu Santo.
La misión del Hijo y la del Espíritu Santo son
inseparables y constituyen una única economía de
la salvación. El mismo Espíritu que actúa en la
encarnación del Verbo, en el seno de la Virgen
María, es el mismo que guía a Jesús a lo largo de
toda su misión y que será prometido a los discí-
48 Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero
2007), 12: AAS 99 (2007), 113-114.
34
pulos. El mismo Espíritu, que habló por los profetas,
sostiene e inspira a la Iglesia en la tarea de
anunciar la Palabra de Dios y en la predicación de
los Apóstoles; es el mismo Espíritu, fi nalmente,
quien inspira a los autores de las Sagradas Escrituras.
16. Conscientes de este horizonte pneumatológico,
los Padres sinodales han querido señalar la
importancia de la acción del Espíritu Santo en la
vida de la Iglesia y en el corazón de los creyentes
en su relación con la Sagrada Escritura.49 Sin la acción
efi caz del « Espíritu de la Verdad » ( Jn 14,16)
no se pueden comprender las palabras del Señor.
Como recuerda san Ireneo: « Los que no participan
del Espíritu no obtienen del pecho de su madre
(la Iglesia) el nutrimento de la vida, no reciben
nada de la fuente más pura que brota del cuerpo
de Cristo ».50 Puesto que la Palabra de Dios llega
a nosotros en el cuerpo de Cristo, en el cuerpo
eucarístico y en el cuerpo de las Escrituras, mediante
la acción del Espíritu Santo, sólo puede ser
acogida y comprendida verdaderamente gracias al
mismo Espíritu.
Los grandes escritores de la tradición cristiana
consideran unánimemente la función del Espíritu
Santo en la relación de los creyentes con
las Escrituras. San Juan Crisóstomo afi rma que la
Escritura « necesita de la revelación del Espíritu,
49 Cf. Propositio 5.
50 Adversus haereses, III 24,1: PG 7, 966.
35
para que descubriendo el verdadero sentido de las
cosas que allí se encuentran encerradas, obtengamos
un provecho abundante ».51 También san Jerónimo
está fi rmemente convencido de que « no
podemos llegar a comprender la Escritura sin la
ayuda del Espíritu Santo que la ha inspirado ».52
San Gregorio Magno, por otra parte, subraya de
modo sugestivo la obra del mismo Espíritu en la
formación e interpretación de la Biblia: « Él mismo
ha creado las palabras de los santos testamentos,
él mismo las desvela ».53 Ricardo de San Víctor
recuerda que se necesitan « ojos de paloma »,
iluminados e ilustrados por el Espíritu, para comprender
el texto sagrado.54
Quisiera subrayar también, con respecto a la
relación entre el Espíritu Santo y la Escritura, el
testimonio signifi cativo que encontramos en los
textos litúrgicos, donde la Palabra de Dios es proclamada,
escuchada y explicada a los fi eles. Se trata
de antiguas oraciones que en forma de epíclesis
invocan al Espíritu antes de la proclamación de
las lecturas: « Envía tu Espíritu Santo Paráclito sobre
nuestras almas y haznos comprender las Escrituras
inspiradas por él; y a mí concédeme interpretarlas
de manera digna, para que los fi eles aquí
51 Homiliae in Genesim, 22: PG 53, 175.
52 Epistula 120, 10: CSEL 55, 500-5006.
53 Homilae in Ezechielem, 1, 7, 17: CC 142, p. 94.
54 « Oculi ergo devotae animae sunt columbarum quia
sensus eius per Spiritum sanctum sunt illuminati et edocti, spiritualia
sapientes… Nunc quidem aperitur animae talis sensus,
ut intellegat Scripturas »: RICARDO DE SAN VÍCTOR, Explicatio in
Cantica canticorum, 15: PL 196, 450 B. D.
36
reunidos saquen provecho ». Del mismo modo,
encontramos oraciones al fi nal de la homilía que
invocan a Dios pidiendo el don del Espíritu sobre
los fi eles: « Dios salvador… te imploramos en
favor de este pueblo: envía sobre él el Espíritu
Santo; el Señor Jesús lo visite, hable a las mentes
de todos y disponga los corazones para la fe y
conduzca nuestras almas hacia ti, Dios de las Misericordias
».55 De aquí resulta con claridad que no
se puede comprender el sentido de la Palabra si
no se tiene en cuenta la acción del Paráclito en la
Iglesia y en los corazones de los creyentes.
Tradición y Escritura
17. Al reafi rmar el vínculo profundo entre el
Espíritu Santo y la Palabra de Dios, hemos sentado
también las bases para comprender el sentido
y el valor decisivo de la Tradición viva y de las Sagradas
Escrituras en la Iglesia. En efecto, puesto
que « tanto amó Dios al mundo, que entregó a su
Hijo único » ( Jn 3,16), la Palabra divina, pronunciada
en el tiempo, fue dada y « entregada » a la
Iglesia de modo defi nitivo, de tal manera que el
anuncio de la salvación se comunique efi cazmente
siempre y en todas partes. Como nos recuerda
la Constitución dogmática Dei Verbum, Jesucristo
mismo « mandó a los Apóstoles predicar a todos
los hombres el Evangelio como fuente de toda
verdad salvadora y de toda norma de conducta,
55 Sacramentarium Serapionis II (XX): Didascalia et Constitutiones
apostolorum, ed. F.X. FUNK, II, Paderborn 1906, p. 161.
37
comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio
prometido por los profetas, que Él mismo
cumplió y promulgó con su boca. Este mandato
se cumplió fi elmente, pues los Apóstoles, con su
predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron
de palabra lo que habían aprendido de
las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu
Santo les enseñó; además, los mismos Apóstoles
y otros de su generación pusieron por escrito el
mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu
Santo ».56
El Concilio Vaticano II recuerda también
que esta Tradición de origen apostólico es una
realidad viva y dinámica, que « va creciendo en la
Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo »; pero no
en el sentido de que cambie en su verdad, que
es perenne. Más bien « crece la comprensión de
las palabras y las instituciones transmitidas », con
la contemplación y el estudio, con la inteligencia
fruto de una más profunda experiencia espiritual,
así como con la « predicación de los que con la sucesión
episcopal recibieron el carisma seguro de
la verdad ».57
La Tradición viva es esencial para que la
Iglesia vaya creciendo con el tiempo en la comprensión
de la verdad revelada en las Escrituras;
en efecto, « la misma Tradición da a conocer a la
Iglesia el canon de los libros sagrados y hace que
los comprenda cada vez mejor y los mantenga
56 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 7.
57 Ibíd., 8.
38
siempre activos ».58 En defi nitiva, es la Tradición
viva de la Iglesia la que nos hace comprender de
modo adecuado la Sagrada Escritura como Palabra
de Dios. Aunque el Verbo de Dios precede y
trasciende la Sagrada Escritura, en cuanto inspirada
por Dios, contiene la palabra divina (cf. 2 Tm
3,16) « en modo muy singular ».59
18. De aquí se deduce la importancia de educar
y formar con claridad al Pueblo de Dios, para
acercarse a las Sagradas Escrituras en relación con
la Tradición viva de la Iglesia, reconociendo en
ellas la misma Palabra de Dios. Es muy importante,
desde el punto de vista de la vida espiritual, desarrollar
esta actitud en los fi eles. En este sentido,
puede ser útil recordar la analogía desarrollada por
los Padres de la Iglesia entre el Verbo de Dios que
se hace « carne » y la Palabra que se hace « libro ».60
Esta antigua tradición, según la cual, como dice
san Ambrosio, « el cuerpo del Hijo es la Escritura
que se nos ha transmitido »,61 es recogida por la
Constitución dogmática Dei Verbum, que afi rma:
« La Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas,
se hace semejante al lenguaje humano, como
la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra
débil condición humana, se hizo semejante a los
hombres ».62 Entendida de esta manera, la Sagrada
58 Ibíd.
59 Cf. Propositio 3.
60 Cf. Mensaje fi nal, II, 5.
61 Expositio Evangelii secundum Lucam 6, 33: PL 15, 1677.
62 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 13.
39
Escritura, aún en la multiplicidad de sus formas y
contenidos, se nos presenta como realidad unitaria.
En efecto, « a través de todas las palabras de la
sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su
Verbo único, en quien él se dice en plenitud (cf.
Hb 1,1-3) »,63 como ya advirtió con claridad san
Agustín: « Recordad que es una sola la Palabra de
Dios que se desarrolla en toda la Sagrada Escritura
y uno solo el Verbo que resuena en la boca de
todos los escritores sagrados ».64
En defi nitiva, mediante la obra del Espíritu
Santo y bajo la guía del Magisterio, la Iglesia transmite
a todas las generaciones cuanto ha sido revelado
en Cristo. La Iglesia vive con la certeza de
que su Señor, que habló en el pasado, no cesa de
comunicar hoy su Palabra en la Tradición viva de
la Iglesia y en la Sagrada Escritura. En efecto, la
Palabra de Dios se nos da en la Sagrada Escritura
como testimonio inspirado de la revelación que,
junto con la Tradición viva de la Iglesia, es la regla
suprema de la fe.65
Sagrada Escritura, inspiración y verdad
19. Un concepto clave para comprender el texto
sagrado como Palabra de Dios en palabras hu-
63 Catecismo de la Iglesia Católica, 102. Cf. RUPERTO DE
DEUTZ, De operibus Spiritus Sancti, I, 6: SC 131, 72-74.
64 Enarrationes in Psalmos, 103, IV, 1: PL 37, 1378. Afi rmaciones
semejantes en ORÍGENES, Iohannem V, 5-6: SC 120, p.
380-384.
65 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina revelación, 21.
40
manas es ciertamente el de inspiración. También
aquí podemos sugerir una analogía: así como el
Verbo de Dios se hizo carne por obra del Espíritu
Santo en el seno de la Virgen María, así también
la Sagrada Escritura nace del seno de la Iglesia
por obra del mismo Espíritu. La Sagrada Escritura
es « la Palabra de Dios, en cuanto escrita por
inspiración del Espíritu Santo ».66 De ese modo, se
reconoce toda la importancia del autor humano,
que ha escrito los textos inspirados y, al mismo
tiempo, a Dios como el verdadero autor.
Como han afi rmado los Padres sinodales, aparece
con toda evidencia que el tema de la inspiración
es decisivo para una adecuada aproximación
a las Escrituras y para su correcta hermenéutica,67
que se ha de hacer, a su vez, en el mismo Espíritu
en el que ha sido escrita.68 Cuando se debilita
nuestra atención a la inspiración, se corre el riesgo
de leer la Escritura más como un objeto de curiosidad
histórica que como obra del Espíritu Santo,
en la cual podemos escuchar la voz misma del Señor
y conocer su presencia en la historia.
Además, los Padres sinodales han destacado
la conexión entre el tema de la inspiración y el de
la verdad de las Escrituras.69 Por eso, la profundización
en el proceso de la inspiración llevará también
sin duda a una mayor comprensión de la verdad
66 Ibíd., 9.
67 Cf. Propositiones 5. 12.
68 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina revelación, 12.
69 Cf. Propositio 12.
41
contenida en los libros sagrados. Como afi rma la
doctrina conciliar sobre este punto, los libros inspirados
enseñan la verdad: « Como todo lo que
afi rman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo
afi rma el Espíritu Santo, se sigue que los libros
sagrados enseñan sólidamente, fi elmente y sin
error la verdad que Dios hizo consignar en dichos
libros para salvación nuestra. Por tanto, “toda la
Escritura, inspirada por Dios, es útil para enseñar,
reprender, corregir, instruir en la justicia; para que
el hombre de Dios esté en forma, equipado para
toda obra buena” (2 Tm 3,16-17 gr.) ».70
Ciertamente, la refl exión teológica ha considerado
siempre la inspiración y la verdad como
dos conceptos clave para una hermenéutica eclesial
de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, hay
que reconocer la necesidad actual de profundizar
adecuadamente en esta realidad, para responder
mejor a lo que exige la interpretación de los textos
sagrados según su naturaleza. En esa perspectiva,
expreso el deseo de que la investigación en este
campo pueda progresar y dar frutos para la ciencia
bíblica y la vida espiritual de los fi eles.
Dios Padre, fuente y origen de la Palabra
20. La economía de la revelación tiene su comienzo
y origen en Dios Padre. Su Palabra « hizo
el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos » (Sal
70 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 11
42
33,6). Es Él quien da « a conocer la gloria de Dios,
refl ejada en Cristo » (2 Co 4,6; cf. Mt 16,17; L c 9,29).
Dios, fuente de la revelación, se manifi esta
como Padre en el Hijo « Logos hecho carne » (cf. Jn
1,14), que vino a cumplir la voluntad del que lo
había enviado (cf. Jn 4,34), y lleva a término la
educación divina del hombre, animada ya anteriormente
por las palabras de los profetas y las
maravillas realizadas tanto en la creación como en
la historia de su pueblo y de todos los hombres.
La revelación de Dios Padre culmina con la entrega
por parte del Hijo del don del Paráclito (cf. Jn
14,16), Espíritu del Padre y del Hijo, que nos guía
« hasta la verdad plena » ( Jn 16,13).
Y así, todas las promesas de Dios se han convertido
en Jesucristo en un « sí » (cf. 2 Co 1,20). De
este modo se abre para el hombre la posibilidad
de recorrer el camino que lo lleva hasta el Padre
(cf. Jn 14,6), para que al fi nal Dios sea « todo para
todos » (1 Co 15,28).
21. Como pone de manifi esto la cruz de Cristo,
Dios habla por medio de su silencio. El silencio
de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente
y Padre, es una etapa decisiva en el camino
terreno del Hijo de Dios, Palabra encarnada. Colgado
del leño de la cruz, se quejó del dolor causado
por este silencio: « Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado? » (Mc 15,34; Mt 27,46).
Jesús, prosiguiendo hasta el último aliento de vida
en la obediencia, invocó al Padre en la oscuridad
de la muerte. En el momento de pasar a través de
43
la muerte a la vida eterna, se confi ó a Él: « Padre, a
tus manos encomiendo mi espíritu » (L c 23,46).
Esta experiencia de Jesús es indicativa de la
situación del hombre que, después de haber escuchado
y reconocido la Palabra de Dios, ha de enfrentarse
también con su silencio. Muchos santos
y místicos han vivido esta experiencia, que también
hoy se presenta en el camino de muchos creyentes.
El silencio de Dios prolonga sus palabras
precedentes. En esos momentos de oscuridad,
habla en el misterio de su silencio. Por tanto, en
la dinámica de la revelación cristiana, el silencio
aparece como una expresión importante de la Palabra
de Dios.
LA RESPUESTA DEL HOMBRE AL DIOS QUE HABLA
L lamados a entrar en la Alianza con Dios
22. Al subrayar la pluriformidad de la Palabra,
hemos podido contemplar que Dios habla y viene
al encuentro del hombre de muy diversos modos,
dándose a conocer en el diálogo. Como han afi rmado
los Padres sinodales, « el diálogo, cuando se
refi ere a la Revelación, comporta el primado de la
Palabra de Dios dirigida al hombre ».71 El misterio
de la Alianza expresa esta relación entre Dios
que llama con su Palabra y el hombre que responde,
siendo claramente consciente de que no
se trata de un encuentro entre dos que están al
mismo nivel; lo que llamamos Antigua y Nueva
Alianza no es un acuerdo entre dos partes iguales,
71 Propositio 4.
44
sino puro don de Dios. Mediante este don de su
amor, supera toda distancia y nos convierte en sus
« partners », llevando a cabo así el misterio nupcial
de amor entre Cristo y la Iglesia. En esta visión,
cada hombre se presenta como el destinatario
de la Palabra, interpelado y llamado a entrar en
este diálogo de amor mediante su respuesta libre.
Dios nos ha hecho a cada uno capaces de escuchar
y responder a la Palabra divina. El hombre ha sido
creado en la Palabra y vive en ella; no se entiende
a sí mismo si no se abre a este diálogo. La Palabra
de Dios revela la naturaleza fi lial y relacional de
nuestra vida. Estamos verdaderamente llamados
por gracia a conformarnos con Cristo, el Hijo del
Padre, y a ser transformados en Él.
Dios escucha al hombre y responde a sus interrogantes
23. En este diálogo con Dios nos comprendemos
a nosotros mismos y encontramos respuesta
a las cuestiones más profundas que anidan en
nuestro corazón. La Palabra de Dios, en efecto,
no se contrapone al hombre, ni acalla sus deseos
auténticos, sino que más bien los ilumina, purifi
cándolos y perfeccionándolos. Qué importante
es descubrir en la actualidad que sólo Dios responde
a la sed que hay en el corazón de todo ser humano. En
nuestra época se ha difundido lamentablemente,
sobre todo en Occidente, la idea de que Dios es
extraño a la vida y a los problemas del hombre
y, más aún, de que su presencia puede ser incluso
una amenaza para su autonomía. En realidad,
toda la economía de la salvación nos muestra que
Dios habla e interviene en la historia en favor del
45
hombre y de su salvación integral. Por tanto, es
decisivo desde el punto de vista pastoral mostrar
la capacidad que tiene la Palabra de Dios para
dialogar con los problemas que el hombre ha
de afrontar en la vida cotidiana. Jesús se presenta
precisamente como Aquel que ha venido para
que tengamos vida en abundancia (cf. Jn 10,10).
Por eso, debemos hacer cualquier esfuerzo para
mostrar la Palabra de Dios como una apertura a
los propios problemas, una respuesta a nuestros
interrogantes, un ensanchamiento de los propios
valores y, a la vez, como una satisfacción de las
propias aspiraciones. La pastoral de la Iglesia debe
saber mostrar que Dios escucha la necesidad del
hombre y su clamor. Dice san Buenaventura en el
Breviloquium: « El fruto de la Sagrada Escritura no
es uno cualquiera, sino la plenitud de la felicidad
eterna. En efecto, la Sagrada Escritura es precisamente
el libro en el que están escritas palabras de
vida eterna para que no sólo creamos, sino que
poseamos también la vida eterna, en la que veremos,
amaremos y serán colmados todos nuestros
deseos ».72
Dialogar con Dios mediante sus palabras
24. La Palabra divina nos introduce a cada uno
en el coloquio con el Señor: el Dios que habla nos
enseña cómo podemos hablar con Él. Pensamos
espontáneamente en el Libro de los Salmos, donde
se nos ofrecen las palabras con que podemos
dirigirnos a él, presentarle nuestra vida en colo-
72 Prol.: Opera Omnia, V, Quaracchi 1891, p. 5, 201-202.
46
quio ante él y transformar así la vida misma en un
movimiento hacia él.73 En los Salmos, en efecto,
encontramos toda la articulada gama de sentimientos
que el hombre experimenta en su propia
existencia y que son presentados con sabiduría
ante Dios; aquí se encuentran expresiones de
gozo y dolor, angustia y esperanza, temor y ansiedad.
Además de los Salmos, hay también muchos
otros textos de la Sagrada Escritura que hablan
del hombre que se dirige a Dios mediante la oración
de intercesión (cf. Ex 33,12-16), del canto de
júbilo por la victoria (cf. Ex 15), o de lamento en
el cumplimiento de la propia misión (cf. Jr 20,7-
18). Así, la palabra que el hombre dirige a Dios
se hace también Palabra de Dios, confi rmando el
carácter dialogal de toda la revelación cristiana,74
y toda la existencia del hombre se convierte en un
diálogo con Dios que habla y escucha, que llama
y mueve nuestra vida. La Palabra de Dios revela
aquí que toda la existencia del hombre está bajo la
llamada divina.75
Palabra de Dios y fe
25. « Cuando Dios revela, el hombre tiene que
“someterse con la fe” (cf. Rm 16,26; Rm 1,5; 2 Co
10,5-6), por la que el hombre se entrega entera y
libremente a Dios, le ofrece “el homenaje total
73 Cf. Discurso en el encuentro con el mundo de la cultura en el
Collège des Bernardins de París (12 septiembre 2008): AAS 100
(2008), 721-730.
74 Cf. Propositio 4.
75 Cf. Relatio post disceptationem, 12.
47
de su entendimiento y voluntad”, asintiendo libremente
a lo que Él ha revelado ».76 Con estas
palabras, la Constitución dogmática Dei Verbum
expresa con precisión la actitud del hombre en
relación con Dios. La respuesta propia del hombre al
Dios que habla es la fe. En esto se pone de manifi
esto que « para acoger la Revelación, el hombre
debe abrir la mente y el corazón a la acción del
Espíritu Santo que le hace comprender la Palabra
de Dios, presente en las sagradas Escrituras ».77
En efecto, la fe, con la que abrazamos de corazón
la verdad que se nos ha revelado y nos entregamos
totalmente a Cristo, surge precisamente por
la predicación de la Palabra divina: « la fe nace del
mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo
» (Rm 10,17). La historia de la salvación en su
totalidad nos muestra de modo progresivo este
vínculo íntimo entre la Palabra de Dios y la fe,
que se cumple en el encuentro con Cristo. Con él,
efectivamente, la fe adquiere la forma del encuentro
con una Persona a la que se confía la propia
vida. Cristo Jesús está presente ahora en la historia,
en su cuerpo que es la Iglesia; por eso, nuestro
acto de fe es al mismo tiempo un acto personal y
eclesial.
El pecado como falta de escucha a la Palabra de Dios
26. La Palabra de Dios revela también inevitablemente
la posibilidad dramática por parte de la
libertad del hombre de sustraerse a este diálogo
76 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 5.
77 Propositio 4.
48
de alianza con Dios, para el que hemos sido creados.
La Palabra divina, en efecto, desvela también
el pecado que habita en el corazón del hombre.
Con mucha frecuencia, tanto en el Antiguo como
en el Nuevo Testamento, encontramos la descripción
del pecado como un no prestar oído a la Palabra,
como ruptura de la Alianza y, por tanto, como la cerrazón
frente a Dios que llama a la comunión con
él.78 En efecto, la Sagrada Escritura nos muestra
que el pecado del hombre es esencialmente desobediencia
y « no escuchar ». Precisamente la obediencia
radical de Jesús hasta la muerte de cruz
(cf. Flp 2,8) desenmascara totalmente este pecado.
Con su obediencia, se realiza la Nueva Alianza
entre Dios y el hombre, y se nos da la posibilidad
de la reconciliación. Jesús, efectivamente, fue
enviado por el Padre como víctima de expiación
por nuestros pecados y por los de todo el mundo
(cf. 1 Jn 2,2; 4,10; Hb 7,27). Así, se nos ofrece
la posibilidad misericordiosa de la redención y el
comienzo de una vida nueva en Cristo. Por eso, es
importante educar a los fi eles para que reconozcan
la raíz del pecado en la negativa a escuchar la
Palabra del Señor, y a que acojan en Jesús, Verbo
de Dios, el perdón que nos abre a la salvación.
María « Mater Verbi Dei » y « Mater fi dei »
27. Los Padres sinodales han declarado que el
objetivo fundamental de la XII Asamblea era « re-
78 Por ejemplo Dt 28,1-2.15.45; 32,1; de los profetas cf. Jr
7,22-28; Ez 2,8; 3,10; 6,3; 13,2; hasta los últimos: cf. Za 3,8. Para
san Pablo, cf. Rm 10,14-18; 1 Ts 2,13.
49
novar la fe de la Iglesia en la Palabra de Dios »;
por eso es necesario mirar allí donde la reciprocidad
entre Palabra de Dios y fe se ha cumplido
plenamente, o sea, en María Virgen, « que con su
sí a la Palabra de la Alianza y a su misión, cumple
perfectamente la vocación divina de la humanidad
».79 La realidad humana, creada por medio del
Verbo, encuentra su fi gura perfecta precisamente
en la fe obediente de María. Ella, desde la Anunciación
hasta Pentecostés, se nos presenta como
mujer enteramente disponible a la voluntad de
Dios. Es la Inmaculada Concepción, la « llena de
gracia » por Dios (cf. L c 1,28), incondicionalmente
dócil a la Palabra divina (cf. L c 1,38). Su fe obediente
plasma cada instante de su existencia según
la iniciativa de Dios. Virgen a la escucha, vive
en plena sintonía con la Palabra divina; conserva
en su corazón los acontecimientos de su Hijo,
componiéndolos como en un único mosaico (cf.
L c 2,19.51).80
Es necesario ayudar a los fi eles a descubrir de
una manera más perfecta el vínculo entre María
de Nazaret y la escucha creyente de la Palabra divina.
Exhorto también a los estudiosos a que profundicen
más la relación entre mariología y teología
de la Palabra. De esto se benefi ciarán tanto la vida
espiritual como los estudios teológicos y bíblicos.
Efectivamente, todo lo que la inteligencia de la fe
ha tratado con relación a María se encuentra en
el centro más íntimo de la verdad cristiana. En
79 Propositio 55.
80 Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero
2007), 33: AAS 99 (2007), 132-133.
50
realidad, no se puede pensar en la encarnación
del Verbo sin tener en cuenta la libertad de esta
joven mujer, que con su consentimiento coopera
de modo decisivo a la entrada del Eterno en el
tiempo. Ella es la fi gura de la Iglesia a la escucha
de la Palabra de Dios, que en ella se hace carne.
María es también símbolo de la apertura a Dios
y a los demás; escucha activa, que interioriza, asimila,
y en la que la Palabra se convierte en forma
de vida.
28. En esta circunstancia, deseo llamar la atención
sobre la familiaridad de María con la Palabra
de Dios. Esto resplandece con particular brillo en
el Magnifi cat. En cierto sentido, aquí se ve cómo
ella se identifi ca con la Palabra, entra en ella; en
este maravilloso cántico de fe, la Virgen alaba al
Señor con su misma Palabra: « El Magnífi cat –un
retrato de su alma, por decirlo así– está completamente
tejido por los hilos tomados de la Sagrada
Escritura, de la Palabra de Dios. Así se pone de
relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente
su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad.
Habla y piensa con la Palabra de Dios;
la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y
su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se pone
de manifi esto, además, que sus pensamientos están
en sintonía con el pensamiento de Dios, que
su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente
penetrada por la Palabra de Dios, puede
convertirse en madre de la Palabra encarnada ».81
81 Carta. enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 41: AAS
98 (2006), 251.
51
Además, la referencia a la Madre de Dios nos
muestra que el obrar de Dios en el mundo implica
siempre nuestra libertad, porque, en la fe, la Palabra
divina nos transforma. También nuestra acción
apostólica y pastoral será efi caz en la medida
en que aprendamos de María a dejarnos plasmar
por la obra de Dios en nosotros: « La atención devota
y amorosa a la fi gura de María, como modelo
y arquetipo de la fe de la Iglesia, es de importancia
capital para realizar también hoy un cambio concreto
de paradigma en la relación de la Iglesia con
la Palabra, tanto en la actitud de escucha orante
como en la generosidad del compromiso en la misión
y el anuncio ».82
Contemplando en la Madre de Dios una existencia
totalmente modelada por la Palabra, también
nosotros nos sentimos llamados a entrar en el
misterio de la fe, con la que Cristo viene a habitar
en nuestra vida. San Ambrosio nos recuerda que
todo cristiano que cree, concibe en cierto sentido
y engendra al Verbo de Dios en sí mismo: si, en
cuanto a la carne, sólo existe una Madre de Cristo,
en cuanto a la fe, en cambio, Cristo es el fruto de
todos.83 Así pues, todo lo que le sucedió a María
puede sucedernos ahora a cualquiera de nosotros
en la escucha de la Palabra y en la celebración de
los sacramentos.
82 Propositio 55.
83 Cf. Expositio Evangelii secundum Lucam 2, 19: PL 15,
1559-1560.
52
LA HERMENÉUTICA DE LA SAGRADA ESCRITURA
EN LA IGLESIA
La Iglesia lugar originario de la hermenéutica de la Biblia
29. Otro gran tema que surgió durante el Sínodo,
y sobre el que ahora deseo llamar la atención, es la
interpretación de la Sagrada Escritura en la Iglesia. Precisamente
el vínculo intrínseco entre Palabra y fe
muestra que la auténtica hermenéutica de la Biblia
sólo es posible en la fe eclesial, que tiene su paradigma
en el sí de María. San Buenaventura afi rma
en este sentido que, sin la fe, falta la clave de acceso
al texto sagrado: « Éste es el conocimiento de
Jesucristo del que se derivan, como de una fuente,
la seguridad y la inteligencia de toda la Sagrada
Escritura. Por eso, es imposible adentrarse en su
conocimiento sin tener antes la fe infusa de Cristo,
que es faro, puerta y fundamento de toda la
Escritura ».84 E insiste con fuerza santo Tomás de
Aquino, mencionando a san Agustín: « También
la letra del evangelio mata si falta la gracia interior
de la fe que sana ».85
Esto nos permite llamar la atención sobre un
criterio fundamental de la hermenéutica bíblica: el
lugar originario de la interpretación escriturística es la vida
de la Iglesia. Esta afi rmación no pone la referencia
eclesial como un criterio extrínseco al que los exegetas
deben plegarse, sino que es requerida por la
84 Breviloquium, Prol., Opera Omnia, V, Quaracchi 1891, p.
201-202.
85 Summa Theologiae, I-II, q. 106, a. 2.
53
realidad misma de las Escrituras y por cómo se
han ido formando con el tiempo. En efecto, « las
tradiciones de fe formaban el ambiente vital en el
que se insertó la actividad literaria de los autores
de la sagrada Escritura. Esta inserción comprendía
también la participación en la vida litúrgica y la
actividad externa de las comunidades, su mundo
espiritual, su cultura y las peripecias de su destino
histórico. La interpretación de la sagrada Escritura
exige por eso, de modo semejante, la participación
de los exegetas en toda la vida y la fe
de la comunidad creyente de su tiempo ».86 Por
consiguiente, ya que « la Escritura se ha de leer
e interpretar con el mismo Espíritu con que fue
escrita »,87 es necesario que los exegetas, teólogos
y todo el Pueblo de Dios se acerquen a ella según
lo que ella realmente es, Palabra de Dios que se
nos comunica a través de palabras humanas (cf. 1
Ts 2,13). Éste es un dato constante e implícito en
la Biblia misma: « Ninguna predicción de la Escritura
está a merced de interpretaciones personales;
porque ninguna predicción antigua aconteció por
designio humano; hombres como eran, hablaron
de parte de Dios » (2 P 1,20-21). Por otra parte,
es precisamente la fe de la Iglesia quien reconoce
en la Biblia la Palabra de Dios; como dice admirablemente
san Agustín: « No creería en el Evangelio
si no me moviera la autoridad de la Iglesia
86 PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia
en la Iglesia (15 abril 1993), III, A, 3.
87 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 12.
54
católica ».88 Es el Espíritu Santo, que anima la vida
de la Iglesia, quien hace posible la interpretación
auténtica de las Escrituras. La Biblia es el libro de
la Iglesia, y su verdadera hermenéutica brota de su
inmanencia en la vida eclesial.
30. San Jerónimo recuerda que nunca podemos
leer solos la Escritura. Encontramos demasiadas
puertas cerradas y caemos fácilmente en el error.
La Biblia ha sido escrita por el Pueblo de Dios y
para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu
Santo. Sólo en esta comunión con el Pueblo
de Dios podemos entrar realmente, con el « nosotros
», en el núcleo de la verdad que Dios mismo
quiere comunicarnos.89 El gran estudioso, para el
cual « quien no conoce las Escrituras no conoce
a Cristo »,90 sostiene que la eclesialidad de la interpretación
bíblica no es una exigencia impuesta
desde el exterior; el Libro es precisamente la voz
del Pueblo de Dios peregrino, y sólo en la fe de
este Pueblo estamos, por decirlo así, en la tonalidad
adecuada para entender la Escritura. Una auténtica
interpretación de la Biblia ha de concordar
siempre armónicamente con la fe de la Iglesia católica.
San Jerónimo se dirigía a un sacerdote de la
siguiente manera: « Permanece fi rmemente unido
a la doctrina tradicional que se te ha enseñado,
88 Contra epistulam Manichaei quam vocant fundamenti, 5, 6:
PL 42, 176.
89 Cf. Audiencia General (14 noviembre 2007): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (16 noviembre 2007), 16.
90 Commentariorum in Isaiam libri, Prol.: PL 24, 17.
55
para que puedas exhortar de acuerdo con la sana
doctrina y rebatir a aquellos que la contradicen ».91
Aproximaciones al texto sagrado que prescindan
de la fe pueden sugerir elementos interesantes,
deteniéndose en la estructura del texto y
sus formas; sin embargo, dichos intentos serían
inevitablemente sólo preliminares y estructuralmente
incompletos. En efecto, como ha afi rmado
la Pontifi cia Comisión Bíblica, haciéndose eco de
un principio compartido en la hermenéutica moderna,
el « adecuado conocimiento del texto bíblico
es accesible sólo a quien tiene una afi nidad
viva con lo que dice el texto ».92 Todo esto pone
de relieve la relación entre vida espiritual y hermenéutica
de la Escritura. Efectivamente, « con el
crecimiento de la vida en el Espíritu crece también,
en el lector, la comprensión de las realidades
de las que habla el texto bíblico ».93 La intensidad
de una auténtica experiencia eclesial acrecienta
sin duda la inteligencia de la fe verdadera respecto
a la Palabra de Dios; recíprocamente, se debe
decir que leer en la fe las Escrituras aumenta la
vida eclesial misma. De aquí se percibe de modo
nuevo la conocida frase de san Gregorio Magno:
« Las palabras divinas crecen con quien las lee ».94
De este modo, la escucha de la Palabra de Dios
introduce y aumenta la comunión eclesial de los
que caminan en la fe.
91 Epistula 52, 7: CSEL 54, 426.
92 PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia
en la Iglesia (15 abril 1993), II, A, 1.
93 Ibíd., II, A, 2.
94 Homiliae in Ezechielem 1, 7, 8: PL 76, 843 D.
56
« Alma de la Teología »
31. « Por eso, el estudio de las sagradas Escrituras
ha de ser como el alma de la teología ».95 Esta expresión
de la Constitución dogmática Dei Verbum
se ha hecho cada vez más familiar en los últimos
años. Podemos decir que en la época posterior al
Concilio Vaticano II, por lo que respecta a los estudios
teológicos y exegéticos, se han referido con
frecuencia a dicha expresión como símbolo de un
interés renovado por la Sagrada Escritura. También
la XII Asamblea del Sínodo de los Obispos
ha acudido con frecuencia a esta conocida afi rmación
para indicar la relación entre investigación
histórica y hermenéutica de la fe, en referencia al
texto sagrado. En esta perspectiva, los Padres han
reconocido con alegría el crecimiento del estudio
de la Palabra de Dios en la Iglesia a lo largo de
los últimos decenios, y han expresado un vivo agradecimiento
a los numerosos exegetas y teólogos que con
su dedicación, empeño y competencia han contribuido
esencialmente, y continúan haciéndolo,
a la profundización del sentido de las Escrituras,
afrontando los problemas complejos que en nuestros
días se presentan a la investigación bíblica.96 Y
también han manifestado sincera gratitud a los miembros
de la Pontifi cia Comisión Bíblica que, en estrecha
95 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 24; cf. LEÓN XIII, Carta enc. Providentissimus
Deus (18 noviembre 1893), Pars II, sub fi ne: ASS 26 (1893-94),
269-292; BENEDICTO XV, Carta enc. Spiritus Paraclitus (15 septiembre
1920), Pars III: AAS 12 (1920), 385-422.
96 Cf. Propositio 26.
57
relación con la Congregación para la Doctrina de
la Fe, han ido dando en estos años y siguen dando
su cualifi cada aportación para afrontar cuestiones
inherentes al estudio de la Sagrada Escritura. El
Sínodo, además, ha sentido la necesidad de preguntarse
por el estado actual de los estudios bíblicos
y su importancia en el ámbito teológico. En
efecto, la efi cacia pastoral de la acción de la Iglesia
y de la vida espiritual de los fi eles depende en
gran parte de la fecunda relación entre exegesis y
teología. Por eso, considero importante retomar
algunas refl exiones surgidas durante la discusión
sobre este tema en los trabajos del Sínodo.
Desarrollo de la investigación bíblica y Magisterio eclesial
32. En primer lugar, es necesario reconocer el
benefi cio aportado por la exegesis histórico-crítica
a la vida de la Iglesia, así como otros métodos
de análisis del texto desarrollados recientemente.
97 Para la visión católica de la Sagrada Escritura,
la atención a estos métodos es imprescindible y
va unida al realismo de la encarnación: « Esta necesidad
es la consecuencia del principio cristiano
formulado en el Evangelio de san Juan: “Verbum caro
factum est ” ( Jn 1,14). El hecho histórico es una dimensión
constitutiva de la fe cristiana. La historia
de la salvación no es una mitología, sino una
verdadera historia y, por tanto, hay que estudiarla
97 Cf. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la
Biblia en la Iglesia (15 abril 1993), A-B.
58
con los métodos de la investigación histórica seria
».98 Así pues, el estudio de la Biblia exige el conocimiento
y el uso apropiado de estos métodos
de investigación. Si bien es cierto que esta sensibilidad
en el ámbito de los estudios se ha desarrollado
más intensamente en la época moderna,
aunque no de igual modo en todas partes, sin embargo,
la sana tradición eclesial ha tenido siempre
amor por el estudio de la « letra ». Baste recordar
aquí que, en la raíz de la cultura monástica, a la
que debemos en último término el fundamento
de la cultura europea, se encuentra el interés por
la palabra. El deseo de Dios incluye el amor por
la palabra en todas sus dimensiones: « Porque, en
la Palabra bíblica, Dios está en camino hacia nosotros
y nosotros hacia él, hace falta aprender a
penetrar en el secreto de la lengua, comprenderla
en su estructura y en el modo de expresarse. Así,
precisamente por la búsqueda de Dios, resultan
importantes las ciencias profanas que nos señalan
el camino hacia la lengua ».99
33. El Magisterio vivo de la Iglesia, al que le corresponde
« interpretar auténticamente la Palabra
de Dios, oral o escrita »,100 ha intervenido con sa-
98 Intervención en la XIV Congregación General del Sínodo (14
octubre 2008): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (24
octubre 2008), 8; cf. Propositio 25.
99 Discurso en el encuentro con el mundo de la cultura en el Collège
des Bernardins de París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008):
AAS 100 (2008), 722-723.
100 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 10.
59
bio equilibrio en relación a la postura adecuada
que se ha de adoptar ante la introducción de nuevos
métodos de análisis histórico. Me refi ero en
particular a las encíclicas Providentissimus Deus del
Papa León XIII y Divino affl ante Spiritu del Papa
Pío XII. Con ocasión de la celebración del centenario
y cincuenta aniversario, respectivamente,
de su publicación, mi venerable predecesor, Juan
Pablo II, recordó la importancia de estos documentos
para la exegesis y la teología.101 La intervención
del Papa León XIII tuvo el mérito de
proteger la interpretación católica de la Biblia de
los ataques del racionalismo, pero sin refugiarse
por ello en un sentido espiritual desconectado de
la historia. Sin rechazar la crítica científi ca, desconfi
aba solamente « de las opiniones preconcebidas
que pretenden fundarse en la ciencia, pero
que, en realidad, hacen salir subrepticiamente a la
ciencia de su campo propio ».102 El Papa Pío XII,
en cambio, se enfrentaba a los ataques de los defensores
de una exegesis llamada mística, que rechazaba
cualquier aproximación científi ca. La Encíclica
Divino affl ante Spiritu, ha evitado con gran
sensibilidad alimentar la idea de una dicotomía
entre « la exegesis científi ca », destinada a un uso
apologético, y « la interpretación espiritual reservada
a un uso interno », reivindicando en cambio
101 Cf. JUAN PABLO II, Discurso con motivo del 100 aniversario
de la Providentissimus Deus y del 50 aniversario de la Divino
affl ante Spiritu (23 abril 1993): AAS 86 (1994), 232-243.
102 Ibíd., n. 4: AAS 86 (1994), 235.
60
tanto el « alcance teológico del sentido literal defi
nido metódicamente », como la pertenencia de
la « determinación del sentido espiritual… en el
campo de la ciencia exegética ».103 De ese modo,
ambos documentos rechazaron « la ruptura entre
lo humano y lo divino, entre la investigación
científi ca y la mirada de la fe, y entre el sentido
literal y el sentido espiritual ».104 Este equilibrio se
ha manifestado a continuación en el documento
de la Pontifi cia Comisión Bíblica de 1993: « En
el trabajo de interpretación, los exegetas católicos
no deben olvidar nunca que lo que interpretan es
la Palabra de Dios. Su tarea no termina con la distinción
de las fuentes, la defi nición de formas o
la explicación de los procedimientos literarios. La
meta de su trabajo se alcanza cuando aclaran el
signifi cado del texto bíblico como Palabra actual
de Dios ».105
La hermenéutica bíblica conciliar: una indicación que se
ha de seguir
34. Teniendo en cuenta este horizonte, se pueden
apreciar mejor los grandes principios de la
exegesis católica sobre la interpretación, expresados
por el Concilio Vaticano II, de modo particular
en la Constitución dogmática Dei Verbum:
« Puesto que Dios habla en la Escritura por medio
103 Ibíd., n. 5: AAS 86 (1994), 235.
104 Ibíd., n. 5: AAS 86 (1994), 236.
105 PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia
en la Iglesia (15 abril 1993), III, C, 1.
61
de hombres y en lenguaje humano, el intérprete
de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso
comunicarnos, debe estudiar con atención lo que
los autores querían decir y Dios quería dar a conocer
con dichas palabras ».106 Por un lado, el Concilio
subraya como elementos fundamentales para
captar el sentido pretendido por el hagiógrafo el
estudio de los géneros literarios y la contextualización.
Y, por otro lado, debiéndose interpretar en
el mismo Espíritu en que fue escrita, la Constitución
dogmática señala tres criterios básicos para
tener en cuenta la dimensión divina de la Biblia: 1)
Interpretar el texto considerando la unidad de toda
la Escritura; esto se llama hoy exegesis canónica;
2) tener presente la Tradición viva de toda la Iglesia;
y, fi nalmente, 3) observar la analogía de la fe. « Sólo
donde se aplican los dos niveles metodológicos, el
histórico-crítico y el teológico, se puede hablar de
una exegesis teológica, de una exegesis adecuada
a este libro ».107
Los Padres sinodales han afi rmado con razón
que el fruto positivo del uso de la investigación
histórico-crítica moderna es innegable. Sin
embargo, mientras la exegesis académica actual,
también la católica, trabaja a un gran nivel en
cuanto se refi ere a la metodología histórico-crítica,
también con sus más recientes integraciones,
es preciso exigir un estudio análogo de la dimen-
106 N. 12.
107 Intervención en la XIV Congregación General del Sínodo (14
octubre 2008): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (24
octubre 2008), 8; cf. Propositio 25.
62
sión teológica de los textos bíblicos, con el fi n de
que progrese la profundización, de acuerdo a los
tres elementos indicados por la Constitución dogmática
Dei Verbum.108
El peligro del dualismo y la hermenéutica secularizada
35. A este propósito hay que señalar el grave
riesgo de dualismo que hoy se produce al abordar
las Sagradas Escrituras. En efecto, al distinguir los
dos niveles mencionados del estudio de la Biblia,
en modo alguno se pretende separarlos, ni contraponerlos,
ni simplemente yuxtaponerlos. Éstos
se dan sólo en reciprocidad. Lamentablemente,
sucede más de una vez que una estéril separación
entre ellos genera una separación entre exegesis
y teología, que « se produce incluso en los niveles
académicos más elevados ».109 Quisiera recordar
aquí las consecuencias más preocupantes que se
han de evitar.
a) Ante todo, si la actividad exegética se reduce
únicamente al primer nivel, la Escritura misma
se convierte sólo en un texto del pasado: « Se pueden
extraer de él consecuencias morales, se puede
aprender la historia, pero el libro como tal habla
sólo del pasado y la exegesis ya no es realmente
teológica, sino que se convierte en pura historiografía,
en historia de la literatura ».110 Está claro
108 Cf. Propositio 26.
109 Propositio 27.
110 Intervención en la XIV Congregación General del Sínodo (14
octubre 2008): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (24
octubre 2008), 8; cf. Propositio 26.
63
que con semejante reducción no se puede de ningún
modo comprender el evento de la revelación
de Dios mediante su Palabra que se nos transmite
en la Tradición viva y en la Escritura.
b) La falta de una hermenéutica de la fe con
relación a la Escritura no se confi gura únicamente
en los términos de una ausencia; es sustituida por
otra hermenéutica, una hermenéutica secularizada,
positivista, cuya clave fundamental es la convicción
de que Dios no aparece en la historia humana.
Según esta hermenéutica, cuando parece
que hay un elemento divino, hay que explicarlo de
otro modo y reducir todo al elemento humano.
Por consiguiente, se proponen interpretaciones
que niegan la historicidad de los elementos divinos.
111
c) Una postura como ésta, no hace más que
producir daño en la vida de la Iglesia, extendiendo
la duda sobre los misterios fundamentales del cristianismo
y su valor histórico como, por ejemplo,
la institución de la Eucaristía y la resurrección de
Cristo. Así se impone, de hecho, una hermenéutica
fi losófi ca que niega la posibilidad de la entrada
y la presencia de Dios en la historia. La adopción
de esta hermenéutica en los estudios teológicos introduce
inevitablemente un grave dualismo entre
la exegesis, que se apoya únicamente en el primer
nivel, y la teología, que se deja a merced de una
espiritualización del sentido de las Escrituras no
respetuosa del carácter histórico de la revelación.
111 Cf. ibíd.
64
d) Todo esto resulta negativo también para la
vida espiritual y la actividad pastoral: « La consecuencia
de la ausencia del segundo nivel metodológico
es la creación de una profunda brecha entre
exegesis científi ca y lectio divina. Precisamente
de aquí surge a veces cierta perplejidad también
en la preparación de las homilías ».112 Hay que señalar,
además, que este dualismo produce a veces
incertidumbre y poca solidez en el camino de
formación intelectual de algunos candidatos a los
ministerios eclesiales.113 En defi nitiva, « cuando
la exegesis no es teología, la Escritura no puede
ser el alma de la teología y, viceversa, cuando la
teología no es esencialmente interpretación de la
Escritura en la Iglesia, esta teología ya no tiene
fundamento ».114 Por tanto, es necesario volver
decididamente a considerar con más atención las
indicaciones emanadas por la Constitución dogmática
Dei Verbum a este propósito.
Fe y razón en relación con la Escritura
36. Pienso que puede ayudar a comprender de
manera más completa la exegesis y, por tanto, su
relación con toda la teología, lo que escribió a este
propósito el Papa Juan Pablo II en la Encíclica Fides
et ratio. Efectivamente, él decía que no se ha de
minimizar « el peligro de la aplicación de una sola
metodología para llegar a la verdad de la sagrada
Escritura, olvidando la necesidad de una exege-
112 Ibíd.
113 Cf. Propositio 27.
114 Ibíd.
65
sis más amplia que permita comprender, junto
con toda la Iglesia, el sentido pleno de los textos.
Cuantos se dedican al estudio de las sagradas Escrituras
deben tener siempre presente que las diversas
metodologías hermenéuticas se apoyan en
una determinada concepción fi losófi ca. Por ello,
es preciso analizarla con discernimiento antes de
aplicarla a los textos sagrados ».115
Esta penetrante refl exión nos permite notar
que lo que está en juego en la hermenéutica con
que se aborda la Sagrada Escritura es inevitablemente
la correcta relación entre fe y razón. En
efecto, la hermenéutica secularizada de la Sagrada
Escritura es fruto de una razón que estructuralmente
se cierra a la posibilidad de que Dios entre
en la vida de los hombres y les hable con palabras
humanas. También en este caso, pues, es necesario
invitar a ensanchar los espacios de nuestra racionalidad.
116 Por eso, en la utilización de los métodos de
análisis histórico, hay que evitar asumir, allí donde
se presente, criterios que por principio no admiten
la revelación de Dios en la vida de los hombres.
La unidad de los dos niveles del trabajo de
interpretación de la Sagrada Escritura presupone,
en defi nitiva, una armonía entre la fe y la razón. Por
una parte, se necesita una fe que, manteniendo
una relación adecuada con la recta razón, nunca
degenere en fi deísmo, el cual, por lo que se refi ere
a la Escritura, llevaría a lecturas fundamentalistas.
115 JUAN PABLO II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre
1998), 55: AAS 91 (1999), 49-50.
116 Cf. Discurso a la IV Asamblea nacional eclesial en Italia (19
octubre 2006): AAS 98 (2006), 804-815.
66
Por otra parte, se necesita una razón que, investigando
los elementos históricos presentes en la Biblia,
se muestre abierta y no rechace a priori todo
lo que exceda su propia medida. Por lo demás, la
religión del Logos encarnado no dejará de mostrarse
profundamente razonable al hombre que busca
sinceramente la verdad y el sentido último de la
propia vida y de la historia.
Sentido literal y sentido espiritual
37. Como se ha afi rmado en la Asamblea sinodal,
una aportación signifi cativa para la recuperación
de una adecuada hermenéutica de la Escritura
proviene también de una escucha renovada de los
Padres de la Iglesia y de su enfoque exegético.117
En efecto, los Padres de la Iglesia nos muestran
todavía hoy una teología de gran valor, porque en
su centro está el estudio de la Sagrada Escritura
en su integridad. Efectivamente, los Padres son en
primer lugar y esencialmente unos « comentadores
de la Sagrada Escritura ».118 Su ejemplo puede
« enseñar a los exegetas modernos un acercamiento
verdaderamente religioso a la Sagrada Escritura,
así como una interpretación que se ajusta
constantemente al criterio de comunión con la
experiencia de la Iglesia, que camina a través de la
historia bajo la guía del Espíritu Santo ».119
117 Cf. Propositio 6.
118 Cf. S. AGUSTÍN, De libero arbitrio, 3, 21, 59: PL 32, 1300;
De Trinitate, 2, 1, 2: PL 42, 845.
119 CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Instr.
Inspectis dierum (10 noviembre 1989), 26: AAS 82 (1990), 618.
67
Aunque obviamente no conocían los recursos
de carácter fi lológico e histórico de que dispone
la exegesis moderna, la tradición patrística y
medieval sabía reconocer los diversos sentidos de
la Escritura, comenzando por el literal, es decir,
« el signifi cado por la palabras de la Escritura y
descubierto por la exegesis que sigue las reglas de
la justa interpretación ».120 Santo Tomás de Aquino,
por ejemplo, afi rma: « Todos los sentidos de la
sagrada Escritura se basan en el sentido literal ».121
Pero se ha de recordar que en la época patrística y
medieval cualquier forma de exegesis, también la
literal, se hacía basándose en la fe y no había necesariamente
distinción entre sentido literal y sentido
espiritual. Se tenga en cuenta a este propósito el
dístico clásico que representa la relación entre los
diversos sentidos de la Escritura:
« Littera gesta docet, quid credas allegoria,
Moralis quid agas, quo tendas anagogia.
La letra enseña los hechos, la alegoría lo que
se ha de creer, el sentido moral lo que hay
que hacer y la anagogía hacia dónde se tiende
».122
Aquí observamos la unidad y la articulación
entre sentido literal y sentido espiritual, el cual se subdivide
a su vez en tres sentidos, que describen los
contenidos de la fe, la moral y la tensión escatológica.
120 Catecismo de la Iglesia Católica, 116.
121 Summa Theologiae, I, q. 1, a. 10, ad 1.
122 Catecismo de la Iglesia Católica, 118.
68
En defi nitiva, reconociendo el valor y la necesidad
del método histórico-crítico aun con sus
limitaciones, la exegesis patrística nos enseña que
« no se es fi el a la intención de los textos bíblicos,
sino cuando se procura encontrar, en el corazón
de su formulación, la realidad de fe que expresan,
y se enlaza ésta a la experiencia creyente de nuestro
mundo ».123 Sólo en esta perspectiva se puede
reconocer que la Palabra de Dios está viva y
se dirige a cada uno en el momento presente de
nuestra vida. En este sentido, sigue siendo plenamente
válido lo que afi rma la Pontifi cia Comisión
Bíblica, cuando defi ne el sentido espiritual según
la fe cristiana, como « el sentido expresado por los
textos bíblicos, cuando se los lee bajo la infl uencia
del Espíritu Santo en el contexto del misterio pascual
de Cristo y de la vida nueva que proviene de
él. Este contexto existe efectivamente. El Nuevo
Testamento reconoce en él el cumplimiento de las
Escrituras. Es, pues, normal releer las Escrituras a
la luz de este nuevo contexto, que es el de la vida
en el Espíritu ».124
Necesidad de trascender la « letra »
38. Para restablecer la articulación entre los diferentes
sentidos escriturísticos es decisivo comprender
el paso de la letra al espíritu. No se trata de
un paso automático y espontáneo; se necesita más
123 PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia
en la Iglesia (15 abril 1993), II, A, 2.
124 Ibíd., II, B, 2.
69
bien trascender la letra: « De hecho, la Palabra de
Dios nunca está presente en la simple literalidad
del texto. Para alcanzarla hace falta trascender y
un proceso de comprensión que se deja guiar por
el movimiento interior del conjunto y por ello
debe convertirse también en un proceso vital ».125
Descubrimos así la razón por la que un proceso
de interpretación auténtico no es sólo intelectual
sino también vital, que reclama una total implicación
en la vida eclesial, en cuanto vida « según el
Espíritu » (Ga 5,16). De ese modo resultan más
claros los criterios expuestos en el número 12 de
la Constitución dogmática Dei Verbum: este trascender
no puede hacerse en un solo fragmento
literario, sino en relación con la Escritura en su
totalidad. En efecto, la Palabra hacia la que estamos
llamados a trascender es única. Ese proceso
tiene un aspecto íntimamente dramático, puesto
que en el trascender, el paso que tiene lugar por
la fuerza del Espíritu está inevitablemente relacionado
con la libertad de cada uno. San Pablo vivió
plenamente en su propia existencia este paso. Con
la frase: « la pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da
vida » (2 Co 3,6), ha expresado de modo radical lo
que signifi ca trascender la letra y su comprensión
a partir de la totalidad. San Pablo descubre que « el
Espíritu liberador tiene un nombre y que la libertad
tiene por tanto una medida interior: “El Señor
es el Espíritu, y donde hay el Espíritu del Señor
125 Discurso al mundo de la cultura en el Collège des Bernardins de
París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 726.
70
hay libertad” (2 Co 3,17). El Espíritu liberador no
es simplemente la propia idea, la visión personal
de quien interpreta. El Espíritu es Cristo, y Cristo
es el Señor que nos indica el camino ».126 Sabemos
también que este paso fue para san Agustín dramático
y al mismo tiempo liberador; él, gracias a
ese trascender propio de la interpretación tipológica
que aprendió de san Ambrosio, según la cual
todo el Antiguo Testamento es un camino hacia
Jesucristo, creyó en las Escrituras, que se le presentaban
en un primer momento tan diferentes
entre sí y, a veces, llenas de vulgaridades. Para san
Agustín, el trascender la letra le ha hecho creíble
la letra misma y le ha permitido encontrar fi nalmente
la respuesta a las profundas inquietudes de
su espíritu, sediento de verdad.127
Unidad intrínseca de la Biblia
39. En la escuela de la gran tradición de la Iglesia
aprendemos a captar también la unidad de toda la
Escritura en el paso de la letra al espíritu, ya que
la Palabra de Dios que interpela nuestra vida y la
llama constantemente a la conversión es una sola.
128 Sigue siendo para nosotros una guía segura
lo que decía Hugo de San Víctor: « Toda la divina
Escritura es un solo libro y este libro es Cristo,
porque toda la Escritura habla de Cristo y se cum-
126 Ibíd.
127 Cf. Audiencia General (9 enero 2008): L’Osservatore Romano,
ed. en lengua española (11 enero 2008), 12.
128 Cf. Propositio 29.
71
ple en Cristo ».129 Ciertamente, la Biblia, vista bajo
el aspecto puramente histórico o literario, no es
simplemente un libro, sino una colección de textos
literarios, cuya composición se extiende a lo
largo de más de un milenio, y en los que no es fácil
reconocer una unidad interior; hay incluso tensiones
visibles entre ellos. Esto vale para la Biblia de
Israel, que los cristianos llamamos Antiguo Testamento.
Pero todavía más cuando los cristianos
relacionamos los escritos del Nuevo Testamento,
casi como clave hermenéutica, con la Biblia
de Israel, interpretándola así como camino hacia
Cristo. Generalmente, en el Nuevo Testamento
no se usa el término « la Escritura » (cf. Rm 4,3; 1
P 2,6), sino « las Escrituras » (cf. Mt 21,43; Jn 5,39;
Rm 1,2; 2 P 3,16), que son consideradas, en su
conjunto, como la única Palabra de Dios dirigida
a nosotros.130 Así, aparece claramente que quien
da unidad a todas las « Escrituras » en relación a
la única « Palabra » es la persona de Cristo. De ese
modo, se comprende lo que afi rmaba el número
12 de la Constitución dogmática Dei Verbum, indicando
la unidad interna de toda la Biblia como
criterio decisivo para una correcta hermenéutica
de la fe.
Relación entre Antiguo y Nuevo Testamento
40. En la perspectiva de la unidad de las Escrituras
en Cristo, tanto los teólogos como los pas-
129 De arca Noe, 2, 8: PL 176 C-D.
130 Cf. Discurso al mundo de la cultura en el Collège des Bernardins
de París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 725.
72
tores han de ser conscientes de las relaciones entre
el Antiguo y el Nuevo Testamento. Ante todo,
está muy claro que el mismo Nuevo Testamento reconoce
el Antiguo Testamento como Palabra de Dios y acepta,
por tanto, la autoridad de las Sagradas Escrituras
del pueblo judío.131 Las reconoce implícitamente
al aceptar el mismo lenguaje y haciendo referencia
con frecuencia a pasajes de estas Escrituras. Las
reconoce explícitamente, pues cita muchas partes
y se sirve de ellas en sus argumentaciones. Así, la
argumentación basada en textos del Antiguo Testamento
constituye para el Nuevo Testamento un
valor decisivo, superior al de los simples razonamientos
humanos. En el cuarto Evangelio, Jesús
declara en este sentido que la Escritura « no puede
fallar » ( Jn 10,35), y san Pablo precisa concretamente
que la revelación del Antiguo Testamento
es válida también para nosotros, los cristianos (cf.
Rm 15,4; 1 Co 10,11).132 Además, afi rmamos que
« Jesús de Nazaret fue un judío y la Tierra Santa
es la tierra madre de la Iglesia »;133 en el Antiguo
y Nuevo Testamento se encuentra la raíz del cristianismo
y el cristianismo se nutre siempre de ella.
Por tanto, la sana doctrina cristiana ha rechazado
siempre cualquier forma de marcionismo recurrente,
que tiende de diversos modos a contraponer
el Antiguo con el Nuevo Testamento.134
131 Cf. Propositio 10; PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, el pueblo
judío y sus sagradas Escrituras en la Biblia cristiana (24 mayo 2001), 3-5.
132 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 121-122.
133 Propositio 52.
134 Cf. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, El pueblo judío y sus
sagradas Escrituras en la Biblia cristiana (24 mayo 2001), 19; ORÍGENES,
Homilía sobre Números 9,4: SC 415, 238-242.
73
Además, el mismo Nuevo Testamento se
declara conforme al Antiguo Testamento, y proclama
que en el misterio de la vida, muerte y resurrección
de Cristo las Sagradas Escrituras del
pueblo judío han encontrado su perfecto cumplimiento.
Por otra parte, es necesario observar que
el concepto de cumplimiento de las Escrituras es
complejo, porque comporta una triple dimensión:
un aspecto fundamental de continuidad con la revelación
del Antiguo Testamento, un aspecto de
ruptura y otro de cumplimiento y superación. El misterio
de Cristo está en continuidad de intención con
el culto sacrifi cial del Antiguo Testamento; sin
embargo, se ha realizado de un modo diferente,
de acuerdo con muchos oráculos de los profetas,
alcanzando así una perfección nunca lograda antes.
El Antiguo Testamento, en efecto, está lleno
de tensiones entre sus aspectos institucionales y
proféticos. El misterio pascual de Cristo es plenamente
conforme –de un modo que no era previsible–
con las profecías y el carácter prefi gurativo
de las Escrituras; no obstante, presenta evidentes
aspectos de discontinuidad respecto a las instituciones
del Antiguo Testamento.
41. Estas consideraciones muestran así la importancia
insustituible del Antiguo Testamento
para los cristianos y, al mismo tiempo, destacan la
originalidad de la lectura cristológica. Desde los tiempos
apostólicos y, después, en la Tradición viva,
la Iglesia ha mostrado la unidad del plan divino
en los dos Testamentos gracias a la tipología, que
74
no tiene un carácter arbitrario sino que pertenece
intrínsecamente a los acontecimientos narrados
por el texto sagrado y por tanto afecta a toda la
Escritura. La tipología « reconoce en las obras de
Dios en la Antigua Alianza, prefi guraciones de lo
que Dios realizó en la plenitud de los tiempos en
la persona de su Hijo encarnado ».135 Los cristianos,
por tanto, leen el Antiguo Testamento a la
luz de Cristo muerto y resucitado. Si bien la lectura
tipológica revela el contenido inagotable del
Antiguo Testamento en relación con el Nuevo, no
se debe olvidar que él mismo conserva su propio
valor de Revelación, que nuestro Señor mismo ha
reafi rmado (cf. Mc 12,29-31). Por tanto, « el Nuevo
Testamento exige ser leído también a la luz del
Antiguo. La catequesis cristiana primitiva recurría
constantemente a él (cf. 1 Co 5,6-8; 1 Co 10,1-
11) ».136 Por este motivo, los Padres sinodales han
afi rmado que « la comprensión judía de la Biblia
puede ayudar al conocimiento y al estudio de las
Escrituras por los cristianos ».137
« El Nuevo Testamento está escondido en
el Antiguo y el Antiguo es manifi esto en el Nuevo
».138 Así, con aguda sabiduría, se expresaba san
Agustín sobre este tema. Es importante, pues, que
tanto en la pastoral como en el ámbito académico
se ponga bien de manifi esto la relación íntima
entre los dos Testamentos, recordando con san
135 Catecismo de la Iglesia Católica, 128.
136 Ibíd., 129.
137 Propositio 52.
138 Quaestiones in Heptateuchum, 2, 73: PL 34,623.
75
Gregorio Magno que todo lo que « el Antiguo
Testamento ha prometido, el Nuevo Testamento
lo ha cumplido; lo que aquél anunciaba de manera
oculta, éste lo proclama abiertamente como presente.
Por eso, el Antiguo Testamento es profecía
del Nuevo Testamento; y el mejor comentario al
Antiguo Testamento es el Nuevo Testamento ».139
Las páginas « oscuras » de la Biblia
42. En el contexto de la relación entre Antiguo
y Nuevo Testamento, el Sínodo ha afrontado
también el tema de las páginas de la Biblia que
resultan oscuras y difíciles, por la violencia y las
inmoralidades que a veces contienen. A este respecto,
se ha de tener presente ante todo que la
revelación bíblica está arraigada profundamente en la historia.
El plan de Dios se manifi esta progresivamente
en ella y se realiza lentamente por etapas sucesivas,
no obstante la resistencia de los hombres. Dios
elige un pueblo y lo va educando pacientemente.
La revelación se acomoda al nivel cultural y moral
de épocas lejanas y, por tanto, narra hechos y costumbres
como, por ejemplo, artimañas fraudulentas,
actos de violencia, exterminio de poblaciones,
sin denunciar explícitamente su inmoralidad; esto
se explica por el contexto histórico, aunque pueda
sorprender al lector moderno, sobre todo cuando
se olvidan tantos comportamientos « oscuros »
que los hombres han tenido siempre a lo largo de
139 Homiliae in Ezechielem, I, VI, 15: PL 76, 836 B
76
los siglos, y también en nuestros días. En el Antiguo
Testamento, la predicación de los profetas se
alza vigorosamente contra todo tipo de injusticia
y violencia, colectiva o individual y, de este modo,
es el instrumento de la educación que Dios da a
su pueblo como preparación al Evangelio. Por
tanto, sería equivocado no considerar aquellos pasajes
de la Escritura que nos parecen problemáticos.
Más bien, hay que ser conscientes de que la
lectura de estas páginas exige tener una adecuada
competencia, adquirida a través de una formación
que enseñe a leer los textos en su contexto histórico-
literario y en la perspectiva cristiana, que tiene
como clave hermenéutica completa « el Evangelio
y el mandamiento nuevo de Jesucristo, cumplido
en el misterio pascual ».140 Por eso, exhorto a los
estudiosos y a los pastores, a que ayuden a todos
los fi eles a acercarse también a estas páginas mediante
una lectura que les haga descubrir su signifi
cado a la luz del misterio de Cristo.
Cristianos y judíos en relación con la Sagrada Escritura
43. Teniendo en cuenta los estrechos vínculos
que unen el Nuevo y el Antiguo Testamento, resulta
espontáneo dirigir ahora la atención a los
lazos especiales que ello comporta para la relación
entre cristianos y judíos, unos lazos que nunca
deben olvidarse. El Papa Juan Pablo II dijo a
los judíos: sois « “nuestros hermanos predilectos”
140 Propositio 29.
77
en la fe de Abrahán, nuestro patriarca ».141 Ciertamente,
estas declaraciones no ignoran las rupturas
que aparecen en el Nuevo Testamento respecto a
las instituciones del Antiguo Testamento y, menos
aún, la afi rmación de que en el misterio de Jesucristo,
reconocido como Mesías e Hijo de Dios, se
cumplen las Escrituras. Pero esta diferencia profunda
y radical, en modo alguno implica hostilidad
recíproca. Por el contrario, el ejemplo de san
Pablo (cf. Rm 9-11) demuestra « que una actitud
de respeto, de estima y de amor hacia el pueblo
judío es la sola actitud verdaderamente cristiana
en esta situación que forma misteriosamente parte
del designio totalmente positivo de Dios ».142
En efecto, san Pablo dice que los judíos, « considerando
la elección, Dios los ama en atención a
los patriarcas, pues los dones y la llamada de Dios
son irrevocables » (Rm 11,28-29).
Además, san Pablo usa también la bella imagen
del árbol de olivo para describir las relaciones
tan estrechas entre cristianos y judíos: la Iglesia de
los gentiles es como un brote de olivo silvestre,
injertado en el olivo bueno, que es el pueblo de
la Alianza (cf. Rm 11,17-24). Así pues, tomamos
nuestro alimento de las mismas raíces espirituales.
Nos encontramos como hermanos, hermanos
que en ciertos momentos de su historia han
141 JUAN PABLO II, Mensaje al rabino jefe de Roma (22 mayo
2004): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (28 mayo
2004), 1.
142 PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, El pueblo judío y sus Escrituras
sagradas en la Biblia cristiana (24 mayo 2001), 87.
78
tenido una relación tensa, pero que ahora están
fi rmemente comprometidos en construir puentes
de amistad duradera.143 El Papa Juan Pablo II dijo
en una ocasión: « Es mucho lo que tenemos en
común. Y es mucho lo que podemos hacer juntos
por la paz, por la justicia y por un mundo más
fraterno y humano ».144
Deseo reiterar una vez más lo importante que
es para la Iglesia el diálogo con los judíos. Conviene
que, donde haya oportunidad, se creen posibilidades,
incluso públicas, de encuentro y de debate
que favorezcan el conocimiento mutuo, la estima
recíproca y la colaboración, aun en el ámbito del
estudio de las Sagradas Escrituras.
La interpretación fundamentalista de las Escrituras
44. La atención que hemos querido prestar hasta
ahora al tema de la hermenéutica bíblica en sus
diferentes aspectos nos permite abordar la cuestión,
surgida más de una vez en los debates del
Sínodo, de la interpretación fundamentalista de
la Sagrada Escritura.145 Sobre este argumento, la
Pontifi cia Comisión Bíblica, en el documento La
interpretación de la Biblia en la Iglesia, ha formulado
directrices importantes. En este contexto, quisiera
143 Cf. Discurso de despedida en el Aeropuerto de Tel Aviv (15
mayo 2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (16
mayo 2009), 11.
144 JUAN PABLO II, A los rabinos jefes de Israel: (23 marzo
2000): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (31 marzo
2000), 4.
145 Propositiones 46 y 47.
79
llamar la atención particularmente sobre aquellas
lecturas que no respetan el texto sagrado en su
verdadera naturaleza, promoviendo interpretaciones
subjetivas y arbitrarias. En efecto, el « literalismo »
propugnado por la lectura fundamentalista, representa
en realidad una traición, tanto del sentido
literal como espiritual, abriendo el camino a instrumentalizaciones
de diversa índole, como, por
ejemplo, la difusión de interpretaciones antieclesiales
de las mismas Escrituras. El aspecto problemático
de esta lectura es que, « rechazando tener
en cuenta el carácter histórico de la revelación bíblica,
se vuelve incapaz de aceptar plenamente la
verdad de la Encarnación misma. El fundamentalismo
rehúye la estrecha relación de lo divino
y de lo humano en las relaciones con Dios ... Por
esta razón, tiende a tratar el texto bíblico como
si hubiera sido dictado palabra por palabra por el
Espíritu, y no llega a reconocer que la Palabra de
Dios ha sido formulada en un lenguaje y en una
fraseología condicionadas por una u otra época
determinada ».146 El cristianismo, por el contrario,
percibe en las palabras, la Palabra, el Logos mismo,
que extiende su misterio a través de dicha multiplicidad
y de la realidad de una historia humana.147
La verdadera respuesta a una lectura fundamentalista
es la « lectura creyente de la Sagrada Escritura
». Esta lectura, « practicada desde la antigüedad
en la Tradición de la Iglesia, busca la verdad que
146 PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia
en la Iglesia (15 abril 1993), I, F.
147 Cf. Discurso al mundo de la cultura en el Collège des Bernardins
de París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 726.
80
salva para la vida de todo fi el y para la Iglesia. Esta
lectura reconoce el valor histórico de la tradición
bíblica. Y es justamente por este valor de testimonio
histórico por lo que quiere redescubrir el
signifi cado vivo de las Sagradas Escrituras destinadas
también a la vida del creyente de hoy »,148
sin ignorar por tanto, la mediación humana del
texto inspirado y sus géneros literarios.
Diálogo entre pastores, teólogos y exegetas
45. La auténtica hermenéutica de la fe comporta
ciertas consecuencias importantes en la actividad
pastoral de la Iglesia. Precisamente en este sentido,
los Padres sinodales han recomendado, por
ejemplo, un contacto más asiduo entre pastores,
teólogos y exegetas. Conviene que las Conferencias
Episcopales favorezcan estas reuniones para
« promover un mayor servicio de comunión en la
Palabra de Dios ».149 Esta cooperación ayudará a
todos a hacer mejor su trabajo en benefi cio de
toda la Iglesia. En efecto, situarse en el horizonte
de la acción pastoral, quiere decir, incluso para los
eruditos, considerar el texto sagrado en su naturaleza
propia de comunicación que el Señor ofrece
a los hombres para la salvación. Por tanto, como
dice la Constitución dogmática Dei Verbum, se
recomienda que « los exegetas católicos y demás
teólogos trabajen en común esfuerzo y bajo la vi-
148 Propositio 46.
149 Propositio 28.
81
gilancia del Magisterio para investigar con medios
oportunos la Escritura y para explicarla, de modo
que se multipliquen los ministros de la palabra capaces
de ofrecer al Pueblo de Dios el alimento de
la Escritura, que alumbre el entendimiento, confi
rme la voluntad, encienda el corazón en amor
de Dios ».150
Biblia y ecumenismo
46. Consciente de que la Iglesia tiene su fundamento
en Cristo, Verbo de Dios hecho carne, el
Sínodo ha querido subrayar el puesto central de
los estudios bíblicos en el diálogo ecuménico, con
vistas a la plena expresión de la unidad de todos
los creyentes en Cristo.151 En efecto, en la misma
Escritura encontramos la petición vibrante de Jesús
al Padre de que sus discípulos sean una sola
cosa, para que el mundo crea (cf. Jn 17,21). Todo
esto nos refuerza en la convicción de que escuchar
y meditar juntos las Escrituras nos hace vivir
una comunión real, aunque todavía no plena;152
« la escucha común de las Escrituras impulsa por
tanto el diálogo de la caridad y hace crecer el de
la verdad ».153 En efecto, escuchar juntos la Pala-
150 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 23.
151 En todo caso, se recuerda que, por lo que se refi ere a
los llamados Libros Deuterocanónicos del Antiguo Testamento
y su inspiración, los católicos y ortodoxos no tienen exactamente
el mismo canon bíblico que los anglicanos y protestantes.
152 Cf. Relatio post disceptationem, 36.
153 Propositio 36.
82
bra de Dios, practicar la lectio divina de la Biblia;
dejarse sorprender por la novedad de la Palabra
de Dios, que nunca envejece ni se agota; superar
nuestra sordera ante las palabras que no concuerdan
con nuestras opiniones o prejuicios; escuchar
y estudiar en la comunión de los creyentes de todos
los tiempos; todo esto es un camino que se ha
de recorrer para alcanzar la unidad de la fe, como
respuesta a la escucha de la Palabra.154 Las palabras
del Concilio Vaticano II eran verdaderamente iluminadoras:
« En el diálogo mismo [ecuménico],
las Sagradas Escrituras son un instrumento precioso
en la mano poderosa de Dios para lograr la
unidad que el Salvador muestra a todos los hombres
».155 Por tanto, conviene incrementar el estudio,
la confrontación y las celebraciones ecuménicas
de la Palabra de Dios, respetando las normas
vigentes y las diferentes tradiciones.156 Éstas celebraciones
favorecen la causa ecuménica y, cuando
se viven en su verdadero sentido, constituyen momentos
intensos de auténtica oración para pedir a
Dios que venga pronto el día suspirado en el que
todos podamos estar juntos en torno a una misma
mesa y beber del mismo cáliz. No obstante, en la
loable y justa promoción de dichos momentos, se
ha de evitar que éstos sean propuestos a los fi eles
como una sustitución de la participación en la
santa Misa los días de precepto.
154 Cf. Discurso al XI Consejo Ordinario de la Secretaría General
del Sínodo de los Obispos (25 enero 2007): AAS 99 (2007), 85-86.
155 CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 21.
156 Cf. Propositio 36.
83
En este trabajo de estudio y oración, también
se han de reconocer con serenidad aquellos
aspectos que requieren ser profundizados, y que
nos mantienen todavía distantes, como por ejemplo
la comprensión del sujeto autorizado de la interpretación
en la Iglesia y el papel decisivo del
Magisterio.157
Quisiera subrayar, además, lo dicho por los
Padres sinodales sobre la importancia en este trabajo
ecuménico de las traducciones de la Biblia en las
diversas lenguas. En efecto, sabemos que traducir un
texto no es mero trabajo mecánico, sino que, en
cierto sentido, forma parte de la tarea interpretativa.
A este propósito, el Venerable Juan Pablo II
ha dicho: « Quien recuerda todo lo que infl uyeron
las disputas en torno a la Escritura en las divisiones,
especialmente en Occidente, puede comprender
el notable paso que representan estas traducciones
comunes ».158 Por eso, la promoción de
las traducciones comunes de la Biblia es parte del
trabajo ecuménico. Deseo agradecer aquí a todos
los que están comprometidos en esta importante
tarea y animarlos a continuar en su obra.
Consecuencias en el planteamiento de los estudios teológicos
47. Otra consecuencia que se desprende de una
adecuada hermenéutica de la fe se refi ere a la ne-
157 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina revelación, 10.
158 Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 44: AAS 87
(1995), 947.
84
cesidad de tener en cuenta sus implicaciones en la
formación exegética y teológica, particularmente
de los candidatos al sacerdocio. Se ha de encontrar
la manera de que el estudio de la Sagrada Escritura
sea verdaderamente el alma de la teología,
por cuanto en ella se reconoce la Palabra de Dios,
que se dirige hoy al mundo, a la Iglesia y a cada
uno personalmente. Es importante que los criterios
indicados en el número 12 de la Constitución
dogmática Dei Verbum se tomen efectivamente en
consideración, y que se profundice en ellos. Evítese
fomentar un concepto de investigación científi -
ca que se considere neutral respecto a la Escritura.
Por eso, junto al estudio de las lenguas en que ha
sido escrita la Biblia y de los métodos interpretativos
adecuados, es necesario que los estudiantes
tengan una profunda vida espiritual, de manera
que comprendan que sólo se puede entender la
Escritura viviéndola.
En esta perspectiva, recomiendo que el estudio
de la Palabra de Dios, escrita y transmitida, se
haga siempre con un profundo espíritu eclesial,
teniendo debidamente en cuenta en la formación
académica las intervenciones del Magisterio sobre
estos temas, « que no está por encima de la Palabra
de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente
lo transmitido, pues por mandato divino,
y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha
devotamente, lo custodia celosamente, lo explica
fi elmente ».159 Por tanto, se ponga cuidado en que
159 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 10.
85
los estudios se desarrollen reconociendo que « la
Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia,
según el plan prudente de Dios, están unidos
y ligados, de modo que ninguno puede subsistir
sin los otros ».160 Deseo, pues, que, según la enseñanza
del Concilio Vaticano II, el estudio de
la Sagrada Escritura, leída en la comunión de la
Iglesia universal, sea realmente el alma del estudio
teológico.161
Los santos y la interpretación de la Escritura
48. La interpretación de la Sagrada Escritura
quedaría incompleta si no se estuviera también a
la escucha de quienes han vivido realmente la Palabra de
Dios, es decir, los santos.162 En efecto, « viva lectio est vita
bonorum ».163 Así, la interpretación más profunda de
la Escritura proviene precisamente de los que se
han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través
de la escucha, la lectura y la meditación asidua.
Ciertamente, no es una casualidad que las
grandes espiritualidades que han marcado la historia
de la Iglesia hayan surgido de una explícita
referencia a la Escritura. Pienso, por ejemplo,
en san Antonio, Abad, movido por la escucha de
aquellas palabras de Cristo: « Si quieres llegar hasta
el fi nal, vende lo que tienes, da el dinero a los
pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego
160 Ibíd.
161 Cf. ibíd., 24.
162 Cf. Propositio, 22
163 S. GREGORIO MAGNO, Moralia in Job 24, 8, 16: PL 76, 295.
86
vente conmigo » (Mt 19,21).164 No es menos sugestivo
san Basilio Magno, que se pregunta en su
obra Moralia: « ¿Qué es propiamente la fe? Plena
e indudable certeza de la verdad de las palabras
inspiradas por Dios... ¿Qué es lo propio del fi el?
Conformarse con esa plena certeza al signifi cado
de las palabras de la Escritura, sin osar quitar o
añadir lo más mínimo ».165 San Benito se remite
en su Regla a la Escritura, como « norma rectísima
para la vida del hombre ».166 San Francisco de
Asís –escribe Tomás de Celano–, « al oír que los
discípulos de Cristo no han de poseer ni oro, ni
plata, ni dinero; ni llevar alforja, ni pan, ni bastón
en el camino; ni tener calzado ni dos túnicas,
exclamó inmediatamente, lleno de Espíritu Santo:
¡Esto quiero, esto pido, esto ansío hacer de todo
corazón! ».167 Santa Clara de Asís reproduce plenamente
la experiencia de san Francisco: « La forma
de vida de la Orden de las Hermanas pobres...
es ésta: observar el santo Evangelio de Nuestro
Señor Jesucristo ».168 Además, santo Domingo de
Guzmán « se manifestaba por doquier como un
hombre evangélico, tanto en las palabras como en
las obras »,169 y así quiso que fueran también sus
frailes predicadores, « hombres evangélicos ».170
164 Cf. S. ATANASIO, Vita Antonii, 2: PG 26, 842.
165 Moralia, Regula, 80, 22: PG 31, 867.
166 Regla, 73, 3: SC 182, 672.
167 TOMÁS DE CELANO, La vita prima di S. Francesco, X, 22: FF 356.
168 Regla, I, 1-2: FF 2750.
169 B. JORDÁN DE SAJONIA, Libellus de principiis Ordinis Praedicatorum,
104: Monumenta Fratrum Praedicatorum Historica, Roma
1935, 16, p. 75.
170 ORDEN DE HERMANOS PREDICADORES, Prime Costituzioni
o Consuetudines, II, XXXI.
87
Santa Teresa de Jesús, carmelita, que recurre continuamente
en sus escritos a imágenes bíblicas
para explicar su experiencia mística, recuerda que
Jesús mismo le revela que « todo el daño que viene
al mundo es de no conocer las verdades de la Escritura
».171 Santa Teresa del Niño Jesús encuentra
el Amor como su vocación personal al escudriñar
las Escrituras, en particular en los capítulos 12 y
13 de la Primera carta a los Corintios;172 esta misma
santa describe el atractivo de las Escrituras: « En
cuanto pongo la mirada en el Evangelio, respiro
de inmediato los perfumes de la vida de Jesús y
sé de qué parte correr ».173 Cada santo es como
un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios. Así,
pensemos también en san Ignacio de Loyola y
su búsqueda de la verdad y en el discernimiento
espiritual; en san Juan Bosco y su pasión por la
educación de los jóvenes; en san Juan María Vianney
y su conciencia de la grandeza del sacerdocio
como don y tarea; en san Pío de Pietrelcina y su
ser instrumento de la misericordia divina; en san
Josemaría Escrivá y su predicación sobre la llamada
universal a la santidad; en la beata Teresa de
Calcuta, misionera de la caridad de Dios para con
los últimos; y también en los mártires del nazismo
y el comunismo, representados, por una parte por
santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein),
monja carmelita, y, por otra, por el beato Luís Stepinac,
cardenal arzobispo de Zagreb.
171 Libro de la Vida, 40,1.
172 Cf. Historia de un alma, Ms B 3rº.
173 Ibíd., Ms C, 35vº.
88
49. En relación con la Palabra de Dios, la santidad
se inscribe así, en cierto modo, en la tradición
profética, en la que la Palabra de Dios toma
a su servicio la vida misma del profeta. En este
sentido, la santidad en la Iglesia representa una
hermenéutica de la Escritura de la que nadie puede
prescindir. El Espíritu Santo, que ha inspirado
a los autores sagrados, es el mismo que anima a
los santos a dar la vida por el Evangelio. Acudir a
su escuela es una vía segura para emprender una
hermenéutica viva y efi caz de la Palabra de Dios.
De esta unión entre Palabra de Dios y santidad
tuvimos un testimonio directo durante la XII
Asamblea del Sínodo cuando, el 12 de octubre,
tuvo lugar en la Plaza de San Pedro la canonización
de cuatro nuevos santos: el sacerdote Gaetano
Errico, fundador de la Congregación de los
Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús
y María; Madre María Bernarda Bütler, nacida en
Suiza y misionera en Ecuador y en Colombia; sor
Alfonsa de la Inmaculada Concepción, primera
santa canonizada nacida en la India; la joven seglar
ecuatoriana Narcisa de Jesús Martillo Morán. Con
sus vidas, han dado testimonio al mundo y a la
Iglesia de la perenne fecundidad del Evangelio de
Cristo. Pidamos al Señor que, por intercesión de
estos santos, canonizados precisamente en los días
de la Asamblea sinodal sobre la Palabra de Dios,
nuestra vida sea esa « buena tierra » en la que el divino
sembrador siembre la Palabra, para que produzca
en nosotros frutos de santidad, « del treinta
o del sesenta o del ciento por uno » (Mc 4,20).
SEGUNDA PARTE
VERBUM IN ECCLESIA
« A cuantos la recibieron, les da poder
para ser hijos de Dios » ( Jn 1,12)

91
LA PALABRA DE DIOS Y LA IGLESIA
La Iglesia acoge la Palabra
50. El Señor pronuncia su Palabra para que la reciban
aquellos que han sido creados precisamente
« por medio » del Verbo mismo. « Vino a su casa »
( Jn 1,11): la Palabra no nos es originariamente ajena,
y la creación ha sido querida en una relación
de familiaridad con la vida divina. El Prólogo del
cuarto Evangelio nos sitúa también ante el rechazo
de la Palabra divina por parte de los « suyos » que
« no la recibieron » ( Jn 1,11). No recibirla quiere
decir no escuchar su voz, no confi gurarse con el
Logos. En cambio, cuando el hombre, aunque sea
frágil y pecador, sale sinceramente al encuentro de
Cristo, comienza una transformación radical: « A
cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos
de Dios » ( Jn 1,12). Recibir al Verbo quiere decir
dejarse plasmar por Él hasta el punto de llegar
a ser, por el poder del Espíritu Santo, confi gurados
con Cristo, con el « Hijo único del Padre » ( Jn
1,14). Es el principio de una nueva creación, nace
la criatura nueva, un pueblo nuevo. Los que creen,
los que viven la obediencia de la fe, « han nacido
de Dios » (cf. Jn 1,13), son partícipes de la vida
divina: « hijos en el Hijo » (cf. Ga 4,5-6; Rm 8,14-17).
92
San Agustín, comentando este pasaje del Evangelio
de Juan, dice sugestivamente: « Por el Verbo
existes tú. Pero necesitas igualmente ser restaurado
por Él ».174 Vemos aquí perfi larse el rostro de la
Iglesia, como realidad defi nida por la acogida del
Verbo de Dios que, haciéndose carne, ha venido a
poner su morada entre nosotros (cf. Jn 1,14). Esta morada
de Dios entre los hombres, esta Šekina (cf.
Ex 26,1), prefi gurada en el Antiguo Testamento,
se cumple ahora en la presencia defi nitiva de Dios
entre los hombres en Cristo.
Contemporaneidad de Cristo en la vida de la Iglesia
51. La relación entre Cristo, Palabra del Padre, y
la Iglesia no puede ser comprendida como si fuera
solamente un acontecimiento pasado, sino que es
una relación vital, en la cual cada fi el está llamado
a entrar personalmente. En efecto, hablamos de
la presencia de la Palabra de Dios entre nosotros
hoy: « Y sabed que yo estoy con vosotros todos
los días, hasta al fi n del mundo » (Mt 28,20). Como
afi rma el Papa Juan Pablo II: « La contemporaneidad
de Cristo respecto al hombre de cada época
se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia. Por esto
Dios prometió a sus discípulos el Espíritu Santo,
que les “recordaría” y les haría comprender sus
mandamientos (cf. Jn 14,26) y, al mismo tiempo,
sería el principio fontal de una vida nueva para el
174 In Iohannis Evangelium Tractatus, 1, 12: PL 35, 1385.
93
mundo (cf. Jn 3,5-8; Rm 8,1-13) ».175 La Constitución
dogmática Dei Verbum expresa este misterio
en los términos bíblicos de un diálogo nupcial:
« Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando
siempre con la esposa de su Hijo amado; y
el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio
resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo,
va introduciendo a los fi eles en la verdad plena y
hace que habite en ellos intensamente la palabra
de Cristo (cf. Col 3,16) ».176
La Esposa de Cristo, maestra también hoy
en la escucha, repite con fe: « Habla, Señor, que
tu Iglesia te escucha ».177 Por eso, la Constitución
dogmática Dei Verbum comienza diciendo: « La
Palabra de Dios la escucha con devoción y la proclama
con valentía el santo Concilio ».178 En efecto,
se trata de una defi nición dinámica de la vida
de la Iglesia: « Son palabras con las que el Concilio
indica un aspecto que distingue a la Iglesia.
La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio,
y en el Evangelio encuentra siempre de nuevo
orientación para su camino. Es una consideración
que todo cristiano debe hacer y aplicarse a sí mismo:
sólo quien se pone primero a la escucha de
la Palabra, puede convertirse después en su heraldo
».179 En la Palabra de Dios proclamada y escu-
175 Carta enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), 25: AAS
85 (1993), 1153.
176 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 8.
177 Relatio post disceptationem, 11.
178 N. 1.
179 Discurso al Congreso « La Sagrada Escritura en la vida de la
Iglesia » (16 septiembre 2005): AAS 97 (2005), 956.
94
chada, y en los sacramentos, Jesús dice hoy, aquí y
ahora, a cada uno: « Yo soy tuyo, me entrego a ti »,
para que el hombre pueda recibir y responder, y
decir a su vez: « Yo soy tuyo ».180 La Iglesia aparece
así en ese ámbito en que, por gracia, podemos experimentar
lo que dice el Prólogo de Juan: « Pero
a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos
de Dios » ( Jn 1,12).
LA LITURGIA, LUGAR PRIVILEGIADO DE LA PALABRA
DE DIOS
La Palabra de Dios en la sagrada liturgia
52. Al considerar la Iglesia como « casa de la Palabra
»,181 se ha de prestar atención ante todo a la
sagrada liturgia. En efecto, este es el ámbito privilegiado
en el que Dios nos habla en nuestra vida,
habla hoy a su pueblo, que escucha y responde.
Todo acto litúrgico está por su naturaleza empapado
de la Sagrada Escritura. Como afi rma la Constitución
Sacrosanctum Concilium, « la importancia de
la Sagrada Escritura en la liturgia es máxima. En
efecto, de ella se toman las lecturas que se explican
en la homilía, y los salmos que se cantan; las preces,
oraciones y cantos litúrgicos están impregnados
de su aliento y su inspiración; de ella reciben
su signifi cado las acciones y los signos ».182 Más
180 Cf. Relatio post disceptationem, 10.
181 Mensaje fi nal, III, 6
182 CONC. ECUM. VAT. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre
la sagrada liturgia, 24.
95
aún, hay que decir que Cristo mismo « está presente
en su palabra, pues es Él mismo el que habla
cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura ».183
Por tanto, « la celebración litúrgica se convierte en
una continua, plena y efi caz exposición de esta
Palabra de Dios. Así, la Palabra de Dios, expuesta
continuamente en la liturgia, es siempre viva y efi -
caz por el poder del Espíritu Santo, y manifi esta
el amor operante del Padre, amor indefi ciente en
su efi cacia para con los hombres ».184 En efecto,
la Iglesia siempre ha sido consciente de que, en
el acto litúrgico, la Palabra de Dios va acompañada
por la íntima acción del Espíritu Santo, que la
hace operante en el corazón de los fi eles. En realidad,
gracias precisamente al Paráclito, « la Palabra
de Dios se convierte en fundamento de la acción
litúrgica, norma y ayuda de toda la vida. Por consiguiente,
la acción del Espíritu... va recordando,
en el corazón de cada uno, aquellas cosas que, en
la proclamación de la Palabra de Dios, son leídas
para toda la asamblea de los fi eles, y, consolidando
la unidad de todos, fomenta asimismo la diversidad
de carismas y proporciona la multiplicidad de
actuaciones ».185
Así pues, es necesario entender y vivir el valor
esencial de la acción litúrgica para comprender la
Palabra de Dios. En cierto sentido, la hermenéutica
de la fe respecto a la Sagrada Escritura debe tener siempre
183 Ibíd., 7.
184 MISAL ROMANO, Ordenación de las lecturas de la Misa, 4.
185 Ibíd., 9.
96
como punto de referencia la liturgia, en la que se celebra
la Palabra de Dios como palabra actual y viva:
« En la liturgia, la Iglesia sigue fi elmente el mismo
sistema que usó Cristo con la lectura e interpretación
de las Sagradas Escrituras, puesto que Él
exhorta a profundizar el conjunto de las Escrituras
partiendo del “hoy” de su acontecimiento
personal ».186
Aquí se muestra también la sabia pedagogía
de la Iglesia, que proclama y escucha la Sagrada
Escritura siguiendo el ritmo del año litúrgico. Este
despliegue de la Palabra de Dios en el tiempo se
produce particularmente en la celebración eucarística
y en la Liturgia de las Horas. En el centro
de todo resplandece el misterio pascual, al que se
refi eren todos los misterios de Cristo y de la historia
de la salvación, que se actualizan sacramentalmente:
« La santa Madre Iglesia..., al conmemorar
así los misterios de la redención, abre la riqueza de
las virtudes y de los méritos de su Señor, de modo
que se los hace presentes en cierto modo a los
fi eles durante todo tiempo para que los alcancen y
se llenen de la gracia de la salvación ».187 Exhorto,
pues, a los Pastores de la Iglesia y a los agentes de
pastoral a esforzarse en educar a todos los fi eles a
gustar el sentido profundo de la Palabra de Dios
que se despliega en la liturgia a lo largo del año,
mostrando los misterios fundamentales de nues-
186 Ibíd., 3; cf. L c 4, 16-21; 24, 25-35.44-49.
187 CONC. ECUM. VAT. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre
la sagrada liturgia, 102.
97
tra fe. El acercamiento apropiado a la Sagrada Escritura
depende también de esto.
Sagrada Escritura y sacramentos
53. El Sínodo de los Obispos, afrontando el
tema del valor de la liturgia para la comprensión
de la Palabra de Dios, ha querido también
subrayar la relación entre la Sagrada Escritura y
la acción sacramental. Es más conveniente que
nunca profundizar en la relación entre Palabra y
Sacramento, tanto en la acción pastoral de la Iglesia
como en la investigación teológica.188 Ciertamente
« la liturgia de la Palabra es un elemento
decisivo en la celebración de cada sacramento de
la Iglesia »;189 sin embargo, en la práctica pastoral,
los fi eles no siempre son conscientes de esta
unión, ni captan la unidad entre el gesto y la palabra.
« Corresponde a los sacerdotes y a los diáconos,
sobre todo cuando administran los sacramentos,
poner de relieve la unidad que forman Palabra y
sacramento en el ministerio de la Iglesia ».190 En
la relación entre Palabra y gesto sacramental se
muestra en forma litúrgica el actuar propio de
Dios en la historia a través del carácter performativo
de la Palabra misma. En efecto, en la historia de
la salvación no hay separación entre lo que Dios
188 Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero
2007) 44-45: AAS 99 (2007), 139-141.
189 PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia
en la Iglesia (15 abril 1993), IV, C, 1.
190 Ibíd., III, B, 3.
98
dice y lo que hace; su Palabra misma se manifi esta
como viva y efi caz (cf. Hb 4,12), como indica, por
lo demás, el sentido mismo de la expresión hebrea
dabar. Igualmente, en la acción litúrgica estamos
ante su Palabra que realiza lo que dice. Cuando
se educa al Pueblo de Dios a descubrir el carácter
performativo de la Palabra de Dios en la liturgia,
se le ayuda también a percibir el actuar de Dios en
la historia de la salvación y en la vida personal de
cada miembro.
Palabra de Dios y Eucaristía
54. Lo que se afi rma genéricamente de la relación
entre Palabra y sacramentos, se ahonda
cuando nos referimos a la celebración eucarística.
Además, la íntima unidad entre Palabra y Eucaristía
está arraigada en el testimonio bíblico (cf. Jn 6;
L c 24), confi rmada por los Padres de la Iglesia y
reafi rmada por el Concilio Vaticano II.191 A este
191 Cf. Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia,
48.51.56; Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación,
21.26; Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 6.15; Decr. Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y vida
de los presbíteros 18; Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada
renovación de la vida religiosa, 6. En la gran tradición de la Iglesia
encontramos expresiones signifi cativas, como: « Corpus Christi
intelligitur etiam [...] Scriptura Dei » (también la Escritura de Dios
se considera Cuerpo de Cristo): WALTRAMUS, De unitate Ecclesiae
conservanda: 13, ed. W. Schwenkenbecher, Hannoverae 1883, p.
33; « La carne del Señor es verdadera comida y su sangre verdadera
bebida; éste es el verdadero bien que se nos da en la vida
presente, alimentarse de su carne y beber su sangre, no sólo en
la Eucaristía, sino también en la lectura de la Sagrada Escritura.
En efecto, lo que se obtiene del conocimiento de las Escrituras
99
respecto, podemos pensar en el gran discurso de
Jesús sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm
(cf. Jn 6,22-69), en cuyo trasfondo se percibe
la comparación entre Moisés y Jesús, entre
quien habló cara a cara con Dios (cf. Ex 33,11)
y quien revela a Dios (cf. Jn 1,18). En efecto, el
discurso sobre el pan se refi ere al don de Dios que
Moisés obtuvo para su pueblo con el maná en el
desierto y que, en realidad, es la Torá, la Palabra de
Dios que da vida (cf. Sal 119; Pr 9,5). Jesús lleva a
cumplimiento en sí mismo la antigua fi gura: « El
pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida
al mundo... Yo soy el pan de vida » ( Jn 6,33-35).
Aquí, « la Ley se ha hecho Persona. En el encuentro
con Jesús nos alimentamos, por así decirlo, del
Dios vivo, comemos realmente el “pan del cielo”
».192 El Prólogo de Juan se profundiza en el
discurso de Cafarnaúm: si en el primero el Logos
de Dios se hace carne, en el segundo es « pan »
para la vida del mundo (cf. Jn 6,51), haciendo alusión
de este modo a la entrega que Jesús hará de sí
mismo en el misterio de la cruz, confi rmada por
la afi rmación sobre su sangre que se da a « beber »
(cf. Jn 6,53). De este modo, en el misterio de la
Eucaristía se muestra cuál es el verdadero maná,
el auténtico pan del cielo: es el Logos de Dios que
se ha hecho carne, que se ha entregado a sí mismo
por nosotros en el misterio pascual.
es verdadera comida y verdadera bebida »: S. JERÓNIMO, Commentarius
in Ecclesiasten, 3: PL 23, 1092 A.
192 J. RATZINGER (BENEDICTO XVI), Jesús de Nazaret, Madrid
2007, 316.
100
El relato de Lucas sobre los discípulos de
Emaús nos permite una refl exión ulterior sobre
la unión entre la escucha de la Palabra y el partir
el pan (cf. L c 24,13-35). Jesús salió a su encuentro
el día siguiente al sábado, escuchó las manifestaciones
de su esperanza decepcionada y, haciéndose
su compañero de camino, « les explicó lo que
se refería a él en toda la Escritura » (24,27). Junto
con este caminante que se muestra tan inesperadamente
familiar a sus vidas, los dos discípulos
comienzan a mirar de un modo nuevo las Escrituras.
Lo que había ocurrido en aquellos días ya
no aparece como un fracaso, sino como cumplimiento
y nuevo comienzo. Sin embargo, tampoco
estas palabras les parecen aún sufi cientes a los
dos discípulos. El Evangelio de Lucas nos dice
que sólo cuando Jesús tomó el pan, pronunció la
bendición, lo partió y se lo dio, « se les abrieron
los ojos y lo reconocieron » (24,31), mientras que
antes « sus ojos no eran capaces de reconocerlo »
(24,16). La presencia de Jesús, primero con las palabras
y después con el gesto de partir el pan, hizo
posible que los discípulos lo reconocieran, y que
pudieran revivir de un modo nuevo lo que antes
habían experimentado con él: « ¿No ardía nuestro
corazón mientras nos hablaba por el camino y nos
explicaba las Escrituras? » (24,32).
55. Estos relatos muestran cómo la Escritura
misma ayuda a percibir su unión indisoluble con
la Eucaristía. « Conviene, por tanto, tener siempre
en cuenta que la Palabra de Dios leída y anuncia101
da por la Iglesia en la liturgia conduce, por decirlo
así, al sacrifi cio de la alianza y al banquete de
la gracia, es decir, a la Eucaristía, como a su fi n
propio ».193 Palabra y Eucaristía se pertenecen tan
íntimamente que no se puede comprender la una
sin la otra: la Palabra de Dios se hace sacramentalmente
carne en el acontecimiento eucarístico. La
Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura,
así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina
y explica el misterio eucarístico. En efecto, sin
el reconocimiento de la presencia real del Señor
en la Eucaristía, la comprensión de la Escritura
queda incompleta. Por eso, « la Iglesia honra con
una misma veneración, aunque no con el mismo
culto, la Palabra de Dios y el misterio eucarístico y
quiere y sanciona que siempre y en todas partes se
imite este proceder, ya que, movida por el ejemplo
de su Fundador, nunca ha dejado de celebrar
el misterio pascual de Cristo, reuniéndose para
leer “lo que se refi ere a él en toda la Escritura”
(L c 24,27) y ejerciendo la obra de salvación por
medio del memorial del Señor y de los sacramentos
».194
Sacramentalidad de la Palabra
56. Con la referencia al carácter performativo
de la Palabra de Dios en la acción sacramental y
la profundización de la relación entre Palabra y
Eucaristía, nos hemos adentrado en un tema sig-
193 MISAL ROMANO, Ordenación de las lecturas de la Misa, 10.
194 Ibíd.
102
nifi cativo, que ha surgido durante la Asamblea del
Sínodo, acerca de la sacramentalidad de la Palabra.195
A este respecto, es útil recordar que el Papa Juan
Pablo II ha hablado del « horizonte sacramental de
la Revelación y, en particular..., el signo eucarístico
donde la unidad inseparable entre la realidad y su
signifi cado permite captar la profundidad del misterio
».196 De aquí comprendemos que, en el origen
de la sacramentalidad de la Palabra de Dios,
está precisamente el misterio de la encarnación:
« Y la Palabra se hizo carne » ( Jn 1,14), la realidad
del misterio revelado se nos ofrece en la « carne »
del Hijo. La Palabra de Dios se hace perceptible
a la fe mediante el « signo », como palabra y gesto
humano. La fe, pues, reconoce el Verbo de Dios
acogiendo los gestos y las palabras con las que Él
mismo se nos presenta. El horizonte sacramental
de la revelación indica, por tanto, la modalidad
histórico salvífi ca con la cual el Verbo de Dios
entra en el tiempo y en el espacio, convirtiéndose
en interlocutor del hombre, que está llamado a
acoger su don en la fe.
De este modo, la sacramentalidad de la Palabra
se puede entender en analogía con la presencia
real de Cristo bajo las especies del pan y
del vino consagrados.197 Al acercarnos al altar y
participar en el banquete eucarístico, realmente
comulgamos el cuerpo y la sangre de Cristo. La
proclamación de la Palabra de Dios en la celebra-
195 Cf. Propositio 7.
196 Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 13: AAS
91 (1999), 16.
197 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1373-1374.
103
ción comporta reconocer que es Cristo mismo
quien está presente y se dirige a nosotros198 para
ser recibido. Sobre la actitud que se ha de tener
con respecto a la Eucaristía y la Palabra de Dios,
dice san Jerónimo: « Nosotros leemos las Sagradas
Escrituras. Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo
de Cristo; yo pienso que las Sagradas Escrituras
son su enseñanza. Y cuando él dice: “Quién
no come mi carne y bebe mi sangre” ( Jn 6,53), aunque
estas palabras puedan entenderse como referidas
también al Misterio [eucarístico], sin embargo,
el cuerpo de Cristo y su sangre es realmente la
palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios.
Cuando acudimos al Misterio [eucarístico], si cae
una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando
estamos escuchando la Palabra de Dios, y se nos
vierte en el oído la Palabra de Dios y la carne y la
sangre de Cristo, mientras que nosotros estamos
pensando en otra cosa, ¿cuántos graves peligros
corremos? ».199 Cristo, realmente presente en las
especies del pan y del vino, está presente de modo
análogo también en la Palabra proclamada en la
liturgia. Por tanto, profundizar en el sentido de
la sacramentalidad de la Palabra de Dios, puede
favorecer una comprensión más unitaria del misterio
de la revelación en « obras y palabras íntimamente
ligadas »,200 favoreciendo la vida espiritual
de los fi eles y la acción pastoral de la Iglesia.
198 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 7.
199 In Psalmum 147: CCL 78, 337-338.
200 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 2.
104
La Sagrada Escritura y el Leccionario
57. Al subrayar el nexo entre Palabra y Eucaristía,
el Sínodo ha querido también volver a llamar
justamente la atención sobre algunos aspectos
de la celebración inherentes al servicio de la
Palabra. Quisiera hacer referencia ante todo a la
importancia del Leccionario. La reforma promovida
por el Concilio Vaticano II 201 ha mostrado
sus frutos enriqueciendo el acceso a la Sagrada
Escritura, que se ofrece abundantemente, sobre
todo en la liturgia de los domingos. La estructura
actual, además de presentar frecuentemente los
textos más importantes de la Escritura, favorece
la comprensión de la unidad del plan divino, mediante
la correlación entre las lecturas del Antiguo
y del Nuevo Testamento, « centrada en Cristo y en
su misterio pascual ».202 Algunas difi cultades que
sigue habiendo para captar la relación entre las
lecturas de los dos Testamentos, han de ser consideradas
a la luz de la lectura canónica, es decir, de
la unidad intrínseca de toda la Biblia. Donde sea
necesario, los organismos competentes pueden
disponer que se publiquen subsidios que ayuden a
comprender el nexo entre las lecturas propuestas
por el Leccionario, las cuales han de proclamarse
en la asamblea litúrgica en su totalidad, como está
previsto en la liturgia del día. Otros eventuales
problemas y difi cultades deberán comunicarse a la
201 Cf. Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia,
107-108.
202 MISAL ROMANO, Ordenación de las lecturas de la Misa, 66.
105
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina
de los Sacramentos.
Además, no hemos de olvidar que el actual
Leccionario del rito latino tiene también un signifi
cado ecuménico, en cuanto es utilizado y apreciado
también por confesiones que aún no están en
plena comunión con la Iglesia Católica. De manera
diferente se plantea la cuestión del Leccionario
en la liturgia de las Iglesias Católicas Orientales,
que el Sínodo pide que « se examine autorizadamente
»,203 según la tradición propia y las competencias
de las Iglesias sui iuris y teniendo en cuenta
también en este caso el contexto ecuménico.
Proclamación de la Palabra y ministerio del lectorado
58. Ya en la Asamblea sinodal sobre la Eucaristía
se pidió un mayor cuidado en la proclamación
de la Palabra de Dios.204 Como es sabido, mientras
que en la tradición latina el Evangelio lo proclama
el sacerdote o el diácono, la primera y la segunda
lectura las proclama el lector encargado, hombre
o mujer. Quisiera hacerme eco de los Padres sinodales,
que también en esta circunstancia han
subrayado la necesidad de cuidar, con una formación
apropiada,205 el ejercicio del munus de lector
en la celebración litúrgica,206 y particularmente el
203 Propositio 16.
204 Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero
2007) 45: AAS 99 (2007), 140-141.
205 Cf. Propositio 14.
206 Cf. Código de Derecho Canónico, can. 230 § 2; 204 §1.
106
ministerio del lectorado que, en cuanto tal, es un
ministerio laical en el rito latino. Es necesario que
los lectores encargados de este servicio, aunque
no hayan sido instituidos, sean realmente idóneos
y estén seriamente preparados. Dicha preparación
ha de ser tanto bíblica y litúrgica, como técnica:
« La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores
estén capacitados para percibir el sentido de
las lecturas en su propio contexto y para entender
a la luz de la fe el núcleo central del mensaje revelado.
La instrucción litúrgica debe facilitar a los
lectores una cierta percepción del sentido y de la
estructura de la liturgia de la Palabra y las razones
de la conexión entre la liturgia de la Palabra y la liturgia
eucarística. La preparación técnica debe hacer
que los lectores sean cada día más aptos para
el arte de leer ante el pueblo, ya sea de viva voz, ya
sea con ayuda de los instrumentos modernos de
amplifi cación de la voz ».207
Importancia de la homilía
59. Hay también diferentes ofi cios y funciones
« que corresponden a cada uno, en lo que atañe a la
Palabra de Dios; según esto, los fi eles escuchan y
meditan la palabra, y la explican únicamente aquellos
a quienes se encomienda este ministerio »,208 es
decir, obispos, presbíteros y diáconos. Por ello, se
entiende la atención que se ha dado en el Sínodo al
tema de la homilía. Ya en la Exhortación apostó-
207 MISAL ROMANO, Ordenación de las lecturas de la Misa, 55.
208 Ibíd., 8.
107
lica postsinodal Sacramentum caritatis, recordé que
« la necesidad de mejorar la calidad de la homilía
está en relación con la importancia de la Palabra
de Dios. En efecto, ésta “es parte de la acción litúrgica”;
tiene el cometido de favorecer una mejor
comprensión y efi cacia de la Palabra de Dios en
la vida de los fi eles ».209 La homilía constituye una
actualización del mensaje bíblico, de modo que se
lleve a los fi eles a descubrir la presencia y la efi -
cacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia
vida. Debe apuntar a la comprensión del misterio
que se celebra, invitar a la misión, disponiendo la
asamblea a la profesión de fe, a la oración universal
y a la liturgia eucarística. Por consiguiente,
quienes por ministerio específi co están encargados
de la predicación han de tomarse muy en serio
esta tarea. Se han de evitar homilías genéricas y
abstractas, que oculten la sencillez de la Palabra de
Dios, así como inútiles divagaciones que corren el
riesgo de atraer la atención más sobre el predicador
que sobre el corazón del mensaje evangélico.
Debe quedar claro a los fi eles que lo que interesa
al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser
el centro de toda homilía. Por eso se requiere que
los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo
con el texto sagrado;210 que se preparen para
la homilía con la meditación y la oración, para que
prediquen con convicción y pasión. La Asamblea
209 N. 46: AAS 99 (2007), 141.
210 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina revelación, 25.
108
sinodal ha exhortado a que se tengan presentes
las siguientes preguntas: « ¿Qué dicen las lecturas
proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente?
¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en
cuenta su situación concreta? ».211 El predicador
tiene que « ser el primero en dejarse interpelar por
la Palabra de Dios que anuncia »,212 porque, como
dice san Agustín: « Pierde tiempo predicando exteriormente
la Palabra de Dios quien no es oyente
de ella en su interior ».213 Cuídese con especial
atención la homilía dominical y en la de las solemnidades;
pero no se deje de ofrecer también,
cuando sea posible, breves refl exiones apropiadas
a la situación durante la semana en las misas cum
populo, para ayudar a los fi eles a acoger y hacer
fructífera la Palabra escuchada.
Oportunidad de un Directorio homilético
60. Predicar de modo apropiado ateniéndose al
Leccionario es realmente un arte en el que hay que
ejercitarse. Por tanto, en continuidad con lo requerido
en el Sínodo anterior,214 pido a las autoridades
competentes que, en relación al Compendio
eucarístico,215 se piense también en instrumentos
211 Propositio 15.
212 Ibíd.
213 Sermo 179,1: PL 38, 966.
214 Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero
2007), 93: AAS 99 (2007), 177.
215 CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA
DE LOS SACRAMENTOS, Compendium Eucharisticum (25 marzo
2009), Ciudad del Vaticano, 2009.
109
y subsidios adecuados para ayudar a los ministros
a desempeñar del mejor modo su tarea, como, por
ejemplo, con un Directorio sobre la homilía, de
manera que los predicadores puedan encontrar en
él una ayuda útil para prepararse en el ejercicio del
ministerio. Como nos recuerda san Jerónimo, la
predicación se ha de acompañar con el testimonio
de la propia vida: « Que tus actos no desmientan
tus palabras, para que no suceda que, cuando
tú predicas en la iglesia, alguien comente en sus
adentros: “¿Por qué, entonces, precisamente tú
no te comportas así?”... En el sacerdote de Cristo
la mente y la palabra han de ser concordes ».216
Palabra de Dios, Reconciliación y Unción de los enfermos
61. Si bien la Eucaristía está sin duda en el centro
de la relación entre Palabra de Dios y sacramentos,
conviene subrayar, sin embargo, la importancia
de la Sagrada Escritura también en los
demás sacramentos, especialmente en los de curación,
esto es, el sacramento de la Reconciliación
o de la Penitencia, y el sacramento de la Unción
de los enfermos. Con frecuencia, se descuida la
referencia a la Sagrada Escritura en estos sacramentos.
Por el contrario, es necesario que se le dé
el espacio que le corresponde. En efecto, nunca se
ha de olvidar que « la Palabra de Dios es palabra
de reconciliación porque en ella Dios reconcilia
consigo todas las cosas (cf. 2 Co 5,18-20; Ef 1,10).
216 Epistula 52,7: CSEL 54, 426-427.
110
El perdón misericordioso de Dios, encarnado en
Jesús, levanta al pecador ».217 « Por la Palabra de
Dios el cristiano es iluminado en el conocimiento
de sus pecados y es llamado a la conversión y a la
confi anza en la misericordia de Dios ».218 Para que
se ahonde en la fuerza reconciliadora de la Palabra
de Dios, se recomienda que cada penitente se prepare
a la confesión meditando un pasaje adecuado
de la Sagrada Escritura y comience la confesión
mediante la lectura o la escucha de una monición
bíblica, según lo previsto en el propio ritual. Además,
al manifestar después su contrición, conviene
que el penitente use una expresión prevista en
el ritual, « compuesta con palabras de la Sagrada
Escritura ».219 Cuando sea posible, es conveniente
también que, en momentos particulares del año, o
cuando se presente la oportunidad, la confesión
de varios penitentes tenga lugar dentro de celebraciones
penitenciales, como prevé el ritual, respetando
las diversas tradiciones litúrgicas y dando
una mayor amplitud a la celebración de la Palabra
con lecturas apropiadas.
Tampoco se ha de olvidar, por lo que se refi
ere al sacramento de la Unción de los enfermos,
que « la fuerza sanadora de la Palabra de Dios es
una llamada apremiante a una constante conversión
personal del oyente mismo ».220 La Sagrada
217 Propositio 8.
218 Rito de la Penitencia. Prænotanda, 17.
219 Ibíd., 19.
220 Propositio 8.
111
Escritura contiene numerosos textos de consuelo,
ayuda y curaciones debidas a la intervención de
Dios. Se recuerde especialmente la cercanía de Jesús
a los que sufren, y que Él mismo, el Verbo de
Dios encarnado, ha cargado con nuestros dolores
y ha padecido por amor al hombre, dando así sentido
a la enfermedad y a la muerte. Es bueno que
en las parroquias y sobre todo en los hospitales
se celebre, según las circunstancias, el sacramento
de la Unción de enfermos de forma comunitaria.
Que en estas ocasiones se dé amplio espacio a la
celebración de la Palabra y se ayude a los fi eles
enfermos a vivir con fe su propio estado de padecimiento
unidos al sacrifi cio redentor de Cristo
que nos libra del mal.
Palabra de Dios y Liturgia de las Horas
62. Entre las formas de oración que exaltan la
Sagrada Escritura se encuentra sin duda la Liturgia
de las Horas. Los Padres sinodales han afi rmado
que constituye una « forma privilegiada de escucha
de la Palabra de Dios, porque pone en contacto
a los fi eles con la Sagrada Escritura y con la
Tradición viva de la Iglesia ».221 Se ha de recordar
ante todo la profunda dignidad teológica y eclesial
de esta oración. En efecto, « en la Liturgia de las
Horas, la Iglesia, desempeñando la función sacerdotal
de Cristo, su cabeza, ofrece a Dios sin interrupción
(cf. 1 Ts 5,17) el sacrifi cio de alabanza,
221 Propositio 19.
112
es decir, el fruto de unos labios que profesan su
nombre (cf. Hb 13,15). Esta oración es “la voz de
la misma Esposa que habla al Esposo; más aún: es
la oración de Cristo, con su cuerpo, al Padre” ».222
A este propósito, el Concilio Vaticano II afi rma:
« Por eso, todos los que ejercen esta función, no
sólo cumplen el ofi cio de la Iglesia, sino que también
participan del sumo honor de la Esposa de
Cristo, porque, al alabar a Dios, están ante su trono
en nombre de la Madre Iglesia ».223 En la Liturgia
de las Horas, como oración pública de la
Iglesia, se manifi esta el ideal cristiano de santifi car
todo el día, al compás de la escucha de la Palabra
de Dios y de la recitación de los salmos, de manera
que toda actividad tenga su punto de referencia
en la alabanza ofrecida a Dios.
Quienes por su estado de vida tienen el deber
de recitar la Liturgia de las Horas, vivan con fi delidad
este compromiso en favor de toda la Iglesia.
Los obispos, los sacerdotes y los diáconos aspirantes
al sacerdocio, que han recibido de la Iglesia
el mandato de celebrarla, tienen la obligación de
recitar cada día todas las Horas.224 Por lo que se
refi ere a la obligatoriedad de esta liturgia en las
Iglesias Orientales Católicas sui iuris se ha de seguir
lo indicado en el derecho propio.225 Además,
aliento a las comunidades de vida consagrada a
222 Ordenación general de la Liturgia de las Horas, III, 15.
223 Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 85.
224 Cf. Código de Derecho Canónico, cann. 276 §3; 1174 §1.
225 Cf. Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, cann.
377; 473, § 1 e 2, 1°; 538 §1; 881 § 1.
113
que sean ejemplares en la celebración de la Liturgia
de las Horas, de manera que puedan ser un
punto de referencia e inspiración para la vida espiritual
y pastoral de toda la Iglesia.
El Sínodo ha manifestado el deseo de que se
difunda más en el Pueblo de Dios este tipo de
oración, especialmente la recitación de Laudes y
Vísperas. Esto hará aumentar en los fi eles la familiaridad
con la Palabra de Dios. Se ha de destacar
también el valor de la Liturgia de las Horas prevista
en las primeras Vísperas del domingo y de
las solemnidades, especialmente para las Iglesias
Orientales católicas. Para ello, recomiendo que,
donde sea posible, las parroquias y las comunidades
de vida religiosa fomenten esta oración con la
participación de los fi eles.
Palabra de Dios y Bendicional
63. En el uso del Bendicional, se preste también
atención al espacio previsto para la proclamación,
la escucha y la explicación de la Palabra de Dios
mediante breves moniciones. En efecto, el gesto
de la bendición, en los casos previstos por la
Iglesia y cuando los fi eles lo solicitan, no ha de
quedar aislado, sino relacionado en su justa medida
con la vida litúrgica del Pueblo de Dios. En
este sentido, la bendición, como auténtico signo
sagrado, « toma su pleno sentido y efi cacia de la
proclamación de la Palabra de Dios ».226 Así pues,
226 CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA
DE LOS SACRAMENTOS, Bendicional. Orientaciones generales (17 diciembre
2001), 21.
114
es importante aprovechar también estas circunstancias
para reavivar en los fi eles el hambre y la
sed de toda palabra que sale de la boca de Dios
(cf. Mt 4,4).
Sugerencias y propuestas concretas para la animación litúrgica
64. Después de haber recordado algunos elementos
fundamentales de la relación entre liturgia
y Palabra de Dios, deseo ahora resumir y valorar
algunas propuestas y sugerencias recomendadas
por los Padres sinodales, con el fi n de favorecer
cada vez más en el Pueblo de Dios una mayor
familiaridad con la Palabra de Dios en el ámbito
de los actos litúrgicos o, en todo caso, referidos a
ellos.
a) Celebraciones de la Palabra de Dios
65. Los Padres sinodales han exhortado a todos
los pastores a promover momentos de celebración de
la Palabra en las comunidades a ellos confi adas:227
son ocasiones privilegiadas de encuentro con el
Señor. Por eso, dicha práctica comportará grandes
benefi cios para los fi eles, y se ha de considerar un
elemento relevante de la pastoral litúrgica. Estas
celebraciones adquieren una relevancia especial
en la preparación de la Eucaristía dominical, de
modo que los creyentes tengan la posibilidad de
adentrarse más en la riqueza del Leccionario para
227 Cf. Propositio 18; CONC. ECUM. VAT. II, Const. Sacrosanctum
Concilium, sobre la sagrada liturgia, 35.
115
orar y meditar la Sagrada Escritura, sobre todo en
los tiempos litúrgicos más destacados, Adviento
y Navidad, Cuaresma y Pascua. Además, se recomienda
encarecidamente la celebración de la Palabra
de Dios en aquellas comunidades en las que,
por la escasez de sacerdotes, no es posible celebrar
el sacrifi cio eucarístico en los días festivos
de precepto. Teniendo en cuenta las indicaciones
ya expuestas en la Exhortación apostólica postsinodal
Sacramentum caritatis sobre las asambleas dominicales
en ausencia de sacerdote,228 recomiendo
que las autoridades competentes confeccionen
directorios rituales, valorizando la experiencia de
las Iglesias particulares. De este modo, se favorecerá
en estos casos la celebración de la Palabra
que alimente la fe de los creyentes, evitando, sin
embargo, que ésta se confunda con las celebraciones
eucarísticas; es más, « deberían ser ocasiones
privilegiadas para pedir a Dios que mande sacerdotes
santos según su corazón ».229
Además, los Padres sinodales han invitado a
celebrar también la Palabra de Dios con ocasión
de peregrinaciones, fi estas particulares, misiones
populares, retiros espirituales y días especiales de
penitencia, reparación y perdón. Por lo que se refi
ere a las muchas formas de piedad popular, aunque
no son actos litúrgicos y no deben confundirse
con las celebraciones litúrgicas, conviene que
228 Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero
2007), 75; AAS 99 (207), 162-163.
229 Ibíd.
116
se inspiren en ellas y, sobre todo, ofrezcan un adecuado
espacio a la proclamación y a la escucha de
la Palabra de Dios; en efecto, « en las palabras de
la Biblia, la piedad popular encontrará una fuente
inagotable de inspiración, modelos insuperables
de oración y fecundas propuestas de diversos temas
».230
b) La Palabra y el silencio
66. Bastantes intervenciones de los Padres sinodales
han insistido en el valor del silencio en
relación con la Palabra de Dios y con su recepción
en la vida de los fi eles.231 En efecto, la palabra
sólo puede ser pronunciada y oída en el silencio,
exterior e interior. Nuestro tiempo no favorece el
recogimiento, y se tiene a veces la impresión de
que hay casi temor de alejarse de los instrumentos
de comunicación de masa, aunque solo sea por un
momento. Por eso se ha de educar al Pueblo de
Dios en el valor del silencio. Redescubrir el puesto
central de la Palabra de Dios en la vida de la
Iglesia quiere decir también redescubrir el sentido
del recogimiento y del sosiego interior. La gran
tradición patrística nos enseña que los misterios
de Cristo están unidos al silencio,232 y sólo en él
la Palabra puede encontrar morada en nosotros,
230 CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA
DE LOS SACRAMENTOS, Directorio sobre la piedad popular. Principios y
orientaciones (17 diciembre 2001), 87.
231 Cf. Propositio 14.
232 Cf. S. IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Ad Ephesios, 15, 2: Patres
Apostolici, ed. F.X. FUNK, Tubingae 1901, 224.
117
como ocurrió en Maria, mujer de la Palabra y del
silencio inseparablemente. Nuestras liturgias han
de facilitar esta escucha auténtica: Verbo crescente,
verba defi ciunt.233
Este valor ha de resplandecer particularmente
en la Liturgia de la Palabra, que « se debe celebrar
de tal manera que favorezca la meditación ».234
Cuando el silencio está previsto, debe considerarse
« como parte de la celebración ».235 Por tanto,
exhorto a los pastores a fomentar los momentos
de recogimiento, por medio de los cuales, con la
ayuda del Espíritu Santo, la Palabra de Dios se
acoge en el corazón.
c) Proclamación solemne de la Palabra de Dios
67. Otra sugerencia manifestada en el Sínodo
ha sido la de resaltar, sobre todo en las solemnidades
litúrgicas relevantes, la proclamación de
la Palabra, especialmente el Evangelio, utilizando
el Evangeliario, llevado procesionalmente durante
los ritos iniciales y después trasladado al ambón
por el diácono o por un sacerdote para la proclamación.
De este modo, se ayuda al Pueblo de
Dios a reconocer que « la lectura del Evangelio
constituye el punto culminante de esta liturgia de
la palabra ».236 Siguiendo las indicaciones conteni-
233 Cf. S. AGUSTÍN, Sermo 288, 5: PL 38,1307; Sermo 120,
2: PL 38,677.
234 Ordenación general del Misal Romano, 56.
235 Ibíd., 45; cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. Sacrosanctum
Concilium, sobre la sagrada liturgia, 30.
236 MISAL ROMANO, Ordenación de las lecturas de la Misa, 13.
118
das en la Ordenación de las lecturas de la Misa, conviene
dar realce a la proclamación de la Palabra
de Dios con el canto, especialmente el Evangelio,
sobre todo en solemnidades determinadas. El saludo,
el anuncio inicial: « Lectura del santo evangelio...
», y el fi nal, « Palabra del Señor », es bueno
cantarlos para subrayar la importancia de lo que
se ha leído.237
d) La Palabra de Dios en el templo cristiano
68. Para favorecer la escucha de la Palabra de
Dios no se han de descuidar aquellos medios que
pueden ayudar a los fi eles a una mayor atención.
En este sentido, es necesario que en los edifi cios
sagrados se tenga siempre en cuenta la acústica,
respetando las normas litúrgicas y arquitectónicas.
« Los obispos, con la ayuda debida, han de procurar
que, en la construcción de las iglesias, éstas
sean lugares adecuados para la proclamación de la
Palabra, la meditación y la celebración eucarística.
Y que los espacios sagrados, también fuera de
la acción litúrgica, sean elocuentes, presentando
el misterio cristiano en relación con la Palabra de
Dios ».238
Se debe prestar una atención especial al ambón
como lugar litúrgico desde el que se proclama la
Palabra de Dios. Ha de colocarse en un sitio bien
visible, y al que se dirija espontáneamente la atención
de los fi eles durante la liturgia de la Palabra.
237 Cf. ibíd., 17.
238 Propositio 40.
119
Conviene que sea fi jo, como elemento escultórico
en armonía estética con el altar, de manera que
represente visualmente el sentido teológico de
la doble mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Desde
el ambón se proclaman las lecturas, el salmo
responsorial y el pregón pascual; pueden hacerse
también desde él la homilía y las intenciones de la
oración universal.239
Además, los Padres sinodales sugieren que en
las iglesias se destine un lugar de relieve donde se
coloque la Sagrada Escritura también fuera de la
celebración.240 En efecto, conviene que el libro que
contiene la Palabra de Dios tenga un sitio visible
y de honor en el templo cristiano, pero sin ocupar
el centro, que corresponde al sagrario con el Santísimo
Sacramento.241
e) Exclusividad de los textos bíblicos en la liturgia
69. El Sínodo ha reiterado además con vigor
lo que, por otra parte, está establecido ya por las
normas litúrgicas de la Iglesia,242 a saber, que las
lecturas tomadas de la Sagrada Escritura nunca sean sustituidas
por otros textos, por más signifi cativos que
parezcan desde el punto de vista pastoral o espiritual:
« Ningún texto de espiritualidad o de literatura
puede alcanzar el valor y la riqueza con-
239 Cf. Ordenación general del Misal Romano, 309.
240 Cf. Propositio 14.
241 Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero
2007), 69; AAS 99 (2007), 157.
242 Cf. Ordenación General del Misal Romano, 57.
120
tenida en la Sagrada Escritura, que es Palabra de
Dios ».243 Se trata de una antigua disposición de la
Iglesia que se ha de mantener.244 Ya el Papa Juan
Pablo II, ante algunos abusos, recordó la importancia
de no sustituir nunca la Sagrada Escritura
con otras lecturas.245 Recordemos que también el
Salmo responsorial es Palabra de Dios, con el cual
respondemos a la voz del Señor y, por tanto, no
debe ser sustituido por otros textos; es muy conveniente,
incluso, que sea cantado.
f) El canto litúrgico bíblicamente inspirado
70. Para ensalzar la Palabra de Dios durante la
celebración litúrgica, se tenga también en cuenta
el canto en los momentos previstos por el rito
mismo, favoreciendo aquel que tenga una clara
inspiración bíblica y que sepa expresar, mediante
una concordancia armónica entre las palabras y
la música, la belleza de la palabra divina. En este
sentido, conviene valorar los cantos que nos ha
legado la tradición de la Iglesia y que respetan este
criterio. Pienso, en particular, en la importancia
del canto gregoriano.246
243 Propositio 14.
244 Cf. El canon 36 del Sínodo de Hipona del año 393: DS, 186.
245 Cf. JUAN PABLO II, Carta ap. Vicesimus quintus annus (4
diciembre 1988), 13: AAS 81 (1989), 910; CONGREGACIÓN PARA
EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Instrucción
Redemptionis Sacramentum, sobre algunas cosas que se deben
observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía (25 marzo
2004), 62.
246 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 116; Ordenación General del Misal Romano, 41.
121
g) Especial atención a los discapacitados de la vista y el oído
71. En este contexto, quisiera también recordar
que el Sínodo ha recomendado prestar una atención
especial a los que, por su condición particular,
tienen problemas para participar activamente
en la liturgia, como, por ejemplo, los discapacitados
en la vista y el oído. Animo a las comunidades
cristianas a que, en la medida de lo posible, ayuden
con instrumentos adecuados a los hermanos
y hermanas que tienen esta difi cultad, para que
también ellos puedan tener un contacto vivo con
la Palabra de Dios.247
LA PALABRA DE DIOS EN LA VIDA ECLESIAL
Encontrar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura
72. Si bien es verdad que la liturgia es el lugar
privilegiado para la proclamación, la escucha y la
celebración de la Palabra de Dios, es cierto también
que este encuentro ha de ser preparado en
los corazones de los fi eles y, sobre todo, profundizado
y asimilado por ellos. En efecto, la vida
cristiana se caracteriza esencialmente por el encuentro
con Jesucristo que nos llama a seguirlo.
Por eso, el Sínodo de los Obispos ha reiterado
más de una vez la importancia de la pastoral en las
comunidades cristianas, como ámbito propio en
el que recorrer un itinerario personal y comunitario
con respecto a la Palabra de Dios, de modo
247 Cf. Propositio 14.
122
que ésta sea realmente el fundamento de la vida
espiritual. Junto a los Padres sinodales, expreso
el vivo deseo de que fl orezca « una nueva etapa
de mayor amor a la Sagrada Escritura por parte
de todos los miembros del Pueblo de Dios, de
manera que, mediante su lectura orante y fi el a lo
largo del tiempo, se profundice la relación con la
persona misma de Jesús ».248
No faltan en la historia de la Iglesia recomendaciones
por parte de los santos sobre la necesidad
de conocer la Escritura para crecer en el amor
de Cristo. Este es un dato particularmente claro
en los Padres de la Iglesia. San Jerónimo, gran
enamorado de la Palabra de Dios, se preguntaba:
« ¿Cómo se podría vivir sin la ciencia de las Escrituras,
mediante las cuales se aprende a conocer a
Cristo mismo, que es la vida de los creyentes? ».249
Era muy consciente de que la Biblia es el instrumento
« con el que Dios habla cada día a los creyentes
».250 Así, san Jerónimo da este consejo a la
matrona romana Leta para la educación de su hija:
« Asegúrate de que estudie cada día algún paso de
la Escritura... Que la oración siga a la lectura, y la
lectura a la oración... Que, en lugar de las joyas y
los vestidos de seda, ame los Libros divinos ».251
Vale también para nosotros lo que san Jerónimo
escribió al sacerdote Nepoziano: « Lee con mucha
frecuencia las divinas Escrituras; más aún,
248 Propositio 9.
249 Epistula 30, 7: CSEL 54, 246.
250 ID., Epistula 133, 13: CSEL 56, 260.
251 ID., Epistula 107, 9.12: CSEL 55, 300.302.
123
que nunca dejes de tener el Libro santo en tus
manos. Aprende aquí lo que tú tienes que enseñar
».252 A ejemplo del gran santo, que dedicó su
vida al estudio de la Biblia y que dejó a la Iglesia su
traducción latina, llamada Vulgata, y de todos los
santos, que han puesto en el centro de su vida espiritual
el encuentro con Cristo, renovemos nuestro
compromiso de profundizar en la palabra que
Dios ha dado a la Iglesia: podremos aspirar así a
ese « alto grado de la vida cristiana ordinaria »,253
que el Papa Juan Pablo II deseaba al principio del
tercer milenio cristiano, y que se alimenta constantemente
de la escucha de la Palabra de Dios.
La animación bíblica de la pastoral
73. En este sentido, el Sínodo ha invitado a un
particular esfuerzo pastoral para resaltar el puesto
central de la Palabra de Dios en la vida eclesial, recomendando
« incrementar la “pastoral bíblica”,
no en yuxtaposición con otras formas de pastoral,
sino como animación bíblica de toda la pastoral ».254
No se trata, pues, de añadir algún encuentro en la
parroquia o la diócesis, sino de lograr que las actividades
habituales de las comunidades cristianas,
las parroquias, las asociaciones y los movimientos,
se interesen realmente por el encuentro per-
252 ID., Epistula 52, 7: CSEL 54, 426.
253 JUAN PABLO II, Carta Novo millennio ineunte (6 enero
2001), 31: AAS 83 (2001), 287-288.
254 Propositio 30; Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 24.
124
sonal con Cristo que se comunica en su Palabra.
Así, puesto que « la ignorancia de las Escrituras es
ignorancia de Cristo »,255 la animación bíblica de
toda la pastoral ordinaria y extraordinaria llevará
a un mayor conocimiento de la persona de Cristo,
revelador del Padre y plenitud de la revelación
divina.
Por tanto, exhorto a los pastores y fi eles a
tener en cuenta la importancia de esta animación:
será también el mejor modo para afrontar algunos
problemas pastorales puestos de relieve durante la
Asamblea sinodal, y vinculados, por ejemplo, a la
proliferación de sectas que difunden una lectura distorsionada
e instrumental de la Sagrada Escritura.
Allí donde no se forma a los fi eles en un conocimiento
de la Biblia según la fe de la Iglesia, en el
marco de su Tradición viva, se deja de hecho un
vacío pastoral, en el que realidades como las sectas
pueden encontrar terreno donde echar raíces.
Por eso, es también necesario dotar de una preparación
adecuada a los sacerdotes y laicos para que
puedan instruir al Pueblo de Dios en el conocimiento
auténtico de las Escrituras.
Además, como se ha subrayado durante los
trabajos sinodales, conviene que en la actividad
pastoral se favorezca también la difusión de pequeñas
comunidades, « formadas por familias o radicadas
en las parroquias o vinculadas a diversos
movimientos eclesiales y nuevas comunidades »,256
255 S. JERÓNIMO, Commentariorum in Isaiam libri, Prol.: PL
24, 17 B.
256 Propositio 21.
125
en las cuales se promueva la formación, la oración
y el conocimiento de la Biblia según la fe de la
Iglesia.
Dimensión bíblica de la catequesis
74. Un momento importante de la animación
pastoral de la Iglesia en el que se puede redescubrir
adecuadamente el puesto central de la Palabra
de Dios es la catequesis, que, en sus diversas formas
y fases, ha de acompañar siempre al Pueblo
de Dios. El encuentro de los discípulos de Emaús
con Jesús, descrito por el evangelista Lucas (cf. L c
24,13-35), representa en cierto sentido el modelo
de una catequesis en cuyo centro está la « explicación
de las Escrituras », que sólo Cristo es capaz
de dar (cf. L c 24,27-28), mostrando en sí mismo
su cumplimiento.257 De este modo, renace la esperanza
más fuerte que cualquier fracaso, y hace
de aquellos discípulos testigos convencidos y creíbles
del Resucitado.
En el Directorio general para la catequesis encontramos
indicaciones válidas para animar bíblicamente
la catequesis, y a ellas me remito.258 En esta
circunstancia, deseo sobre todo subrayar que la
catequesis « ha de estar totalmente impregnada
por el pensamiento, el espíritu y las actitudes bí-
257 Cf. Propositio 23.
258 Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio general
para la catequesis (15 agosto 1997), 94-96; JUAN PABLO II, Exhort.
ap. Catechesi tradendae (16 octubre 1979), 27: AAS 71 (1979),
1298-1299.
126
blicas y evangélicas, a través de un contacto asiduo
con los mismos textos; y recordar también que la
catequesis será tanto más rica y efi caz cuanto más
lea los textos con la inteligencia y el corazón de la
Iglesia »,259 y cuanto más se inspire en la refl exión
y en la vida bimilenaria de la Iglesia. Se ha de fomentar,
pues, el conocimiento de las fi guras, de
los hechos y las expresiones fundamentales del
texto sagrado; para ello, puede ayudar también
una inteligente memorización de algunos pasajes bíblicos
particularmente elocuentes de los misterios
cristianos. La actividad catequética comporta un
acercamiento a las Escrituras en la fe y en la Tradición
de la Iglesia, de modo que se perciban esas
palabras como vivas, al igual que Cristo está vivo
hoy donde dos o tres se reúnen en su nombre (cf.
Mt 18,20). Además, debe comunicar de manera
vital la historia de la salvación y los contenidos
de la fe de la Iglesia, para que todo fi el reconozca
que también su existencia personal pertenece a
esta misma historia.
En esta perspectiva, es importante subrayar la
relación entre la Sagrada Escritura y el Catecismo de
la Iglesia Católica, como dice el Directorio general para
la catequesis: « La Sagrada Escritura, como “Palabra
de Dios escrita bajo la inspiración del Espíritu
Santo” y el Catecismo de la Iglesia Católica, como
expresión relevante actual de la Tradición viva de
la Iglesia y norma segura para la enseñanza de la
fe, están llamados, cada uno a su modo y según su
259 Ibíd., 127; cf. JUAN PABLO II, Exhort. ap. Catechesi tradendae
(16 octubre 1979), 27: AAS 71 (1979), 1299.
127
específi ca autoridad, a fecundar la catequesis en la
Iglesia contemporánea ».260
Formación bíblica de los cristianos
75. Para alcanzar el objetivo deseado por el
Sínodo de que toda la pastoral tenga un mayor
carácter bíblico, es necesario que los cristianos, y
en particular los catequistas, tengan una adecuada
formación. A este respecto, se ha de prestar atención
al apostolado bíblico, un método muy válido
para esta fi nalidad, como demuestra la experiencia
eclesial. Los Padres sinodales, además, han recomendado
que, potenciando en lo posible las estructuras
académicas ya existentes, se establezcan
centros de formación para laicos y misioneros, en
los que se aprenda a comprender, vivir y anunciar
la Palabra de Dios y, donde sea necesario, « se
creen institutos especializados con el fi n de que
los exegetas tengan una sólida comprensión teológica
y una adecuada sensibilidad para los contextos
de su misión ».261
La Sagrada Escritura en los grandes encuentros eclesiales
76. Entre las muchas iniciativas que se pueden
tomar, el Sínodo sugiere que en los encuentros,
tanto diocesanos como nacionales o internacionales,
se subraye más la importancia de la Palabra de
Dios, de la escucha y lectura creyente y orante de
la Biblia. Así pues, es de alabar que en los congre-
260 Ibíd., 128.
261 Cf. Propositio 33.
128
sos eucarísticos, nacionales e internacionales, en
las jornadas mundiales de la juventud y en otros
encuentros, se dé mayor espacio para las celebraciones
de la Palabra y momentos de formación de
carácter bíblico.262
Palabra de Dios y vocaciones
77. El Sínodo, al destacar la exigencia intrínseca
de la fe de profundizar la relación con Cristo, Palabra
de Dios entre nosotros, ha querido también
poner de relieve el hecho de que esta Palabra llama
a cada uno personalmente, manifestando así que
la vida misma es vocación en relación con Dios. Esto
quiere decir que, cuanto más ahondemos en nuestra
relación personal con el Señor Jesús, tanto más
nos daremos cuenta de que Él nos llama a la santidad
mediante opciones defi nitivas, con las cuales
nuestra vida corresponde a su amor, asumiendo
tareas y ministerios para edifi car la Iglesia. En esta
perspectiva, se entiende la invitación del Sínodo a
todos los cristianos para que profundicen su relación
con la Palabra de Dios en cuanto bautizados,
pero también en cuanto llamados a vivir según los
diversos estados de vida. Aquí tocamos uno de los
puntos clave de la doctrina del Concilio Vaticano
II, que ha subrayado la vocación a la santidad de
todo fi el, cada uno en el propio estado de vida.263
262 Cf. Propositio 45.
263 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 39-42.
129
En la Sagrada Escritura es donde encontramos revelada
nuestra vocación a la santidad: « Sed santos,
pues yo soy santo » (Lv 11,44; 19,2; 20,7). Y san
Pablo muestra la raíz cristológica: el Padre « nos
eligió en la persona de Cristo –antes de crear el
mundo– para que fuésemos santos e irreprochables
ante él por el amor » (Ef 1,4). De esta manera,
podemos sentir como dirigido a cada uno de
nosotros su saludo a los hermanos y hermanas de
la comunidad de Roma: « A quienes Dios ama y
ha llamado a formar parte de su pueblo santo, os
deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y
del Señor Jesucristo » (Rm 1,7).
a) Palabra de Dios y ministros ordenados
78. Dirigiéndome ahora en primer lugar a los
ministros ordenados de la Iglesia, les recuerdo lo
que el Sínodo ha afi rmado: « La Palabra de Dios
es indispensable para formar el corazón de un
buen pastor, ministro de la Palabra ».264 Los obispos,
presbíteros y diáconos no pueden pensar de
ningún modo en vivir su vocación y misión sin
un compromiso decidido y renovado de santifi -
cación, que tiene en el contacto con la Biblia uno
de sus pilares.
79. A los que han sido llamados al episcopado, y
son los primeros y más autorizados anunciadores
de la Palabra, deseo reiterarles lo que decía el
Papa Juan Pablo II en la Exhortación apostólica
264 Propositio 31.
130
postsinodal Pastores gregis. Para alimentar y hacer
progresar la propia vida espiritual, el Obispo ha
de poner siempre « en primer lugar, la lectura y
meditación de la Palabra de Dios. Todo Obispo
debe encomendarse siempre y sentirse encomendado
“a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene
poder para construir el edifi cio y daros la herencia
con todos los santifi cados” (Hch 20,32). Por tanto,
antes de ser transmisor de la Palabra, el Obispo,
al igual que sus sacerdotes y los fi eles, e incluso
como la Iglesia misma, tiene que ser oyente de la
Palabra. Ha de estar como “dentro de” la Palabra,
para dejarse proteger y alimentar como en un
regazo materno ».265 A imitación de Maria, Virgo
audiens y Reina de los Apóstoles, recomiendo a todos
los hermanos en el episcopado la lectura personal
frecuente y el estudio asiduo de la Sagrada
Escritura.
80. Respecto a los sacerdotes, quisiera también
remitirme a las palabras del Papa Juan Pablo II,
el cual, en la Exhortación apostólica postsinodal
Pastores dabo vobis, ha recordado que « el sacerdote
es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es el ungido
y enviado para anunciar a todos el Evangelio
del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia
de la fe y conduciendo a los creyentes a un
conocimiento y comunión cada vez más profundos
del misterio de Dios, revelado y comunicado
a nosotros en Cristo ». Por eso, el sacerdote
265 N. 15: AAS 96 (2004), 846-847.
131
mismo debe ser el primero en cultivar una gran
familiaridad personal con la Palabra de Dios: « no
le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético,
que es también necesario; necesita acercarse
a la Palabra con un corazón dócil y orante, para
que ella penetre a fondo en sus pensamientos y
sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad
nueva: “la mente de Cristo” (1 Co 2,16) ».266
Consiguientemente, sus palabras, sus decisiones y
sus actitudes han de ser cada vez más una trasparencia,
un anuncio y un testimonio del Evangelio;
« solamente “permaneciendo” en la Palabra, el sacerdote
será perfecto discípulo del Señor; conocerá
la verdad y será verdaderamente libre ».267
En defi nitiva, la llamada al sacerdocio requiere
ser consagrados « en la verdad ». Jesús mismo
formula esta exigencia respecto a sus discípulos:
« Santifícalos en la verdad. Tu Palabra es verdad.
Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo
también al mundo » ( Jn 17,17-18). Los discípulos
son en cierto sentido « sumergidos en lo íntimo
de Dios mediante su inmersión en la Palabra de
Dios. La Palabra de Dios es, por decirlo así, el
baño que los purifi ca, el poder creador que los
transforma en el ser de Dios ».268 Y, puesto que
Cristo mismo es la Palabra de Dios hecha carne
( Jn 1,14), es « la Verdad » ( Jn 14,6), la plegaria de
Jesús al Padre, « santifícalos en la verdad », quiere
266 N. 26: AAS 84(1992), 698.
267 Ibíd.
268 Homilía en la Misa Crismal (9 abril 2009): AAS 101
(2009), 355.
132
decir en el sentido más profundo: « Hazlos una
sola cosa conmigo, Cristo. Sujétalos a mí. Ponlos
dentro de mí. Y, en efecto, en último término hay
un único sacerdote de la Nueva Alianza, Jesucristo
mismo ».269 Es necesario, por tanto, que los sacerdotes
renueven cada vez más profundamente
la conciencia de esta realidad.
81. Quisiera referirme también al puesto de la
Palabra de Dios en la vida de los que están llamados
al diaconado, no sólo como grado previo del
orden del presbiterado, sino como servicio permanente.
El Directorio para el diaconado permanente
dice que, « de la identidad teológica del diácono
brotan con claridad los rasgos de su espiritualidad
específi ca, que se presenta esencialmente como
espiritualidad de servicio. El modelo por excelencia
es Cristo siervo, que vivió totalmente dedicado
al servicio de Dios, por el bien de los hombres ».270
En esta perspectiva, se entiende cómo, en las diversas
dimensiones del ministerio diaconal, un
« elemento que distingue la espiritualidad diaconal
es la Palabra de Dios, de la que el diácono está llamado
a ser mensajero cualifi cado, creyendo lo que
proclama, enseñando lo que cree, viviendo lo que
enseña ».271 Recomiendo por tanto que los diáconos
cultiven en su propia vida una lectura creyente
de la Sagrada Escritura con el estudio y la oración.
269 Ibíd., 356.
270 CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Normas
básicas de la formación de los diáconos permanentes (22 febrero 1998), 11.
271 Ibíd., 74.
133
Que sean introducidos a la Sagrada Escritura y su
correcta interpretación; a la teología del Antiguo
y del Nuevo Testamento; a la interrelación entre
Escritura y Tradición; al uso de la Escritura en la
predicación, en la catequesis y, en general, en la
actividad pastoral.272
b) Palabra de Dios y candidatos al Orden sagrado
82. El Sínodo ha dado particular importancia al
papel decisivo de la Palabra de Dios en la vida espiritual
de los candidatos al sacerdocio ministerial:
« Los candidatos al sacerdocio deben aprender a
amar la Palabra de Dios. Por tanto, la Escritura
ha de ser el alma de su formación teológica, subrayando
la indispensable circularidad entre exegesis,
teología, espiritualidad y misión ».273 Los aspirantes
al sacerdocio ministerial están llamados a
una profunda relación personal con la Palabra de
Dios, especialmente en la lectio divina, porque de
dicha relación se alimenta la propia vocación: con
la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, la propia
vocación puede descubrirse, entenderse, amarse,
seguirse, así como cumplir la propia misión, guardando
en el corazón el designio de Dios, de modo
que la fe, como respuesta a la Palabra, se convierta
en el nuevo criterio de juicio y apreciación de los
hombres y las cosas, de los acontecimientos y los
problemas.274
272 Cf. ibíd., 81.
273 Propositio 32.
274 Cf. JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo
vobis (25 marzo 1992), 47: AAS 84 (1992), 740-742.
134
Esta atención a la lectura orante de la Escritura
en modo alguno debe signifi car una dicotomía
respecto al estudio exegético requerido en el tiempo
de la formación. El Sínodo ha encomendado
que se ayude concretamente a los seminaristas a
ver la relación entre el estudio bíblico y el orar con la Escritura.
El estudio de las Escrituras les ha de hacer
más conscientes del misterio de la revelación divina,
alimentando una actitud de respuesta orante a
Dios que habla. Por otro lado, una auténtica vida
de oración hará también crecer necesariamente en
el alma del candidato el deseo de conocer cada
vez más al Dios que se ha revelado en su Palabra
como amor infi nito. Por tanto, se deberá poner
el máximo cuidado para que en la vida de los seminaristas
se cultive esta reciprocidad entre estudio y
oración. Para esto, hace falta que se oriente a los
candidatos a un estudio de la Sagrada Escritura
mediante métodos que favorezcan este enfoque
integral.
c) Palabra de Dios y vida consagrada
83. Por lo que se refi ere a la vida consagrada, el
Sínodo ha recordado ante todo que « nace de la
escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio
como su norma de vida ».275 En este sentido, el
vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente,
se convierte « en “exegesis” viva de la Palabra de
Dios ».276 El Espíritu Santo, en virtud del cual se
275 Propositio 24.
276 Homilía en la Jornada Mundial de la Vida Consagrada (2
febrero 2008): AAS 100 (2008), 133; cf. JUAN PABLO II, Ex135
ha escrito la Biblia, es el mismo que « ha iluminado
con luz nueva la Palabra de Dios a los fundadores
y fundadoras. De ella ha brotado cada carisma y
de ella quiere ser expresión cada regla »,277 dando
origen a itinerarios de vida cristiana marcados por
la radicalidad evangélica.
Quisiera recordar que la gran tradición monástica
ha tenido siempre como elemento constitutivo
de su propia espiritualidad la meditación
de la Sagrada Escritura, particularmente en la modalidad
de la lectio divina. También hoy, las formas
antiguas y nuevas de especial consagración están
llamadas a ser verdaderas escuelas de vida espiritual,
en las que se leen las Escrituras según el
Espíritu Santo en la Iglesia, de manera que todo
el Pueblo de Dios pueda benefi ciarse. El Sínodo,
por tanto, recomienda que nunca falte en las comunidades
de vida consagrada una formación sólida
para la lectura creyente de la Biblia.278
Deseo hacerme eco una vez más de la gratitud
y el interés que el Sínodo ha manifestado
por las formas de vida contemplativa, que por su
carisma específi co dedican mucho tiempo de la
jornada a imitar a la Madre de Dios, que meditaba
asiduamente las palabras y los hechos de su
Hijo (cf. L c 2,19.51), así como a María de Betania
hort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 marzo 1996), 82; AAS
88 (1996), 458-460.
277 CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA
Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA, Instrucción Caminar
desde Cristo: un renovado compromiso de la Vida consagrada en el
tercer milenio (19 mayo 2002), 24.
278 Cf. Propositio 24.
136
que, a los pies del Señor, escuchaba su palabra (cf.
L c 10,38). Pienso particularmente en las monjas
y los monjes de clausura, que con su separación
del mundo se encuentran más íntimamente unidos
a Cristo, corazón del mundo. La Iglesia tiene
necesidad más que nunca del testimonio de quien
se compromete a « no anteponer nada al amor de
Cristo ».279 El mundo de hoy está con frecuencia
demasiado preocupado por las actividades exteriores,
en las que corre el riesgo de perderse. Los
contemplativos y las contemplativas, con su vida
de oración, escucha y meditación de la Palabra de
Dios, nos recuerdan que no sólo de pan vive el
hombre, sino de toda palabra que sale de la boca
de Dios (cf. Mt 4,4). Por tanto, todos los fi eles
han de tener muy presente que una forma de vida
como ésta « indica al mundo de hoy lo más importante,
más aún, en defi nitiva, lo único decisivo:
existe una razón última por la que vale la pena
vivir, es decir, Dios y su amor inescrutable ».280
d) Palabra de Dios y fi eles laicos
84. El Sínodo ha dirigido muchas veces su atención
a los fi eles laicos, dándoles las gracias por su
generoso compromiso en la difusión del Evangelio
en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana,
del trabajo, la escuela, la familia y la educación.281
279 S. BENITO, Regla, IV, 21: SC 181, 456-458.
280 Discurso a los monjes de la Abadía de « Heiligenkreuz » (9
septiembre 2007): AAS 99 (2007), 856.
281 Cf. Propositio 30.
137
Esta tarea, que proviene del bautismo, ha de desarrollarse
mediante una vida cristiana cada vez más
consciente, capaz de dar « razón de la esperanza
que tenemos » (cf. 1 P 3,15). Jesús, en el Evangelio
de Mateo, dice que « el campo es el mundo. La buena
semilla son los ciudadanos del Reino » (13,38).
Estas palabras valen particularmente para los laicos
cristianos, que viven su propia vocación a la
santidad con una existencia según el Espíritu, y
que se expresa particularmente « en su inserción en
las realidades temporales y en su participación en las actividades
terrenas ».282 Se ha de formar a los laicos a
discernir la voluntad de Dios mediante una familiaridad
con la Palabra de Dios, leída y estudiada
en la Iglesia, bajo la guía de sus legítimos Pastores.
Pueden adquirir esta formación en la escuela de
las grandes espiritualidades eclesiales, en cuya raíz
está siempre la Sagrada Escritura. Y, según sus posibilidades,
las diócesis mismas brinden oportunidades
formativas en este sentido para los laicos
con particulares responsabilidades eclesiales.283
e) Palabra de Dios, matrimonio y familia
85. El Sínodo ha sentido también la necesidad
de subrayar la relación entre Palabra de Dios, matrimonio
y familia cristiana. En efecto, « con el
anuncio de la Palabra de Dios, la Iglesia revela a la
familia cristiana su verdadera identidad, lo que es
282 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Christifi deles laici
(30 diciembre 1988), 17: AAS 81 (1989), 418.
283 Cf. Propositio 33
138
y debe ser según el plan del Señor ».284 Por tanto,
nunca se pierda de vista que la Palabra de Dios está
en el origen del matrimonio (cf. Gn 2,24) y que Jesús
mismo ha querido incluir el matrimonio entre las
instituciones de su Reino (cf. Mt 19,4-8), elevando
a sacramento lo que originariamente está inscrito
en la naturaleza humana. « En la celebración sacramental,
el hombre y la mujer pronuncian una
palabra profética de recíproca entrega, el ser “una
carne”, signo del misterio de la unión de Cristo con
la Iglesia (cf. Ef 5,32) ».285 La fi delidad a la Palabra
de Dios lleva a percibir cómo esta institución está
amenazada también hoy en muchos aspectos por
la mentalidad común. Frente al difundido desorden
de los afectos y al surgir de modos de pensar
que banalizan el cuerpo humano y la diferencia
sexual, la Palabra de Dios reafi rma la bondad originaria
del hombre, creado como varón y mujer, y
llamado al amor fi el, recíproco y fecundo.
Del gran misterio nupcial, se desprende una
imprescindible responsabilidad de los padres respecto
a sus hijos. En efecto, a la auténtica paternidad y
maternidad corresponde la comunicación y el testimonio
del sentido de la vida en Cristo; mediante
la fi delidad y la unidad de la vida de familia, los
esposos son los primeros anunciadores de la Palabra
de Dios ante sus propios hijos. La comunidad
eclesial ha de sostenerles y ayudarles a fomentar
284 Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 49;
AAS 74 (1982), 140-141.
285 Propositio 20.
139
la oración en familia, la escucha de la Palabra y
el conocimiento de la Biblia. Por eso, el Sínodo
desea que cada casa tenga su Biblia y la custodie de
modo decoroso, de manera que se la pueda leer y
utilizar para la oración. Los sacerdotes, diáconos
o laicos bien preparados pueden proporcionar la
ayuda necesaria para ello. El Sínodo ha encomendado
también la formación de pequeñas comunidades
de familias, en las que se cultive la oración y
la meditación en común de pasajes adecuados de
la Escritura.286 Los esposos han de recordar, además,
que « la Palabra de Dios es una ayuda valiosa
también en las difi cultades de la vida conyugal y
familiar ».287
En este contexto, deseo subrayar lo que el Sínodo
ha recomendado sobre el cometido de las mujeres
respecto a la Palabra de Dios. La contribución del
« genio femenino », como decía el Papa Juan Pablo
II,288 al conocimiento de la Escritura, como también
a toda la vida de la Iglesia, es hoy más amplia
que en el pasado, y abarca también el campo
de los estudios bíblicos. El Sínodo se ha detenido
especialmente en el papel indispensable de las
mujeres en la familia, la educación, la catequesis
y la transmisión de los valores. En efecto, « ellas
saben suscitar la escucha de la Palabra, la relación
personal con Dios y comunicar el sentido del per-
286 Cf. Propositio 21.
287 Propositio 20.
288 Cf. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 31:
AAS 80 (1988), 1728- 1729.
140
dón y del compartir evangélico »,289 así como ser
portadoras de amor, maestras de misericordia y
constructoras de paz, comunicadoras de calor y
humanidad, en un mundo que valora a las personas
con demasiada frecuencia según los criterios
fríos de explotación y ganancia.
Lectura orante de la Sagrada Escritura y « lectio divina »
86. El Sínodo ha vuelto a insistir más de una
vez en la exigencia de un acercamiento orante al
texto sagrado como factor fundamental de la vida
espiritual de todo creyente, en los diferentes ministerios
y estados de vida, con particular referencia
a la lectio divina.290 En efecto, la Palabra de Dios
está en la base de toda espiritualidad auténticamente
cristiana. Con ello, los Padres sinodales han
seguido la línea de lo que afi rma la Constitución
dogmática Dei Verbum: « Todos los fi eles... acudan
de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan
llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual,
o bien en otras instituciones u otros medios, que
para dicho fi n se organizan hoy por todas partes
con aprobación o por iniciativa de los Pastores
de la Iglesia. Recuerden que a la lectura de la Sagrada
Escritura debe acompañar la oración ».291
La refl exión conciliar pretendía retomar la gran
tradición patrística, que ha recomendado siempre
acercarse a la Escritura en el diálogo con Dios.
289 Propositio 17.
290 Cf. Propositiones 9. 22.
291 N. 25.
141
Como dice san Agustín: « Tu oración es un coloquio
con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando
oras, hablas tú a Dios ».292 Orígenes, uno de
los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene
que entender las Escrituras requiere, más incluso
que el estudio, la intimidad con Cristo y la
oración. En efecto, está convencido de que la vía
privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que
no se da una auténtica scientia Christi sin enamorarse
de Él. En la Carta a Gregorio, el gran teólogo
alejandrino recomienda: « Dedícate a la lectio de las
divinas Escrituras; aplícate a esto con perseverancia.
Esfuérzate en la lectio con la intención de creer
y de agradar a Dios. Si durante la lectio te encuentras
ante una puerta cerrada, llama y te abrirá el
guardián, del que Jesús ha dicho: “El guardián se
la abrirá”. Aplicándote así a la lectio divina, busca
con lealtad y confi anza inquebrantable en Dios el
sentido de las divinas Escrituras, que se encierra
en ellas con abundancia. Pero no has de contentarte
con llamar y buscar. Para comprender las cosas
de Dios te es absolutamente necesaria la oratio.
Precisamente para exhortarnos a ella, el Salvador
no solamente nos ha dicho: “Buscad y hallaréis”,
“llamad y se os abrirá”, sino que ha añadido: “Pedid
y recibiréis” ».293
A este propósito, no obstante, se ha de evitar
el riesgo de un acercamiento individualista, teniendo
presente que la Palabra de Dios se nos da precisa-
292 Enarrationes in Psalmos, 85, 7: PL 37, 1086.
293 ORÍGENES, Epistola ad Gregorium, 3: PG 11, 92.
142
mente para construir comunión, para unirnos en
la Verdad en nuestro camino hacia Dios. Es una
Palabra que se dirige personalmente a cada uno,
pero también es una Palabra que construye comunidad,
que construye la Iglesia. Por tanto, hemos
de acercarnos al texto sagrado en la comunión eclesial. En
efecto, « es muy importante la lectura comunitaria,
porque el sujeto vivo de la Sagrada Escritura es
el Pueblo de Dios, es la Iglesia... La Escritura no
pertenece al pasado, dado que su sujeto, el Pueblo
de Dios inspirado por Dios mismo, es siempre el
mismo. Así pues, se trata siempre de una Palabra
viva en el sujeto vivo. Por eso, es importante leer
la Sagrada Escritura y escuchar la Sagrada Escritura
en la comunión de la Iglesia, es decir, con
todos los grandes testigos de esta Palabra, desde
los primeros Padres hasta los santos de hoy, hasta
el Magisterio de hoy ».294
Por eso, en la lectura orante de la Sagrada Escritura,
el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente
la Eucaristía, en la cual, celebrando el Cuerpo y
la Sangre de Cristo en el Sacramento, se actualiza
en nosotros la Palabra misma. En cierto sentido,
la lectura orante, personal y comunitaria, se ha de
vivir siempre en relación a la celebración eucarística.
Así como la adoración eucarística prepara,
acompaña y prolonga la liturgia eucarística,295 así
también la lectura orante personal y comunitaria
294 Discurso a los alumnos del Seminario Romano Mayor (19 febrero
2007): AAS 99 (2007), 253-254.
295 Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero
2007), 66: AAS 99 (2007), 155-156.
143
prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia
celebra con la proclamación de la Palabra en el
ámbito litúrgico. Al poner tan estrechamente en
relación lectio y liturgia, se pueden entender mejor
los criterios que han de orientar esta lectura en
el contexto de la pastoral y la vida espiritual del
Pueblo de Dios.
87. En los documentos que han preparado y
acompañado el Sínodo, se ha hablado de muchos
métodos para acercarse a las Sagradas Escrituras
con fruto y en la fe. Sin embargo, se ha prestado
una mayor atención a la lectio divina, que es verdaderamente
« capaz de abrir al fi el no sólo el tesoro
de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro
con Cristo, Palabra divina y viviente ».296
Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los
pasos fundamentales: se comienza con la lectura
(lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre
el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué
dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se
corre el riesgo de que el texto se convierta sólo
en un pretexto para no salir nunca de nuestros
pensamientos. Sigue después la meditación (meditatio)
en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto
bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente,
pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar
y examinar, pues no se trata ya de considerar
palabras pronunciadas en el pasado, sino en
el presente. Se llega sucesivamente al momento de
296 Mensaje fi nal, III, 9.
144
la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué
decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra?
La oración como petición, intercesión, agradecimiento
y alabanza, es el primer modo con el que
la Palabra nos cambia. Por último, la lectio divina
concluye con la contemplación (contemplatio), durante
la cual aceptamos como don de Dios su
propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos:
¿Qué conversión de la mente, del corazón y de
la vida nos pide el Señor? San Pablo, en la Carta a
los Romanos, dice: « No os ajustéis a este mundo,
sino transformaos por la renovación de la mente,
para que sepáis discernir lo que es la voluntad
de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto »
(12,2). En efecto, la contemplación tiende a crear
en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de
la realidad y a formar en nosotros « la mente de
Cristo » (1 Co 2,16). La Palabra de Dios se presenta
aquí como criterio de discernimiento, « es viva
y efi caz, más tajante que la espada de doble fi lo,
penetrante hasta el punto donde se dividen alma
y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos
e intenciones del corazón » (Hb 4,12). Conviene
recordar, además, que la lectio divina no termina su
proceso hasta que no se llega a la acción (actio),
que mueve la vida del creyente a convertirse en
don para los demás por la caridad.
Encontramos sintetizadas y resumidas estas
fases de manera sublime en la fi gura de la Madre
de Dios. Modelo para todos los fi eles de acogida
dócil de la divina Palabra, Ella « conservaba todas
estas cosas, meditándolas en su corazón » (L c 2,19;
145
cf. 2,51). Sabía encontrar el lazo profundo que
une en el gran designio de Dios acontecimientos,
acciones y detalles aparentemente desunidos.297
Quisiera mencionar también lo recomendado
durante el Sínodo sobre la importancia de
la lectura personal de la Escritura como práctica
que contempla la posibilidad, según las disposiciones
habituales de la Iglesia, de obtener indulgencias,
tanto para sí como para los difuntos.298
La práctica de la indulgencia299 implica la doctrina
de los méritos infi nitos de Cristo, que la Iglesia
como ministra de la redención dispensa y aplica,
pero implica también la doctrina de la comunión
de los santos, y nos dice « lo íntimamente unidos
que estamos en Cristo unos con otros y lo mucho
que la vida sobrenatural de uno puede ayudar a
los demás ».300 En esta perspectiva, la lectura de la
Palabra de Dios nos ayuda en el camino de penitencia
y conversión, nos permite profundizar en
el sentido de la pertenencia eclesial y nos sustenta
en una familiaridad más grande con Dios. Como
dice San Ambrosio, cuando tomamos con fe las
Sagradas Escrituras en nuestras manos, y las lee-
297 Ibíd.
298 « Plenaria indulgentia conceditur christifi deli qui Sacram
Scripturam, iuxta textum a competenti auctoritate adprobatum,
cum veneratione divino eloquio debita et ad modum lectionis
spiritalis, per dimidiam saltem horam legerit; si per minus tempus
id egerit indulgentia erit partialis »: PAENITENTIARIA APOSTOLICA,
Enchiridion indulgentiarum, Normae et concessiones (16 julio 1999),
30 § 1.
299 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1471-1479.
300 PABLO VI, Const. ap. Indulgentiarum doctrina (1 enero
1967): AAS 59 (1967), 18-19.
146
mos con la Iglesia, el hombre vuelve a pasear con
Dios en el paraíso.301
Palabra de Dios y oración mariana
88. Al recordar la relación inseparable entre la
Palabra de Dios y María de Nazaret, junto con
los Padres sinodales, invito a promover entre los
fi eles, sobre todo en la vida familiar, las plegarias
marianas, como una ayuda para meditar los santos
misterios narrados por la Escritura. Un medio de
gran utilidad, por ejemplo, es el rezo personal y
comunitario del santo Rosario,302 que recorre junto
a Maria los misterios de la vida de Cristo,303 y que
el Papa Juan Pablo II ha querido enriquecer con
los misterios de la luz.304 Es conveniente que se
acompañe el anuncio de cada misterio con breves
pasajes de la Biblia relacionados con el misterio
enunciado, para favorecer así la memorización
de algunas expresiones signifi cativas de la Escritura
relacionadas con los misterios de la vida de
Cristo.
El Sínodo, además, ha recomendado promover
entre los fi eles el rezo del Angelus Domini. Es
una oración sencilla y profunda que nos permite
« rememorar cotidianamente el misterio del Ver-
301 Cf. Epistula 49, 3: PL 16, 1204 A.
302 Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA
DE LOS SACRAMENTOS, Directorio sobre la piedad popular. Principios
y orientaciones (17 diciembre 2002), 197-202.
303 Cf. Propositio 55.
304 Cf. JUAN PABLO II, Carta ap. Rosarium Virginis Mariae
(16 octubre 2002); AAS 95 (2003), 5-36.
147
bo Encarnado ».305 Es conveniente, además, que el
Pueblo de Dios, las familias y las comunidades de
personas consagradas, sean fi eles a esta plegaria
mariana, que la tradición nos invita a recitar por la
mañana, a mediodía y en el ocaso. En el rezo del
Angelus Domini pedimos a Dios que, por intercesión
de María, nos sea dado también a nosotros el
cumplir como Ella la voluntad de Dios y acoger
en nosotros su Palabra. Esta práctica puede ayudarnos
a reforzar un auténtico amor al misterio de
la Encarnación.
Merecen también ser conocidas, estimadas y
difundidas algunas antiguas plegarias del oriente
cristiano que, refi riéndose a la Theotokos, a la Madre
de Dios, recorren toda la historia de la salvación.
Nos referimos especialmente al Akathistos y
a la Paraklesis. Son himnos de alabanza cantados
en forma de letanía, impregnados de fe eclesial
y de referencias bíblicas, que ayudan a los fi eles
a meditar con María los misterios de Cristo. En
particular, el venerable himno a la Madre de Dios,
llamado Akathistos –es decir, cantado permaneciendo
en pie–, representa una de las más altas
expresiones de piedad mariana de la tradición
bizantina.306 Orar con estas palabras ensancha el
alma y la dispone para la paz que viene de lo alto,
de Dios, esa paz que es Cristo mismo, nacido de
María para nuestra salvación.
305 Propositio 55.
306 Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA
DE LOS SACRAMENTOS, Directorio sobre la piedad popular. Principios
y orientaciones (17 diciembre 2002), 207.
148
Palabra de Dios y Tierra Santa
89. Al considerar que el Verbo de Dios se hizo
carne en el seno de María de Nazaret, nuestro corazón
se vuelve ahora a aquella Tierra en la que
se ha cumplido el misterio de nuestra redención,
y desde la que se ha difundido la Palabra de Dios
hasta los confi nes del mundo. En efecto, el Verbo
se ha encarnado por obra del Espíritu Santo en
un momento preciso y en un lugar concreto, en
una franja de tierra fronteriza del imperio romano.
Por tanto, cuanto más vemos la universalidad
y la unicidad de la persona de Cristo, tanto más
miramos con gratitud aquella Tierra, en la que Jesús
ha nacido, ha vivido y se ha entregado a sí
mismo por todos nosotros. Las piedras sobre las
que ha caminado nuestro Redentor están cargadas
de memoria para nosotros y siguen “gritando” la
Buena Nueva. Por eso, los Padres sinodales han
recordado la feliz expresión en la que se llama
a Tierra Santa « el quinto Evangelio ».307 Es muy
importante que, no obstante las difi cultades, haya
en aquellos lugares comunidades cristianas. El Sínodo
de los Obispos expresa su profunda cercanía
a todos los cristianos que viven en la Tierra
de Jesús, testimoniando la fe en el Resucitado. En
ella, los cristianos están llamados no sólo a servir
como « un faro de fe para la Iglesia universal, sino
también levadura de armonía, sabiduría y equilibrio
en la vida de una sociedad que tradicional-
307 Cf. Propositio 51.
149
mente ha sido, y sigue siendo, pluralista, multiétnica
y multirreligiosa ».308
La Tierra Santa sigue siendo todavía hoy meta
de peregrinación del pueblo cristiano, como gesto
de oración y penitencia, como atestiguan ya en la
antigüedad autores como san Jerónimo.309 Cuanto
más dirigimos la mirada y el corazón a la Jerusalén
terrenal, más se infl ama en nosotros tanto
el deseo de la Jerusalén celestial, verdadera meta
de toda peregrinación, como la pasión de que el
nombre de Jesús, el único que puede salvar, sea
reconocido por todos (cf. Hch 4,12).
308 Cf. Homilía en el Valle de Josafat, Jerusalén (12 mayo
2009): AAS 101 (2009), 473.
309 Cf. Epistula 108, 14: CSEL 55, 324-325.

TERCERA PARTE
VERBUM MUNDO
« A Dios nadie le ha visto jamás:
El Hijo único, que está en el seno del Padre,
es quien lo ha dado a conocer » ( Jn 1,18)

153
LA MISIÓN DE LA IGLESIA:
ANUNCIAR LA PALABRA DE DIOS AL MUNDO
La Palabra del Padre y hacia el Padre
90. San Juan destaca con fuerza la paradoja fundamental
de la fe cristiana: por un lado afi rma que
« a Dios, nadie lo ha visto jamás » ( Jn 1,18; cf. 1 Jn
4,12). Nuestras imágenes, conceptos o palabras,
en modo alguno pueden defi nir o medir la realidad
infi nita del Altísimo. Él permanece siendo el
Deus semper maior. Por otro lado, afi rma que realmente
el Verbo « se hizo carne » ( Jn 1,14). El Hijo
unigénito, que está en el seno del Padre, ha revelado
al Dios que « nadie ha visto jamás » (cf. Jn 1,18).
Jesucristo acampa entre nosotros « lleno de gracia
y de verdad » ( Jn 1,14), que recibimos por medio
de Él (cf. Jn 1,17); en efecto, « de su plenitud todos
hemos recibido gracia tras gracia » ( Jn 1,16). De
este modo, el evangelista Juan, en el Prólogo, contempla
al Verbo desde su estar junto a Dios hasta
su hacerse carne y su vuelta al seno del Padre, llevando
consigo nuestra misma humanidad, que Él
ha asumido para siempre. En este salir del Padre y
volver a Él (cf. Jn 13,3; 16,28; 17,8.10), el Verbo se
presenta ante nosotros como « Narrador » de Dios
(cf. Jn 1,18). En efecto, dice san Ireneo de Lyon, el
154
Hijo es el « Revelador del Padre ».310 Jesús de Nazaret,
por decirlo así, es el « exegeta » de Dios que
« nadie ha visto jamás ». « Él es imagen del Dios
invisible » (Col 1,15). Se cumple aquí la profecía
de Isaías sobre la efi cacia de la Palabra del Dios:
como la lluvia y la nieve bajan desde el cielo para
empapar la tierra y hacerla germinar, así la Palabra
de Dios « no volverá a mí vacía, sino que hará
mi voluntad y cumplirá mi encargo » (Is 55,10s).
Jesucristo es esta Palabra defi nitiva y efi caz que
ha salido del Padre y ha vuelto a Él, cumpliendo
perfectamente en el mundo su voluntad.
Anunciar al mundo el « Logos » de la esperanza
91. El Verbo de Dios nos ha comunicado la vida
divina que transfi gura la faz de la tierra, haciendo
nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5). Su Palabra no
sólo nos concierne como destinatarios de la revelación
divina, sino también como sus anunciadores.
Él, el enviado del Padre para cumplir su voluntad
(cf. Jn 5,36-38; 6,38-40; 7,16-18), nos atrae hacia sí
y nos hace partícipes de su vida y misión. El Espíritu
del Resucitado capacita así nuestra vida para
el anuncio efi caz de la Palabra en todo el mundo.
Ésta es la experiencia de la primera comunidad
cristiana, que vio cómo iba creciendo la Palabra
mediante la predicación y el testimonio (cf. Hch
6,7). Quisiera referirme aquí, en particular, a la
vida del apóstol Pablo, un hombre poseído enteramente
por el Señor (cf. Flp 3,12) –« vivo yo, pero
310 Adversus haereses, IV, 20, 7: PG 7, 1037.
155
no soy yo, es Cristo quien vive en mí » (Ga 2,20)–
y por su misión: « ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!
» (1 Co 9,16), consciente de que en Cristo se
ha revelado realmente la salvación de todos los
pueblos, la liberación de la esclavitud del pecado
para entrar en la libertad de los hijos de Dios.
En efecto, lo que la Iglesia anuncia al mundo
es el Logos de la esperanza (cf. 1 P 3,15); el hombre
necesita la « gran esperanza » para poder vivir
el propio presente, la gran esperanza que es « el
Dios que tiene un rostro humano y que nos ha
amado hasta el extremo ( Jn 13,1) ».311 Por eso la
Iglesia es misionera en su esencia. No podemos
guardar para nosotros las palabras de vida eterna
que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo:
son para todos, para cada hombre. Toda persona
de nuestro tiempo, lo sepa o no, necesita este
anuncio. El Señor mismo, como en los tiempos
del profeta Amós, suscita entre los hombres nueva
hambre y nueva sed de las palabras del Señor
(cf. Am 8,11). Nos corresponde a nosotros la responsabilidad
de transmitir lo que, a su vez, hemos
recibido por gracia.
De la Palabra de Dios surge la misión de la Iglesia
92. El Sínodo de los Obispos ha reiterado con
insistencia la necesidad de fortalecer en la Iglesia
la conciencia misionera que el Pueblo de Dios ha
311 Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 31: AAS 99
(2007), 1010.
156
tenido desde su origen. Los primeros cristianos
han considerado el anuncio misionero como una
necesidad proveniente de la naturaleza misma de
la fe: el Dios en que creían era el Dios de todos,
el Dios uno y verdadero que se había manifestado
en la historia de Israel y, de manera defi nitiva, en
su Hijo, dando así la respuesta que todos los hombres
esperan en lo más íntimo de su corazón. Las
primeras comunidades cristianas sentían que su fe
no pertenecía a una costumbre cultural particular,
que es diferente en cada pueblo, sino al ámbito
de la verdad que concierne por igual a todos los
hombres.
Es de nuevo san Pablo quien, con su vida,
nos aclara el sentido de la misión cristiana y su
genuina universalidad. Pensemos en el episodio
del Areópago de Atenas narrado por los Hechos de
los Apóstoles (cf. 17,16-34). En efecto, el Apóstol
de las gentes entra en diálogo con hombres de
culturas diferentes, consciente de que el misterio
de Dios, conocido o desconocido, que todo hombre
percibe aunque sea de manera confusa, se ha
revelado realmente en la historia: « Eso que adoráis
sin conocerlo, os lo anuncio yo » (Hch 17,23).
En efecto, la novedad del anuncio cristiano es la
posibilidad de decir a todos los pueblos: « Él se ha
revelado. Él personalmente. Y ahora está abierto
el camino hacia Él. La novedad del anuncio cristiano
no consiste en un pensamiento sino en un
hecho: Él se ha revelado ».312
312 Discurso en el encuentro con el mundo de la cultura en el Collège
des Bernardins de París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 730.
157
Palabra y Reino de Dios
93. Por lo tanto, la misión de la Iglesia no puede
ser considerada como algo facultativo o adicional
de la vida eclesial. Se trata de dejar que el Espíritu
Santo nos asimile a Cristo mismo, participando
así en su misma misión: « Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo » ( Jn 20,21), para
comunicar la Palabra con toda la vida. Es la Palabra
misma la que nos lleva hacia los hermanos; es
la Palabra que ilumina, purifi ca, convierte. Nosotros
no somos más que servidores.
Es necesario, pues, redescubrir cada vez más
la urgencia y la belleza de anunciar la Palabra para
que llegue el Reino de Dios, predicado por Cristo
mismo. Renovamos en este sentido la conciencia,
tan familiar a los Padres de la Iglesia, de que el
anuncio de la Palabra tiene como contenido el Reino
de Dios (cf. Mc 1,14-15), que es la persona misma
de Jesús (la Autobasileia), como recuerda sugestivamente
Orígenes.313 El Señor ofrece la salvación
a los hombres de toda época. Todos nos damos
cuenta de la necesidad de que la luz de Cristo ilumine
todos los ámbitos de la humanidad: la familia,
la escuela, la cultura, el trabajo, el tiempo libre
y los otros sectores de la vida social.314 No se trata
de anunciar una palabra sólo de consuelo, sino
313 Cf. In Evangelium secundum Matthaeum 17, 7: PG 13,
1197 B; S. JERÓNIMO, Translatio homiliarum Origenis in Lucam, 36:
PL 26, 324-325.
314 Cf. Homilía en la Eucaristía de la apertura de la XII Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (5 octubre 2008):
AAS 100 (2008), 757.
158
que interpela, que llama a la conversión, que hace
accesible el encuentro con Él, por el cual fl orece
una humanidad nueva.
Todos los bautizados responsables del anuncio
94. Puesto que todo el Pueblo de Dios es un
pueblo « enviado », el Sínodo ha reiterado que « la
misión de anunciar la Palabra de Dios es un cometido
de todos los discípulos de Jesucristo, como
consecuencia de su bautismo ».315 Ningún creyente
en Cristo puede sentirse ajeno a esta responsabilidad
que proviene de su pertenencia sacramental al
Cuerpo de Cristo. Se debe despertar esta conciencia
en cada familia, parroquia, comunidad, asociación
y movimiento eclesial. La Iglesia, como misterio
de comunión, es toda ella misionera y, cada
uno en su propio estado de vida, está llamado a
dar una contribución incisiva al anuncio cristiano.
Los Obispos y sacerdotes, por su propia misión,
son los primeros llamados a una vida dedicada al
servicio de la Palabra, a anunciar el Evangelio, a
celebrar los sacramentos y a formar a los fi eles
en el conocimiento auténtico de las Escrituras.
También los diáconos han de sentirse llamados a
colaborar, según su misión, en este compromiso
de evangelización.
La vida consagrada brilla en toda la historia de
la Iglesia por su capacidad de asumir explícitamente
la tarea del anuncio y la predicación de la
Palabra de Dios, tanto en la missio ad gentes como
315 Propositio 38.
159
en las más difíciles situaciones, con disponibilidad
también para las nuevas condiciones de evangelización,
emprendiendo con ánimo y audacia nuevos
itinerarios y nuevos desafíos para anunciar
efi cazmente la Palabra de Dios.316
Los laicos están llamados a ejercer su tarea
profética, que se deriva directamente del bautismo,
y a testimoniar el Evangelio en la vida cotidiana
dondequiera que se encuentren. A este propósito,
los Padres sinodales han expresado « la más
viva estima y gratitud, junto con su aliento, por el
servicio a la evangelización que muchos laicos, y
en particular las mujeres, ofrecen con generosidad
y tesón en las comunidades diseminadas por
el mundo, a ejemplo de María Magdalena, primer
testigo de la alegría pascual ».317 El Sínodo reconoce
con gratitud, además, que los movimientos
eclesiales y las nuevas comunidades son en la Iglesia
una gran fuerza para la obra evangelizadora
en este tiempo, impulsando a desarrollar nuevas
formas de anunciar el Evangelio.318
Necesidad de la « missio ad gentes »
95. Al exhortar a todos los fi eles al anuncio de
la Palabra divina, los Padres sinodales han reiterado
también la necesidad en nuestro tiempo de un
316 Cf. CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA
Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA, Instrucción
Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la Vida consagrada en
el tercer milenio (19 mayo 2002), 36.
317 Propositio 30.
318 Cf. Propositio 38.
160
compromiso decidido en la missio ad gentes. La Iglesia
no puede limitarse en modo alguno a una pastoral
de « mantenimiento » para los que ya conocen
el Evangelio de Cristo. El impulso misionero
es una señal clara de la madurez de una comunidad
eclesial. Además, los Padres han manifestado
su fi rme convicción de que la Palabra de Dios es
la verdad salvadora que todo hombre necesita en
cualquier época. Por eso, el anuncio debe ser explícito.
La Iglesia ha de ir hacia todos con la fuerza
del Espíritu (cf. 1 Co 2,5), y seguir defendiendo
proféticamente el derecho y la libertad de las personas
de escuchar la Palabra de Dios, buscando
los medios más efi caces para proclamarla, incluso
con riesgo de sufrir persecución.319 La Iglesia se
siente obligada con todos a anunciar la Palabra
que salva (cf. Rm 1,14).
Anuncio y nueva evangelización
96. El Papa Juan Pablo II, en la línea de lo que
el Papa Pablo VI dijo en la Exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi, llamó de muchas maneras
la atención de los fi eles sobre la necesidad de un
nuevo tiempo misionero para todo el Pueblo de
Dios.320 Al alba del tercer milenio, no sólo hay
todavía muchos pueblos que no han conocido
la Buena Nueva, sino también muchos cristianos
319 Cf. Propositio 49.
320 Cf. JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre
1990): AAS 83 (1991), 294-340; ID., Carta ap. Novo
millennio ineunte (6 enero 2001), 40: AAS 93 (2001), 294-295.
161
necesitados de que se les vuelva a anunciar persuasivamente
la Palabra de Dios, de manera que
puedan experimentar concretamente la fuerza del
Evangelio. Tantos hermanos están « bautizados,
pero no sufi cientemente evangelizados ».321 Con
frecuencia, naciones un tiempo ricas en fe y vocaciones
van perdiendo su propia identidad, bajo
la infl uencia de una cultura secularizada.322 La
exigencia de una nueva evangelización, tan fuertemente
sentida por mi venerado Predecesor, ha
de ser confi rmada sin temor, con la certeza de la
efi cacia de la Palabra divina. La Iglesia, segura de
la fi delidad de su Señor, no se cansa de anunciar
la Buena Nueva del Evangelio e invita a todos los
cristianos a redescubrir el atractivo del seguimiento
de Cristo.
Palabra de Dios y testimonio cristiano
97. El inmenso horizonte de la misión eclesial, la
complejidad de la situación actual, requieren hoy
nuevas formas para poder comunicar efi cazmente
la Palabra de Dios. El Espíritu Santo, protagonista
de toda evangelización, nunca dejará de guiar a
la Iglesia de Cristo en este cometido. Sin embargo,
es importante que toda modalidad de anuncio
tenga presente, ante todo, la intrínseca relación
entre comunicación de la Palabra de Dios y testimonio
321 Propositio 38.
322 Cf. Homilía en la Eucaristía de la apertura de la XII Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (5 octubre 2008):
AAS 100 (2008), 753-757.
162
cristiano. De esto depende la credibilidad misma
del anuncio. Por una parte, se necesita la Palabra
que comunique todo lo que el Señor mismo nos
ha dicho. Por otra, es indispensable que, con el
testimonio, se dé credibilidad a esta Palabra, para
que no aparezca como una bella fi losofía o utopía,
sino más bien como algo que se puede vivir
y que hace vivir. Esta reciprocidad entre Palabra
y testimonio vuelve a refl ejar el modo con el que
Dios mismo se ha comunicado a través de la encarnación
de su Verbo. La Palabra de Dios llega a
los hombres « por el encuentro con testigos que la
hacen presente y viva ».323 De modo particular, las
nuevas generaciones necesitan ser introducidas a
la Palabra de Dios « a través del encuentro y el testimonio
auténtico del adulto, la infl uencia positiva
de los amigos y la gran familia de la comunidad
eclesial ».324
Hay una estrecha relación entre el testimonio
de la Escritura, como afi rmación de la Palabra que
Dios pronuncia por sí mismo, y el testimonio de
vida de los creyentes. Uno implica y lleva al otro.
El testimonio cristiano comunica la Palabra confi
rmada por la Escritura. La Escritura, a su vez,
explica el testimonio que los cristianos están llamados
a dar con la propia vida. De este modo,
quienes encuentran testigos creíbles del Evangelio
se ven movidos así a constatar la efi cacia de la
Palabra de Dios en quienes la acogen.
323 Propositio 38.
324 Mensaje fi nal, IV,12.
163
98. En esta circularidad entre testimonio y Palabra
comprendemos las afi rmaciones del Papa
Pablo VI en la Exhortación apostólica Evangelii
nuntiandi. Nuestra responsabilidad no se limita a
sugerir al mundo valores compartidos; hace falta
que se llegue al anuncio explícito de la Palabra de
Dios. Sólo así seremos fi eles al mandato de Cristo:
« La Buena Nueva proclamada por el testimonio
de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada
por la palabra de vida. No hay evangelización
verdadera, mientras no se anuncie el nombre,
la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio
de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios ».325
Que el anuncio de la Palabra de Dios requiere
el testimonio de la propia vida es algo que la
conciencia cristiana ha tenido bien presente desde
sus orígenes. Cristo mismo es testigo fi el y veraz
(cf. Ap 1,5; 3,14), testigo de la Verdad (cf. Jn
18,37). A este respecto, quisiera hacerme eco de
los innumerables testimonios que hemos tenido
la gracia de escuchar durante la Asamblea sinodal.
Nos hemos sentido muy conmovidos ante las
intervenciones de los que han sabido vivir la fe y
dar también testimonio espléndido del Evangelio,
incluso bajo regímenes adversos al cristianismo o
en situaciones de persecución.
Todo esto no nos debe dar miedo. Jesús mismo
dijo a sus discípulos: « No es el siervo más
que su amo. Si a mí me han perseguido, también
325 PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre
1975), 22: AAS 68 (1976), 20.
164
a vosotros os perseguirán » ( Jn 15,20). Por tanto,
deseo elevar a Dios con toda la Iglesia un himno
de alabanza por el testimonio de muchos hermanos
y hermanas que también en nuestro tiempo
han dado la vida para comunicar la verdad del
amor de Dios, que se nos ha revelado en Cristo
crucifi cado y resucitado. Además, manifi esto la
gratitud de toda la Iglesia por los cristianos que
no se rinden ante los obstáculos y las persecuciones
a causa del Evangelio. Y nos unimos estrechamente,
con afecto profundo y solidario, a los
fi eles de todas aquellas comunidades cristianas,
que en estos tiempos, especialmente en Asia y en
África, arriesgan la vida o son marginados de la
sociedad a causa de la fe. Vemos realizarse aquí
el espíritu de las bienaventuranzas del Evangelio,
para los que son perseguidos a causa del Señor
Jesús (cf. Mt 5,11). Al mismo tiempo, no dejamos
de levantar nuestra voz para que los gobiernos de
las naciones garanticen a todos la libertad de conciencia
y religión, así como el poder testimoniar
también públicamente su propia fe.326
PALABRA DE DIOS Y COMPROMISO EN EL MUNDO
Servir a Jesús en sus « humildes hermanos » (Mt 25,40)
99. La Palabra divina ilumina la existencia humana
y mueve a la conciencia a revisar en profundidad
la propia vida, pues toda la historia de la
326 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre
la libertad religiosa, 2.7.
165
humanidad está bajo el juicio de Dios: « Cuando
venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los
ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria
y serán reunidas ante él todas las naciones » (Mt
25,31-32). En nuestro tiempo, con frecuencia nos
detenemos superfi cialmente ante el valor del instante
que pasa, como si fuera irrelevante para el
futuro. Por el contrario, el Evangelio nos recuerda
que cada momento de nuestra existencia es importante
y debe ser vivido intensamente, sabiendo
que todos han de rendir cuentas de su propia vida.
En el capítulo veinticinco del Evangelio de Mateo,
el Hijo del hombre considera que todo lo que
hacemos o dejamos de hacer a uno sólo de sus
« humildes hermanos » (25,41.45), se lo hacemos
o dejamos de hacérselo a Él: « Tuve hambre y me
disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber,
fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y
me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel
y vinisteis a verme » (25,35-36). Así pues, la
misma Palabra de Dios reclama la necesidad de
nuestro compromiso en el mundo y de nuestra
responsabilidad ante Cristo, Señor de la Historia.
Al anunciar el Evangelio, démonos ánimo mutuamente
para hacer el bien y comprometernos por
la justicia, la reconciliación y la paz.
Palabra de Dios y compromiso por la justicia en la sociedad
100. La Palabra de Dios impulsa al hombre a entablar
relaciones animadas por la rectitud y la justicia;
da fe del valor precioso ante Dios de todos
166
los esfuerzos del hombre por construir un mundo
más justo y más habitable.327 La misma Palabra de
Dios denuncia sin ambigüedades las injusticias y
promueve la solidaridad y la igualdad.328 Por eso,
a la luz de las palabras del Señor, reconocemos
los « signos de los tiempos » que hay en la historia
y no rehuimos el compromiso en favor de los
que sufren y son víctimas del egoísmo. El Sínodo
ha recordado que el compromiso por la justicia y
la transformación del mundo forma parte de la
evangelización. Como dijo el Papa Pablo VI, se
trata « de alcanzar y transformar con la fuerza del
Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes,
los puntos de interés, las líneas de pensamiento,
las fuentes inspiradoras y los modelos
de vida de la humanidad, que están en contraste
con la Palabra de Dios y con el designio de salvación
».329
A este respecto, los Padres sinodales han
pensado particularmente en los que están comprometidos
en la vida política y social. La evangelización
y la difusión de la Palabra de Dios han
de inspirar su acción en el mundo en busca del
verdadero bien de todos, en el respeto y la promoción
de la dignidad de cada persona. Ciertamente,
no es una tarea directa de la Iglesia el crear
327 Cf. Propositio 39.
328 Cf. Mensaje para Jornada Mundial de la Paz 2009:
L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (12 diciembre
2008), 8-9.
329 Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 19:
AAS 68 (1976), 18.
167
una sociedad más justa, aunque le corresponde el
derecho y el deber de intervenir sobre las cuestiones
éticas y morales que conciernen al bien de
las personas y los pueblos. Es sobre todo a los
fi eles laicos, educados en la escuela del Evangelio,
a quienes corresponde la tarea de intervenir directamente
en la acción social y política. Por eso, el
Sínodo recomienda promover una adecuada formación
según los principios de la Doctrina social
de la Iglesia.330
101. Además, deseo llamar la atención de todos
sobre la importancia de defender y promover
los derechos humanos de cada persona, fundados
en la ley natural inscrita en el corazón del hombre
y que, como tales, son « universales, inviolables,
inalienables ».331 La Iglesia espera que, mediante la
afi rmación de estos derechos, se reconozca más
efi cazmente y se promueva universalmente la dignidad
humana, 332 como característica impresa por
Dios Creador en su criatura, asumida y redimida
por Jesucristo por su encarnación, muerte y resurrección.
Por eso, la difusión de la Palabra de
Dios refuerza la afi rmación y el respeto de estos
derechos.333
330 Cf. Propositio 39.
331 JUAN XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), I:
AAS 55 (1963), 259.
332 Cf. JUAN PABLO II, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo
1991), 47: AAS 83 (1991), 851-852; ID., Discurso a la Asamblea general
de las Naciones Unidas (2 octubre 1979), 13: AAS 71 (1979),
1152-1153.
333 Cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 152-159.
168
Anuncio de la Palabra de Dios, reconciliación y paz entre
los pueblos
102. Entre los múltiples ámbitos de compromiso,
el Sínodo ha recomendado ardientemente
la promoción de la reconciliación y la paz. En el
contexto actual, es necesario más que nunca redescubrir
la Palabra de Dios como fuente de reconciliación
y paz, porque en ella Dios reconcilia
en sí todas las cosas (cf. 2 Co 5,18-20; Ef 1,10):
Cristo « es nuestra paz » (Ef 2,14), que derriba los
muros de división. En el Sínodo, muchos testimonios
han documentado los graves y sangrientos
confl ictos, así como las tensiones que hay en
nuestro planeta. A veces, dichas hostilidades parecen
tener un aspecto de confl icto interreligioso.
Una vez más, deseo reiterar que la religión nunca
puede justifi car intolerancia o guerras. No se
puede utilizar la violencia en nombre de Dios.334
Toda religión debería impulsar un uso correcto de
la razón y promover valores éticos que edifi can la
convivencia civil.
Fieles a la obra de reconciliación consumada
por Dios en Jesucristo, crucifi cado y resucitado,
los católicos y todos los hombres de buena voluntad
han de comprometerse a dar ejemplo de
reconciliación para construir una sociedad justa y
pacífi ca.335 Nunca olvidemos que « donde las pa-
334 Cf. Mensaje para Jornada Mundial de la Paz 2007 (8 diciembre
2006), 10: L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(15 diciembre 2006), 5-6.
335 Cf. Propositio 8.
169
labras humanas son impotentes, porque prevalece
el trágico estrépito de la violencia y de las armas,
la fuerza profética de la Palabra de Dios actúa y
nos repite que la paz es posible y que debemos ser
instrumentos de reconciliación y de paz ».336
La Palabra de Dios y la caridad efectiva
103. El compromiso por la justicia, la reconciliación
y la paz tiene su última raíz y su cumplimiento
en el amor que Cristo nos ha revelado. Al
escuchar los testimonios aportados en el Sínodo,
hemos prestado más atención a la relación que hay
entre la escucha amorosa de la Palabra de Dios y
el servicio desinteresado a los hermanos; todos
los creyentes han de comprender « la necesidad
de traducir en gestos de amor la Palabra escuchada,
porque sólo así se vuelve creíble el anuncio
del Evangelio, a pesar de las fragilidades humanas
que marcan a las personas ».337 Jesús pasó por
este mundo haciendo el bien (cf. Hch 10,38). Escuchando
con disponibilidad la Palabra de Dios
en la Iglesia, se despierta « la caridad y la justicia
para todos, sobre todo para los pobres ».338 Nunca
se ha de olvidar que « el amor –caritas– siempre
será necesario, incluso en la sociedad más
justa... Quien intenta desentenderse del amor se
336 Homilía al fi nal de la Semana de oración por la unidad de
los cristianos (25 enero 2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (30 enero 2009), 6.
337 Homilía en la conclusión de la XII Asamblea General Ordinaria
del Sínodo de los Obispos (26 octubre 2008): AAS 100 (2008), 779.
338 Propositio 11.
170
dispone a desentenderse del hombre en cuanto
hombre ».339 Exhorto, por tanto, a todos los fi eles
a meditar con frecuencia el himno a la caridad escrito
por el Apóstol Pablo, y a dejarse inspirar por
él: « El amor es comprensivo, el amor es servicial y
no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe;
no es mal educado, ni egoísta; no se irrita, no lleva
cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino
que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree
sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites.
El amor no pasa nunca » (1 Co 13,4-8).
Por tanto, el amor al prójimo, enraizado en
el amor de Dios, nos debe tener constantemente
comprometidos, personalmente y como comunidad
eclesial, local y universal. Dice san Agustín:
« La plenitud de la Ley y de todas las divinas Escrituras
es el amor... El que cree, pues, haber entendido
las Escrituras, o alguna parte de ellas, y con
esta comprensión no edifi ca este doble amor de
Dios y del prójimo, aún no las entendió ».340
Anuncio de la Palabra de Dios y los jóvenes
104. El Sínodo ha prestado una atención particular
al anuncio de la Palabra divina a las nuevas
generaciones. Los jóvenes son ya desde ahora
miembros activos de la Iglesia y representan su
futuro. En ellos encontramos a menudo una apertura
espontánea a la escucha de la Palabra de Dios
339 Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 28: AAS
98 (2006), 240.
340 De doctrina christiana, I, 35,39-36,40: PL 34, 34.
171
y un deseo sincero de conocer a Jesús. En efecto, en la
edad de la juventud, surgen de modo incontenible
y sincero preguntas sobre el sentido de la propia
vida y sobre qué dirección dar a la propia existencia.
A estos interrogantes, sólo Dios sabe dar
una respuesta verdadera. Esta atención al mundo
juvenil implica la valentía de un anuncio claro;
hemos de ayudar a los jóvenes a que adquieran
confi anza y familiaridad con la Sagrada Escritura,
para que sea como una brújula que indica la vía a
seguir.341 Para ello, necesitan testigos y maestros,
que caminen con ellos y los lleven a amar y a comunicar
a su vez el Evangelio, especialmente a sus
coetáneos, convirtiéndose ellos mismos en auténticos
y creíbles anunciadores.342
Es preciso que se presente la divina Palabra
también con sus implicaciones vocacionales, para
ayudar y orientar así a los jóvenes en sus opciones
de vida, incluida la de una consagración total.
343 Auténticas vocaciones a la vida consagrada
y al sacerdocio encuentran terreno propicio en el
contacto fi el con la Palabra de Dios. Repito también
hoy la invitación que hice al comienzo de mi
pontifi cado de abrir las puertas a Cristo: « Quien
deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente
nada– de lo que hace la vida libre, bella
y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren
las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se
341 Cf. Mensaje para la XXI Jornada Mundial de la Juventud de
2006: AAS 98 (2006), 282-286.
342 Cf. Propositio 34.
343 Cf. ibíd.
172
abren realmente las grandes potencialidades de la
condición humana... Queridos jóvenes: ¡No tengáis
miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da
todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno.
Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo,
y encontraréis la verdadera vida ».344
Anuncio de la Palabra de Dios y los emigrantes
105. La Palabra de Dios nos hace estar atentos a
la historia y a todo lo nuevo que brota en ella. Por
eso, el Sínodo, en relación con la misión evangelizadora
de la Iglesia, ha querido prestar atención
también al complejo fenómeno de la emigración,
que en estos años ha adquirido proporciones inéditas.
En este punto se plantean cuestiones sumamente
delicadas sobre la seguridad de las naciones
y la acogida que se ha de ofrecer a los que buscan
refugio, mejores condiciones de vida, salud y trabajo.
Gran número de personas, que no conocen
a Cristo o tienen una imagen suya inadecuada, se
establecen en Países de tradición cristiana. Al mismo
tiempo, otras procedentes de pueblos profundamente
marcados por la fe cristiana emigran a
países donde se necesita llevar el anuncio de Cristo
y de una nueva evangelización. Estas situaciones
ofrecen nuevas posibilidades para la difusión
de la Palabra de Dios. A este propósito, los Padres
sinodales han afi rmado que los emigrantes tienen
344 Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino (24 abril
2005): AAS 97 (2005), 712.
173
el derecho de escuchar el kerigma, que se les ha de
proponer, pero nunca imponer. Si son cristianos,
necesitan una asistencia pastoral adecuada para
reforzar su fe y para que ellos mismos sean portadores
del anuncio evangélico. Conscientes de la
complejidad del fenómeno, es preciso que las diócesis
interesadas se movilicen, con el fi n de que
los movimientos migratorios sean considerados
también una ocasión para descubrir nuevas modalidades
de presencia y anuncio, y se proporcione,
según las propias posibilidades, una adecuada acogida
y animación de estos hermanos nuestros para
que, tocados por la Buena Nueva, se hagan ellos
mismos anunciadores de la Palabra de Dios y testigos
de Jesús Resucitado, esperanza del mundo.345
Anuncio de la Palabra de Dios y los que sufren
106. Durante los trabajos sinodales, los Padres
han puesto su atención también en la necesidad
de anunciar la Palabra de Dios a todos los que padecen
sufrimiento físico, psíquico o espiritual. En
efecto, en el momento del dolor es cuando surgen
de manera más aguda en el corazón del hombre
las preguntas últimas sobre el sentido de la propia vida.
Mientras la palabra del hombre parece enmudecer
ante el misterio del mal y del dolor, y nuestra
sociedad parece valorar la existencia sólo cuando
ésta tiene un cierto grado de efi ciencia y bienestar,
la Palabra de Dios nos revela que también las cir-
345 Cf. Propositio 38.
174
cunstancias adversas son misteriosamente « abrazadas
» por la ternura de Dios. La fe que nace del
encuentro con la divina Palabra nos ayuda a considerar
la vida humana como digna de ser vivida en plenitud
también cuando está aquejada por el mal. Dios ha creado
al hombre para la felicidad y para la vida, mientras
que la enfermedad y la muerte han entrado
en el mundo como consecuencia del pecado (cf.
Sb 2,23-24). Pero el Padre de la vida es el médico
del hombre por excelencia y no deja de inclinarse
amorosamente sobre la humanidad afl igida. El
culmen de la cercanía de Dios al sufrimiento del
hombre lo contemplamos en Jesús mismo, que es
« Palabra encarnada. Sufrió con nosotros y murió.
Con su pasión y muerte asumió y transformó hasta
el fondo nuestra debilidad ».346
La cercanía de Jesús a los que sufren no se ha interrumpido,
se prolonga en el tiempo por la acción
del Espíritu Santo en la misión de la Iglesia, en
la Palabra y en los sacramentos, en los hombres
de buena voluntad, en las actividades de asistencia
que las comunidades promueven con caridad fraterna,
enseñando así el verdadero rostro de Dios
y su amor. El Sínodo da gracias a Dios por estos
testimonios espléndidos, a menudo escondidos,
de tantos cristianos –sacerdotes, religiosos y
laicos– que han prestado y siguen prestando sus
manos, sus ojos y su corazón a Cristo, verdadero
médico de los cuerpos y las almas. El Sínodo ex-
346 Homilía en ocasión de la XVII Jornada mundial del Enfermo
(11 febrero 2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española
(120 febrero 2009), 7.
175
horta a continuar prestando ayuda a las personas
enfermas, llevándoles la presencia vivifi cante del
Señor Jesús en la Palabra y en la Eucaristía. Que
se les ayude a leer la Escritura y a descubrir que,
precisamente en su condición, pueden participar
de manera particular en el sufrimiento redentor
de Cristo para la salvación del mundo (cf. 2 Co
4,8-11.14).347
Anuncio de la Palabra de Dios y los pobres
107. La Sagrada Escritura manifi esta la predilección
de Dios por los pobres y necesitados (cf.
Mt 25,31-46). Frecuentemente, los Padres sinodales
han vuelto a recordar la necesidad de que el
anuncio evangélico y el esfuerzo de los pastores y
las comunidades se dirija a estos hermanos nuestros.
En efecto, « los primeros que tienen derecho
al anuncio del Evangelio son precisamente los
pobres, no sólo necesitados de pan, sino también
de palabras de vida ».348 La diaconía de la caridad,
que nunca ha de faltar en nuestras Iglesias, ha de
estar siempre unida al anuncio de la Palabra y a la
celebración de los sagrados misterios.349 Al mismo
tiempo, se ha de reconocer y valorar el hecho
de que los mismos pobres son también agentes
de evangelización. En la Biblia, el verdadero pobre
es el que se confía totalmente a Dios, y Jesús
mismo llama en el Evangelio bienaventurados a los
347 Cf. Propositio 35.
348 Propositio 11.
349 Cf. Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 25:
AAS 98 (2006), 236-237.
176
pobres, « porque de ellos es el Reino de los cielos »
(Mt 5,3; cf. L c 6,20). El Señor ensalza la sencillez
de corazón de quien reconoce a Dios como la
verdadera riqueza, pone en Él la propia esperanza,
y no en los bienes de este mundo. La Iglesia
no puede decepcionar a los pobres: « Los pastores
están llamados a escucharlos, a aprender de ellos,
a guiarlos en su fe y a motivarlos para que sean
artífi ces de su propia historia ».350
La Iglesia es también consciente de que existe
una pobreza como virtud, que se ha de ejercitar
y elegir libremente, como lo han hecho muchos
santos; y de que existe una miseria, que con frecuencia
es el resultado de injusticias y provocada
por el egoísmo, que comporta indigencia y hambre,
y favorece los confl ictos. Cuando la Iglesia
anuncia la Palabra de Dios, sabe que se ha de favorecer
un « círculo virtuoso » entre la pobreza
« que conviene elegir » y la pobreza « que es preciso combatir
», redescubriendo « la sobriedad y la solidaridad,
como valores evangélicos y al mismo tiempo
universales… Esto implica opciones de justicia y
de sobriedad ».351
Palabra de Dios y salvaguardia de la Creación
108. El compromiso en el mundo requerido
por la divina Palabra nos impulsa a mirar con ojos
350 Propositio 11.
351 Homilía en la XLII Jornada Mundial de la Paz 2009 (1
enero 2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (9
enero 2009), 6.
177
nuevos el cosmos que, creado por Dios, lleva en sí
la huella del Verbo, por quien todo fue hecho (cf.
Jn 1,2). En efecto, como creyentes y anunciadores
del Evangelio tenemos también una responsabilidad
con respecto a la creación. La revelación, a la
vez que nos da a conocer el plan de Dios sobre el
cosmos, nos lleva también a denunciar las actitudes
equivocadas del hombre cuando no reconoce
todas las cosas como refl ejo del Creador, sino
como mera materia para manipularla sin escrúpulos.
De este modo, el hombre carece de esa humildad
esencial que le permite reconocer la creación
como don de Dios, que se ha de acoger y usar
según sus designios. Por el contrario, la arrogancia
del hombre que vive « como si Dios no existiera
», lleva a explotar y deteriorar la naturaleza, sin
reconocer en ella la obra de la Palabra creadora.
En esta perspectiva teológica, deseo retomar las
afi rmaciones de los Padres sinodales, que han recordado
que « acoger la Palabra de Dios atestiguada
en la sagrada Escritura y en la Tradición viva
de la Iglesia da lugar a un nuevo modo de ver las
cosas, promoviendo una ecología auténtica, que
tiene su raíz más profunda en la obediencia de la
fe..., desarrollando una renovada sensibilidad teológica
sobre la bondad de todas las cosas creadas
en Cristo ».352 El hombre necesita ser educado de
nuevo en el asombro y el reconocimiento de la
belleza auténtica que se manifi esta en las cosas
creadas.353
352 Propositio 54.
353 Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero
2007), 92: AAS 99 (2007), 176-177.
178
PALABRA DE DIOS Y CULTURAS
El valor de la cultura para la vida del hombre
109. El anuncio joánico referente a la encarnación
del Verbo, revela la unión indisoluble entre
la Palabra divina y las palabras humanas, por las cuales
se nos comunica. En el marco de esta consideración,
el Sínodo de los Obispos se ha fi jado
en la relación entre Palabra de Dios y cultura. En
efecto, Dios no se revela al hombre en abstracto,
sino asumiendo lenguajes, imágenes y expresiones
vinculadas a las diferentes culturas. Es una relación
fecunda, atestiguada ampliamente en la historia
de la Iglesia. Hoy, esta relación entra también
en una nueva fase, debido a que la evangelización
se extiende y arraiga en el seno de las diferentes
culturas, así como a los más recientes avances de
la cultura occidental. Esto exige, ante todo, que
se reconozca la importancia de la cultura para la
vida de todo hombre. En efecto, el fenómeno de
la cultura, en sus múltiples aspectos, se presenta
como un dato constitutivo de la experiencia humana:
« El hombre vive siempre según una cultura
que le es propia, y que, a su vez crea entre los
hombres un lazo que les es también propio, determinando
el carácter inter-humano y social de
la existencia humana ».354
La Palabra de Dios ha inspirado a lo largo de
los siglos las diferentes culturas, generando valo-
354 JUAN PABLO II, Discurso a la UNESCO (2 junio 1980),
6: AAS 72 (1980), 738.
179
res morales fundamentales, expresiones artísticas
excelentes y estilos de vida ejemplares.355 Por tanto,
en la perspectiva de un renovado encuentro
entre Biblia y culturas, quisiera reiterar a todos
los exponentes de la cultura que no han de temer
abrirse a la Palabra de Dios; ésta nunca destruye la
verdadera cultura, sino que representa un estímulo
constante en la búsqueda de expresiones humanas
cada vez más apropiadas y signifi cativas. Toda
auténtica cultura, si quiere ser realmente para el
hombre, ha de estar abierta a la transcendencia, en
último término, a Dios.
La Biblia como un gran códice para las culturas
110. Los Padres sinodales ha subrayado la importancia
de favorecer entre los agentes culturales
un conocimiento adecuado de la Biblia, incluso
en los ambientes secularizados y entre los no
creyentes;356 la Sagrada Escritura contiene valores
antropológicos y fi losófi cos que han infl uido positivamente
en toda la humanidad.357 Se ha de recobrar
plenamente el sentido de la Biblia como un
gran códice para las culturas.
El conocimiento de la Biblia en la escuela y la universidad
111. Un ámbito particular del encuentro entre
Palabra de Dios y culturas es el de la escuela y la
355 Cf. Propositio 41.
356 Cf. ibíd.
357 Cf. JUAN PABLO II, Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre
1998), 80: AAS 91 (1999), 67-68.
180
universidad. Los Pastores han de prestar una atención
especial a estos ámbitos, promoviendo un
conocimiento profundo de la Biblia que permita
captar sus fecundas implicaciones culturales también
para nuestro tiempo. Los centros de estudio
promovidos por entidades católicas dan una contribución
singular –que ha de ser reconocida– a
la promoción de la cultura y la instrucción. Además,
no se debe descuidar la enseñanza de la religión,
formando esmeradamente a los docentes. Ésta
representa en muchos casos para los estudiantes
una ocasión única de contacto con el mensaje de
la fe. Conviene que en esta enseñanza se promueva
el conocimiento de la Sagrada Escritura, superando
antiguos y nuevos prejuicios, y tratando de
dar a conocer su verdad.358
La Sagrada Escritura en las diversas manifestaciones
artísticas
112. La relación entre Palabra de Dios y cultura
se ha expresado en obras de diversos ámbitos, en
particular en el mundo del arte. Por eso, la gran tradición
de Oriente y Occidente ha apreciado siempre
las manifestaciones artísticas inspiradas en la
Sagrada Escritura como, por ejemplo, las artes fi -
gurativas y la arquitectura, la literatura y la música.
Pienso también en el antiguo lenguaje de los iconos,
que desde la tradición oriental se está difundiendo
por el mundo entero. Con los Padres sinodales,
358 Cf. Lineamenta 23.
181
toda la Iglesia manifi esta su consideración, estima
y admiración por los artistas « enamorados de la
belleza », que se han dejado inspirar por los textos
sagrados; ellos han contribuido a la decoración
de nuestras iglesias, a la celebración de nuestra fe,
al enriquecimiento de nuestra liturgia y, al mismo
tiempo, muchos de ellos han ayudado a refl ejar
de modo perceptible en el tiempo y en el espacio
las realidades invisibles y eternas.359 Exhorto a los
organismos competentes a que se promueva en la
Iglesia una sólida formación de los artistas sobre
la Sagrada Escritura a la luz de la Tradición viva
de la Iglesia y el Magisterio.
Palabra de Dios y medios de comunicación social
113. A la relación entre Palabra de Dios y culturas
se corresponde la importancia de emplear con
atención e inteligencia los medios de comunicación
social, antiguos y nuevos. Los Padres sinodales
han recomendado un conocimiento apropiado
de estos instrumentos, poniendo atención a su
rápido desarrollo y alto grado de interacción, así
como a invertir más energías en adquirir competencia
en los diversos sectores, particularmente en
los llamados new media como, por ejemplo, internet.
Existe ya una presencia signifi cativa por parte de
la Iglesia en el mundo de la comunicación de masas,
y también el Magisterio eclesial se ha expresado
más de una vez sobre este tema a partir del
359 Cf. Propositio 40.
182
Concilio Vaticano II.360 La adquisición de nuevos
métodos para transmitir el mensaje evangélico
forma parte del constante impulso evangelizadora
de los creyentes, y la comunicación se extiende
hoy como una red que abarca todo el globo,
de modo que el requerimiento de Cristo adquiere
un nuevo sentido: « Lo que yo os digo de noche,
decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo
desde la azotea » (Mt 10,27). La Palabra
divina debe llegar no sólo a través del lenguaje
escrito, sino también mediante las otras formas
de comunicación.361 Por eso, junto a los Padres
sinodales, deseo agradecer a los católicos que, con
competencia, están comprometidos en una presencia
signifi cativa en el mundo de los medios de
comunicación, animándolos a la vez a un esfuerzo
más amplio y cualifi cado.362
Entre las nuevas formas de comunicación de
masas, hoy se reconoce un papel creciente a in-
360 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Inter mirifi ca, sobre los
medios de comunicación social; CONSEJO PONTIFICIO PARA LAS
COMUNICACIONES SOCIALES, Instr. past. Communio et progressio, sobre
los medios de comunicación social, preparada por mandato
especial del Concilio Ecuménico Vaticano II (23 mayo 1971):
AAS 63 (1971), 593-656; JUAN PABLO II, Carta ap. El rápido desarrollo
(24 enero 2005): AAS 97 (2005), 265-274; CONSEJO PONTIFICIO
PARA LAS COMUNICACIONES SOCIALES, Instr. past. Aetatis
novae, sobre las comunicaciones sociales en el vigésimo aniversario
de la Communio et progressio (22 febrero 1992): AAS 84 (1992),
447-468; ID., La Iglesia e internet (22 septiembre 2002).
361 Cf. Mensaje fi nal, IV,11; BENEDICTO XVI, Mensaje para la
XLIII Jornada mundial de las comunicaciones sociales 2009 (24 enero
2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (30 enero
2009), 3.
362 Cf. Propositio 44.
183
ternet, que representa un nuevo foro para hacer
resonar el Evangelio, pero conscientes de que el
mundo virtual nunca podrá reemplazar al mundo
real, y que la evangelización podrá aprovechar la
realidad virtual que ofrecen los new media para establecer
relaciones signifi cativas sólo si llega al
contacto personal, que sigue siendo insustituible. En
el mundo de internet, que permite que millones y
millones de imágenes aparezcan en un número
incontable de pantallas de todo el mundo, deberá
aparecer el rostro de Cristo y oírse su voz, porque « si
no hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar para
el hombre ».363
Biblia e inculturación
114. El misterio de la Encarnación nos manifi
esta, por una parte, que Dios se comunica siempre
en una historia concreta, asumiendo las claves
culturales inscritas en ella, pero, por otra, la misma
Palabra puede y tiene que transmitirse en culturas
diferentes, transfi gurándolas desde dentro,
mediante lo que el Papa Pablo VI llamó la evangelización
de las culturas.364 La Palabra de Dios, como
también la fe cristiana, manifi esta así un carácter
intensamente intercultural, capaz de encontrar y de
que se encuentren culturas diferentes.365
363 JUAN PABLO II, Mensaje para la XXXVI Jornada mundial
de las comunicaciones sociales 2002 (24 enero 2002), 6: L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (25 enero 2002), p. 5.
364 Cf. Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975),
20: AAS 68 (1976), 18-19.
365 Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero
2007), 78: AAS 99 (2007), 165.
184
En este contexto, se entiende también el valor
de la inculturación del Evangelio.366 La Iglesia
está fi rmemente convencida de la capacidad de
la Palabra de Dios para llegar a todas las personas
humanas en el contexto cultural en que viven:
« Esta convicción emana de la Biblia misma, que
desde el libro del Génesis toma una orientación
universal (cf. Gn 1,27-28), la mantiene luego en la
bendición prometida a todos los pueblos gracias
a Abrahán y su descendencia (cf. Gn 12,3; 18,18)
y la confi rma defi nitivamente extendiendo a “todas
las naciones” la evangelización ».367 Por eso, la
inculturación no ha de consistir en procesos de
adaptación superfi cial, ni en la confusión sincretista,
que diluye la originalidad del Evangelio para
hacerlo más fácilmente aceptable.368 El auténtico
paradigma de la inculturación es la encarnación
misma del Verbo: « La “culturización” o “inculturación”
que promovéis con razón será verdaderamente
un refl ejo de la encarnación del Verbo,
cuando una cultura, transformada y regenerada
por el Evangelio, genere de su propia tradición
viva expresiones originales de vida, celebración y
pensamiento cristianos »,369 haciendo fermentar
desde dentro la cultura local, valorizando los se-
366 Cf. Propositio 48.
367 PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia
en la Iglesia (15 abril 1993), IV, B.
368 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 22; PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA,
La interpretación de la Biblia en la Iglesia (15 abril 1993), IV, B.
369 JUAN PABLO II, Discurso a los Obispos de Kenya (7 mayo
1980), 6: AAS 72 (1980), 497.
185
mina Verbi y todo lo que hay en ella de positivo,
abriéndola a los valores evangélicos.370
Traducciones y difusión de la Biblia
115. Si la inculturación de la Palabra de Dios es
parte imprescindible de la misión de la Iglesia en
el mundo, un momento decisivo de este proceso
es la difusión de la Biblia a través del valioso trabajo
de su traducción en las diferentes lenguas. A
este propósito, se ha de tener siempre en cuenta
que la traducción de las Escrituras comenzó « ya
en los tiempos del Antiguo Testamento, cuando
se tradujo oralmente el texto hebreo de la Biblia
en arameo (Ne 8,8.12) y más tarde, por escrito,
en griego. Una traducción, en efecto, es siempre
más que una simple trascripción del texto original.
El paso de una lengua a otra comporta necesariamente
un cambio de contexto cultural: los
conceptos no son idénticos y el alcance de los
símbolos es diferente, ya que ellos ponen en relación
con otras tradiciones de pensamiento y otras
maneras de vivir ».371
Durante los trabajos sinodales se ha debido
constatar que varias Iglesias locales no disponen
de una traducción integral de la Biblia en sus propias
lenguas. Cuántos pueblos tienen hoy hambre
y sed de la Palabra de Dios, pero, desafortunadamente,
no tienen aún un « fácil acceso a la
370 Cf. Instrumentum laboris, 56.
371 PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia
en la Iglesia (15 abril 1993), IV, B.
186
sagrada Escritura »,372 como deseaba el Concilio
Vaticano II. Por eso, el Sínodo considera importante,
ante todo, la formación de especialistas que
se dediquen a traducir la Biblia a las diferentes lenguas.
373 Animo a invertir recursos en este campo.
En particular, quisiera recomendar que se apoye
el compromiso de la Federación Bíblica Católica,
para que se incremente más aún el número de
traducciones de la Sagrada Escritura y su difusión
capilar.374 Conviene que, dada la naturaleza de un
trabajo como éste, se lleve a cabo en lo posible en
colaboración con las diversas Sociedades Bíblicas.
La Palabra de Dios supera los límites de las culturas
116. La Asamblea sinodal, en el debate sobre
la relación entre Palabra de Dios y culturas, ha
sentido la exigencia de reafi rmar aquello que los
primeros cristianos pudieron experimentar desde
el día de Pentecostés (cf. Hch 2,1-13). La Palabra
divina es capaz de penetrar y de expresarse en culturas
y lenguas diferentes, pero la misma Palabra
transfi gura los límites de cada cultura, creando
comunión entre pueblos diferentes. La Palabra
del Señor nos invita a una comunión más amplia.
« Salimos de la limitación de nuestras experiencias
y entramos en la realidad que es verdaderamente
universal. Al entrar en la comunión con la Palabra
372 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 22.
373 Cf. Propositio 42.
374 Cf. Propositio 43.
187
de Dios, entramos en la comunión de la Iglesia
que vive la Palabra de Dios... Es salir de los límites
de cada cultura para entrar en la universalidad que
nos relaciona a todos, que une a todos, que nos
hace a todos hermanos ».375 Por tanto, anunciar la
Palabra de Dios exige siempre que nosotros mismos
seamos los primeros en emprender un renovado
éxodo, en dejar nuestros criterios y nuestra
imaginación limitada para dejar espacio en nosotros
a la presencia de Cristo.
PALABRA DE DIOS Y DIÁLOGO INTERRELIGIOSO
El valor del diálogo interreligioso
117. La Iglesia reconoce como parte esencial
del anuncio de la Palabra el encuentro y la colaboración
con todos los hombres de buena voluntad,
en particular con las personas pertenecientes a las
diferentes tradiciones religiosas, evitando formas
de sincretismo y relativismo, y siguiendo los criterios
indicados por la Declaración Nostra aetate del
Concilio Vaticano II, desarrollados por el Magisterio
sucesivo de los sumos pontífi ces.376 El rápido
375 BENEDICTO XVI, Homilía durante la Hora Tercia de la primera
Congregación general del Sínodo de los Obispos (6 octubre 2008):
AAS (2008), 760.
376 Entre las numerosas intervenciones de diverso tipo,
recuérdese: JUAN PABLO II, Carta enc. Dominum et vivifi cantem (18
mayo 1986): AAS 78 (1986), 809-900; ID., Carta enc. Redemptoris
missio (7 diciembre 1990): AAS 83 (1991), 249-340; ID., Discursos
y Homilías en Asís con ocasión de la Jornada de oración
por la paz, el 27 de octubre de 1986: L’Osservatore Romano, ed.
en lengua española (2 noviembre 1986), 1-2. 11-12; Jornada de
oración por la paz el mundo (24 enero 2002): L’Osservatore Romano,
ed. en lengua española (1 febrero 2002), 5-8; CONGREGA188
proceso de globalización, característico de nuestra
época, hace que se viva en un contacto más
estrecho con personas de culturas y religiones diferentes.
Se trata de una oportunidad providencial
para manifestar cómo el auténtico sentido religioso
puede promover entre los hombres relaciones
de hermandad universal. Es de gran importancia
que las religiones favorezcan en nuestras sociedades,
con frecuencia secularizadas, una mentalidad
que vea en Dios Todopoderoso el fundamento de
todo bien, la fuente inagotable de la vida moral,
sustento de un sentido profundo de hermandad
universal.
Por ejemplo, en la tradición judeocristiana
se encuentra el sugestivo testimonio del amor
de Dios por todos los pueblos que, en la alianza
establecida con Noé, reúne en un único gran
abrazo, simbolizado por el « arco en el cielo »
(Gn 9,13.14.16), y que, según las palabras de los
profetas, quiere recoger en una única familia universal
(cf. Is 2,2ss; 42,6; 66,18-21; Jr 4,2; Sal 47).
De hecho, en muchas grandes tradiciones religiosas
se encuentran testimonios de la íntima unión
entre la relación con Dios y la ética del amor por
todos los hombres.
Diálogo entre cristianos y musulmanes
118. Entre las diversas religiones, la Iglesia « mira
también con aprecio a los musulmanes, que reco-
CIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Decl. Dominus Iesus, sobre la
unicidad y la universalidad salvífi ca de Jesucristo y de la Iglesia
(6 agosto 2000): AAS 92 (2000), 742-765.
189
nocen la existencia de un Dios único »;377 hacen
referencia y dan culto a Dios, sobre todo con la
plegaria, la limosna y el ayuno. Reconocemos que
en la tradición del Islam hay muchas fi guras, símbolos
y temas bíblicos. En continuidad con la importante
obra del Venerable Juan Pablo II, confío
en que las relaciones inspiradas en la confi anza,
que se han establecido desde hace años entre cristianos
y musulmanes, prosigan y se desarrollen en
un espíritu de diálogo sincero y respetuoso.378 En
este diálogo, el Sínodo ha expresado el deseo de
que se profundice en el respeto de la vida como
valor fundamental, en los derechos inalienables
del hombre y la mujer y su igual dignidad. Teniendo
en cuenta la distinción entre el orden sociopolítico
y el orden religioso, las religiones han de
ofrecer su aportación al bien común. El Sínodo
pide a las Conferencias Episcopales, donde sea
oportuno y provechoso, que favorezcan encuentros
de conocimiento recíproco entre cristianos y
musulmanes, para promover los valores que necesita
la sociedad para una convivencia pacífi ca y
positiva.379
Diálogo con las demás religiones
119. Además, deseo manifestar en esta circunstancia
el respeto de la Iglesia por las antiguas re-
377 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decl. Nostra aetate, sobre las
relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 3.
378 Cf. Discurso a los Embajadores de los Países de mayoría musulmana
acreditados ante la Santa Sede (25 septiembre 2006): AAS
98 (2006), 704-706.
379 Cf. Propositio 53.
190
ligiones y tradiciones espirituales de los diversos
Continentes; éstas contienen valores de respeto
y colaboración que pueden favorecer mucho la
comprensión entre las personas y los pueblos.380
Constatamos frecuentemente sintonías con valores
expresados también en sus libros religiosos
como, por ejemplo, el respeto de la vida, la contemplación,
el silencio y la sencillez en el Budismo;
el sentido de lo sagrado, del sacrifi cio y del
ayuno en el Hinduismo, como también los valores
familiares y sociales en el Confucianismo. Vemos
además en otras experiencias religiosas una atención
sincera por la transcendencia de Dios, reconocido
como el Creador, así como también por el
respeto de la vida, del matrimonio y la familia, y
un fuerte sentido de la solidaridad.
Diálogo y libertad religiosa
120. Sin embargo, el diálogo no sería fecundo
si éste no incluyera también un auténtico respeto
por cada persona, para que pueda profesar libremente
la propia religión. Por eso, el Sínodo, a la
vez que promueve la colaboración entre los exponentes
de las diversas religiones, recuerda también
« la necesidad de que se asegure de manera efectiva
a todos los creyentes la libertad de profesar su
propia religión en privado y en público, además
de la libertad de conciencia ».381 En efecto « el res-
380 Cf. Propositio 50.
381 Ibíd.
191
peto y el diálogo requieren, consiguientemente, la
reciprocidad en todos los terrenos, sobre todo en
lo que concierne a las libertades fundamentales, y
en particular, a la libertad religiosa. Favorecen la
paz y el entendimiento entre los pueblos ».382
382 JUAN PABLO II, Discurso en el encuentro con los jóvenes musulmanes
en Casablanca, Marruecos (19 agosto 1985), 5: AAS 78
(1986), 99.

193
CONCLUSIÓN
La palabra defi nitiva de Dios
121. Al término de estas refl exiones con las que
he querido recoger y profundizar la riqueza de la
XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de
los Obispos sobre la Palabra de Dios en la vida
y la misión de la Iglesia, deseo exhortar una vez
más a todo el Pueblo de Dios, a los Pastores, a
las personas consagradas y a los laicos a esforzarse
para tener cada vez más familiaridad con la
Sagrada Escritura. Nunca hemos de olvidar que
el fundamento de toda espiritualidad cristiana auténtica
y viva es la Palabra de Dios anunciada, acogida,
celebrada y meditada en la Iglesia. Esta relación con la
divina Palabra será tanto más intensa cuanto más
seamos conscientes de encontrarnos ante la Palabra
defi nitiva de Dios sobre el cosmos y sobre la
historia, tanto en la Sagrada Escritura como en la
Tradición viva de la Iglesia.
Como nos hace contemplar el Prólogo del
Evangelio de Juan, todo el ser está bajo el signo
de la Palabra. El Verbo sale del Padre y viene a
vivir entre los suyos, y retorna al seno del Padre
para llevar consigo a toda la creación que ha sido
creada en Él y para Él. La Iglesia vive ahora su
194
misión en expectante espera de la manifestación
escatológica del Esposo: « El Espíritu y la Esposa
dicen: ¡Ven! » (Ap 22,17). Esta espera nunca es
pasiva, sino impulso misionero para anunciar la
Palabra de Dios que cura y redime a cada hombre:
también hoy, Jesús resucitado nos dice: « Id al
mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la
creación » (Mc 16,15).
Nueva evangelización y nueva escucha
122. Por eso, nuestro tiempo ha de ser cada día
más el de una nueva escucha de la Palabra de Dios
y de una nueva evangelización. Redescubrir el puesto
central de la Palabra divina en la vida cristiana nos
hace reencontrar de nuevo así el sentido más profundo
de lo que el Papa Juan Pablo II ha pedido
con vigor: continuar la missio ad gentes y emprender
con todas las fuerzas la nueva evangelización, sobre
todo en aquellas naciones donde el Evangelio
se ha olvidado o padece la indiferencia de cierta
mayoría a causa de una difundida secularización.
Que el Espíritu Santo despierte en los hombres
hambre y sed de la Palabra de Dios y suscite entusiastas
anunciadores y testigos del Evangelio.
A imitación del gran Apóstol de los Gentiles,
que fue transformado después de haber oído la
voz del Señor (cf. Hch 9,1-30), escuchemos también
nosotros la divina Palabra, que siempre nos
interpela personalmente aquí y ahora. Los Hechos
de los Apóstoles nos dicen que el Espíritu Santo
« apartó » a Pablo y Bernabé para que predicaran
195
y difundieran la Buena Nueva (cf. 13,2). Así, también
hoy el Espíritu Santo llama incesantemente
a oyentes y anunciadores convencidos y persuasivos
de la Palabra del Señor.
La Palabra y la alegría
123. Cuanto más sepamos ponernos a disposición
de la Palabra divina, tanto más podremos
constatar que el misterio de Pentecostés está vivo
también hoy en la Iglesia de Dios. El Espíritu del
Señor sigue derramando sus dones sobre la Iglesia
para que seamos guiados a la verdad plena,
desvelándonos el sentido de las Escrituras y haciéndonos
anunciadores creíbles de la Palabra de
salvación en el mundo. Volvemos así a la Primera
carta de san Juan. En la Palabra de Dios, también
nosotros hemos oído, visto y tocado el Verbo de
la Vida. Por gracia, hemos recibido el anuncio de
que la vida eterna se ha manifestado, de modo que
ahora reconocemos estar en comunión unos con
otros, con quienes nos han precedido en el signo
de la fe y con todos los que, diseminados por el
mundo, escuchan la Palabra, celebran la Eucaristía
y dan testimonio de la caridad. La comunicación
de este anuncio –nos recuerda el apóstol Juan– se
nos ha dado « para que nuestra alegría sea completa
» (1 Jn 1,4).
La Asamblea sinodal nos ha permitido experimentar
también lo que dice el mensaje joánico:
el anuncio de la Palabra crea comunión y es fuente
de alegría. Una alegría profunda que brota del cora196
zón mismo de la vida trinitaria y que se nos comunica
en el Hijo. Una alegría que es un don inefable
que el mundo no puede dar. Se pueden organizar
fi estas, pero no la alegría. Según la Escritura, la
alegría es fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22),
que nos permite entrar en la Palabra y hacer que la
Palabra divina entre en nosotros trayendo frutos
de vida eterna. Al anunciar con la fuerza del Espíritu
Santo la Palabra de Dios, queremos también
comunicar la fuente de la verdadera alegría, no de
una alegría superfi cial y efímera, sino de aquella
que brota del ser conscientes de que sólo el Señor
Jesús tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68).
Mater Verbi et Mater laetitiae
124. Esta íntima relación entre la Palabra de
Dios y la alegría se manifi esta claramente en la
Madre de Dios. Recordemos las palabras de santa
Isabel: « Dichosa tú, que has creído, porque lo que
te ha dicho el Señor se cumplirá » (L c 1,45). María
es dichosa porque tiene fe, porque ha creído, y
en esta fe ha acogido en el propio seno al Verbo
de Dios para entregarlo al mundo. La alegría que
recibe de la Palabra se puede extender ahora a todos
los que, en la fe, se dejan transformar por la
Palabra de Dios. El Evangelio de Lucas nos presenta
en dos textos este misterio de escucha y de gozo.
Jesús dice: « Mi madre y mis hermanos son estos:
los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen
por obra » (8,21). Y, ante la exclamación de una
mujer que entre la muchedumbre quiere exaltar
197
el vientre que lo ha llevado y los pechos que lo
han criado, Jesús muestra el secreto de la verdadera
alegría: « Dichosos los que escuchan la Palabra
de Dios y la cumplen » (11,28). Jesús muestra la
verdadera grandeza de María, abriendo así también
para todos nosotros la posibilidad de esa
bienaventuranza que nace de la Palabra acogida y
puesta en práctica. Por eso, recuerdo a todos los
cristianos que nuestra relación personal y comunitaria
con Dios depende del aumento de nuestra
familiaridad con la Palabra divina. Finalmente, me
dirijo a todos los hombres, también a los que se
han alejado de la Iglesia, que han abandonado la
fe o que nunca han escuchado el anuncio de salvación.
A cada uno de ellos, el Señor les dice: « Estoy
a la puerta llamando: si alguien oye y me abre,
entraré y comeremos juntos » (Ap 3,20).
Así pues, que cada jornada nuestra esté marcada
por el encuentro renovado con Cristo, Verbo
del Padre hecho carne. Él está en el principio y en
el fi n, y « todo se mantiene en él » (Col 1,17). Hagamos
silencio para escuchar la Palabra de Dios
y meditarla, para que ella, por la acción efi caz del
Espíritu Santo, siga morando, viviendo y hablándonos
a lo largo de todos los días de nuestra vida.
De este modo, la Iglesia se renueva y rejuvenece
siempre gracias a la Palabra del Señor que permanece
eternamente (cf. 1 P 1,25; Is 40,8). Y también
nosotros podemos entrar así en el gran diálogo
nupcial con que se cierra la Sagrada Escritura: « El
Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven!”. Y el que oiga,
diga: “¡Ven!”... Dice el que da testimonio de todo
198
esto: “Sí, vengo pronto”. ¡Amen! “Ven, Señor Jesús”
» (Ap 22,17.20).

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 30 de
septiembre, memoria de san Jerónimo, del año
2010, sexto de mi Pontifi cado.

BENEDICTUS PP. XVI

ÍNDICE
INTRODUCCIÓN [1] . . . . . . . . . . . 3
Para que nuestra alegría sea perfecta [2]. . . 4
De la « Dei Verbum » al Sínodo sobre la Palabra
de Dios [3] . . . . . . . . . . . . 5
El Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de
Dios [4] . . . . . . . . . . . . . . 8
El Prólogo del Evangelio de Juan como guía
[5] . . . . . . . . . . . . . . . . 10
PRIMERA PARTE
VERBUM DEI
EL DIOS QUE HABLA. . . . . . . . . . . 15
Dios en diálogo [6] . . . . . . . . . . . 15
Analogía de la Palabra de Dios [7] . . . . . 16
Dimensión cósmica de la Palabra [8] . . . . 19
La creación del hombre [9]. . . . . . . . 21
Realismo de la Palabra [10]. . . . . . . . 22
Cristología de la Palabra [11-13]. . . . . . 23
Dimensión escatológica de la Palabra de Dios
[14]. . . . . . . . . . . . . . . . 30
La Palabra de Dios y el Espíritu Santo [15-16] 32
Tradición y Escritura [17-18] . . . . . . . 36
Sagrada Escritura, inspiración y verdad [19] . 39
Dios Padre, fuente y origen de la Palabra [20-21] 41
LA RESPUESTA DEL HOMBRE AL DIOS QUE HABLA 43
200
Llamados a entrar en la Alianza con Dios [22] 43
Dios escucha al hombre y responde a sus interrogantes
[23]. . . . . . . . . . . . 44
Dialogar con Dios mediante sus palabras [24] 45
Palabra de Dios y fe [25] . . . . . . . . 46
El pecado como falta de escucha a la Palabra
de Dios [26] . . . . . . . . . . . . 47
María « Mater Verbi Dei » y « Mater fi dei » [27-28] 48
LA HERMENÉUTICA DE LA SAGRADA ESCRITURA
EN LA IGLESIA . . . . . . . . . . . . 52
La Iglesia lugar originario de la hermenéutica
de la Biblia [29-30]. . . . . . . . . . 52
« Alma de la Teología » [31]. . . . . . . . 56
Desarrollo de la investigación bíblica y Magisterio
eclesial [32-33] . . . . . . . . 57
La hermenéutica bíblica conciliar: una indicación
que se ha de seguir [34] . . . . . . 60
El peligro del dualismo y la hermenéutica secularizada
[35] . . . . . . . . . . . 62
Fe y razón en relación con la Escritura [36] . 64
Sentido literal y sentido espiritual [37] . . . 66
Necesidad de trascender la « letra » [38] . . . 68
Unidad intrínseca de la Biblia [39] . . . . . 70
Relación entre Antiguo y Nuevo Testamento
[40-41] . . . . . . . . . . . . . . 71
Las páginas « oscuras » de la Biblia [42] . . . 75
Cristianos y judíos en relación con la Sagrada
Escritura [43] . . . . . . . . . . . . 76
La interpretación fundamentalista de las Escrituras
[44] . . . . . . . . . . . . 78
Diálogo entre pastores, teólogos y exegetas
[45]. . . . . . . . . . . . . . . . 80
Biblia y ecumenismo [46] . . . . . . . . 81
201
Consecuencias en el planteamiento de los estudios
teológicos [47]. . . . . . . . . 83
Los santos y la interpretación de la Escritura
[48-49] . . . . . . . . . . . . . . 85
SEGUNDA PARTE
VERBUM IN ECCLESIA
LA PALABRA DE DIOS Y LA IGLESIA . . . . . 91
La Iglesia acoge la Palabra [50] . . . . . . 91
Contemporaneidad de Cristo en la vida de la
Iglesia [51] . . . . . . . . . . . . . 92
LA LITURGIA, LUGAR PRIVILEGIADO DE LA PALABRA
DE DIOS . . . . . . . . . . . . . . 94
La Palabra de Dios en la sagrada liturgia [52] 94
Sagrada Escritura y sacramentos [53]. . . . 97
Palabra de Dios y Eucaristía [54-55] . . . . 98
Sacramentalidad de la Palabra [56] . . . . . 101
La Sagrada Escritura y el Leccionario [57] . 104
Proclamación de la Palabra y ministerio del
lectorado [58] . . . . . . . . . . . 105
Importancia de la homilía [59] . . . . . . 106
Oportunidad de un Directorio homilético [60] 108
Palabra de Dios, Reconciliación y Unción de
los enfermos [61] . . . . . . . . . . 109
Palabra de Dios y Liturgia de las Horas [62] . 111
Palabra de Dios y Bendicional [63]. . . . . 113
Sugerencias y propuestas concretas para la animación
litúrgica [64] . . . . . . . . . 114
a) Celebraciones de la Palabra de Dios [65] . 114
b) La Palabra y el silencio [66] . . . . . . 116
c) Proclamación solemne de la Palabra de Dios
[67] . . . . . . . . . . . . . . . 117
202
d) La Palabra de Dios en el templo cristiano
[68] . . . . . . . . . . . . . . . 118
e) Exclusividad de los textos bíblicos en la
liturgia [69]. . . . . . . . . . . . . 119
f) El canto litúrgico bíblicamente inspirado
[70]. . . . . . . . . . . . . . . . 120
g) Especial atención a los discapacitados de la
vista y el oído [71] . . . . . . . . . . 121
LA PALABRA DE DIOS EN LA VIDA ECLESIAL . . 121
Encontrar la Palabra de Dios en la Sagrada
Escritura [72] . . . . . . . . . . . . 121
La animación bíblica de la pastoral [73] . . . 123
Dimensión bíblica de la catequesis [74] . . . 125
Formación bíblica de los cristianos [75]. . . 127
La Sagrada Escritura en los grandes encuentros
eclesiales [76] . . . . . . . . . . . . 127
Palabra de Dios y vocaciones [77] . . . . . 128
a) Palabra de Dios y ministros ordenados
[78-81] . . . . . . . . . . . . . . 129
b) Palabra de Dios y candidatos al Orden sagrado
[82] . . . . . . . . . . . . . 133
c) Palabra de Dios y vida consagrada [83] . . 134
d) Palabra de Dios y fi eles laicos [84] . . . . 136
e) Palabra de Dios, matrimonio y familia [85] 137
Lectura orante de la Sagrada Escritura y « lectio
divina » [86-87] . . . . . . . . . . . 140
Palabra de Dios y oración mariana [88] . . . 146
Palabra de Dios y Tierra Santa [89] . . . . 148
TERCERA PARTE
VERBUM MUNDO
LA MISIÓN DE LA IGLESIA: ANUNCIAR LA PALABRA
DE DIOS AL MUNDO. . . . . . . . . . 153
203
La Palabra del Padre y hacia el Padre [90] . . 153
Anunciar al mundo el « Logos » de la esperanza
[91]. . . . . . . . . . . . . . . . 154
De la Palabra de Dios surge la misión de la
Iglesia [92] . . . . . . . . . . . . . 155
Palabra y Reino de Dios [93] . . . . . . . 157
Todos los bautizados responsables del anuncio
[94]. . . . . . . . . . . . . . . . 158
Necesidad de la « missio ad gentes » [95] . . 159
Anuncio y nueva evangelización [96] . . . . 160
Palabra de Dios y testimonio cristiano [97-98] 161
PALABRA DE DIOS Y COMPROMISO EN EL MUNDO 164
Servir a Jesús en sus « humildes hermanos »
(Mt 25,40) [99] . . . . . . . . . . . 164
Palabra de Dios y compromiso por la justicia
en la sociedad [100-101] . . . . . . . 165
Anuncio de la Palabra de Dios, reconciliación
y paz entre los pueblos [102] . . . . . . 168
La Palabra de Dios y la caridad efectiva [103] 169
Anuncio de la Palabra de Dios y los jóvenes
[104] . . . . . . . . . . . . . . . 170
Anuncio de la Palabra de Dios y los emigrantes
[105] . . . . . . . . . . . . . . . 172
Anuncio de la Palabra de Dios y los que sufren
[106] . . . . . . . . . . . . . . . 173
Anuncio de la Palabra de Dios y los pobres
[107] . . . . . . . . . . . . . . . 175
Palabra de Dios y salvaguardia de la Creación
[108] . . . . . . . . . . . . . . . 176
PALABRA DE DIOS Y CULTURAS . . . . . . . 178
El valor de la cultura para la vida del hombre
[109] . . . . . . . . . . . . . . . 178
La Biblia como un gran código para las culturas
[110] . . . . . . . . . . . . . 179
El conocimiento de la Biblia en la escuela y la
universidad [111] . . . . . . . . . . 179
La Sagrada Escritura en las diversas manifestaciones
artísticas [112]. . . . . . . . . 180
Palabra de Dios y medios de comunicación
social [113]. . . . . . . . . . . . . 181
Biblia e inculturación [114]. . . . . . . . 183
Traducciones y difusión de la Biblia [115] . . 185
La Palabra de Dios supera los límites de las
culturas [116] . . . . . . . . . . . . 186
PALABRA DE DIOS Y DIÁLOGO INTERRELIGIOSO 187
El valor del diálogo interreligioso [117] . . . 187
Diálogo entre cristianos y musulmanes [118] 188
Diálogo con las demás religiones [119] . . . 189
Diálogo y libertad religiosa [120] . . . . . 190
CONCLUSIÓN
La palabra defi nitiva de Dios [121]. . . . . 193
Nueva evangelización y nueva escucha [122] 194
La Palabra y la alegría [123] . . . . . . . 195
« Mater Verbi et Mater laetitiae » [124] . . . 196

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