jueves, 29 de octubre de 2009

Benedicto XVI plantea el reto de evangelizar con medios digitales sin alterar el Evangelio

VATICANO, 29 Oct. 09 / 09:21 am (ACI)

El Papa Benedicto XVI afirmó que los nuevos instrumentos y formas de comunicar en el “continente digital” presentan a la Iglesia el reto de “anunciar el Evangelio a la humanidad del tercer milenio,conservando su contenido inalterable”.

Al recibir a los participantes en la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales que en estos días analiza el papel de las nuevas tecnologías, el Santo Padre recordó que “la cultura moderna, se asienta, todavía antes que en los contenidos, en el hecho mismo de la existencia de nuevas formas de comunicar que utilizan nuevos lenguajes, se sirve de nuevas técnicas y crea nuevas actitudes psicológicas”.

“Todo ello supone un reto para la Iglesia, llamada a anunciar el Evangelio a la humanidad del tercer milenio, conservando su contenido inalterable, pero haciéndolo comprensible también gracias a instrumentos y modalidades afines a la mentalidad y la cultura de hoy”, indicó.

El Pontífice explicó que “la Iglesia ejerce lo que podríamos llamar una ‘diaconía de la cultura’ en el actual ‘continente digital’, recorriendo sus caminos para anunciar el Evangelio, la única Palabra que puede salvar al ser humano”.

Señaló que “toca al Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales la tarea de profundizar en los elementos de la nueva cultura de los medios, empezando por los aspectos éticos, y la de ejercer un servicio de orientación y de guía para ayudar a las Iglesias particulares a percibir la importancia de la comunicación, que representa un punto clave e irrenunciable de cualquier plan pastoral”.

El Santo Padre citó las Instrucciones Pastorales "Communio et progressio" de Pablo VI y "Aetatis nova" de Juan Pablo II, dos "importantes documentos que han favorecido y promovido en la Iglesia una amplia sensibilización", sobre los temas ligados a la comunicación.

También recordó la encíclica "Redemptoris missio" de Juan Pablo II en la que afirmaba que "el trabajo en estos medios no tiene solamente el objetivo de multiplicar el anuncio. Se trata de un hecho más profundo porque la evangelización misma de la cultura moderna depende en gran parte de su influjo. No basta, pues, usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta ‘nueva cultura’ creada por la comunicación moderna”.

El Papa se refirió asimismo al último Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, donde alentaba "a los responsables de los procesos de comunicación en todos los ámbitos, a promover una cultura del respeto por la dignidad y el valor del ser humano, un diálogo enraizado en la búsqueda sincera de la verdad, de la amistad, capaz de desarrollar los dones de cada uno para ponerlos al servicio de la comunidad humana".

Finalmente, recordó el 50º aniversario de la Filmoteca Vaticana fundada por el beato Juan XXIII, que posee un "rico patrimonio cultural perteneciente a toda la humanidad", e invitó a proseguir la recogida y catalogación de imágenes "que documentan el camino de la cristiandad, a través del sugestivo testimonio de la imagen".

martes, 20 de octubre de 2009

Los Testigos de Jehová desde dentro.

Santa Sede confirma paso del más grande grupo de anglicanos a la Iglesia Católica

VATICANO, 20 Oct. 09 / 09:57 am (ACI)

Autoridades vaticanas anunciaron esta mañana la próxima publicación de una Constitución Apostólica para responder a los “numerosos” pedidos de clérigos y fieles anglicanos que desean ingresar a la Iglesia Católica en comunión plena.

Aunque las autoridades no anticiparon cifras, se sabe que uno de los grupos que ha pedido dar este paso es la Comunión Anglicana Tradicional, que cuenta con al menos 400 mil personas, constituyendo el grupo de anglicanos más grande de la historia en ingresar a la Iglesia Católica.

En una conferencia de prensa celebrada esta mañana, el Cardenal Joseph Levada, Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, explicó que la constitución “representa una respuesta necesariaa un fenómeno mundial” y ofrecerá un “modelo canónico único para la Iglesia universal adaptable a diversas situaciones locales, y en su aplicación universal, equitativa para los ex anglicanos”.

El modelo prevé la posibilidad de la ordenación de clérigos casados ex anglicanos, como sacerdotes católicos y aclara que éstos no podrían ser ordenados obispos.

El Cardenal Levada explicó que en el documento “el Santo Padre ha introducido una estructura canónica que provee a una reunión corporativa a través de la institución deOrdinariatos Personales, que permitirán a los fieles ex anglicanos entrar en la plena comunión con la Iglesia católica, conservando al mismo tiempo elementos del especifico patrimonio espiritual y litúrgico anglicano”.

“La atención y la guía pastoral para estos grupos de fieles ex anglicanos será asegurada por un Ordinariato Personal, del que el Ordinario será habitualmente nombrado por el clero ex anglicano", indicó el Purpurado, quien señaló que al menos una veintena de obispos anglicanos ha solicitado ingresar a la Iglesia Católica.

Asimismo, explicó que la nueva estructura “está en consonancia con el compromiso en el diálogo ecuménico” y reiteró que "la iniciativa proviene de varios grupos de anglicanos que han declarado que comparten la fe católica común, como expresa el Catecismo de la Iglesia Católica, y que aceptan el ministerio petrino como un elemento querido por Cristo para la Iglesia. Para ellos ha llegado el tiempo de expresar esta unión implícita en una forma visible de plena comunión".

El Cardenal Levada subrayó que "Benedicto XVI espera que el clero y los fieles anglicanos deseosos de la unión con la Iglesia Católica encuentren en esta estructura canónica la oportunidad de preservar aquellas tradiciones anglicanas que son preciosas para ellos y conformes con la fe católica”.

“En cuanto expresan en un modo distinto la fe profesada comúnmente, estas tradiciones son un don que hay que compartir en la Iglesia universal. La unión con la Iglesia no exige la uniformidad que ignora las diversidades culturales, como demuestra la historia del cristianismo. Además, las numerosas y diversas tradiciones hoy presentes en la Iglesia Católica están todas enraizadas en el principio formulado por San Pablo en su carta a los Efesios: ‘Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo’”, agregó.

Finalmente, recordó que "nuestra comunión se ha reforzado por diversidades legítimas como estas, y estamos contentos de que estos hombres y mujeres ofrezcan sus contribuciones particulares a nuestra vida de fe común".

En una declaración conjunta, los arzobispos de Westminster y Canterbury, respectivamente Vincent Gerard Nichols y Rowan Williams, afirman que el anuncio de la Constitución Apostólica "acaba con un período de incertidumbre para los grupos que nutrían esperanzas de nuevas formas para alcanzar la unidad con la Iglesia Católica”.

“Toca ahora a los que han cursado peticiones de ese tipo a la Santa Sede responder a la Constitución Apostólica", que es "consecuencia del diálogo ecuménico entre la Iglesia Católica y la Comunión Anglicana", indicaron.

Mons. Augustine DiNoia, que colaboró en la redacción de la nueva estructura, recordó que “hemos estado durante 40 años por la unidad. Las oraciones han encontrado respuestas que no anticipamos”.

Para el Arzobispo, ha ocurrido un “giro tremendo” en el movimiento ecuménico y rechazó las acusaciones de quienes llaman “disidentes” a estos anglicanos. “Ellos están asintiendo al obrar del Espíritu Santo para estar en unión con Pedro, con la Iglesia Católica”, precisó.

Mons. DiNoia explicó que aún se trabaja en los detalles técnicos y estos Ordinariatos Personales podrían sufrir variaciones en su forma final. Los detalles completos de la Constitución Apostólica serán publicados en algunas semanas.

lunes, 19 de octubre de 2009

Ofensas de Saramago muestran su ignorancia sobre la Biblia, denuncian expertos

LISBOA, 19 Oct. 09 / 04:03 pm (ACI)

Varios expertos consideraron que la polémica desatada por las declaraciones de José Saramagocon respecto a la Biblia, que calificó como “un manual de malas costumbres, un catálogo de crueldad”, debe llevar la Iglesia Católica a valorar la cultura bíblica y combatir la ignorancia sobre este texto fundamental.

Al promocionar su última novela titulada “Caín”, que ironiza sobre el Génesis, Saramago afirmó que sin la Biblia, "un libro que tuvo mucha influencia en nuestra cultura y hasta en nuestra manera de ser", los seres humanos serían "probablemente mejores".

En declaraciones a la agencia portuguesa Ecclesia, Mons. Manuel Clemente, Obispo de Porto y presidente de la Comisión Episcopal de Cultura, indicó que "una personalidad como José Saramago, que tiene un innegable mérito literario, debería ser más riguroso cuando habla de la Biblia, porque no se puede decir de los hechos y de los autores bíblicos lo que Saramago dice”.

El Obispo afirmó que “bastaría leer la introducción a cualquier libro de la Biblia, como el Génesis, para saber que son lecturas religiosas acerca del historia de Israel”, después recogidas como “historias bíblica para todos los cristianos y todos los creyentes”.

Mons. Manuel Clemente dice que Saramago utilizó un discurso de “tipo ideológico, no histórico ni científico” que revela una “ingenuidad sentimental” cuando hace incursiones bíblicas.

El Padre Manuel Morujão, secretario de la Conferencia Episcopal Portuguesa, también lamentó la “superficialidad” con que Saramago trató la Biblia, considerando que “entrar en un género de ofensa no queda bien a nadie”, sobretodo a quien tenga un estatuto de premio Nobel de Literatura.

“Una crítica no debe ser una ofensa, debe ser hecha con respeto y humildad. Hay aquí una clara exageración, que no nos gustaba ver en él (José Saramago, NDR)”, añadió que las afirmaciones del Nobel de la Literatura “hieren los sentimientos” de más de dos mil millones de creyentes.

Para el biblista portugués Fernando Ventura, Capuchino, José Saramago tiene la exigencia intelectual de informarse antes de escribir.

“La Biblia puede ser leída por alguien que no tiene fe, pero supone alguna honestidad intelectual de parte de quien la lee”, afirmó, acusando a Saramago de “una gigantesca falta” de esa honestidad.

Más grave, añadió el P. Ventura, es el desconocimiento “de lo que son los géneros literarios” o del lugar del “mito” en la literatura, lo que considera especialmente negativo en un escritor, que opinó “sobre un ámbito que no domina”.

“No saber situar el texto en el contexto es imperdonable para un escritor”, afirmó.

El biblista espera que esta polémica sirva como “provocación” para que los católicos se cuestionen sobre la mejor manera de contestar a un “golpe publicitario” que alcanza un medio marcado por una “atroz ignorancia bíblica”.

A pesar de admitir la ignorancia de muchos católicos con relación a la Biblia, el P. Manuel Morujão dijo que un escritor de la altura de José Saramago tiene más responsabilidades que el ciudadano común. Para el secretario de la CEP, el “estatuto Nobel” no le da el derecho de entrar en campos que “no conoce suficientemente”.

“La Biblia, que tiene 76 libros, debe ser interpretada en la diversidad de los géneros literarios”, señaló.

El P. Morujão confesó que esperaba “más” del prémio Nobel, “independientemente de su ideología”, y le recomendó “humildad” en las opiniones, para que éstas no se presenten como “pseudodogmas”.

El P. Manuel Morujão también abogó por una mayor promoción “de la cultura bíblica” y el conocimiento de un texto en el que “Jesús hasta manda a amar los enemigos”.

jueves, 15 de octubre de 2009

Solemnidad de Todos los Santos y Conmemoración de los Fieles Difuntos.

Cortesía de http://www.corazones.org

Para comprender el significado de la solemnidad de los santos y la conmemoración de los difuntos hay que saber que existen tres estados en la Iglesia:
1- La iglesia peregrina en la tierra. En ella estamos nosotros hasta el día de nuestra muerte.
2- La iglesia purgante (en el purgatorio), la componen los difuntos que necesitan aun purificación antes de entrar en el cielo. Por ellos oramos el día de los difuntos, el 2 de Noviembre, para que pronto vayan al cielo. (no rezamos por los que están en el infierno porque su condena es irreversible)
3- la iglesia triunfante, ya glorificada en el cielo. A ellos los santos honramos el 1 de Noviembre.

Solemnidad de Todos los Santos 1 nov

Durante todo el año celebramos la fiesta de muchos santos famosos. Pero la Iglesia ha querido recordar que en el cielo hay innumerables santos que no cabrían en el calendario. Por eso nos regala esta solemne fiesta de Todos los Santos que abarca a todos nuestros hermanos que ya están en el cielo. Multitudes de santos desconocidos por nosotros pero amadísimos de Dios. Entre ellos pueden haber familiares nuestros, amigos, vecinos...

Universal vocación a la santidad en la Iglesia
La fiesta de Todos los Santos no es solo para recordar sino también una llamada a que vivamos todos nuestra vocación a la santidad, cada uno según su propio estado de vida (como solteros, casados, viudos, consagrados, etc.). El capítulo V de la Constitución Dogmática "Lumen Gentium" (Concilio Vaticano II), lleva por título "Universal vocación a la santidad en la Iglesia". Dios nos creó para que seamos santos. Según Benedicto XVI, "El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo".

Historia
Desde la Iglesia primitiva, los cristianos siempre hemos venerado a los mártires por su virtud heroica. Al guardar en nuestros corazones sus memorias y su ejemplo, nos animan a vivir también nosotros la radicalidad del Evangelio. Es por ello que se guardan sus reliquias. Estas pueden ser partes de sus cuerpos o de sus ropas u otros artículos asociados con ellos. En la Biblia leemos que los cristianos guardaban hasta las ropas y pañuelos que San Pablo hubiese tocado (Hechos 19,12).

Durante la persecución de Diocleciano (284-305) hubieron tantos mártires que no se podían conmemorar todos. Así surgió la necesidad de una fiesta en común la cual se comenzó a celebrar, aunque en diferentes fechas, a partir del siglo IV.

La Roma pagana observaba el fin del año el 21 de febrero con una fiesta llamada Feralia, para darle descanso y paz a los difuntos. Se rezaba y hacían sacrificios por ellos. Con la cristianización del imperio, los papas pudieron remplazar las prácticas paganas. El 13 de Mayo de 609 o 610, el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón Romano (donde antes se honraba a dioses paganos) para ser templo de la Santísima Virgen y de todos los Mártires. Fue así que se comenzó la fiesta para todos los santos. Gregorio III (731-741) la transfirió al 1ro de Noviembre. Gregorio IV (827-844) extendió esta fiesta a toda la Iglesia.

Los Ortodoxos griegos celebran a todos los santos el primer domingo después de Pentecostés.

Hoy es necesario renovar la Solemnidad de Todos los Santos. Si no la vivimos, fiestas paganas, como Halloween, tomarán su lugar.


S.S. Benedicto XVI sobre el día de todos los santos, 2007
El cristiano, «ya es santo, pues el Bautismo le une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo tiene que llegar a ser santo, conformándose con Él cada vez más íntimamente».

Advirtió ante el peligro de caer en un equívoco: «A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, ¡llegar a ser santo es la tarea de cada cristiano, es más, podríamos decir, de cada hombre!».
«Todos los seres humanos están llamados a la santidad que, en última instancia, consiste en vivir como hijos de Dios, en esa “semejanza” a Él, según la cual, han sido creados»
«todos los seres humanos son hijos de Dios, y todos tienen que llegar a ser lo que son, a través del camino exigente de la libertad».
«Dios les invita a todos a formar parte de su pueblo santo. El “Camino” es Cristo, el Hijo, el Santo de Dios: nadie puede llegar al Padre si no por Él», aclaró.
S.S. Benedicto XVI sobre el día de todos los santos, 2006
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy la solemnidad de todos los santos y mañana conmemoraremos a los fieles difuntos. Estas dos celebraciones litúrgicas, muy queridas, nos ofrecen una oportunidad singular para meditar en la vida eterna. El hombre moderno, ¿sigue esperando esta vida eterna o considera que pertenece a una mitología ya superada?
En nuestro tiempo, más que en el pasado, vivimos tan absorbidos por las cosas terrenales, que en ocasiones es difícil pensar en Dios como protagonista de la historia y de nuestra misma vida.
La existencia humana, sin embargo, por su naturaleza, está orientada hacia algo más grande, que le trasciende; en el ser humano no se puede suprimir el anhelo por la justicia, la verdad, la felicidad plena.
Ante el enigma de la muerte, muchos sienten el deseo y la esperanza de volver a encontrar en el más allá a sus seres queridos. Y es fuerte también la convicción de un juicio final que restablezca la justicia, la espera de un esclarecimiento definitivo en el que a cada quien se le dé lo que le corresponde.
Ahora bien, para nosotros, los cristianos, «vida eterna» no sólo indica una vida que dura para siempre, sino también una nueva calidad de la existencia, sumergida plenamente en el amor de Dios, que libera del mal y de la muerte y nos pone en comunión sin fin con todos los hermanos y hermanas que participan en el mismo Amor. La eternidad, por tanto, puede estar ya presente en el centro de la vida terrena y temporal, cuando el alma, mediante la gracia, se une a Dios, su fundamento último. Todo pasa, sólo Dios no cambia. Un Salmo dice: «Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Roca de mi corazón, mi porción, Dios por siempre!» (Salmo 72/73,26). Todos los cristianos, llamados a la santidad, son hombres y mujeres que viven firmemente aferrados a esta «Roca», tienen los pies en la tierra, pero el corazón ya está en el Cielo, morada definitiva de los amigos de Dios.
Queridos hermanos y hermanas: Meditemos en estas realidades con el espíritu dirigido a nuestro destino último y definitivo, que da sentido a las situaciones diarias. Renovemos el gozoso sentimiento de la comunión de los santos y dejémonos atraer por ellos hacia la meta de nuestra existencia: el encuentro, cara a cara, con Dios. Recemos para que ésta sea la herencia de todos los fieles difuntos, no sólo de nuestros seres queridos, sino también de todas las almas, especialmente de las más olvidadas y necesitadas de la misericordia divina.
Que la Virgen María, Reina de todos los santos, nos guíe para escoger en todo momento la vida eterna, la «la vida del mundo futuro», como decimos en el «Credo»; un mundo que ya ha sido inaugurado por la resurrección de Cristo y cuya llegada podemos apresurar con nuestra conversión sincera y con las obras de caridad.

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS DIFUNTOS
2 de noviembre

En este día rezamos por los difuntos que están en el purgatorio. Los que han ido al cielo son santos y no necesitan oración. Los que están en el infierno no pueden beneficiarse de la oración ni la desean. Solo rezamos por las difuntas almas del purgatorio. Pero como no sabemos con seguridad si un difunto está en el purgatorio (a no ser que la Iglesia lo haya declarado santo en cuyo caso está en el cielo), es bueno rezar por todos los difuntos.

Intercedemos por todos los difuntos, en especial nuestros familiares y conocidos, para que pronto se encuentren con el Señor en el cielo.

Es antigua costumbre cristiana visitar los cementerios el día de los difuntos y llevar flores como signo de amor y honra. Recordamos nuestros ancestros sobre todo en la Santa Misa ofrecida por ellos.

Santo Tomás: rezar por los difuntos es la mayor obra de misericordia, aún más que rezar por los vivos, ya que éstos pueden valerse por sí mismos.


Indulgencia Plenaria por la octava de la Solemnidad de Todos los Santos
A favor de las almas del purgatorio:
Podemos pedir por alguien en especial pero Dios es quien decide a quién se aplica pensando en el mayor bien de la Iglesia y el nuestro. Se pueden ganar un máximo de una indulgencia plenaria por comunión (una por día).

Condiciones:
1-Visitar un cementerio y devotamente rezar, aunque sea mentalmente, por los difuntos desde el 1 al 8 de Noviembre (otros días del año la indulgencia es parcial)
2-Visitar una Iglesia el día de los fieles difuntos (desde la tarde del 1 de Noviembre hasta el 2 de Nov. inclusive) Al visitar la Iglesia rezar el Padre Nuestro y el Credo.

Se deben además satisfacer las siguientes condiciones:
-Confesión sacramental, ocho días antes o después.
-Comunión
-Rezar por las intenciones del Santo Padre (un Padre Nuestro y Ave María).

Las tres condiciones se pueden satisfacer varios días antes o después hacer de la visita. Sin embargo es apropiado que la comunión se reciba y la oración por la intención del Santo Padre se rece en el día de la visita.


La abadía de Cluny, origen de la fiesta litúrgica de los difuntos

Aunque la costumbre de orar por los difuntos y celebrar misa por ellos es tan antigua como la Iglesia, la fiesta litúrgica por los difuntos se remonta al 2 de noviembre de 998 cuando fue instituida por San Odilón, monje benedictino y quinto abad de Cluny en el sur de Francia.

En el siglo XIV, Roma adoptó esta práctica. La fiesta fue gradualmente expandiéndose por toda la Iglesia.
El Papa Juan Pablo II, en un mensaje que envió al obispo Raymond Séguy, abad titular de Cluny el 12 de octubre del 1998, señala que en ese año se celebra también el centenario de la fundación de la Archiconfraternidad de Nuestra Señora de Cluny, encargada de rezar por las almas del purgatorio, y el XL aniversario de la publicación del boletín «Lumière et vie» (Luz y Vida), que promueve la oración por los difuntos.

Juan Pablo II recordó que «San Odilón deseó exhortar a sus monjes a rezar de modo especial por los difuntos. A partir del Abad de Cluny comenzó a extenderse la costumbre de interceder solemnemente por los difuntos, y llegó a convertirse en lo que San Odilón llamó la Fiesta de los Muertos, práctica todavía hoy en vigor en la Iglesia universal».

lunes, 12 de octubre de 2009

Novena por la Almas del Purgatorio

Cortesía de http://www.devocionario.com

Rezar la oración del día que corresponda:

ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS

Oh María, Madre de misericordia: acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista dulcísima y de la de tu Hijo bendito.

Oh glorioso Patriarca San José, intercede juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio.

V. No te acuerdes, Señor, de mis pecados. R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego. V. Dirige, Señor Dios mío, a tu presencia mis pasos. R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego. V. Dales, Señor, el descanso eterno y luzca para ellos la luz eterna. R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

Padrenuestro.

V. De la puerta del infierno R. Saca, Señor, sus almas. V. Descansen en paz. R. Amén. V. Señor, oye mi oración. R. Y llegue a ti mi clamor.

Oremos. Oh Dios mío, de quien es propio compadecerse y perdonar: te rogamos suplicantes por las almas de tus siervos que has mandado emigrar de este mundo, para que no las dejes en el purgatorio, sino que mandes que tus santos ángeles las tomen y las lleven a la patria del paraíso, para que, pues esperaron y creyeron en ti, no padezcan las penas del purgatorio, sino que posean los gozos eternos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

V. Dales, Señor, el descanso eterno. R. Y luzca para ellos la luz perpetua. V. Descansen en paz. R. Amén.

DÍA PRIMERO

Por la señal, etc. Señor mío Jesucristo, etc.

Señor mío Jesucristo, que quieres que tengamos suma delicadeza de conciencia y santidad perfecta: te rogamos nos la concedas a nosotros; y a los que por no haberla tenido se están purificando en el purgatorio, te dignes aplicar nuestros sufragios y llevarlos pronto de aquellas penas al cielo. Te lo pedimos por la intercesión de tu Madre purísima y de San José.

Terminar con la oración final y el responso.

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DÍA SEGUNDO

Por la señal, etc. Señor mío Jesucristo, etc.

Señor mío Jesucristo, que eres cabeza de todos tus fieles cristianos que en ti nos unimos como miembros de un mismo cuerpo que es la Iglesia: te suplicamos nos unas más y más contigo y que nuestras oraciones y sufragios de buenas obras aprovechen a las ánimas de nuestros hermanos del purgatorio, para que lleguen pronto a unirse a sus hermanos del cielo.

Terminar con la oración final y el responso.

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DÍA TERCERO

Por la señal, etc. Señor mío Jesucristo, etc.

Señor mío Jesucristo, que a los que pecan castigas con justicia en esta vida o en la otra: concédenos la gracia de nunca pecar y ten misericordia de los que, habiendo pecado, no pudieron, por falta de tiempo, o no quisieron, por falta de voluntad y por amor del regalo, satisfacer en esta vida y están padeciendo ahora sus penas en el purgatorio; y a ellos y a todos llévalos pronto a su descanso.

Terminar con la oración final y el responso.

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DÍA CUARTO

Por la señal, etc. Señor mío Jesucristo, etc.

Señor mío Jesucristo, que exiges la penitencia aun de los pecados veniales en este mundo o en el otro: danos temor santo de los pecados veniales y en misericordia de los que, por haberlos cometido, están ahora purificándose en el purgatorio y líbralos a ellos y a todos los pecadores de sus penas, llevándoles a la gloria eterna.

Terminar con la oración final y el responso.

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DÍA QUINTO

Por la señal, etc. Señor mío Jesucristo, etc.

Señor mío Jesucristo, que a los regalados en esta vida, que no pagaron por su culpa o no tuvieron bastante caridad con el pobre, castigas en la otra con la penitencia que aquí no hicieron: concédenos las virtudes de la mortificación y de la caridad y acepta misericordioso nuestra caridad y sufragios, para que por ellos lleguen pronto a su descanso eterno.

Terminar con la oración final y el responso.

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DÍA SEXTO

Por la señal, etc. Señor mío Jesucristo, etc.

Señor mío Jesucristo, que quisiste que honrásemos a nuestros padres y parientes y distinguiésemos a nuestros amigos: te rogamos por todas las ánimas del purgatorio, pero especialmente por los padres, parientes y amigos de cuantos hacemos está novena, para que logren el descanso eterno.

Terminar con la oración final y el responso.

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DÍA SÉPTIMO

Por la señal, etc. Señor mío Jesucristo, etc.

Señor mío Jesucristo, que a los que no se preparan a tiempo para la muerte, recibiendo bien los últimos sacramentos y purificándose de los residuos de la mala vida pasada, los purificas en el purgatorio con terribles tormentos: te suplicamos, Señor, por los que murieron sin prepararse y por todos los demás, rogándote que les concedas a todos ellos la gloria y a nosotros recibir bien los últimos sacramentos.

Terminar con la oración final y el responso.

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DÍA OCTAVO

Por la señal, etc. Señor mío Jesucristo, etc.

Señor mío Jesucristo, que a los que vivieron en este mundo demasiado aficionados a los bienes terrenales y olvidados de la gloria, los retienes apartados del premio, para que se purifiquen de su negligencia en desearlo: calma, Señor misericordioso, sus ansias y colma sus deseos, para que gocen pronto de tu presencia, y a nosotros concédenos amar de tal manera los bienes celestiales, que no deseemos desordenadamente los terrenos.

Terminar con la oración final y el responso.

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DÍA NOVENO

Por la señal, etc. Señor mío Jesucristo, etc.

Señor mío Jesucristo, cuyos méritos son infinitos y cuya bondad es inmensa: mira propicio a tus hijos que gimen en el purgatorio anhelando la hora de ver tu faz, de recibir tu abrazo, de descansar a tu lado y; mirándolos, compadécete de sus penas y perdona lo que les falta para pagar por sus culpas. Nosotros te ofrecemos nuestras obras y sufragios, los de tus Santos y Santas; los de tu Madre y tus méritos; haz que pronto salgan de su cárcel y reciban de tus manos su libertad y la gloria eterna.

Terminar con la oración final y el responso.

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La página devocionario.com ofrece el contenido de esta novena en formato Word para impresión, completamente gratuito para uso privado y en forma de triptico (clic aquí para ir a la página de descarga), de forma que resulte más práctico llevarlo a todos lados. Orar por los difuntos es un verdadero y gratificante deber cristiano.

La Muerte en las Escrituras

¿Qué es la muerte? ¿Qué nos enseña la Biblia y la Iglesia sobre esta realidad?

1. Definición de "muerte"

Con el término "muerte" (lat. mors, gr. thánatos, hebr. máveth) se entiende, según la usanza bíblica, el "detenerse de la vida", de modo que "muerte" representa el contrario de "vida" (lat. vita, gr. zoé, hebr. hayyim).

a) En la literatura bíblica se habla de "vida" de tres modos diversos: la vida física del hombre, ser compuesto de alma y cuerpo, la vida espiritual del alma santificada con la presencia de Dios, y la vida eterna, que es la visión de Dios cara a cara en los cielos. Por ello, en contraposición, se dan también tres tipos de muerte, a saber:

  1. la muerte física, es decir, la separación del compuesto alma-cuerpo;

  2. la muerte moral del alma, como consecuencia del pecado original, o del pecado mortal (en este sentido podemos decir que el pecado es la "muerte del alma";

  3. la "muerte eterna" de la condenación, que el apóstol San Juan llama, en contraposición a los dos primero tipos de muerte, "muerte segunda" (lat. mors secunda, gr. déuteros zánathos). Cfr. Ap 2,11; 20,6.14; 21,8). Esta "muerte segunda" es idéntica a lo que San Pablo llama "destrucción eterna" (2 Tes 1,9), "corrupción" (Gal 6,8), "perdición" (Fil 3,19).

La distinción entre estas tres "muertes" no nos impide, por otra lado, reconocer el nexo profundo entre todas ellas: todo género de muerte es consecuencia del pecado. De todos modos, tanto la muerte del alma (con el pecado mortal, o bien "pecado que lleva a la muerte", según 1 Jn 5,16) como la muerte eterna (el infierno) se llaman "muerte" no en sentido literal, sino en sentido figurado.

b) En sentido estricto se usa la palabra "muerte" para indicar la muerte física, que no es otra cosa que "la separación del alma y del cuerpo". Así hablaba ya San Agustín (De Civitate Dei, XIII, 6), San Clemente de Alejandría (Strom. 7). Las indicaciones bíblicas de la muerte física son tan numerosas como elocuentes:

  • Con respecto a la manifestación de la corrupción física de los agonizantes o lo ya difuntos, se habla a veces de "disolución" (Fil 1,23; 2 Tim 4,6), a veces de "final" (Mt 10,22), a veces de "salida" (Heb 13,7), a veces de "regreso al polvo" (Gen 3,19).

  • Cuando se quiere asociar la muerte al pecado como a su causa, se la llama "obra del diablo" (Jn 8,44), el "enemigo de Cristo" (1 Cor 15,26), algo que "Dios no hizo" (Sab 1,13), etc.

  • Teniendo en cuenta la idea de inmortalidad, se habla de la muerte como de un "dormir" (Dt 31,16; Job 3,13; Salmo 12, 4; Mt 9,24; etc), un "derrumbarse de la tienda terrena" (2 Cor 5,1; 2 Pe 1,14), un "reunirse con sus antepasados" (Gen 15,15), "descanso" (Ap 14,13), "retorno a Dios" (Prov 12,7), etc.

El modo de hablar del tercer punto es el más importante, ya que establece la idea de lainmortalidad del alma: mientras que el cuerpo se corrompe hasta llegar a ser cenizas, el alma es incorruptible e imperecedera. El libro del Apocalipsis nos enseña que la separación alma-cuerpo que implica la muerte física es una situación pasajera, ya que en la resurrección de los muertos, el alma se volverá a unir a su propio cuerpo (ver Ap 20; para la resurrección del propio cuerpo, se puede ver por ejemplo 1 Cor 15,53; 2 Mac 7,11). La situación de las almas separadas de sus cuerpos no debe pensarse como una existencia "inconsciente" o "semiconsciente" como piensan algunos, sino como una supervivencia espiritual con plena conciencia.

2. Doctrina de la Escritura sobre la muerte

La Revelación de Dios nos enseña, con respecto a la muerte, tres cosas fundamentales:

a) la muerte es ley para todos los hombres; b) la muerte es, en el actual plan de salvación, castigo y consecuencia del pecado; c) con la muerte termina el tiempo de merecer o de desmerecer ante Dios.

a) La Escritura nos habla de la universalidad de la muerte. Así Rom 5,12: "la muerte pasó a todos los hombres"; Jos 23,14 y 1 Re 2,2 hablan de la muerte como del "camino de todo lo terreno". Heb 9,27: "está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio". Esta es una ley de experiencia: la mortalidad está en las misma constitución humana: los hombres mueren por enfermedad (o por violenta disolución, como por ejemplo en un accidente automovilístico) o por vejez.

Sin embargo, cabe preguntarse si de hecho todos murieron o todos morirán, o si por el contrario, por el poder y privilegio divino, algunos no hayan muerto o no morirán. Tenemos algunos ejemplos que hacen surgir la duda.

  1. Enoc y Elías. Sobre Enoc la Biblia nos dice que "fue trasladado para que no viera la muerte" (Heb 11,5; también Gen 5,24; Sir 44,16; 49,16). De Elías leemos que "apareció un carro de fuego y caballos de fuego que separó a los dos [a Elías de Eliseo]. Y Elías subió al cielo en un torbellino". No podemos dudar, pues, que ambos fueron llevados por Dios con sus cuerpos, preservados de la muerte. San Agustín decía sobre ellos: "Vivunt Henoch et Elias; translati sunt; ubicumque sunt, vivunt" ("Enoc y Elías viven; fueron llevados, de modo que donde sea que estén, viven"; Sermón 29,11). Sin embargo, esto no significa necesariamente que ninguno de ellos deba jamás morir; en efecto, desde Tertuliano en adelante, el sentir del pueblo cristiano ha creído que los "dos testigos" de Ap 11,3ss serán precisamente Enoc y Elías, que vendrán al fin de los tiempos como predicadores de conversión, y que ofrecerán sus vidas como mártires en la lucha contra el Anticristo. De todos modos, esta opinión no es compartida por todos los Padres de la Iglesia (así por ejemplo San Jerónimo).

  2. Los "sobrevivientes". Se trata de los justos que vivirán al momento de la segunda venida del Señor. La Escritura parece enseñar que estos adquirirán la cualidad de los resucitados in-mediatamente, es decir, sin pasar por la muerte. De las cartas de San Pablo mencionaremos dos pasajes. En el primero (1 Cor 15,51) leemos: "no todos nos dormiremos, pero todos seremos transformados". El segundo testimonio (1 Tes 4,14ss) es aún más claro: "Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con Él a los que durmieron en Jesús ... nosotros los que estemos vivos y que permanezcamos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron ... y los muertos en Cristo se levantarán primero; entonces nosotros, los que estemos vivos y que permanezcamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes al encuentro del Señor en el aire, y así estaremos con el Señor siempre". Estos textos de San Pablo han suscitado, desde la antigüedad, opiniones diversas. San Juan Crisóstomo y San Jerónimo, por una parte, piensan que los cuerpos de los justos que aún vivan serán inmediatamente transformados, sin tener que pasar por la muerte; esta es la doctrina más común en la Iglesia. Por otra parte San Ambrosio y San Agustín piensan que la última generación deberá pasar por un cierto "dormir" antes de ir al encuentro del Señor: de este modo se salvaría la ley universal de la muerte, a la que están sujetos "todos los hombres", como hemos visto. En otras palabras, "no todos dormiremos" se interpretaría como "no todos dormiremos el largo sueño que la mayoría de los muertos duermen", sino que seremos muertos e inmediatamente resucitados. Finalmente, algunos prefieren decir que cuando Pablo dice "nosotros los que vivimos" debe tomarse en el sentido condicional, permitido por la gramática de la oración griega: "si nosotros vivimos para ese entonces..."

Estamos pues delante de una cuestión cuya explicación no ha alcanzado unanimidad, al menos hasta el momento. De cualquier modo que se interprete el texto, queda claro el principio, a saber, por naturaleza todos los hombres deben someterse a la ley de la muerte; esto no impide que algunos, por designio divino, no deban de hecho atravesar la muerte para estar con el Señor.

En este contexto podemos agregar también el caso de María, la Madre de Jesús. No sabemos si murió o no; sabemos que fue llevada a los cielos en cuerpo y alma. ¿La preservó el Señor de la muerte, o la resucitó? Si bien Dios, en su infinita omnipotencia y sabiduría, podía hacer de una u otra manera, la doctrina más común es que Maríarealmente murió, como Jesús, y fue luego resucitada. Su "dormir" fue "muy breve". ¿Tal vez una imagen del "breve dormir" de los justos de la última generación, de la que hablaba San Agustín?

b) La Escritura nos enseña que la muerte es castigo-consecuencia del pecado. Esta es una doctrina claramente enseñada por la Iglesia ya en los primeros siglos: nuestros primeros padres, en la situación paradisíaca, estaban dotados de inmortalidad física; la muerte les fue dada como castigo por el pecado cometido. (Se puede ver Denzinger-Shönmetzer 222 y 372; también 1512 y 1521).

Así aparece claramente en las Escrituras. Dios advirtió a nuestros primeros padres que, de transgredir ellos el mandato que les había dado, morirían (ver Gen 2,17 y 3,19). "Dios no creó la muerte" (Sab 1,13), sino que esta entró en el mundo "por la envidia del diablo" (Sab 2,24). Dado que el pecado de nuestros primeros padres implicó a todo el género humano, por ello pudo decir San Pablo que "por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado, la muerte" (Rom 5,12). Por ello "el salario del pecado es la muerte" (Rom 6,23). En otras palabras, "en Adán todos murieron" (1 Cor 15,22).

Los Padres de la Iglesia son unánimes en predicar la relación causa-efecto que existe entre el pecado y la muerte. Buen ejemplo es San Agustín en su trabajo contra Juliano, en el cual resume la posición de los Padres anteriores a él.

¿Qué decir de la Salvación que nos trajo Cristo? Por cierto que la obra salvadora de Cristo produce, para el que cree, la cancelación de la muerte ética del alma, es decir, del pecado, y en consecuencia conlleva también la cancelación de la "muerte segunda", es decir, de la condenación eterna. Pero Cristo no devolvió al género humano el don preternatural (del que gozaban nuestros primeros padres antes de la caída) de la inmortalidad física (ver Rom 5,17ss). Por el Bautismo, sin embargo, la muerte pierde su valor de castigo, ya que en los justificados no queda nada que merezca la condenación. El Concilio de Trento lo enseña de este modo:

"Dios por cierto nada aborrece en los que han renacido; pues cesa absolutamente la condenación respecto de aquellos, que sepultados en realidad por el bautismo con Jesucristo en la muerte (Rom 6,4), no viven según la carne (Rom 8,1), sino que despojados del hombre viejo, y vestidos del nuevo, que está creado según Dios (Ef 4,22ss; Col 3,9s), pasan a ser inocentes, sin mancha, puros, sin culpa, y amigos de Dios, sus herederos y partícipes con Jesucristo de la herencia de Dios (Rom 8,17)." (Denzinger-Shönmetzer 1515)

Pablo proclama: "No hay condenación alguna para los que están en Cristo Jesús" (Rom 8,1)

¡Pero los justificados en Cristo Jesús también mueren! Si, pero la muerte en ellos no es el castigo de sus pecados, sino que adquiere el carácter de "consecuencia" de la situación actual de pecado: Dios no los libra de la muerte física por un sabio designio de su voluntad para prueba y purificación de sus elegidos. Solo en Cristo y María la muerte no tuvo ni el carácter de castigo por el pecado ni tampoco fue una consecuencia del mismo.

c) La Escritura nos enseña que con la muerte termina definitivamente para el tiempo de merecer o de desmerecer. La situación de los que mueren es ya definitiva: ellos han llegado al fin de sus carreras. Y esto es así por la naturaleza misma del ser humano: mientras vivimos en el cuerpo, podemos elegir, arrepentirnos, volver atrás. No así cuando el espíritu se separa del cuerpo, ya que entonces el espíritu se decide de modo irreversible a favor o en contra de Dios. El espíritu humano continúa usando de su libertad, pero la nueva condición le permite que sus decisiones sen irrevocablemente perdurables, de modo similar como sucede con los ángeles: ellos "decidieron" por Dios o contra Dios (estos últimos se convirtieron en demonios) y esta decisión, tanto para unos como para otros, es irreversible, aunque mantengan ambos su libre voluntad.

A esta enseñanza se oponen los sostenedores de la doctrina de la reencarnación (o metempsicosis) y de la doctrina de la apocatástasis (conversión final de todos los demonios y condenados).

La reencarnación de las almas es una doctrina que proviene, probablemente, del Hinduismo, pasando por Grecia (Pitágoras, Platón, neoplatónicos...; ver el artículo La reencarnación, en nuestro sitio). Según esta doctrina, el alma emigraría, después de la muerte, hacia otro cuerpo, sea éste de la misma raza o de otra raza, de un animal o de una planta, de nivel alto o bajo en la escala de seres vivos, cuerpo sano o enfermo, dependiendo siempre de los méritos (buen comportamiento) que haya adquirido en la vida anterior. Este proceso continuaría hasta que, totalmente purificada, el alma alcanzaría la libertad con respecto a toda corporalidad y sería de este modo completamente feliz. Hoy en día esta doctrina es mantenida también por el Budismo y por otras corrientes, generalizadas con el nombre de New Age.

La apocatástasis (del griego = restauración, reparación) fue mantenida, muy probablemente, por Orígenes. Según esta enseñanza, todos los espíritus, almas y demonios, purificados en el más allá, terminarían contemplando a Dios en la gloria del Paraíso. Esta doctrina, subrayada sobre todo por los seguidores de Orígenes, no encuentra sostenedores entre los demás Padres.

La Iglesia condenó la enseñanza de la apocatástasis o salvación universal ya en el sínodo de Constantinopla del 543 (Denzinger-Schönmetzer 411). En muchas otras ocasiones la Iglesia confirmó en su enseñanza oficial la eternidad, sea del premio ("cielo") sea del castigo ("infierno").

La Sagrada Escritura, usando de serias y repetidas advertencias, exhorta a usar el tiempo presente para hacer lo que es bueno y recto. Así en el Antiguo Testamento como en el Nuevo (ver particularmente Mt 24,42-46; 25,13ss; Mc 13,35ss; Lc 12,40; comparar estos textos con Ap 16,15). En la parábola de Lázaro y el rico (Lc 16,19) se proclama que, luego de la vida en esta tierra, la distancia entre los que están "en el seno de Abraham" y los que están en el "los tormentos" es una distancia "infranqueable", es decir, no hay posibilidad de "conversión" (Abraham le recuerda el rico en tormentos: "hay un gran abismo puesto entre nosotros y vosotros, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, y tampoco nadie pueda cruzar de allá a nosotros"). Pablo enseña a los Corintios (2 Cor 5,10) que cada uno recibirá del Señor la recompensa "por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo".

Queda pues claro que "mientras estamos en el cuerpo" merecemos o desmerecemos. ¿Existe alguna posibilidad de re-encarnarnos en otros seres antes de llegar a nuestro destino definitivo? No, "pues está decretado que los hombres mueran una sola vez y después el juicio" (Heb 9,27).


El Catecismo de la Iglesia Católica trae los siguientes textos cuando nos enseña sobre la muerte; queremos terminar este pequeño trabajo con sus mismas palabras (números 1005-1014):

Morir en Cristo Jesus

Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario “dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor” (2 Cor 5, 8). En esta “partida” (Flp 1, 23) que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos.

La muerte

“Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre”. En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es “salario del pecado” (Rom 6, 23) . Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección.

La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como el desenlace normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida: "Acuérdate de tu Creador en tus días mozos..., mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio" (Qo 12, 1.7).

La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre. Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado. “La muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado”, es así “el último enemigo” del hombre que debe ser vencido.

La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar de su angustia frente a ella, la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición.

El sentido de la muerte cristiana

Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. “Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia” (Flp 1, 21). “Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él” (2 Tim 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente “muerto con Cristo”, para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este “morir con Cristo” y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto redentor:

"Para mí es mejor morir en (“eis”) Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a El, que ha muerto por nosotros; lo quiero a El, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima... Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre". (San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 6,1-2)

En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de san Pablo: “Deseo partir y estar con Cristo” (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo:

"Mi deseo terreno ha sido crucificado...; hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí “ven al Padre”. (San Ignacio de Antioquia, Carta a los Romanos, 7,2)

"Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir. Yo no muero, entro en la vida." (Santa Teresa de Jesús, Vida, 1)

La visión cristiana de la muerte (ver 1 Tes 4,13-14) se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia:

"La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo". (Misal Romano, Prefacio de la Misa de Difuntos).

La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin “el único curso de nuestra vida terrena” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 48), ya no volveremos a otras vidas terrenas. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez” (Heb 9, 27). No hay “reencarnación” después de la muerte.

La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte (“De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor”: antiguas Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte” (Avemaría), y a confiarnos a san José, patrono de la buena muerte:

"Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?" (Imitación de Cristo, I,23,1)

"Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor! Ningún viviente escapa de su persecución; ¡ay si en pecado grave sorprende al pecador! ¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!" (San Francisco de Asís, Cántico de las Criaturas).

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