martes, 15 de septiembre de 2009

San Miguel Arcángel.

San Miguel combate los espíritus malignos
Fiesta: 29 de septiembre (Fiesta de los Santos Arcángeles)

Príncipe de los ángeles fieles al Señor. Su nombre significa: «¿Quién como Dios?». En la Sagrada Escritura, aparece en el Libro de Daniel, en la Epístola del Apóstol Judas y en el Apocalipsis. Como a Gabriel y Rafael, se le llama «arcángel» en un sentido puramente genérico (más que simple ángel), pero son, los tres, altísimos serafines. —Fiesta: 29 de septiembre.

Aunque la mentalidad moderna se rebele a ello, es cierto que Dios, al componer el poema de la Historia humana, concede lugar de preferencia a los espíritus angélicos. Miguel es entre ellos un astro de primera magnitud, figura principal entre los que sirven inmediatamente al trono del Señor y bajan a la tierra para anunciar o hacer cumplir sus designios. Protector del pueblo de Dios, de Israel, en la antigua Ley; de la Iglesia de Cristo en el Nuevo Testamento. En la Sagrada Escritura ha hallado su fundamento la piedad popular de todos los tiempos para erigir a San Miguel en Príncipe de los ejércitos celestiales, guerrero victorioso en las luchas cósmicas contra el espíritu rebelde, el dragón de las tinieblas.

Daniel, el profeta de las revelaciones angélicas, nos da a conocer el nombre de nuestro arcángel. Miguel, llamado gran jefe de los israelitas, lucha por la liberación del pueblo de Dios, desterrado y sometido al dominio persa. Allí mismo se habla de los príncipes de Persia y de Grecia, refiriéndose, según el común sentir, a los ángeles guardianes de estas naciones.

San Judas Apóstol, en su Carta Católica, cita el ejemplo del «Arcángel Miguel, disputando al demonio el cuerpo de Moisés». De nuevo, pues, aparece nuestro santo ángel como defensor del pueblo de Israel, al que Satanás querría desviar de su fe en el Señor.

El Apocalipsis, Carta Magna de la nueva Jerusalén, que es la Iglesia, nos presenta a San Miguel en su misión definitiva, culminante. Ante la aparición de la Mujer, símbolo de María y de la Iglesia, con su Hijo, en el cielo se traba una batalla.

Miguel y el Dragón frente a frente, el Arcángel fiel contra el soberbio Ángel de la luz. Cada uno manda un ejército de ángeles. Vence Miguel y el Dragón es sepultado en los infiernos.

De esta visión del profeta de Patmos se derivan las imágenes medievales del guerrero de alas brillantes con labrada armadura, al que no le falta la lanza que destruye al dragón, vencido a sus pies.

Toda la vida de la Iglesia militante fluye bajo el signo de la batalla, incorporada a la lucha entre Jesucristo y el demonio, entre el Redentor y el pecado.

En nuestra propia carne experimentamos la escisión. Nuestra gran fuerza es la gracia de Jesucristo, pero los ángeles son servidores de Cristo en la lucha de la Iglesia, y a su frente Miguel, el vencedor por excelencia.

La Iglesia misma le reconoce el título de defensor de sus huestes, le llama «ángel del Paraíso», «príncipe de las milicias espirituales», y en las letanías de los santos le asigna el primer lugar detrás de la Santísima Virgen. Su protección no nos abandona hasta después de la muerte.

En el momento solemne de ofrecer el sacrificio por sus difuntos, la Iglesia le invoca para que presente las almas a la luz santa del Juicio divino.

La devoción popular, que ha influido notablemente en estos textos litúrgicos y que, por otra parte, tiene ya precedentes en tradiciones judaicas, le considera como «pesador de las almas», y así le vemos en curiosas miniaturas de la Edad Media, con la balanza de la justicia divina en las manos, felizmente inclinado un platillo hacia la gloria del cielo.

Acontecimientos prodigiosos, ocurridos en Oriente y Occidente, contribuyeron a formar este hálito universal en torno a la figura del Arcángel. Es tradición oriental que, ya en los primeros decenios del cristianismo, salvó de la destrucción un templo dedicado a su honor en Colosae y que por su intervención milagrosa brotaron allí mismo aguas medicinales, por lo cual le honraban como médico celestial.

En Constantinopla tenía un templo dedicado a. su nombre y era también muy famoso el Mikaelion de Sostenión, cerca de la capital bizantina, donde, según tradición, Miguel había curado milagrosamente al emperador Constantino.

En Occidente también se apareció el Arcángel repetidas veces; sus apariciones más famosas son las del Monte Gárgano en Italia, alrededor del año 500, y la del monte Adriano, donde el año 611 el Papa Adriano IV le construye un oratorio, sobre el que sería más tarde Castillo de Sant'Ángelo.

En España alcanzó renombre su aparición en la serranía navarra de Aralar para ayudar al noble caballero don Teodosio de Goñi en lucha contra el dragón infernal.

El Mont Saint-Michel, en Normandía, con una abadía gótica dedicada a su honor, también testificó su ayuda para con los navegantes.

Hoy día ya no se dan tales apariciones aparatosas, pero el Arcángel se mantiene fiel a su misión de custodio de la Iglesia, como lo proclama la oración a él dirigida al fin de la Misa, preceptuada por León XIII:

"San Miguel Arcángel, defiendenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio, reprímale Dios, pedimos Suplicantes. Y tu principe de La Milicia Celestial, con el Divino Poder, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos, que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén"

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